Fragmento:
Pocos días después, en las páginas del Arkham Advertiser, vi un anuncio: “Se requieren jóvenes bibliotecarios para organizar el Archivo de los Callahan. Buena paga. Alojamiento incluido. Preguntar por el señor Allen.” Aunque mi padre despotricó, y mi madre lloró discretamente, una tarde de llovizna me planté ante el pórtico barnizado en negro, portando mis pobres credenciales.
Duración: 11:34
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Aún hoy, a más de treinta años del suceso, mi mano tiembla mientras escribo. La lámpara jade de mi escritorio, tan semejante en perversidad a lo que iluminó mi descenso, apenas exorciza las sombras que me asombran. La mayoría de quienes aún moran en Arkham, y no han sucumbido a las demencias en que tan pródigamente caen los que se acercan demasiado a la Universidad Miskatonic, creerán que esta es otra de las invenciones que llenan las sobremesas lluviosas. Pero solo los seres que han sentido, aunque solo sea por un segundo, el hálito glacial y putrefacto de lo Verdaderamente Ajeno, comprenderán cuán serio es mi tono. Si pueden, lean, y luego olviden. No todos pueden olvidar, ni todos merecen saber.
Nací y me crié en el barrio de Lower Pickman, en la parte vieja de Arkham, ahí donde la humedad nunca se disipa, ni la niebla concede tregua. En aquellos años, mi padre, profesor menor de lenguas muertas, me prohibía acercarme a cierta calle —la truncada y mal pavimentada Ravencroft—, y mucho menos a la casa ruinosa al final de la misma. Según supe después, había una historia que asociaba la mansión Caldecott con desapariciones, insomnios colectivos, y un extraño verdor aceitoso que se filtraba hasta manar en los desagües de la zona. Pero la infancia conoce solo la fascinación y la rebeldía, y la mía fue doblemente marcada por ambas.
A mis diecinueve años, acababa de regresar del internado en Providence. Lo que encontré fue una ciudad igual en superficie, pero más opresiva. Los neblinosos otoños parecían ahora exudar algo más que simples esporas de moho; había ráfagas que refulgían brevemente en verde entre los remolinos polvorientos. Y, para mi creciente inquietud, la casa Caldecott había sido ocupada. Bultos y muebles antiguos arribaron en tres camiones procedentes de Kingsport, e incluso la policía local —gente tan celosa de su maraña de rumores— cuchicheaba a viva voz sobre el asunto.
Pocos días después, en las páginas del Arkham Advertiser, vi un anuncio: “Se requieren jóvenes bibliotecarios para organizar el Archivo de los Callahan. Buena paga. Alojamiento incluido. Preguntar por el señor Allen.” Aunque mi padre despotricó, y mi madre lloró discretamente, una tarde de llovizna me planté ante el pórtico barnizado en negro, portando mis pobres credenciales.
El interior, pese al deterioro exterior, era lujoso y embriagador, con aire cargado a resinas orientales y cera vieja. Me recibió un hombre pálido y sin cejas, de modales tan estrictos como mecánicos: el “señor Allen”. Propuso condiciones inusuales —prohibidas ciertas alas y habitaciones, horarios nocturnos para evitar molestos ruidos, y absoluta discreción—, pero la paga era excelente y la curiosidad, una bestia demasiado grande. Así comencé mis jornadas con los gemelos Callahan.
Aquella noche, Allen me llevó hasta la antigua biblioteca, una estancia abovedada y sin ventanas, donde dos figuras aguardaban reclinadas entre sombras. Las siluetas idénticas —ambas adolescentes, de mirada extrañamente madura, piel macilenta y cabellos de un rubio opalescente casi transparente— se presentaron como Jeremy y Lucian Callahan. Sus movimientos eran sigilosos y fluidos como el mercurio, y su modo de hablar… inquietaba, como si una voz aguardara detrás de la voz. Sin embargo, me parecieron corteses, tanto que mi recelo se difuminó pronto ante el reto que representaba el archivo: documentos encuadernados en piel, cartas con rúnicos sellos púrpura, y tres baúles con manuscritos cuyo tacto, viscoso y cálido, me sobresaltó.
Sebastián, el mayordomo anciano, me guio esa noche a mi habitación, repitiendo dos veces y con voz de pánico: “No cruce el vestíbulo oeste cuando llueva… nunca después de medianoche…”. Yo asentí por inercia, sin comprender la insistencia. Dormí inquieto, y la última visión antes de rendirme fue la de la lámpara de mi mesita: vidrio de un color extraño, a medio camino entre esmeralda, ópalo y podredumbre.
No tardé en comprobar que la rutina de la casa era tan artificial como fría. Los gemelos Callahan rara vez se mostraban juntos; uno de ellos siempre faltaba, como si fuesen dos mitades de una única voluntad que debía repartirse. Solo en ciertas noches —las más húmedas y opresivas— se cruzaban, vestidos con ropas ceremoniosas y portando una caja tallada en hueso azulino. Yo les oía entonar canciones sin letra, extrañas en modulación y cercanas a la náusea. Al final de tales veladas, el pasillo del ala oeste era invadido por una neblina verde lechosa, y los portones del sótano reptaban de matices inquietantes. Allen se aseguraba de que yo no saliera de mi habitación hasta el alba.
No obstante, la curiosidad, esa laceración imposible de ignorar, me empujó a explorar. El tercer jueves, tras uno de aquellos rituales —era imposible no llamarlos así—, la neblina se demoró y escuché el rumor de un cántico, primero tenue, luego creciente y vasto, como si la mansión entera vibrara con una melodía anterior a la memoria. Fueron los pasos húmedos en el vestíbulo oeste lo que me decidió: descalzo y en silencio, avancé hacia la puerta prohibida, que entreabría apenas una ranura fosforescente.
El espectáculo era la pesadilla de cualquier razón. Los gemelos Callahan, desnudos salvo por los collares de huesecillos y vetas verdes, danzaban alrededor de un círculo estriado, tallado en la piedra por lo que parecía ser ácido. El suelo bullía bajo ellos, inflándose a intervalos y exhalando un vapor verde, tan denso que parecía material. De entre la bruma surgió entonces una silueta titilante: no humana, sino como de un espantajo luminoso, trabado de brazos y apéndices, sin cara definida. Sentí que su sola presencia despellejaba todo recuerdo, todo ‘yo’ que hubiera podido ser. Se anudó en torno a los gemelos, y estos entonaron una letanía susurrada:
“¡Oh, progenie de la Orilla Tercera, sal de la podredumbre y corónanos padres de la aurora pestilente! Arcadia bajo el astro verde reclama el grito y la semilla…”
No podría decir cuánto duró el trance. Alguien, quizá Allen, me arrastró fuera antes de que la neblina se fundiera en grumos y la silueta se deslizara dentro de los cuerpos de los gemelos, que se derrumbaron como marionetas cortadas. Desperté en mi cama, con el mundo temblando, todo el cuerpo impregnado de aquél hedor nauseabundo, mezcla de moho y almizcle artificial. “Has visto demasiado,” masculló Sebastián esa mañana. “Tal vez sobrevivas, si decides ignorarlo.”
Esa noche puse mis cosas en orden. Lejos de rendirme al pánico, decidí buscar pruebas: recorrí la biblioteca, leí cartas, consulté grimorios. Largas noches, tras las vigilias de los Callahan, seguía los rastros de limo que dejaba la entidad: una secreción verde parlanchina, que, al escrutarla con la lupa, revelaba minúsculos caracteres giratorios, siempre mudos y siempre horrendos. Encontré, tras semanas, un cuaderno oculto en la funda de una Biblia. Era la bitácora de un tal H. Vhass, pastor llegado en 1844 a Puritan’s Hill. En ella relataba cómo, generación tras generación, los Caldecott y los antecesores de los Callahan fungían como custodios de un rito ancestral: la “vigilia de la Tercera Semilla”, invocación a un poder que él llamaba “el Portador de la Segunda Luz” y otros títulos impensables. Según Vhass, el rito solo falló una vez, resultando en la peste de 1868, registrada como “la plaga de la niebla verde” en los anales de Arkham.
La bitácora revelaba, además, la existencia de otro custodio: un “Vhachza” —palabra incomprensible, pero que el traductor asimilaba prudentemente al “eunuco de las lámparas”. Según el pastor, este ser, mitad siervo, mitad amo, moraba en el sótano más profundo de la casa, y era invocado cada ciclo lunar cuando la luz y la podredumbre se entrelazaban en los meses de mayor humedad. De Tulzscha —nombre que sólo aparece en las postrimerías del texto— apenas se atrevía a escribir. “No lo invoques sin gemelos”, repetía como letanía, “o toda la ciudad será su campana”.
Mis noches pronto fueron espiral de terrores. La mansión comenzó una lenta podredumbre: las paredes, antes límpidas, supuraban savia azufrada; los espejos devolvían figuras que no cuadraban con mis movimientos; las lámparas llenaban las alcobas de sombras verdosas aunque la bombilla era clara. Más gravemente, los gemelos Callahan se volvían cada vez menos humanos: sus ojos, limpios y fríos, empezaron a brillar con neones internos, y su piel parecía a ratos traslúcida, dejando entrever filamentos y simas sin luz. “Pronto viene la aurora Verdadera”, decían. Nadie lograba dormir en la mansión. Allen se pudría poco a poco, perdiendo dientes y, diríase, también huesos. Sebastián dejó de hablarme.
No sé qué día exacto fue; la noción de tiempo se disolvió como tinta bajo la persistente neblina. La mansión entera vibró en la medianoche. Sé que bajé al sótano, impulsado por ese miedo que, paradójicamente, exige satisfacer su causa. Allí, el espectáculo era grotescamente hermoso. Una piedra, cubierta de limo lechoso, palpitaba como un corazón enfermo, y ante ella, la cosa que era y no era Vhachza: una criatura ameboide, alta como un hombre pero sin rostro, cruzada de nervios verdes y venas palpitantes, cuya voz llenaba la bóveda con promesas de languidez y renovación. Los gemelos Callahan, ahora fusionados en un único cuerpo de carne y luz verde, oficiaban el último acto. En sus manos la caja blanca. “La aurora —musitaba la cosa—. El Despertar”.
Todo se derrumbó entonces en luz, olor y un zumbido que me sigue acechando aún hoy, en la médula. Recuerdo forcejear con la realidad, ver la piedra abrirse en un vórtice de babas y líquenes, sentir la presión de un millar de dedos informes rasgándome el rostro, arrancándome memorias, cambiando mi esencia. Recuerdo también —no sé cómo— escapar, emerger por la trampilla que daba a la ladera del río, rodar en el frío, y el silencio repentino cuando alcancé la luz de un farol amigo.
La casa Caldecott fue encontrada días después, vacía y aún retumbante de un hedor inexplicable. De los Callahan nada quedó: ni cuerpos, ni papeles, ni siquiera las ropas ceremoniales. El sótano fue tapiado —al menos oficialmente— y Allen y Sebastián, según me dijeron, partieron hacia Salem esa misma semana.
La infección, sin embargo, nunca nos abandonó. Algunos vecinos, los más viejos, aseguran que cada cierto ciclo lunar aparece un vaho verdoso entre los álamos del cementerio, oyéndose cánticos secos y risas dobles. Los perros aúllan y la tierra exuda limo durante horas. Yo mismo siento, a veces, una presión fría a la altura del cráneo, una voz que me insta a abrir, a abrazar “la aurora orgullosa”. Temí volverme loco, y con razón, pero mis pesadillas me advierten: los gemelos Callahan no huyeron, porque nunca estuvieron. Solo fueron las vestiduras que vistió aquello, los maniquíes desechables de algo más terrible, algo que sigue vivo bajo las calles mohosas de mi ciudad.
Escribo esto como advertencia, o quizás solo para librar mi alma de un peso que no logran exorcizar ni la razón ni la penicilina. Si algún día, lector, ves una niebla verde refulgir entre las tapias de Ravencroft Street, huye. Si escuchas cantos a dos voces donde no hay nadie, reza. Y si alguna vez una caja blanca aparece en tus sueños, no la abras. No a menos que desees, como yo, habitar eternamente entre las virtudes pestilentes de la luz verde.
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