Fragmento:
Seguí caminando, las piernas temblando y sudoroso. Empecé a ver osamentas incrustadas en la piedra, calaveras de formas poco humanas —ninguna, sin embargo, imaginaria, no. Parecían párpados entreabiertos, huesos barnizados por una baba negra. Me di cuenta, de pronto, que algunas mandíbulas se articulaban. “Huye,” mascullaban en dialectos muertos. Mi corazón aullaba, mi mente suplicaba detenerse. Unos peldaños más y vislumbré una figura: una silueta sentada en actitud de vigilia a mitad de la Escalinata, encorvada bajo una capa cuya tela titilaba con luces de pesadilla.
Duración: 09:00
Kadath se alza sosegada ante la noche perpetua, tan quieta como una criatura que sueña. Cuando la luna doble surge, tras las torres ensortijadas como garras de un monstruo antediluviano, la ciudad escupe sombras líquidas y niebla densa desde la vena abierta de sus callejones. Cada huésped, cada peregrino, cada deforme servidor de la lúgubre aristocracia duerme con un cuchillo al costado, pero nunca del todo seguro. Yo lo supe al llegar, porque aún con la esperanza de encontrar poder y conocimiento, mi deseo temblaba como una brizna ante un vendaval.
A mi llegada, la niebla tenía sabor a óxido y a carne. Vinieron primero los murmullos, subsónicos, que caminaban las paredes como lombrices inertes: salmodias vacías sobre tronos antiguos, letanías de bestias sin ojos arrodilladas ante dioses ausentes. No los entendía, pero mis huesos sí. Los sueños eran tantas puertas abiertas, y cada una prometía sangre o demencia. Los mercaderes me vendieron hierbas para dormir y cristales para proteger la psique, y me advirtieron de la Escalinata. Todo extranjero en Kadath terminaba sabiendo, por el precio apropiado, que aquel era el camino prohibido.
Una noche, no pude resistir. Demasiados relatos, demasiado vino negro y las confesiones de labios marchitos que me hablaban entre parpadeos. Ellos decían que bajo la Escalinata se encontraba la respuesta, el don que llenaría cualquier vacío... o se lo tragaría entero con dientes de piedra. Al tercer día, cuando la luna doble se oscureció, bajé por el acceso tras el Templo del Silencio. No era el aroma del incienso el que me guió, sino el olor a tierra removida y la melodía tullida de una flauta de hueso.
Al principio el descenso era reconocible: peldaños de basalto resbaladizos, paredes sudorosas, la luz de mi lámpara devorada a escasos metros por una penumbra densísima, más antiguas las sombras que las primeras palabras que alguna vez pronunciamos. Tuve la impresión de que cada paso pesaba doble, que Kadath entera me repelía como un cuerpo que intenta expulsar lo extraño. Me detuve a escuchar, encontrando solo un murmullo de respiraciones, como si cientos de bocas besaran el suelo por debajo de mis pies.
No puedo explicar el tiempo allí abajo -quizá días, quizá horas. Tampoco podría precisar cuándo el aspecto de la Escalinata cambió. El aire se espesó. Los peldaños parecían inflarse, abultarse, y de cada grieta asomaban tentáculos de vapor que se enroscaban sobre sí mismos, generando siluetas danzantes justo al filo de mi percepción. Hubo algo que gemía en las rocas, un lamento sin palabras, hecho para disuadir a los vivos. Me detuve y, jadeando, oí a la distancia la siguiente voz:
—Olvídate del regreso. Aquí, solo hay un camino.
La voz provenía de los peldaños, un eco atrapado, replicando a sí mismo, aflautado y cansado, pero hambriento. Podría haber corrido, intentado volver. Pero entonces recordé lo que me trajo hasta ahí: Kadath prometía poder, pero jamás explicitaba su precio.
Seguí caminando, las piernas temblando y sudoroso. Empecé a ver osamentas incrustadas en la piedra, calaveras de formas poco humanas —ninguna, sin embargo, imaginaria, no. Parecían párpados entreabiertos, huesos barnizados por una baba negra. Me di cuenta, de pronto, que algunas mandíbulas se articulaban. “Huye,” mascullaban en dialectos muertos. Mi corazón aullaba, mi mente suplicaba detenerse. Unos peldaños más y vislumbré una figura: una silueta sentada en actitud de vigilia a mitad de la Escalinata, encorvada bajo una capa cuya tela titilaba con luces de pesadilla.
No pronuncié palabra, pero ella, sí.
—¿Cuántas veces más descenderás antes de aceptar tu lugar? —La frase era un látigo mojado—. Todo poder es un préstamo, toda pregunta, una venta. Lo que tomes aquí abajo exigirá tu carne, tu recuerdo, o eso que llamas compasión.
Intenté mirar su rostro y hallé solo un mosaico de bocas exceptuando la suya, clausurada por un hilo rojo. El ser extendió una mano con dedos largos como lezna, señalando más allá, donde la Escalinata no descendía sino se retorcía en espiral como una trenza de víboras negras dentro de un pozo.
—En el hueco profundo hallarás el precio. Si te atreves.
Quise retroceder, pero detrás de mí solo quedaba negrura contorneando un retumbar como de mil corazones latiendo al unísono. Sin alternativas, seguí descendiendo, tropezando a ratos, arañándome las aletas de la locura cerca de cada recodo.
La temperatura se volvió inversa, primero bochornosa, luego un frío que se solidificaba alrededor del cuerpo. Olía a leche agria y a orín añejo, a cráneos lavados con lágrimas. Entonces lo vi: una cámara ignota, circular, delimitada por columnas torcidas. Bajo la cúpula reptaban seres apenas análogos a la vida, composiciones informes de tendones, plumas, ojos rotos y garras en perpetuo crecimiento; criaturas que nunca debieron nacer y que alguna vez pudimos haber soñado. Se arrastraban, chillando el nombre de algo que no me permito más recordar.
En el centro de la cámara, un trono petrificado, tallado con relieves que mutaban e insinúan más de lo que muestran. Había una figura sentada en el trono. Como la anterior, su forma era quebrada por el exceso de bocas, ojos, miembros y articulaciones superfluas. La voz demente de mi cabeza pidió, a gritos, anestesia: esto era lo divino de Kadath, el corazón de la corrupción fantástica.
Me atrajo a su presencia con un gesto imperceptible. La presión en mi pecho era abrumadora, manchando mi visión de chispazos negros.
—Otra vez… —La voz era la suma de todas las voces de la ciudad, el eco de los ladridos, cánticos, orgasmos y súplicas proferidas en siglos de noche absoluta—. El ansia te ha traído, como a todos. Busca entonces, alimenta el hambre.
Caí de rodillas, incapaz de resistir. Un torrente de imágenes se vertió en mi mente: visiones de la ciudad en distintos tiempos, de los extranjeros devorados por la Escalinata, de los pocos iniciados que, al regresar, nunca volvieron a soñar, y de aquellos que, como yo, terminaron llorando en la piedra, pidiendo que acabase el desfile. Oí nombres prohibidos, fórmulas imposibles y un ofrecimiento.
Podía quedarme allí para siempre, tomar un lugar entre los monstruos, y conocer —sentir de verdad— los pilares del poder de Kadath: el conocimiento de los dioses, el lenguaje de los muertos, el dominio sobre los miedos ajenos. Pero a cambio… solo debía entregar un trozo de mí: un recuerdo feliz, una esperanza pura, lo que siempre me había sostenido frente al horror. No sería un sacrificio sangriento, no. Sería disolver años o anhelos en ese pozo, hasta que la humanidad se marchitara, permutando mi esencia por algo diferente, más antiguo y más frío que las lágrimas.
Acepté, balbuceando mi consentimiento, y sentí cómo me drenaban. No sangre: un trozo etéreo de dicho, un destello infantil —la sonrisa de mi hermana antes de naufragar en la fiebre—. Lo noté en la desaparición de un murmullo pérdido, una picazón detrás de la garganta. El ser me sonrió con todas sus bocas y mi carne lloró.
Desperté, a solas en una cámara vacía, con los miembros entumecidos y las sienes palpitando. Todo rastro de la entidad había desaparecido, así como la legión de espectros. Comprobé que aún conservaba mi cuerpo, pero mis sueños ya no me pertenecían. Subí tomándome de las paredes. Horas tardé en emerger al incierto crepúsculo de Kadath, y cuando por fin aspiré aire puro, me di cuenta de que había cambiado.
Ahora poseía el poder: podía oír pensamientos, ver los miedos de otros, hablar la lengua de las piedras y llamar sombras al servicio. Pero ya nada me conmovía. Los placeres eran ceniza, y el ruido de los tambores invisibles solo acrecentaba la soledad y el espanto de saberme uno más de los iniciados de Kadath, condenado a buscar otros buscadores y alimentarme de sus secretos, tal como dictan las carnívoras leyes de la ciudad.
Paseo ahora por las torres, mis pasos imperceptibles, mis ojos huecos reflejando solo lo insondable. Los corredores me respetan, los mercaderes me temen, y los dioses no me reconocen. Pero a veces, en la quietud, escucho desde las grietas el eco de la Escalinata, y siento en los huesos la nostalgia de lo que alguna vez fui, incapaz ya de recordar del todo a quién he dejado en el fondo, junto a la esperanza y la sonrisa de mi hermana, esperando un regreso que no llegará. Porque Kadath no libera, solo transforma.
En la ciudad sin sol ni compasión, cada deseo es una herida, cada secreto un pozo, y cada descenso es solo una de muchas maneras en que uno puede olvidar su rostro en la niebla sin fin.
Copyrights © 2025 Mitosaudio.com. Todos los derechos reservados.