Fragmento:
Los preparativos le llevaron tres lunas, y cada noche le asaltaban imágenes de ciudades renegridas por el tiempo, de cánticos guturales y de seres cuyos semblantes ofendían incluso al delirio. La última tarde en Ulthar, preguntó tibiamente a un anciano pescador por las rutas a través de la Llanura. El viejo, cuyo rostro parecía petrificado por siglos de espanto, tan sólo musitó una advertencia: “No todos los caminos llevan a la luz. Algunos van más allá del Mundo”. Ishram sintió, con miedo y deleite, que ya estaba demasiado inmerso como para recular.
Duración: 09:53
Era al oeste de todos los mapas, en la vasta y desolada planicie de Leng, donde la soledad y el silbido del viento componían una música que sólo podía surgir del mundo anterior al recuerdo de los hombres. Durante edades innombrables, los dioses y aquellos a quienes los hombres atrevidamente llaman sus emisarios habían sellado aquel lugar con el estigma de lo innombrable. Los sueños que a veces asolaban a los más sensibles de la Ciudadela Septentrional sugerían que allí, donde la bruma nunca se disipa y el horizonte se retuerce bajo la mirada de soles moribundos, las puertas del terror yacían abiertas en todo momento.
A Ishram, último hijo de la Casa de los Cartógrafos, el horror lo convocó lentamente, como una fiebre súbita que avanza desde el sueño hacia la vigilia. Desde niño, las crónicas vetustas y los papiros ennegrecidos insistían en hablar de la Llanura de Leng como la cicatriz por donde el orden del universo sangra. Pero nada, ni las materias arcánicas en el claustro de Thraa, ni el estudio escrupuloso bajo el cruel eatón de los sabios de Ulthar, prepararon su espíritu para lo que sería caminar sobre aquel abismo de brumas.
La aventura –o locura– de Ishram se inició la noche en que, durante la vigilia solitaria y rodeado de mapas en la biblioteca más profunda de Dylath-Leen, una fina voz apenas perceptible se deslizó entre los pliegos del pergamino calendárico. Era como si el papiro, masticado y amarillento, supiera que alguien podía entender el legado de miedo que traía desde las edades prehumanas. “Donde las estrellas negras bailan y el Sol no es más que un recuerdo calcinado, allí canta la progenie y supura la grieta. Ven cuando el Umbral esté sediento”. Ishram, mesmerizado y presa de un temblor inexplicable, dejó que el deseo prohibido germinara en su pecho. Rutinas gastadas por la cordura fueron pronto reemplazadas por la compulsión insomne del descubrimiento.
Los preparativos le llevaron tres lunas, y cada noche le asaltaban imágenes de ciudades renegridas por el tiempo, de cánticos guturales y de seres cuyos semblantes ofendían incluso al delirio. La última tarde en Ulthar, preguntó tibiamente a un anciano pescador por las rutas a través de la Llanura. El viejo, cuyo rostro parecía petrificado por siglos de espanto, tan sólo musitó una advertencia: “No todos los caminos llevan a la luz. Algunos van más allá del Mundo”. Ishram sintió, con miedo y deleite, que ya estaba demasiado inmerso como para recular.
Pasó el umbral del oeste y cruzó las regiones lóbregas donde los gatos guardan el equilibrio entre los mundos, hasta que el verdor desapareció bajo sus pies y el aire se tornó denso y viciado. La Llanura de Leng se desplegó ante él como una herida abierta en el tejido mismo de la realidad. Por doquier, la niebla oscilaba y reptaba, peinada por un viento dulce, eterno e impío. A lo lejos, en la penumbra filtrada de la luna que no era la nuestra, gruesas siluetas de monolitos ciclópeos arrojaban sombras imposibles sobre la bruma. El silencio, denso como el mercurio y abruptamente cortado por los chillidos de cosas sin alas, era tan tenaz que Ishram comprendió que nadie podría gritar allí sin ser devorado por la palidez.
Durante días vagó, guiado sólo por la necesidad de saborear el terror en su fuente más pura. Se alimentaba de recuerdos de la civilización, pero ellos también palidecían frente a la vorágine de melopeas sibilantes que la llanura regurgitaba cada noche. Fue al séptimo ocaso —si es que los ocres apagados de Leng pueden llamarse ocasos— cuando diviso las primeras huellas. Eran hendijas marcadas no por pezuñas o garras, sino por algo indeciblemente antiguo; orificios circulares y marcas ondulantes cubrían la tierra grisácea, como si una procesión de formas viscosas e innumerables hubiese cruzado Leng en titilante parpadeo de eras.
Siguiendo aquellas pistas fue como Ishram alcanzó la ruina central, el corazón mismo de la Llanura. Entre columnas de basalto y fragmentos de una arquitectura inhumana, parecía que la materia misma del tiempo y el espacio había desertado en un estallido de blasfemia. La construcción, retorcida y antinatural, se encaramaba hacia el cielo derrotado en una retícula de símbolos que no podía entender, pero que su mente secretamente reconocía con horror primigenio. La entrada principal, flanqueada por esculturas recordando a los Dagonitas pero aún más degeneradas, invitaba con una oscuridad tangible y un hedor que ofendía la memoria.
Allí, la niebla no era niebla, sino una muchedumbre de formas susurrantes y parciales. Caminó entre ellas como un exánime convocado por canciones olvidadas. En la nave central, la cúpula mostraba en repugnante bajorrelieve la historia de la inmundicia celebrada: hombres y cosas —ni humanos ni demonios— danzando eternamente bajo un sol oscurecido, desgarrando la carne del mundo mientras entonaban palabras que vibraban como una llaga en el oído. No pudo sino preguntarse cuántos habían llegado antes y cuántos regresarían cuerdo de tan atroz contemplación.
En un altar de piedra espiralada, Ishram adivinó restos recientes—estuches de hueso, cintas de carne, relicarios de cuero curtido. Y sobre todo, la efigie central: algo abominable, con varias facetas y tentáculos fungales brotándole de lo que, a primera vista, podía haberse confundido con un corazón invertido. En su base, centelleaba una gema negrísima, una pantalla opaca repleta de vórtices. Era imposible mirarla sin sentir que partes del alma resbalaban en su superficie, sumidas en el frío eterno de los astros muertos.
El rito comenzó sin aviso, invocado por la misma bruma que reptaba en el salón. Una vibración surgió de las piedras: primero tenue, luego creciendo en fuerza hasta que Ishram sintió temblar la médula de su ser. Un círculo de seres emergió en la penumbra, envueltos en mantos pardos y con rostros irreconocibles retorcidos en éxtasis enfermizo. Cantaban palabras carentes de toda raíz humana, pero ineludiblemente vastas, como si precedieran al lenguaje de la materia. Un fuego oscuro, hecho de negación y putrefacción, se encendió en el altar y la gema absorbió la luz devorándola en abismos sin fondo.
Las sombras se retorcían y multiplicaban, y una figura colosal se alzó entre ellas: más alta que cualquier ser humano, más indefinida que el peor de los terrores nocturnos. Era el custodio de la grieta, el sacerdote del astro negado, cuyos tentáculos parecían palpitar con las pulsaciones de lenguas moribundas. A cada giro, las sombras danzaban al ritmo de una liturgia invertida, y el aire se enrarecía hasta casi solidificarse.
Ishram quiso retroceder, pero sus extremidades estaban ya bajo el dominio de la voluntad ajena. Comprendió, con horror, que el propósito de su llamado era un tributo ritual, parte de una cadena alimentada durante milenios por necios y sabios, todos devorados por el vórtice sin nombre. Los acólitos danzaban ahora en frenesí, cortando en el aire símbolos que chisporroteaban en realidades paralelas. Sus voces, combinadas en una sola melopea, clamaron entonces por el “Despertar del Rayo Eterno”: el Sol Negro.
Los muros vibraron, el suelo sangró y el altar se abrió como un útero macabro. Por su hendidura surgió una luz antinatural, oscura y pulsante, que repelía y atraía en igual medida. La joya, elevado por poderes invisibles, reventó como una ampolla y un torrente de humo hirviente llenó la sala. Solo entonces, Ishram divisó la magnitud de su desvarío: sobre él, en el ojo mismo del ritual, el Sol Negro ascendía desde una profundidad inconmensurable, expandiéndose con hambre y sed.
Las sombras saltaron y reptaron hacia la luz interdicta, y los acólitos comenzaron a disolverse uno a uno, permitiendo que el sol apresara su esencia. Ishram sintió su cuerpo fracturarse en fragmentos sensoriales: podía ver el flujo de sus pensamientos en hilos brillantes y olía el humo de su propio pellejo carbonizándose. En ese instante supo que todo conocimiento, todo deseo de experiencia, llevaba ineludiblemente a la aniquilación a la que servía ese Sol. Las gentes olvidadas de Leng, los cultos subsumidos por los vientos de la historia, no veneraban a un dios, sino a la negación de toda luz, de toda posibilidad, de toda esperanza.
Fue arrastrado a una visión final. Vio -no con los ojos, sino con los nervios desnudos del alma- planetas extinguiéndose por la marea negra; ciudades de infinitos corredores laberínticos devoradas por sombras; civilizaciones enteras, humanas y no humanas, suplicando en noches interminables bajo un cosmos donde el Sol Negro reinaba eterno. Y en cada ruina, los mismos cánticos se volvía a entonar, generación tras generación, en una ceremonia perpetua que nunca acababa, pues alimentar a la negación es el único destino para quienes buscan en la llanura lo que nunca debió ser hallado.
Ishram no recuerda nada después del apoteosis. Lo poco que queda de él lo han encontrado vagando en las lindes de Leng, con la tez encanecida, los ojos vacíos y la lengua parloteando cánticos en idiomas rotos. Ninguno que lo haya oído ha sobrevivido a la demencia que contagian sus palabras. Ahora, mientras la bruma avanza un poco más sobre los confines del mundo y el Sol parece debilitarse incluso al mediodía, hay quienes susurran entre puertos y tabernas que la próxima ceremonia se acerca, y que la sombra sobre la Llanura estará a punto de engullir al resto del universo.
Es por eso que, en las noches en que las estrellas titilan con particular virulencia y el viento acarrea rumores de infamia, los sabios de Ulthar cierran furtivamente sus puertas y renuncian a los mapas de la muerte. Saben, con un miedo innombrable, que la línea entre el cosmos y la negación es tan fina como el suspiro de una plegaria perdida, y que a veces, un solo viajero puede bastar para romperla para siempre.
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