Fragmento:
“Es un vestigio”, dijo Cartín mientras me ofrecía una lupa y un grueso manuscrito, “un fragmento traído desde el confín del sistema solar, del mismísimo Yuggoth. ¿Puedes descifrarlo, Dénis?” Me reí, aunque la nota fue seca, y aseguré que lo intentaría. Era un guiño a nuestro pasado compartido de noches de transliteración y vino agrio, y de un modo morboso la broma de que en los confines de la biblioteca aguardaban siempre horrores más profundos.
Duración: 10:29
Dije que me había propuesto no volver a frecuentar la región más oscura de mis sueños y, aun así, ¿acaso mis propósitos valen más que el canto de los gusanos en cuanto las estrellas comienzan a menearse inquietas en el firmamento de mediana noche? Es posible que todo empezara con la soledad y la invencible melancolía, pero no sería justo culpar solo al ánimo de mi caída. Yuggoth —la palabra misma se desliza como cieno entre los dientes— no es un lugar, sino una demanda, una consunción; una llamada desde regiones más antiguas que toda luz.
Esta verdad vino a instalarse en mis huesos cuando acepté la invitación de Cartín, aquel erudito de rostro oblongo y voz siempre apagada, quien en la penumbra de la socialidad universitaria me tendió unos documentos sellados y, con temblor apenas disfrazado, susurró: “Ven, acompáñame, hay algo que debes ver en la cámara subterránea.” Si hubiera comprendido siquiera una fracción de la gravedad de su tono, habría huido. Mas mi mente, consumida por el tedio y el pálido anhelo de cosas no contadas, quiso saber.
Descendimos por las escaleras de piedra, más viejas que la facultad misma, hasta las bóvedas enmohecidas por la humedad y el secreto. Allí, en una sala de aire viciado, donde las lámparas de gas contribuían más al desasosiego que a la claridad, yacía un sarcófago de basalto negro, extraño en su composición y talla. Casi parecía que la luz se negaba a reflejarse en su superficie, absorbiendo la mirada en un vértigo finito. Las inscripciones —una mezcla de cuneiforme, líneas pseudo-micénicas y un elegante arabesco, ondulante y antinatural— desafiaban la lectura.
“Es un vestigio”, dijo Cartín mientras me ofrecía una lupa y un grueso manuscrito, “un fragmento traído desde el confín del sistema solar, del mismísimo Yuggoth. ¿Puedes descifrarlo, Dénis?” Me reí, aunque la nota fue seca, y aseguré que lo intentaría. Era un guiño a nuestro pasado compartido de noches de transliteración y vino agrio, y de un modo morboso la broma de que en los confines de la biblioteca aguardaban siempre horrores más profundos.
Pero en mi fuero interno, algo más profundo se agitaba, una firmeza que no reconocía. El nombre de Yuggoth no me era ajeno, si bien lo ubicaba apenas como una leyenda: ese planeta oscuro, más allá de Plutón, hogar de horrores que en la mitología oculta de la Tierra representaban la matriz y el final. Nada me preparó para comprender que esa leyenda sería menos que una sombra ante lo que vi.
Continuamos abriendo el sarcófago —la losa parecía sellada por un barniz indestructible— y tras varios minutos que se sintieron eternos, Cartín extrajo una pequeña llave de obsidiana, negra y sucia. Encajó a la perfección en una hendidura apenas perceptible, y el sonido subsiguiente, un chasquido como de huesos de aves rotos, reverberó en mis tímpanos. El hedor que brotó de dentro era penetrante: almizcle, productos de una lenta putrefacción, o quizás algo anterior a la muerte misma.
Dentro había una máscara: apenas rostro, más bien un concepto de rostro. El material era desconocido, algo entre la cera carbonizada y la piedra licuada. La superficie, porosa pero iridiscente, temblaba cuando la tocabas. No mostraba rostro humano ni de bestia, pero la mente buscaba encontrar facciones en sus repeticiones, y eso, me di cuenta, era el error: no se debía mirar demasiado. Había otras cosas, jeroglíficos sabiamente ocultos bajo el arte primitivo, y en esos grabados se repetía la cifra que gesticula en la lengua muerta de Kadath, ese nombre enloquecedor: “el umbral de la tercera máscara”.
Al mirar la máscara, sentí un escalofrío que subió desde la base de mi espina hasta la corona de mi cráneo, y al instante todas las sombras de la sala parecieron acercarse, imantándose a la negra superficie del artefacto. Cartín, obsesionado, me guiñó: “Debemos llevarla esta noche hasta la terraza.” Allí, en el frío mortecino de las tres, las estrellas parecían diferentes: como si la bóveda celeste, burlona, hubiese inclinado su costado más opaco hacia nuestra institución.
Los rumores corrían: un fragmento traído tras la Segunda Guerra Mundial por expedicionarios de moral dudosa; un intercambio —se murmuraba— con entidades de tales regiones, a cambio de secretos menos costosos para ellos que para nosotros. Cartín, como borracho, hablaba de trenes y barcos que cruzaban mares congelados, de contratos rubricados en sangre y polvo de meteorito. Y ahora, bajo el alero de las siete gárgolas que coronaban la facultad, propuso colocar la máscara bajo la luz de la luna, como aquellas leyendas de la Montaña de Kadath y los dioses olvidados.
Apenas la máscara tomó la plateada frialdad de la noche, sucedió. No, nada tan vulgar como un temblor o una lluvia de azufre. Era… un desplazamiento. Un moverse de las perspectivas. La propia geometría de la terraza se quebró, dando lugar a un plano superpuesto —y supe al instante que era una visión de Yuggoth lo que presenciábamos. Los muros mutaron en corredores de un castillo que jamás fue erigido por manos humanas, y sobre el horizonte surgieron torres dispuestas en patrones fractales, cada una coronada por lentes ciclópeos que miraban —nadie sabe con qué propósito— las regiones del vacío interestelar. En el aire vibraba una música sin sonido, pura disonancia, una invitación a la locura.
Cartín temblaba, pero no de miedo: era sobrecogido por una dicha impía. “¿Lo ves, Dénis? ¿Ves el camino? Kadath es real. Yuggoth fue su espejo. Podemos caminar entre ambos.” Sus palabras salpicaban la frescura nocturna como bichos golpeando la llama. En mi interior, sentía que aquello era abominable, y sin embargo, el ansia de saber era demasiado fuerte.
Durante semanas, obsesionados, repetimos el rito: la máscara, en distintos lugares, bajo diferentes configuraciones astrales, buscando el ángulo correcto para que el mundo se plegara correctamente y esa otra geometría emergiera. La máscara, cuando no era usada, se guardaba en la bóveda, pero cada vez que la depositábamos allí, tenía la impresión de que se regeneraba; a veces notaba en ella grietas, como de un uso excesivo, y al día siguiente estas desaparecían. Empecé a soñar con torres de espira doble, con cámaras en las que mercados obscenos se celebraban bajo lunas negras, cuyas mercancías no eran sino sueños robados a los dormidos de la Tierra.
Un día, Cartín no acudió a la cita. Me inquieté, sentí alivio y luego, como una marea acechante, el pavor al pensar en los límites traspasados. Encontré su despacho revuelto, papeles esparcidos: diagramas, cartas en idiomas muertos, y en el centro una nota, escrita apresuradamente en la orla de un antiguo mapa: “He cruzado. La Niebla me recibió. Hay otros. Si tardas, no me busques.”
Me dijo la lógica que debía destruirlo todo. Me ordenó el instinto huir de las escaleras de piedra, sellar la bóveda, eliminar cualquier referencia a Yuggoth, a la máscara, a la ciudad de Kadath y sus horrores. Pero, ¿cómo destruir aquello que toma posesión de tu mente? Soñaba cada noche, de forma cada vez más vívida, con mercados en los que los nombres de los convocados eran pronunciados como precio por objetos imposibles. Allí, aprendí, todo tiene un valor: la memoria de la infancia de un desconocido, el grito de una madre desconcertada por la desaparición de su hijo, el sabor de la sal de lágrimas vertidas en velorios anónimos.
Perdí la cuenta de los días. El rostro de mi madre se volvió brumoso en mi memoria; el de Cartín, nítido y fatal, flotaba al borde de mi visión en cada luminiscencia, cada sombra. Una tarde, guiado por impulsos que no reconocía como míos, busqué la máscara. Ya no estaba en la bóveda: en un anaquel, en los sótanos más profundos donde la humedad rezuma de raíces olvidadas, hallé un rastro: pasos diminutos, como de insectos gigantescos, dirigidos hacia un muro antiguo, tapizado de musgo y marañas. Y en la grieta, la máscara: esperando.
Al tocarla, sentí el peso del cosmos entero. En mi oído susurraron nombres ardidos, y tras el parpadeo, el mundo cambió. No desperté, aunque aún era de noche. Estaba en una ciudad de piedra negra y líquida, donde la gravedad ondeaba como banderas, y en cuyos rincones reptaba una vida parecida a la conciencia. Sobre el horizonte de sílex pendía una luna púrpura, y en la distancia las torres de Kadath elevaban plegarias mudas al vacío entre universos.
Allí encontré a Cartín. Era él, sí, pero también era otro: la máscara indistinguible de su rostro, su piel abierta en runas que se movían según la luz de dos soles. Me tendió la mano, y el idioma de las cosas desterradas brotó de sus labios: “Aquí no hay tiempo. Aquí solo hay hambre.” Y por un instante, sentí que podía quedarme: ser devorado y devorar, olvidar el eco de la carne en favor de la memoria de la piedra.
Pero la máscara exigía sacrificio, y comprendí que solo regresaría si dejaba atrás algo irrecuperable. Vi fragmentos de mi infancia, episodios de felicidad y miedo, entregados como monedas a entidades sin rostro. Era así, supe: el peaje que Yuggoth cobra por mirar tras el velo, la puerta entre Kadath y la vigilia.
Desperté, o algo parecido: el sarcófago abierto, la máscara de nuevo cerrada. Era de día, y la ciudad seguía en su sitio, aunque el aire olía a ozono y ceniza. Salí al exterior, el sol me hirió. Vagamente, sentí que mi sombra era más pequeña, menos definida. En mi agenda hallé garabateada una fecha, una cifra irreconocible, como dictada por manos de otro. Desde el sótano, sentí el rumor de pasos diminutos, de susurros bajo la piedra; la máscara nunca volvería a ser hallada por nadie más, salvo aquellos ansiosos de pagar el precio.
A veces, ya viejo, los sueños regresan y sé que voy hacia la última máscara, que la tercera aún me aguarda cuando la Luna esté en el signo de la Llama Vacía. Y mientras tanto, los pasillos de la universidad mienten bajo la lluvia, esperando, como la máscara, a que alguien abra de nuevo la losa, descifre el fragmento y sepa que la búsqueda nunca termina, porque Yuggoth no es un lugar, sino la enfermedad misma del deseo.
El precio, finalmente, es todo lo que uno cree ser.
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