Portada del relato El susurro de los profundos
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Fragmento:


De regreso en la pensión, encontré bajo la puerta una nota sin firma, rechoncha de palabras precipitadas: "No indague. Queme el cuaderno. Huya mientras puede. Ellos no duermen ni en el sueño ni en la vigilia." El pánico me arrebató tan súbitamente que me vi tentado a seguir el consejo, pero la naturaleza inquisitiva que siempre me trajo problemas en la vida tuvo más peso. Continué leyendo los escritos de Elias.

Duración: 10:08

El susurro de los profundos
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Texto de ajuste de pausa.

El vapor barría la escollera del puerto de Innsmouth con una tenacidad antinatural, deshilachando la neblina como si ésta, en vez de estar compuesta de aire y agua, fuese una red de dedos fantasmales que intentaran aferrarse a cada grieta de las construcciones en ruinas. No era la niebla habitual de primavera, inofensiva y húmeda; esta era una malignidad palpable, tan densa que ahogaba cualquier esperanza de ligereza en el alma de aquel que la respirara. Yo, Sebastian Lovick, llegué esa tarde, esperando cumplir los deseos de un pariente lejano cuyo testamento requería mi presencia, aunque el nombre mismo de la ciudad había hecho que los codos de quienes conocí en Arkham se cerrasen en apretón ansioso cada vez que lo pronunciaba.

No fui recibido por parientes, amistades ni funcionarios. Tal era el silencio que, incluso en la pensión Gilman, los tacones de mi propio bastón sonaban como bofetadas en la cabeza de la muerte. El anciano encargado, un ser de aspecto febril cuyo cuello parecía fusionarse con sus hombros encorvados, se limitó a entregarme la llave con dedos temblorosos, eludiendo mi mirada mientras murmuraba algo que parecía una plegaria o tal vez una maldición.

Mi habitación era mísera, aunque funcional; la ventana, sin embargo, daba hacia el mar. Observé el oleaje, incansable y espeso, como si batiera contra la orilla en pertinaz protesta, y sentí que, de alguna forma, el océano estaba irritado aquella noche. No era más que una presentencia de lo que vendría.

El legajo que mi difunto pariente, el doctor Elias Lovick, me había dejado en herencia consistía en una breve carta, una pequeña llave de bronce ennegrecido y un diario cubierto de manchas que, a la luz, parecían recientes. En la carta, el doctor me imploraba no solo recibir sus pertenencias, sino finalizar una tarea que, en vida, no había logrado concluir. El diario, dijo, explicaría todo.

Aquella primera noche, mientras la lluvia se empeñaba en martillar los cristales, leí las primeras páginas del cuaderno. Lo que comenzó con inocentes anotaciones sobre la historia familiar pronto degeneró en exabruptos confusos: "Me observan. Sus ojos se abren en la niebla. La procesión sube desde el mar, arrastrando lodo y silencio. No soy de ellos, aunque su sangre tiñe mis venas."

Me estremecí. Innsmouth, comprendí, no era solo un cadáver de pescado en putrefacción ni una villa desahuciada; aquí fermentaba un miedo ancestral, uno que brotaba del fondo abisal y amoldaba los rostros y los actos.

Salí a caminar temprano por la mañana, con la esperanza vana de que el sol disiparía el desasosiego o al menos los sueños intrusivos de criaturas que chapoteaban en corredores imposibles. El puerto, visto de día, era aún más decrépito: redes colgaban como pieles secas, y los barcos parecían despojos arqueológicos. La gente—si es que ese término era adecuado—evitaba cruzarse conmigo. Vi una mujer cuyas pupilas parecían tan anchas como monedas mojadas, y un niño cuyas mejillas mostraban pliegues antinaturales. Me crucé con un mudo pescador, marcado por lo que parecía un tatuaje ritual en el cuello, quien se persignó al pasar junto a mí, evitando mi sombra.

De regreso en la pensión, encontré bajo la puerta una nota sin firma, rechoncha de palabras precipitadas: "No indague. Queme el cuaderno. Huya mientras puede. Ellos no duermen ni en el sueño ni en la vigilia." El pánico me arrebató tan súbitamente que me vi tentado a seguir el consejo, pero la naturaleza inquisitiva que siempre me trajo problemas en la vida tuvo más peso. Continué leyendo los escritos de Elias.

Descubrí una enumeración obsesiva de crípticas ceremonias nocturnas y pactos antiguos, especialmente en la última parte del diario. Elias parecía convencido de que la estirpe de Innsmouth no era enteramente humana, que una alianza había sido sellada en siglos pretéritos con seres marinos abismales: los Profundos. Los ciudadanos llevaban su huella genética, una herencia atávica visible en sus rostros y aún más en sus mentes. "Cuando el canto resuene en las escolleras—escribió Elias en un trazo tembloroso—ni la sangre ni la carne importarán. Los antiguos emergerán y reclamarán a los suyos."

Esa tarde, al registrar mis pertenencias, tropecé con la llave de bronce. Una intuición extravagante me llevó directo a la iglesia de la Orden Esotérica de Dagón, cuyas puertas siempre parecían entreabiertas aunque la congregación tenía la deferencia de mantenerse invisible al forastero. Empujado por los escritos de mi antepasado, me aventuré al sótano. Al principio, todo estaba sumido en tediosa penumbra, pero pronto la tenue luz de mi linterna reveló inscripciones ciclopeas grabadas en las piedras, semejando tentáculos y fauces repletas de carúnculas.

Un portón carcomido por el salitre me detuvo. Probé la llave de bronce, que entró como si hubiese sido colocada allí hacía no mucho, y descubrí una cripta. Dentro, varias efigies de bronce representaban a criaturas mitológicas, ni peces ni hombres, sino un equívoco entre ambos, mirando hacia un altar de piedra húmeda donde yacía un libro. Su cubierta de piel tenía una textura semejante al cuero curtido, pero olía a alga pútrida.

No me atreví a leerlo—al menos no entonces. Bastante desesperación provocó en mí el descubrimiento de cabellos oscuros y húmedos amontonados en las esquinas, como si seres anfibios se hubieran arremolinado allí en consejo. Cerré la cripta con nerviosismo y volví a mi cuarto. La niebla no solo persistía esa noche; era más densa, y los murmullos del puerto se transformaban en canciones de otro mundo, cada nota hinchando el aire de terror y locura.

El diario de Elias tomó un tono final, febril, como si lo hubiese escrito convulsionando: "Resuenan los tambores. El mar abre su boca y llama a los que comparten la señal. Yo la llevo, aunque lucho y me resisto. Hermano, cuando leas esto, sabrás ya la verdad sobre nuestro linaje. No hay huida, solo adaptación o la tumba."

Esa noche fui asaltado por el peor de los sueños, uno en el que andaba descalzo por los corredores en ruinas del hotel Gilman y, al mirar mis pies, los encontraba palmeados y cubiertos de membranas transparentes. Sentí el deseo irresistible de sumergirme en el mar, de responder a la llamada sorda y profunda que latía en las olas como un corazón monstruoso.

Al amanecer, el retumbar de la puerta me despertó con sobresalto. Una figura alta—vestida con ropa negra y reluciente como si estuviera teñida con la grasa de los mariscos—entró sin esperar respuesta. Sus ojos eran opacos, sin blanco, y su boca demasiado grande para su rostro, repleta de dientes romos.

—El rito será esta noche —susurró, y su voz era húmeda—. No falte, primo.

Vi en sus facciones la ineludible mezcla de mi sangre y su herencia, de tierra y agua. Supe entonces que escapar era absurdo. Las ruedas del destino —talladas mucho antes de mi llegada— se habían puesto en movimiento.

Desorientado, recorrí las calles, buscando cualquier explicación que no implicara resignación a la fatalidad. Observé a los habitantes agruparse despacio, desplazándose hacia el mar, envueltos en la niebla ondulante que parecía componer palabras inauditas. Yo solo podía obedecer el impulso de seguirlos, aunque cada paso mordía mi espíritu con angustia. Así descendimos hasta la escollera y las rocas, donde los viejos del pueblo atestiguaban el ritual cubiertos con capas de escamas y perlas roídas por el tiempo.

La ceremonia comenzó al atardecer. Un círculo de antorchas y cuencos rebosantes de lluvia salada se dispuso cerca del mar. Los cánticos brotaban de bocas humanas y no humanas, se entremezclaban en una salmodia que hacía vibrar el suelo. Las olas batieron con fuerza inusitada, y pronto emergió una figura. Era la imagen viviente de los dioses tallados en bronce en la cripta: un ser inmenso, de piel gelatinosa y ojos luminosos, arrastrando musgo y esqueletos de peces antiguos.

El horror me sobrecogió al comprender que el dios Dagón—si así podía llamársele—no solo venía a reclamar sacrificios, sino a inspeccionar a los suyos. Sentí cómo algo despertaba en el fondo de mi sangre, un cosquilleo helado, la certeza de que yo también pertenecía a ese linaje mutante.

Los feligreses, en mudo éxtasis, alinearon a sus hijos y nietos ante la bestia, que los rozaba con su manaza húmeda, reconociendo a los suyos con un suspiro que olía a marismas y cementerios. Yo fui empujado hacia adelante; la mano tocó mi mejilla, y vislumbré en sus ojos el reflejo de Innsmouth sumergida, poblada por generaciones que habían migrado bajo las aguas a ciudades aún más horribles en el fondo del abismo.

No resistí. Fue como si una fuerza me vaciara de voluntad. Acepté lo inevitable, recordando las palabras del diario: "O adaptación, o tumba." Cuando la bestia se retiró, algo en mí cambió; sentí mis músculos relajarse en una languidez acuática, y el olor del mar dejó de parecerme extraño. Cuando regresé al hotel, me miré en el espejo y descubrí el inicio de una transformación: la piel carente de pigmento en los párpados inferiores, el inicio de branquias invisibles en mi cuello.

Ahora escribo estas palabras para aquellos que, como yo, huyeron siempre del pasado. Innsmouth no permite escapatoria; reclama lo que es suyo desde la noche de los tiempos. Los forasteros que aquí llegan, si no caen víctimas de la locura o la muerte, terminan reconociendo en sus venas la antigua llamada. Yo viajaré pronto bajo las olas, hacia una ciudad más silenciosa y oscura que cualquier sueño. Quienes encuentren mi relato sepan esto: la herencia de Innsmouth es ineludible, y su horror es la herencia de toda la humanidad, sepultada bajo el rumor constante de un mar que nunca olvida a sus hijos.

O, como susurran las olas, repetido por los que ya no son enteramente humanos: "Padre Dagón abre los brazos; madre Hydra acoge a los suyos". Y así marcharé, tembloroso y dócil, hacia el refugio del abismo, donde la oscuridad no tiene fin y la sangre nunca se disuelve en el agua.

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