Fragmento:
Crucé la puerta caída de la capilla y me adentré en el frío húmedo, descendiendo por un estrecho escalón tallado a mano, cubierto de limo y ese musgo amarillo que nunca aparece en tierras interiores. Las paredes supuraban humedad y olvido en proporciones casi equiparables. Bajo la débil linterna, los símbolos tallados tenían poco de cruciformes: se trataba de algo más antiguo, líneas onduladas que recordaban tentáculos, esferas, ojos dispuestos en proyecciones imposibles… Inscripciones que parecían avanzar por las piedras, multiplicarse hasta hacerte creer que la pared respiraba.
Duración: 10:57
1.
Recuerdo que fue por culpa de un manual de espeleología anticuado, hallado entre los papeles húmedos de la biblioteca de Arkham, que acabé buscando las primeras pistas en las costas olvidadas del norte de Nueva Inglaterra. Trabajaba para un instituto privado, con donantes inconfesables y gente codiciosa prestando atención a cada gasto. Oficialmente se nos encargó la búsqueda de “relatos acerca de criptas o cámaras subterráneas, particularmente de aquellas asociadas a cultos marineros del siglo XVIII”. Extraoficialmente, sin embargo, la solicitud era mucho más precisa: algo relacionado con los “descendientes de Y’ha-nthlei” y, por sugerencia críptica de mi jefe, recoger muestras si era posible.
Ya sabéis cómo son estas cosas. Siempre empiezan con un recorte, alguna leyenda recuperada tras viajes tumultuosos y azules, una palabra antigua siseada por alguien más enloquecido que tú. Así fue como seguí los rumores hasta la población casi moribunda de Kingsport. Allí, entre marineros envejecidos y una taberna con olor a salmuera y añil, escuché por primera vez el nombre de Kadath, pronunciado con un fango de respeto y aversión verdaderos. No como cita literaria, sino con la insistencia doliente de quienes han visto relucir su reflejo en la mirada de otro y han sobrevivido al intercambio.
Me hospedé en la posada del faro, donde la soga y la sal eran más que aromáticas notas de ambiente: cartas de navegación para los que aún sabían moverse en la corriente tenebrosa de su historia. Tres noches bastaron para que la gente evitara el contacto conmigo durante el día, solo acercándose en la penumbra gris de la madrugada, cuando la niebla disolvía la frontera entre el sueño y las cosas que aguardan entre las piedras negras.
La vieja Maggie, única camarera y descendiente de portugueses, fue quien al tercer amanecer me habló de las “entradas”, agujeros de obsidiana negra tan pulida que casi jurarías que es un agujero hacia una noche aún más prístina. En cuanto supe de su existencia, busqué al botánico local, un hombre de nombre Winslow, interesado en líquenes y capaz de hablar sin tapujos después de un par de copas. Me habló de los “cantos”: plegarias susurradas por generaciones de pescadores perdidos, que aún surgen del mar en noches determinadas junto a la bruma lunar, mezclando palabras imposibles con gritos de hambre.
“¿Kadath?”, repitió entre dos sorbos larguísimos, y durante un instante sus párpados se tambalearon como cortinas. “No está, ¿comprende? No está en ningún sitio al que uno quiera llegar. Pero a veces... sangra. Y lo que es peor, a veces lo que se arrastra debajo encuentra una grieta y sube un poquito más de lo que debería.”
2.
Al cabo de cuatro días, tenía un mapa improvisado dibujado sobre la carta náutica del puerto y las primeras rutas exploratorias dentro de la llamada “Caldera Vieja”, una concha encerrada por peñascos, visitada solo por rebaños de aves y los ecos de un pasado arrastrado por el oleaje.
Fue al internarme en una hendidura resguardada por una capilla ruinosa de piedra caliza cuando oí por primera vez el retumbo. No era el repiqueteo habitual del oleaje bajo la plataforma rocosa, sino una suerte de sollozo envuelto en el golpeteo rítmico, como un tam-tam de otro tiempo nadando bajo la realidad.
Crucé la puerta caída de la capilla y me adentré en el frío húmedo, descendiendo por un estrecho escalón tallado a mano, cubierto de limo y ese musgo amarillo que nunca aparece en tierras interiores. Las paredes supuraban humedad y olvido en proporciones casi equiparables. Bajo la débil linterna, los símbolos tallados tenían poco de cruciformes: se trataba de algo más antiguo, líneas onduladas que recordaban tentáculos, esferas, ojos dispuestos en proyecciones imposibles… Inscripciones que parecían avanzar por las piedras, multiplicarse hasta hacerte creer que la pared respiraba.
Bajé más. Cada peldaño era un rechazo de la superficie, de la luz y del sentido común. Finalmente llegué a una especie de confesionario ruinoso, muy por debajo del nivel del mar, donde el suelo se perdía en charcos perpetuos y la roca se transformaba, casi imperceptiblemente, en un mármol negro veteado de azul profundo, como si un océano petrificado fluyese midiendo cada latido de mi corazón.
3.
El aire era atrozmente pesado, saturado de un olor a sal, descomposición y almizcle marino. Allí, bajo círculos tallados que recordaban tanto runas de las costas celtas como escamas de algún pez monstruoso, comencé a escuchar de nuevo el canto —un gemido profundo, demasiado grave para ser humano. Era algo que vibraba en el estómago y en la base del cráneo, componiendo una letanía imposible, una plegaria tan antigua que parecía anterior a cualquier idioma terreno.
Busqué con la linterna, con la rugosidad del miedo en la piel, y tras una cornisa erosionada di con una grieta que conducía —según la lógica de los horrores— a un receptáculo espacial mucho mayor. Allí fui testigo de la primera visión:
Apenas iluminados por el fulgor menguante de mi linterna, vi cuerpos: torpes, pesados, uno de ellos claramente humano aunque deformado por algún proceso atroz de hinchazón y rotura. Los otros... no puedo, ni ahora, sin sentir qué grieta abrió esa escena en mi mente. Fueron criaturas, antiguas y repulsivas: bocas que recordaban fauces de anguila, ojos sin párpados, piel cubierta de placas, y miembros que terminaban en una amalgama de garras y zarcillos membranosos. Nadaban —sí, nadaban— en el aire espeso, suspendidos con una gracia asquerosamente litúrgica, como si fueran peces catedralicios participando de un rito sin nombre.
Uno de ellos, el más grande, se arrastraba entre las rocas con una dignidad ausente en cualquier bicho de la superficie. Lo reconocí instantáneamente, no porque lo hubiera visto antes, sino porque era la imagen pura del horror: un cuerpo tan vasto y antinatural como el vientre de una ballena, pero cubierto por miles de escamas faceteadas, y de su garganta colgaban hilos de sombra y baba, resonando ondanadas oscuras cada vez que entonaba su canto. Sentí que cada nota arrastraba recuerdos de una lengua prehumana, de un dios exiliado que había encontrado su capilla entre los sedimentos de un puerto olvidado.
Vi entonces, entre respiraciones llenas de terror, que otros humanos se habían reunido allí como si fueran feligreses en trance. Desnudos o cubiertos con andrajos rituales, se arrodillaban ante aquel ser. Algunos mantenían rostros humanos sólo en parte; otros presentaban ya la transformación: branquias, manos palmeadas, bocas partidas. Pero todos participaban de un mismo salmodio lúgubre, una oración al Wyrm, álter oscuro del dios marino.
4.
El rito se desarrolló ante mi ojos. No podía moverme. Dos de las criaturas —hembra y macho, según una lógica perversa grabada en mi instinto primigenio— se acercaron a una de las mujeres humanas. Ella pronunció un nombre, un nombre que me atravesó sin comprensión pero que aún reverbera en mi mente como una espina íntegra: T’ghomn-Daol.
Los seres se inclinaron sobre su vientre, lamiendo y susurrando mientras la mujer se mecía con convulsiones que podrían haber sido placer, dolor o algo ajeno a ambas cosas. Y algo, algo desde las profundidades, desde el pozo mismo de la tierra, respondió. Una masa viscosa, temblorosa, una suerte de útero flotante cubierto de filamentos vivos se arrastró fuera de la grieta, impulsada por el salmo. Era el verdadero altar de la ceremonia, el recipiente de la simiente impía.
El proceso que siguió sería grotesco describirlo al detalle. Me limité a presenciar, paralizado, cómo la mujer y la criatura se fundían, intercambiando tejidos, secreciones y hálitos antiguos. Para cuando el cántico terminó, el vientre de la mujer se transformaba: de su piel colgaban ya filamentos de color púrpura y escamas azuladas, y su vientre se expandía de forma antinatural, como hinchado hacia adelante por una promesa larval.
En ese momento, el gran ser central giró su horrible cabeza hacia mí. El sólo contacto ocular fundió mi voluntad hasta hacerme temblar de rodillas. No grité solo porque el horror era tan denso que simplemente no había espacio para otra cosa. En las profundidades de sus ojos compuestos distinguí ecos, fragmentos de la cripta de Kadath, una ciudad sumergida y disuelta, ultrajada y parasitada por la voluntad del Wyrm, que ahora se expresaba en este templo sumergido.
Me hablaron —no en palabras humanas, sino en conceptos directos— acerca de la recompensa ofrecida a los fieles: la promesa de una existencia más allá de la piel, de la carne, de cualquier transición mortal. “No morirás”, susurró la bestia, “serás océano con nosotros”.
5.
No sé cuánto tiempo permanecí allí, congelado entre dos latidos. En algún punto la ceremonia declinó en intensidad, los cantos se tornaron arrullos, y al fondo de la capilla emergida los fieles humanos comenzaron a arrastrarse de vuelta al túnel. Ya no huían de mi presencia: para ellos era invisible, irrelevante, menos humano que un guijarro.
Rogando a dioses en los que nunca había creído, logré retroceder. Durante el ascenso, la piedra se sentía maleable, blanda, casi líquida. Cada peldaño era un río de lodo intentando arrastrar mi voluntad hacia abajo. Salí finalmente cerca de la capilla y caí de rodillas sobre el limo frío, sólo escuchando mi aliento y el murmullo distante de las olas.
Nunca volví a Kingsport. Volví a Arkham con el cabello blanqueado y el sabor de la sal en la boca, y durante semanas sólo dormí por espasmos. Nadie creyó mi historia. Se reían cuando hablaba de la ceremonia, de la masa larvaria, de los cantos. Mostré las marcas que emergieron en mis muñecas y tobillos —un relieve de líneas ondulantes, como si mi carne fuera calada por los surcos de las criaturas. Los médicos dijeron que era eczema.
Hace tres noches el canto volvió, ya no desde el mar sino desde mis propias venas. Siento que la promesa se acerca, que el vientre del Wyrm se abrirá también para mí. Cada vez que apago la luz, la habitación rezuma agua: oigo el eco de Kadath bajo mi almohada, y cada gota que emerge de la pared me llama con voces que no comprendo. Sé que acabaré regresando a la grieta, y que los ojos compuestos del dios sumergido encontrarán mi mirada de nuevo. No habrá vuelta atrás.
Esta noche, el agua sopla bajo la puerta. Las escamas han empezado a crecer en la base de mi nuca y el aire huele a obsidiana y promesa: una metamorfosis antigua, un salmo más allá del ahogo. Cuando termine, escribiré el nuevo nombre que aprenderé en la grieta, y esta carta será el alerta o la ruina de quien la lea.
Si encuentra mi cuerpo, no rece por mi alma. Rece por la suya: la grieta siempre sangra, y el Wyrm nunca cierra los ojos.
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