Portada del relato El Heredero de las Mareas Prohibidas
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Fragmento:


Bajé. La bodega era húmeda, casi inundada, y el aire denso portaba un olor nuevo: no era sólo sal o podredumbre, sino algo más, algo que recordaba a una tormenta atrapada en el vientre de un monstruo enloquecido. El agua me llegó pronto a los tobillos, fría y metálica. Ratas pálidas escabullíanse entre cajas apiladas, y raíces colgaban como cabellos de la tierra. Al fondo, una caja, apenas visible, y encima de ella, una caracola negra de tamaño antinatural. Cipoteada en su interior, algo palpitaba.

Duración: 10:20

El Heredero de las Mareas Prohibidas
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Texto de ajuste de pausa.

Las olas entonaban su lamento, y la niebla descendía, viscosa, sobre las maderas ruinadas del puerto de Innsmouth, como una mortaja. Era una noche que olía a algas podridas y a sal entaponada en las cerraduras por el tiempo. Cuando llegué a esa localidad olvidada, traía conmigo una maleta y una razón: el testamento de mi difunto tío Alastair Marsh, quien en voz ahogada y entre temblores, me hizo prometer que tras su muerte buscara una caja, oculta en la bodega de la vieja posada “El Navegante”, junto a la escollera anegada.

El pueblo de Innsmouth siempre había sido un susurro entre los míos, una grieta por donde se colaban miradas incómodas y relatos difusos de un pasado mejor sepultado en lodazales. No obstante, me movía la curiosidad y cierto egoísmo heredado de los Marsh: quería saber, a toda costa, qué clase de secreto había condenado a mi linaje y por qué, de entre todos los posibles, yo había sido designado su albacea. En el preciso instante en que desembarqué del desvencijado autobús, supe que la respuesta sería más costosa que lo que mi vida podía pagar.

El primer rostro que vi fue el de un anciano. Tenía los ojos tan separados que parecía contemplar dos realidades distintas y el labio superior caído, mostrando encías vengativamente desnudas. Me saludó inclinando la cabeza, como recordando una antigua reverencia marina. No preguntó mi nombre ni mi propósito. “Ha regresado un Marsh”, musitó, y la niebla pareció arremolinarse más densamente a nuestro alrededor.

Tomé la dirección de la posada, sintiendo el peso de ojos invisibles. Las casas eran cáscaras, grotescamente deformes por la humedad. Tejados inclinados hacia la calle, ventanas cubiertas de costras salinas. Todo apestaba a resignación y memoria funesta. Caminé rápido, tropezando más de una vez con detritos de pescados antaño frescos, ahora calcificados por el abandono. Sentía, a cada paso, la urgencia de la marea en ascenso, como si lo que tenía que ser descubierto debía serlo antes de que las aguas lo engulleran para siempre.

La posada era aún peor de lo que mi imaginación auguraba: una estructura decrépita, con la pintura resquebrajada y jamás barnizada, las vigas tan hinchadas que pendían del techo como lenguas petrificadas. La mujer que me abrió parecía la viva imagen de una pesadilla: su piel, aunque humana, tenía un matiz perlado y alrededor de los párpados trazos iridiscentes que sugerían escamas diminutas. No preguntó por mi nombre ni intención, sino que me entregó una llave enorme, tosca, casi un anacronismo medieval, y señaló, con un movimiento de barbilla, una trampilla detrás del mostrador.

Bajé. La bodega era húmeda, casi inundada, y el aire denso portaba un olor nuevo: no era sólo sal o podredumbre, sino algo más, algo que recordaba a una tormenta atrapada en el vientre de un monstruo enloquecido. El agua me llegó pronto a los tobillos, fría y metálica. Ratas pálidas escabullíanse entre cajas apiladas, y raíces colgaban como cabellos de la tierra. Al fondo, una caja, apenas visible, y encima de ella, una caracola negra de tamaño antinatural. Cipoteada en su interior, algo palpitaba.

Recordé la advertencia de mi tío:

—Hay nombres que no deben decirse, sangre que no debe verterse, y ritos que no pueden frenarse… Busca la caja, pero, por todos los dioses, no escuches el canto.

Las palabras eran vagas, pero el peso ancestral de la condena era indiscutible. Avancé. La caracola vibraba con los latidos de mi propio corazón; su superficie estaba tallada con símbolos imposibles, alienígenas, ecos de algo nacido cuando la criatura aún no era insospechada por los hombres. Con manos temblorosas la levanté, y el sonido emergió: no era música ni palabra, sino un estremecimiento en la columna vertebral, un oleaje dentro del cráneo. Entonces apareció el primer recuerdo: mi madre, rezando ante una ventana, sus labios moviéndose a la misma cadencia hipnótica del ritmo que emanaba de la caracola.

El agua se elevaba. Lo noté demasiado tarde. Mi pie resbaló y caí sobre la caja, que se abrió sola, liberando un olor aún más violentamente ajeno. Dentro, cartas escritas en un idioma que simulaba el inglés pero se quebraba como el coral al intento de la lengua humana. Reconocí, empero, la palabra más recurrente: Na-Girt-Ath.

Este nombre no estaba en los registros de mitos familiares, ni en las leyendas de los pescadores, ni en los murmullos que la brisa traía desde el mar. No, esto era otra cosa, un intruso en el panteón de los terrores Innsmouthianos, una sombra tan negra que el propio Dagon bajaba la cabeza ante ella. Las cartas hablaban de ofrendas sanguinolentas, de peregrinajes nocturnos por la escollera y de cánticos bajo el agua, donde la respiración se trueca de aire a burbuja y la plegaria en burla abismal.

Saqué la caja y trepé, empapado hasta la cintura, de regreso a mi habitación. Sin hallar paz, abrí las cartas junto a la ventana y, por horas, descifré lo inhumano de su gramática. El juego de palabras oscilaba entre la invocación y la crónica. Supe, entonces, que mi familia fue durante generaciones apenas el carcelero, no el dueño, de algo velado bajo la escollera: Na-Girt-Ath, la Lengua Hambrienta, la Voracidad que une las aguas con la carne del mundo.

En la carta más antigua, el abuelo de mi tío, en el año de 1850, describía un eclipse rojo, el aullido de las caracolas gigantes frente a la costa, y las desapariciones de los niños que regresaban con los ojos vacíos y la nostalgia de otros horizontes. “No miréis a través del agujero en la escollera —leía— porque allí respira el Verdadero Heredero del abismo”.

La noche cayó con un rumor de funeral. Decidí caminar hasta la escollera. El faro estaba apagado desde hacía décadas, y la negrura era un animal que se deslizaba entre las piedras cubiertas de limo. Al acercarme, noté figuras en la playa —tres, quizá cuatro—, envueltas en ropas largas y canosas, portando antorchas ahogadas por la bruma. Se movían en círculo, como si defendieran algo invisible, o temieran mirar hacia el centro de su reunión.

Me escondí tras una roca; mis manos apretaban la caracola negra. Los susurros que entonaban no eran lengua, sino un balbuceo sagrado, el lenguaje de las aguas aprisionadas. Y, debajo de la escollera, más allá del alcance de cualquier linterna, un brillo iridiscente parpadeaba, como el ojo de un ente monstruoso y muerto hace eones.

De pronto, un grito perforó la noche. Uno de los encapuchados se arrodilló, y una plegaria torcida ascendió hasta el cielo: Na-Girt-Ath, Na-Girt-Ath, ven, despierta y consúmenos. El canto era hipnotizante, un oleaje de compulsiones que tiraba de mi espíritu hacia la marea. Las piedras se movieron, y por un instante absurdo vi algo inenarrable: una boca, o tal vez un círculo de lenguas negras, surgiendo del agua como una corona invertida, y alrededor de ella nadaban presencias translúcidas, todas con el rostro borroso de un Marsh identificado sólo por el dolor del linaje.

Enloquecí. Corrí. Grité. La caracola no me dejó soltarla, y su peso era tremendo. Llegué a la posada abrazando mi pecho, sudando frío, repitiendo en mi mente los nombres de santos y monstruos con la vana esperanza de encontrar refugio.

La posadera me vio y negó con la cabeza, limpiando un vaso que brillaba con residuos de lodo. “Ya lo escuchaste, joven Marsh”, sentenció. “La vigilancia es tu herencia. Todos hemos mirado por el agujero —una vez—. Ahora sólo queda seguir esperando a que el Verdadero Heredero despierte del todo.”

Cada noche, a partir de entonces, escuché el borboteo de la escollera, el rumor de la caracola y el eco de las palabras impronunciables, mientras la marea subía. Los habitantes de Innsmouth evitaban mi presencia a la luz del día, pero en las sombras rozaban mi puerta, depositaban pequeños anillos de hueso y presas irreconocibles. Yo solo existía para llevar a cabo el último acto: cuando las aguas rompieran la escollera y en la playa amaneciera el círculo sin principio, habría de entregar mi voluntad —y mi memoria— a la boca de Na-Girt-Ath.

El invierno se precipitó, y el mar rugía con más fiereza. Por las noches los cánticos se multiplicaban, y bajo mi ventana veía sombras arrastrándose con la misma resignación líquida de los peces lanzados al hielo. Mi vida se deshacía como arena. Evité los espejos, pues algo en mi rostro comenzó a cambiar: los ojos se agrandaron y palidecieron, los dientes se deshicieron en forma de placas, y el vello de mi cuerpo fue sustituido por una fina membrana imposible de romper.

Una noche, el clímax llegó. Desperté con las campanas del campanario, aullando al compás de una tempestad que parecía hecha de gritos y conjuros. La caracola negra palpitaba como el corazón de una bestia enferma, y la escollera parecía respirar a su propio ritmo ancestral. Sabía que había llegado la hora. Salí al muelle, con la caja de cartas bajo el brazo y la caracola pegada a la oreja, escuchando los susurros de las profundidades.

Todas las puertas estaban abiertas, y todos los rostros estaban afuera, cubiertos de escamas y lágrimas secas. Al llegar al agujero de la escollera, miré y vi —con pavor— que no era simplemente una oquedad, sino una garganta ciclópea, abierta en la carne primigenia del mundo. De allí brotó una niebla más densa, preñada de luces y glotis y formas vegetales-líquidas imposibles de ser vistas sin perderse a uno mismo.

Los pobladores me rodearon, entonando el himno sin nombre. Mi voz se unió a la suya, y comprendí que siempre había sido así, y siempre sería: el ciclo del mar llamando a su sangre. Se que la lengua negra de Na-Girt-Ath lamía mi espíritu, borrando memorias y certezas. Cuando la marea me cubrió, abrí la boca y la caracola cayó al abismo.

Desde lo profundo, un eco respondió, y supe, en la oscuridad que ya no era mía, que la vigilancia apenas comenzaba. Nadie recuerda los nombres de los Herederos, pero todos escuchan, en la caracola de las pesadillas, el susurro incesante del mar: Na-Girt-Ath, Na-Girt-Ath… La noche de Innsmouth no termina nunca.

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