Fragmento:
Aunque me avergüence, confieso que la fascinación superó mi miedo. Cerré la puerta, me envolví en todas las pieles y, portando solamente una lámpara de aceite y una daga ritual (herencia de mi familia y más antigua que la propia memoria del valle), me dejé arrastrar fuera. El frío era un ente propio, arañando mi alma y replegando mi razón. Pero no podía dejar de avanzar, siguiendo la estela de la Llama Que Camina hacia lo que los pastorcillos del borde llamaban “la boca del juicio”.
Duración: 09:31
Yo me encontraba acurrucado bajo el último techo recio de la provincia de Zarthis, en las mismísimas fronteras que se asoman y desmoronan hacia la Llanura de Leng. No puedo decir con qué propósito real llegué ahí, más allá de una insaciable curiosidad que mi profesión de anticuario había avivado desde joven: rastrear ese conocimiento prohibido que a otros les inspiraba repulsión o insensato desafío. Quizá fui guiado por lecturas prohibidas —la omnipresente tentación de los manuscritos de Annarin y el “Testimonio de Ethaggo” entre ellos— que veladamente hablan del horror lívido de Leng. O tal vez obedecí al retorcido designio de algunos sueños persistentes, poblados de ovejas grises y gritos que no encontraban garganta.
Debido al rigor de las nieves que etenían la llanura en una parálisis de fría eternidad, el lugar que elegí jamás debió conocer hospedaje humano. Era una casa de pilotes, tejida de maderas negras que brotaban como espinas de la tierra y el basamento de piedra ciclópea insinúa una edad prehumana. Su interior, angosto e inmisericorde, olía a pelo de cabra húmedo y leña fría. Dormía sobre un camastro circular, y cada noche —inescapablemente— soñaba con la llanura que afuera se extendía, donde la escarcha formaba patrones grotescos y nada humano osaba poner pie después del anochecer.
En una de esas noches que se estiran como tautas cuerdas de rabia, el viento vino del noroeste; lo supe por la súbita helada y el rugido lejano. Las antologías lo llaman “el aliento de Leng”; yo, tras esa primera vez, terminaría maldiciendo.
Literalmente, mi historia comienza cuando llegó el mercader delgado de Port Nargoth. Acudió a ofrecer género antiguo, pero sus ojos, pequeños y relampagueantes, estaban fijos en la llanura. Dondequiera que se posaban, marcaban con espanto mi ánimo — como si él ocultara el saber de lo que realmente habitaba aquellas bajas nieblas. Mientras compartíamos el té, me relató con glacial formalidad la leyenda de la “Llama Que Camina”. Aquellos que habían errado más allá del borde de lo habitable, afirmaban que cada generación surgía un fuego verdoso, una luminiscencia vacilante, que bramaba en silencio y quemaba todo recuerdo a su paso. Era —decía él— el espíritu sin nombre de las catacumbas subterráneas, que surgían de vez en cuando para devorar lo que aún osara nombrarse humano.
Aquella noche, tras los relatos y con el mercader ya perdido en la ventisca, lo vi: a través de la ventada empañada, la lejana sombra de una luz verde, parpadeante e inhumana, cruzando el horizonte chato de Leng. Lo que más me horrorizó no fue su movimiento, sino el rastro que dejaba: la nieve parecía derretirse en líneas, como si una lengua de podredumbre fisurase la blancura inclemente del ártico páramo.
Aunque me avergüence, confieso que la fascinación superó mi miedo. Cerré la puerta, me envolví en todas las pieles y, portando solamente una lámpara de aceite y una daga ritual (herencia de mi familia y más antigua que la propia memoria del valle), me dejé arrastrar fuera. El frío era un ente propio, arañando mi alma y replegando mi razón. Pero no podía dejar de avanzar, siguiendo la estela de la Llama Que Camina hacia lo que los pastorcillos del borde llamaban “la boca del juicio”.
Nunca sabré con certeza cuánto tiempo vagaba. Entre los caprichos de la aurora boreal que ocasionalmente incendia la Llanura de Leng, y la oscuridad desintegradora del manto estrellado, mi lógica se quebraba. Sólo tenía presente la urdimbre de niebla azulina y manchas grises que flotaban fuera del alcance de mi luz. La Llama Que Camina —ahora podía comprobarlo— avanzaba sin quemar. Simplemente era. Desafiaba lo orgánico y lo mineral, y donde se posaba, la tierra misma parecía gemir. El sonido no era auditivo sino mental, repitiendo un mantra: “Nug et Yeb— Nug et Yeb—” con matices cada vez más discordantes e incomprensibles.
Fue entonces que, siguiendo sin quererlo lo que ya era un surco de insania, tropecé con la boca semioculta de una gruta: la cueva donde, según las leyendas, se refugiaban los antiguos adoradores de los Aulladores Negros. Entré, empujado por el resplandor ahora filtrado e iridiscente, y sentí que la realidad misma se desfibraba. Las paredes, cubiertas de pictogramas, susurraban historias de razas prehumanas desterradas a Leng por pecados jamás escritos, y de criaturas cuyas vocalizaciones, incluso talladas en roca, desesperaban a la mente humana.
Penetré más, a pesar de la creciente impresión de que estaba siendo observado. En la cámara central, una sala circular cavernosa, negra como la pérdida y angosta como una garganta apretada, la Llama Que Camina se detuvo, parsimoniosa. Frente a mí, entre baluartes de hielo y columnas de roca, se alzaba un altar de piedra manchado con una sustancia yácea entre negrura y verde antiguo. Unos símbolos cubrían el lugar, tallados con mano aberrante, de paradojas geométricas y líneas que nunca terminaban donde comenzaban.
Ahí, sobre el altar, yacía lo que parecía un cuerpo enorme y suavemente cubierto de pelusa gris, peor aún, comenzaba a moverse con indecible lentitud. O su simulacro era tan delirante como su tamaño: seis miembros, un rostro innombrable y ojos sin párpado ni pupila, sino dos esferas negras acechando al que los enfrentara. La Llama Que Camina danzaba a su alrededor, sin consumirse, y pronto comprendí que era un sirviente, o una extensión, o acaso la conciencia misma de la cosa sobre el altar.
El horror me inmovilizó cuando una ristra de sonidos inhumanos, demoledores y viscosos, me golpeó la mente; visiones se agolparon— civilizaciones devoradas, ciudades cuyas torres fueron trituradas bajo una luna de azufre, viejas promesas y antiguos cultos expulsados del mundo antes de la memoria de los sueños.
No corrí. Ni siquiera pensé en la posibilidad de huida. Un desolador letargo me invadió, mientras la Llama Que Camina se multiplicaba, su fuego duplicándose en ríos culebreantes trepando las paredes, extendiéndose como apéndices. Y entonces, la criatura habló — o eso creí: no hubo sonido, sólo la absoluta, opresiva presión de una voluntad desencadenada. Quedé quieto, forzado a recordar y a pronunciar nombres que nadie debe recordar.
Mientras aquellos tentáculos o flamas lamían mi cuerpo, me vi forzado a revivir la vida entera de la Llanura de Leng o, peor aún, de algún ser anterior a mí — una eternidad de vigilias bajo soles que ya no existen, plegarias ofrecidas en cámaras tan vastas que la propia mente se rendía ante su concepto, ofrendas de sangre y miedo sobre altares indescifrables, una asfixiante sucesión de horrores y liturgias cada vez más abyectas. No era sólo espectador, sino partícipe; mi garganta exhalaba cantos en idiomas que jamás existieron en la carne humana.
Entonces comprendí — y quisiera no haberlo hecho: la Llama Que Camina no sólo era el ejecutor, sino también la prueba. Los antiguos de Leng recordaban a los humanos, les pesaba su recuerdo, anhelaban lo imposible: dejar una impronta en la mente de futuros pecadores. Inspiraban leyendas para, de vez en cuando, atraer a los curiosos — y así perpetuar una cadena de testigos, convertidos en vehículos de su horror y persistencia. Nadie escapaba; los que sobrevivían, como yo ahora, llevaban dentro la semilla putrefacta del horror, la inevitable certeza de que, tarde o temprano, la Llama Que Camina volvería a danzar ante su mirada, y ellos, sin voluntad, abrirían nuevas bocas al grito ajeno y antiguo.
Ignoro cuánto tiempo estuve de rodillas en ese altar. La criatura no devoró mi cuerpo, pero si algo se alimentó de mí, fue de mi conciencia: destruyó toda creencia en un mundo ordenado. Cuando por fin volví a la superficie, ya no era noche ni era día; la Llama Que Camina seguía cien pasos adelante, y yo la seguía, sin deseos ni propósito, sólo porque la voluntad ajena se había superpuesto a la mía. No sé cómo regresé a la casa de pilotes, ni cuánto transcurrió desde mi partida; mi barba creció y mi sombra menguó.
Mi existencia se mide ahora sólo en el temblor de la lámpara, en los zarpazos del viento, en la certeza de que otros vendrán — y que yo seré el relato, el testigo, la invitación fatídica a mirar la llanura de Leng desde la precaria seguridad de un refugio maldito. En mi corazón, queda la certeza de la próxima aparición de la Llama Que Camina. Sabré que es el momento cuando la escarcha se agriete y la noche se vuelva líquida, y entonces, como los antiguos, bajaré al altar, a servir y a cantar nombres que ningún humano debe conocer.
A quienes escuchen estas palabras, sólo puedo advertir: ningún libro prohibido, ningún sueño ni ninguna tradición del saber humano, puede protegerles si la llanura de Leng les elige para recordar. Hay cosas antiguas que no buscan destrucción, sino perpetuidad. Y su única salvación es la ignorancia, el olvido. Maldigo el instante en que seguí la estela del fuego verde, y envío este testimonio para que ninguna otra voluntad siga el camino; aunque sospecho, tenebrosamente, que aquellos a quien esto tiente… ya están perdidos desde mucho antes de leerme.
Treinta noches han pasado y, al fin, he sentido el aliento frío: la Llama Que Camina se aproxima una vez más. Esta vez, no necesitaré salir de la casa. Sólo abrir la puerta, extender mis brazos, y desaparecer en el resplandor; tal vez entonces mi memoria, como la de tantos otros antes que yo, se funda a la vasta, innombrable y siempre hambrienta Llanura de Leng.
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