Fragmento:
Varholm no estaba conmigo. Miré alrededor y hallé sólo piedra. Montañas monocromas, rocas en ángulos antinaturales —algunas incluso parecían flotar brevemente y después encajar—, planicies irregulares donde la materia burbujeaba y se solidificaba en cosa alguna. Aventuré un paso. Mis pies crujieron sobre un polvo que no era arena: fragmentos afilados y translúcidos, tan frágiles que se astillaban si sólo los miraba con suficiente terror.
Duración: 10:00
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Han pasado los siglos como un cometa enfermizo desde mis primeras lecturas de los saberes prohibidos, y las cicatrices del saber continúan ardiendo en mi carne. A aquellos que les apetece la luz de libros ortodoxos y doctrinas santificadas, lanzo mi advertencia: no prosigan, o los condenará el mismo destino que me arrastra, línea por línea, a llevar la experiencia del horror inquebrantable a quienes aún pueden rezar.
Decir que Yuggoth es una “planeta” es cometer la blasfemia de reducir lo incomprensible a medidas humanas. La naturaleza de ese mundo es resbaladiza, como aceite derramado sobre gélida piedra. No hay ni ciclo ni estación, sino una quietud anómica, una espera analgésica. Y sin embargo —como lo confirman las tablillas hendidas de obsidiana y los susurros de gárgolas sin boca— existe. Y he estado allí.
Mi nombre es Arkhemin Louth, y mi relato probablemente acabe con vuestra cordura, como terminó la mía una noche en que la locura acechó mi alma tan tenazmente como el gas venenoso de un abismo mineral. Yo era, como tantos otros, un buscador de verdades ignominiosamente vetadas; los textos de Alhazred habían embriagado mi juventud, y ya para los treinta años había visitado demasiados cementerios y asistido a demasiados foros sellados para poseer una conciencia tranquila. Fue en uno de aquellos conciliábulos secretos donde conocí a Varholm, el hombre que me mostraría el camino.
Era alto y liso, como si nunca hubiera dormido o paladeado un vino. Su voz carecía de toda humanidad, y cuando me propuso un pacto, no supe rechazarlo. El precio no lo supe entonces; la paga, investida en la moneda corruptible del conocimiento; el viaje, en una nave que sólo podía romper las ondas translúcidas de la conciencia y llevar el ser al trance. Lo acepté.
A las tres de la mañana, me instó a cerrar los ojos y beber un licor oscuro, que olía como el hollín fermentado de tiempos primordiales. Sentí cómo cada célula se rebelaba mientras era arrancado de mi realidad, desenhebrando mi cuerpo de su contexto, cayendo hacia un vacío punzante que también era plenitud material. Desperté en lo que, un segundo antes, había sido un vacío total.
Yuggoth.
En ese instante vi el cielo, una bóveda negrísima despuntada aquí y allá por estrellas que no constelaban, sino que parecían condenarse mutuamente en distancias sin sentido. La luz filtrada tenía el matiz púrpura del tejido gangrenado; el aire, de existir, era apenas un eco químico rozando mis pulmones en cada aliento precario.
Varholm no estaba conmigo. Miré alrededor y hallé sólo piedra. Montañas monocromas, rocas en ángulos antinaturales —algunas incluso parecían flotar brevemente y después encajar—, planicies irregulares donde la materia burbujeaba y se solidificaba en cosa alguna. Aventuré un paso. Mis pies crujieron sobre un polvo que no era arena: fragmentos afilados y translúcidos, tan frágiles que se astillaban si sólo los miraba con suficiente terror.
Cuánto tiempo vagó mi cuerpo allí, sólo el desvarío puede sugerirlo. Hay instantes en que los recuerdos revientan, como yemas podridas, y sólo emerge un aroma de sal, de sangre y de cuarzo. Sobre todo recuerdo la soledad. No una soledad humana, sino el extrañamiento absoluto, como si yo fuera el único ser con conciencia en millones de años cúbicos de distancia.
Pero no estaba solo.
Las primeras presencias no parecían distinguirse de la piedra: sombras agazapadas en las hendiduras, masas de oscuridad que titilaban como pulseantes focos morados, observando. No tenían forma definida, y sólo después entendería que su morfología dependía del ángulo del observador. No se movían si las mirabas, pero un pestañeo —un mísero parpadeo— bastaba para acercarse dos pasos más.
Avancé hacia lo que parecía una cavidad. Reconocí signos tallados —runas imposibles, idénticas a las estudiadas en los mármoles prohibidos de las criptas de Vaal, sólo que aquí eran frescas, como si una garra invisible las hubiese grabado hace segundos. Algunos símbolos parecían burbujear, deformando el espacio mismo. Entonces la vi.
No era una criatura, ni un ídolo: era una máquina viviente. Latía, pulsaba, se estiraba y compactaba en formas que el ojo no nombraría ni con el léxico más demente. El conocimiento herético me abofeteó: era uno de los artefactos-madre de las entidades de Yuggoth, testigos-mecánicos que almacenaban registros de épocas, sometiendo la historia cósmica a experimentos impíos. Y sentí su atención sobre mí, tan marcada que de pronto mi memoria se licuó: vi nacimientos y muertes, humanos y no humanos, cuerpos degenerándose en simbiosis de carbón y silicio.
Alguien —o algo— me habló. La voz no sonó en mi oído, sino en las fibras más íntimas de mi corazón.
“Por qué viniste, pequeño residuo del tiempo humano. Qué deseas que no haya sido ya olvidado por la piedra espacial. Por qué viajas hacia la sima del segundo sol.”
No respondí, y el silencio dejó caer una marea de recuerdos: mi cuna, mi primer beso, el rencor de una madre muerta, todos mezclados con imágenes de seres sin forma vertiéndose unos dentro de otros en alambiques de carne y metal.
Me arrodillé. No por temor físico, sino por una certeza: cualquiera que esté demasiado tiempo aquí, también se hará parte de Yuggoth, comprenderá los ciclos sin tiempo, la geometría del hambre. Volví a ver la sombra acercarse —cada instante, su perspectiva alteraba el espacio de manera inenarrable— y una línea serpenteada en mi brazo derecho comenzó a arder. No era sangre lo que brotaba, sino una materia negra, que chisporroteaba y dibujaba vueltas sobre la piedra.
Comprendí. Lo tatuado —una runa que Varholm me impuso antes del viaje— no era protección, sino una estampa de pertenencia, una señal que indicaba a los regentes de Yuggoth que podía ser habitado, invadido y transformado.
Me arrastré, cada paso más difícil, hacia una grieta por la que el aire era aún más irrespirable y viscoso. No sabía si la asfixia era física, o si mi espíritu era drenado a cada respiración. La grieta desembocó en una suerte de anfiteatro de lo inconcebiblemente vasto, hecho de columnas flotantes, bloques levitando en arcos imposibles. Desde cada ángulo, brotaban linternas líquidas, esferas saturadas de un tono rojizo podrido, que pulsaban y se deformaban.
Allí, en el centro, estaba Varholm. O lo que quedaba de él.
Su piel era una película delgada sobre una masa de hexágonos flotantes. La boca abierta era sólo una ventana —al abismo, a la historia, a la locura. Cuando me vio, o lo que quedaba de él lo hizo, la boca soltó una bienvenida, y entonces vi que la lengua era un enjambre de símbolos danzantes. Cada nuevo sonido era una ecuación desencadenando universos en miniatura, abrasando mis pensamientos.
“Ya casi eres nuestro. Tú comprenderás”, gruñó con voz superpuesta —la suya, y mil más, rozando simultáneamente el pasado y el futuro.
No había escapatoria. Por mis venas latía, cada vez más fuerte, una substancia ajena a la sangre; la marca de Yuggoth era ya mía. “El alma no pertenece al viajero”, balbuceé. “Sólo le fue prestada para aprender a desear el vacío.”
Las entidades se multiplicaron, rodeando el círculo del horror. La máquina viviente en la cima del anfiteatro gimió una salmodia, y sentí que el idioma del universo se arqueaba en torno a mi ser, haciéndose sólido como una garra. Imágenes de cuerpos reptando, fusionándose con ruinas ciclópeas, surcaban mi mente: nadie podía volver impune de Yuggoth.
Vi entonces, fugazmente, un párpado humano, un fragmento de humanidad: mi conciencia retrocedía, suspendida a centímetros del grito. Una forma de piedad extraña me arrastró hasta un espejo negro en que vi mi reflejo: mi piel era una epidermis de símbolos, y en mis ojos comenzaban a formarse, uno a uno, relieves y canaletas ajenas a la biología del hombre.
Mi cuerpo se hizo incorpóreo; era ya una idea antes que una materia. Escuché el zumbido de los custodios, o tal vez era sólo mi cerebro resquebrajándose. Vi la nave de piedra, el sendero de regreso a la Tierra, y supe en ese nanosegundo que jamás podría retornar. Porque, aunque mi cuerpo pudiese sobrevivir, mi mente —ya fecundada, ya poseída— nunca podría vivir otro día sin añorar la memoria blanda y doliente de Yuggoth.
Varholm se alzó y, con un gesto ambiguo, liberó la membrana de mi conciencia. En el mismo instante, supe que la memoria de aquel viaje no sería un recuerdo guardado, sino un virus dormido en mi carne, listo para reaparecer en sueños o en la locura, cada vez que el mundo de la vigilia cediera ante la presión del otro lado.
Desperté sudando, en un dormitorio familiar y, sin embargo, ya extrañísimo por la intrusión de mi nueva naturaleza. Mis manos no tenían heridas, pero la runa seguía brillando en la penumbra verde que filtraba la lámpara. Afuera, el viento arrastraba hojas secas como señales criptográficas. Ahora entiendo que he regresado sólo para esparcir la historia, para que otros la lean y, al hacerlo, terminen el ciclo, arrastrando una vez más el eco de Yuggoth hasta el rincón más oscuro del alma humana.
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Siempre existirá en nosotros una sima, un fragmento hambriento, ansioso por reunirse con lo inhumano. Y sólo quienes oigan la llamada, sólo los que ansíen tocar la roca helada y negra, comprenderán que la verdadera naturaleza del horror no es la muerte ni el dolor, sino la sed eterna de regresar a esa otra patria, la patria de la negación, la patria de Yuggoth.
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