Portada del relato Los susurros bajo los pináculos de ónice
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Fragmento:


Esa misma noche, mi espíritu fue llamado, no podría asegurar si en sueños o en un trance entre la fiebre y la alucinación, y percibí la reverberación de millones de pezuñas hozando la podredumbre de alguna llanura desolada. Sobre el horizonte, la ciudad de ornamentos antifísicos titilaba, y desde las cumbres de su palacio central, como una pirámide herida y recalcitrante sumida en pavorosa luminescencia purpúrea, descendía algo, o alguien, envuelto en harapos de tinieblas y ululaciones agudas. Al acercarme (o verme acercado, pues la voluntad era ajena), distinguí el susurro de innumerables voces, todas lanzando improperios y letanías en un idioma que, por imposible margen, lograba comprender; la lengua de los progenitores antes de la bifurcación de la carne y el espíritu.

Duración: 10:00

Los susurros bajo los pináculos de ónice
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Texto de ajuste de pausa.

Tenía yo la costumbre malsana, como tantos en mi atribulado linaje, de inmiscuirme en los libros prohibidos que residen en los rincones cajones y estantes negados al ojo cotidiano, y fue en el invierno de mi cuarentaavo año, cuando el viento asolaba, colándose implacable en las rendijas de mi despacho de Arkham, que hallé entre las trastiendas de la biblioteca de la Universidad Miskatonic el volumen cúprico y herético que contiene el recuento de la travesía de Zinvar el Proscrito por las inmediaciones de la desconocida Kadath. Los sueños de mi estirpe parecían empezar y acabar allí mismo, entre el crepitar de hogueras nocturnas y las lenguas de un fuego que no era natural ni terrenal. Confieso, con piel tersa y pómulos hundidos de insomnio, que la mera lectura de aquellos capítulos selló el inicio de mi infortunio.

El códice —anónimo, corroído de savia negra y escrito con una caligrafía espasmódica y arcaica— hablaba sin pudor de la “Estepa de Muthrust”, una llanura que, aseguran las abismales leyendas, se alza en el palimpsesto de realidades más allá de la imaginación misma. Desde niño, uno se acostumbra, por el arrullo de los Nombres Mayores en los salones polvorientos de la Miskatonic, a oír sobre las prodigiosas urbes de los Dioses del Sueño, pero nunca había leído una descripción tan profusamente mórbida como la que el autor prodigaba para Kadath.

Kadath, elevándose sombría con sus columnas de ónice ciclópeo, parece, a cuya sombra budinéfica pululan mendigos y príncipes en igual impureza, es sólo la antesala, dice la crónica, a lo que yace más allá de la misma posibilidad de la locura: el velo que cubre a la Oscuridad Nutricia; el resplandor bajo la corte de minotauros sin rostro y de euneucos en constante trémulo. Allí, la ciudad es sólo una piel, una costra negruzca bajo la cual palpitan horrores. Y entre estos horrores, un nombre se repite: Velo, o más en la lengua antigua, Velha-dar, la cortina que separa la Podredumbre de la Carne de la Noche Original.

En mi desvarío, alternando resuellos atormentados con los vapores del licor, me vi pensando en si las palabras de Zinvar serían en realidad legado de alguna incursión narcótica o si encerraban una verdad indeseable. Si el Velo flotaba, translúcido, no sólo en Kadath sino en los márgenes de la conciencia humana.

Esa misma noche, mi espíritu fue llamado, no podría asegurar si en sueños o en un trance entre la fiebre y la alucinación, y percibí la reverberación de millones de pezuñas hozando la podredumbre de alguna llanura desolada. Sobre el horizonte, la ciudad de ornamentos antifísicos titilaba, y desde las cumbres de su palacio central, como una pirámide herida y recalcitrante sumida en pavorosa luminescencia purpúrea, descendía algo, o alguien, envuelto en harapos de tinieblas y ululaciones agudas. Al acercarme (o verme acercado, pues la voluntad era ajena), distinguí el susurro de innumerables voces, todas lanzando improperios y letanías en un idioma que, por imposible margen, lograba comprender; la lengua de los progenitores antes de la bifurcación de la carne y el espíritu.

Entre esos susurros, brilló el nombre de Olkoth.

El narrador de la crónica describía a Olkoth como “el testimonio eterno de la ceguera celestial”: un ente presente en los resquicios de toda génesis, un guardián de costras y mortajas, y, sobre todo, un cohabitante del Velo de Shub-Niggurath, la consorte bestial de los horizontes. En la estepa, bajo la carnosa trémula de la Deidad, Olkoth no era tanto un ser sino una habitación, un aposento más allá de toda arquitectura, donde los cuerpos se reconfiguran y perecen; el locus de la carne imposible.

Debo poner por escrito, pues así me lo ordena la fragilidad de mi mente, los detalles de la visión: ante mí, la ciudad de Kadath relucía húmeda y voraz, repleta de cálices rebosantes de una leche pútrida que los habitantes —pálidos, bifurcados, con lenguas reptilianas y brazos divididos como ramas podridas— bebían con fruición, mirando hacia arriba. De las copas manaban raíces, y criaturas con piel de obsidiana temiéndose, abrazándose, perdiendo su forma bajo el flujo de ese licor viscoso y brutal que brotaba, evidentemente, desde una Catedral cuya cúpula era tan sólo el borde del Velo. Las columnas titilaban con líquenes orgiásticos, y las sombras susurraban la letanía de la progenie:

“Ven, todas las formas. Ven bajo la Cosa que Florece entre la Oscuridad. Ven, titubea y recomienza.”

Ya despierto, con el corazón atropellando mis arcos costales y una tenebrosa opresión bajo mi lengua, busqué a ciegas la nota de Zinvar. Encontré la anotación: “tras la tercera corte de la Catedral empieza el territorio del Velo, y allí sólo existe la hospitalidad de la disolución”.

La mañana fue una agónica espiral de remordimientos y desvelo, pero la visión no se desvaneció; al contrario, era como si cada mirada hacia una sombra u objeto familiar en mi estudio me devolviera el mismo escozor: ¿no poseería mi realidad misma fisuras, pequeños hilos de ese Velo? Dudé mantener la cordura, mas el saber me lo demandaba, y recurrí a las cartas de mi difunto mentor, el profesor Osgood de la Real Academia de San Juan de Acre, quien en días más lúcidos había afirmado:

"Ningún sitio es tan peligroso para el alma filósofa como aquel que ensucia los umbrales de la carne y la negación; Kadath no fue jamás una ciudad, sino una herida en la Idea".

Hacía más de un año que Osgood había desaparecido entre los pliegues de un sueño salvaje, gritando nombres con la garganta rota, arrastrando sus cuadernos entre temblores atroces. Pero, de entre sus anotaciones, hallé referencias directas a la “cosecha de las Formas Negras”, ritos que, según algunos códices, perforaban el Velo para permitir que aquellos designados con la marca de la leche pútrida fueran “visitados” y sus palabras, tomadas al dictado de raíces y lactancias, repartidas luego entre la carne devota.

Tomé la determinación de experimentar por mí mismo la geografía insana de la urbe labrada en grimorios y sueños. Una noche, no sabría decir cuál, quise sumirme voluntariamente en la visión, repitiendo las fórmulas del códice, y colocando pedazos de corcho y ungüentos convocados por recetas arcanas en cada esquina de mi alcoba.

Cerré los ojos y sentí que, envuelto primero en el vértigo hipóxico y luego en la dulzura pastosa del delirio, mi cuerpo era despojado de peso y forma. Caí, quizá, o fui arrastrado, a través de mares de savia negra y exudados vegetales, y emergí de pie, asediado por brisas que sabían a hongo y azufre, en una vastedad fosforescente bajo un cielo que no tenía estrellas, sino orificios babeantes de luz gastada. Kadath estaba allí, esperándome: un baluarte de arquitectura mineral y biológica, con sus tejados imbricados de escamas y las paredes exudando lágrimas de sílice. Alrededor de mí, toda la planicie vibraba –como una cosa recién despierta– y detrás de cada monolito en ruinas reptaban sombras que no eran sino la mutación de otros viajeros, de otras épocas, atrapados quizá para siempre en el burbujeo incesante bajo la corteza planetaria del Velo.

Los habitantes de Kadath salieron a recibirme. Sus bocas, chatas y laceradas, balbuceaban oraciones que sólo en el nervio podía entender; sus torsos, un jardín de nódulos y glándulas, destilaban leche prieta que lamía la tierra impía y alimentaba redes de raíces pulsantes. Solemnemente, me condujeron entre los templos y los pozos, cuyas entrañas retorcidas vibraban con ritos innombrables. Y tras cruzar tres umbrales, llegamos a la Catedral Mayor, donde el Velo ardía, visible como una gigantesca placenta translúcida que filtraba la luz y el sonido mismo.

Allí, en la penumbra, descubrí a Olkoth.

No era una cosa que pudiera describir sin traicionar el lenguaje humano: una amalgama de ventosas, ozas, ojos con párpados errantes, de la que colgaban diminutos espíritus con garras que destilaban gritos. El aire, cubierto por el Velo, tenía densidad de aguardiente, y los fieles de Kadath, unidos de cuatro en cuatro, se sumergían en la leche, perdiendo mires, hilando carne nueva. Olkoth, óseo y viscoso, me inspeccionó con más interés que desdén, y sus ínfulas acarreaban palabras y promesas no factibles para el cerebro humano.

“Eres médium, nada más”, dijo con lenguas imposibles. “Serás simiente. Husmea el Velo y ve a la raíz.”

Fui conducido al corazón de la catedral, donde el Velo palpitaba en epicúrea danza. Allí, el contacto fulminó mi propio ser: perdí heroicamente la noción de “yo”, y florecieron en mi sangre germinaciones, fragmentos de realidades alternativas, voces de infancias cósmicas y funerales de razas no soñadas. Me vi siendo polvo bajo otros soles, cúmulo en la sopa primordial. Sentí la leche madre, la savia negra, la sortija de tentáculos y flagelos; me supe parte y partícula, simiente y cadáver, huésped y huésped multiplicado.

Desperté sin saber por cuánto tiempo había dormido, con el rostro bañado en sudor agrio y la lengua cubierta de costra amarga. Desde aquel día, la visión no cesa: en cada sombra siento la leche palpitante; en cada ocaso, las raíces suben y me rozan la piel. Prefiero no salir, pues la gente, con ojos bovinos y púas de inquietud, percibe mis palabras fétidas. Siento que voy floreciendo, trémulo y hórrido, una corrupción que se expande. Kadath ahora me espera en vigilia y sueño, cada vez más cerca, y oigo las voces de Olkoth y Shub-Niggurath, las dos raíces de una sola carne, prometiéndome la última hospitalidad y mi disolución final bajo el Velo.

No habrá redención. No hay regreso de la estepa de sombras. Sólo queda escribir –apenas, rápido, nervioso– y advertir: hasta el más erudito puede ser simiente; el Velo no respeta ni fe, ni ciencia, ni carne. Si alguna noche la leche pútrida mancha tu sombra, sabrás que Kadath te reclama entre los suyos.

Y entre la floración negra, sólo el silencio es hospitalario.

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