Fragmento:
No sé cuándo fue realmente que comenzó mi obsesión con Yuggoth. De joven, como muchos otros que caen presa del saber prohibido, fui subyugado primero por la poesía sombría de Klarkash-Ton y la prosa trasudante de secretos de Lovecraft. Los términos, al principio, solo eran palabras que vibraban inquietantemente en el aire estancado de mi buhardilla: Yuggoth, Shaggai, la Pizarra de la Muerte.
Duración: 09:48
Estoy seguro de que no existen pesadillas tan atrapadas en la mente como aquellas que nos llegan a través de los cielos abisales, cargadas de una negrura que ni siquiera la muerte puede prometer. Puede que lo que voy a relatar haya ocurrido, o puede que sólo sea la última convulsión de un cerebro fatigado, lacerado por la obsesión y por la revelación. De todos modos, hablaré, pues la alternativa —guardar silencio— sería condenarme a mí mismo a la locura.
No sé cuándo fue realmente que comenzó mi obsesión con Yuggoth. De joven, como muchos otros que caen presa del saber prohibido, fui subyugado primero por la poesía sombría de Klarkash-Ton y la prosa trasudante de secretos de Lovecraft. Los términos, al principio, solo eran palabras que vibraban inquietantemente en el aire estancado de mi buhardilla: Yuggoth, Shaggai, la Pizarra de la Muerte.
Años después, ya profesor de antiguas culturas y mantenedor del Museo de Reliquias Extrañas de Arkham, fue cuando el verdadero fermento de la obsesión prendió en mi mente. Aquellas noches en las que los meteorólogos avisaban de lluvias de meteoro, yo me desvelaba bajo el cristal de mi lucerna, siguiendo trayectorias imposibles con mis propios cálculos. Leía y releía los fragmentos dispersos del “Manuscrito de B’th-kran” —ese infame texto que había sido descubierto, según decían, en los túmulos olvidados justo a las afueras de Dunwich—, y me preguntaba por la naturaleza real de los “Mensajeros de Yuggoth”.
Fue en la víspera de Samhain cuando llegó la carta de Esdras Mallow, el excéntrico librero de Arkham. Había adquirido un extraño objeto —un cilindro de cristal negro, inscrito con runas grabadas muy finas— de las manos marchitas de un marinero que aseguraba haberlo hallado en una cueva costera en Innsmouth. Las cartas de Mallow rara vez contenían menos de tres signos de exclamación, y casi siempre una pizca premeditada de histeria. Esta no era la excepción. “¡Debe verlo usted!, ¡Aseguro que no se trata de ninguna novelería!” me rogaba.
Cuando vi el cilindro, sentí un escalofrío inmediato. Pesaba mucho más de lo que su tamaño sugería, y sus grabados parecían vibrar bajo mis dedos. Hubo algo en la luz vespertina —una especie de resplandor que no era de este mundo— que hizo que por un instante todos los ángulos de mi visión parecieran desplomarse. Mallow, por su parte, se mostraba desmesuradamente nervioso y una curiosa humedad perlaba su frente.
Esa noche, examiné el cilindro bajo mi lupa, confiando al principio en mis recursos académicos antes de acudir a medidas más arriesgadas. No pude identificar el cristal oscuro: no era obsidiana, ni ónix, ni ningún mineral que figurara en las tablas de Turner. Pero lo más inquietante era lo que se percibía al mirar muy de cerca: las runas parecían cambiar de configuración, y fui presa de una fugaz visión de espacios abismales, tectónicos, en cuyo centro un disco negro giraba interminablemente.
A partir de entonces, los sueños comenzaron. Caminaba por paisajes yermos de un basalto perfectamente liso y negro, con cielos estriados de relámpagos color violeta imposible. En aquellos sueños, sentía un zumbido en mis huesos, como si un enjambre de seres invisibles poblara el aire: susurros que no provenían de ningún idioma humano… pero que, sin embargo, entendía. Hablaban de “nuestros laboratorios subterráneos”, de las “ciudades bajo los hielos eternos de Yuggoth”, del “retorno de la simiente”.
Desperté una noche bañado en sudor y sangre: me había arañado la cara en mi sueño, y el cilindro, que dormía sobre mi escritorio, brillaba con suave pulso verdoso, casi orgánico. A esas alturas no me atrevían a devolvérselo a Mallow ni mucho menos anunciar su hallazgo; en cambio, pasé días enteros estudiándolo, sin descanso ni alimento más allá de lo imprescindible. Pronto, la realidad y el sueño comenzaron a mezclarse.
Pronto, cosas extrañas comenzaron a ocurrir en la ciudad y en mí. Percibía un zumbido bajo cuya fuente no encontré por mucho tiempo, pero que no cesaba ni en las primeras horas del día ni en las profundidades de la noche. Colegas vinieron a verme tras notar mi aspecto: los ojos hinchados, la piel seca, las manos temblorosas. Uno de ellos, Smithe, se atrevió incluso a mencionar “Yuggoth” con voz apenas audible, como desafiándome a contradecirlo. Lo miré fijamente y, por un instante, mi boca dijo en un idioma que nunca había estudiado: “La semilla florece bajo el frío”.
Hubo un episodio particularmente esclarecedor —y sin embargo, aterrador— una noche tempestuosa. Me vi obligado a refugiarme en la cámara acorazada del museo, pues afuera parecía que la misma oscuridad del abismo de Yuggoth había invadido Arkham. Los relámpagos no eran normales aquella noche: describían extraños diagramas en el cielo, círculos concéntricos como los que había visto en mis sueños. En cierto momento, el cilindro vibró con tal violencia que pensé que iba a estallar. Tomé valor y me atreví a pronunciar algunos de los términos que había registrado en mis transcripciones del Manuscrito de B’th-kran. Entonces una imagen “grabada” se manifestó en pleno aire, como proyectada o impresa en las retinas mismas de mi conciencia.
Era un paisaje de torres, pero no eran torres sino extremidades supurantes, retorcidas en nudos de geometría imposible; una ciudad extendiéndose a lo largo de un horizonte curvado, aguantada por columnas de carne y mineral. Todo ello bajo una luna, o no-luna, ennegrecida, atravesada por filamentos que palpitaban como venas. A la izquierda, una abertura como de cráter destilaba una nube amorfa, cuyo movimiento me hipnotizó. De esa “nube” surgió la silueta de lo que sólo puedo describir como un Mensajero: una criatura de múltiples apéndices metálicos, con un ojo central recubierto por placas minerales y zarcillos brillando. En cuanto lo miré y sentí que me devolvía la mirada, experimenté la certeza de una conexión que no era ni humana ni del todo consciente.
A partir de ahí, mi mente se quebró y comenzó, lentamente, a reconstruirse de una manera distinta. Ya no era “yo” únicamente, sino una promesa de “ellos”. Empecé a escribir febrilmente, pero lo que mi pluma inscribía era ilegible para mí en mi estado diurno; sólo en el crepúsculo, con la mente medio difusa, encontraba sentido en mis palimpsestos. Todas las palabras hablaban del ascenso de la “loto azul”, una especie de letalidad invernada en la mente humana, esperando el llamado de Yuggoth; hablaban de cómo “las semillas” habían sido desperdigadas desde los cielos hace eones, y de cómo los laboratorios de los Mensajeros seguirían recibiendo las noticias de sus cultivos en la Tierra.
No fue hasta que mi amigo Smithe desapareció —y lo último que se vio de él fue una estela negra cruzando el firmamento esa noche— que finalmente entendí. Aquellos sueños, aquel cilindro, no eran solamente una ventana, sino una invitación, una correa de transmisión. Arkham empezó a cambiar para mí: los rostros de las personas parecían adquirir una uniformidad litográfica y sus voces, en la distancia, se amalgamaban en un coro de murmullos de lo que sólo podía ser una lengua yuggothiana. Las farolas se tornaron ojos, y los rieles del tranvía parecían esqueléticos dedos extendiéndose por la dermis de la ciudad.
Me sentía acechado por la certeza de que si no me deshacía del cilindro, yo mismo acabaría como Smithe, consumido, abducido, convertido en simple vector de la “simiente”. Los sueños trajeron la imagen de la camilla metálica: un lecho frío en el que las manos invertidas de los Mensajeros me sostenían mientras una cabeza triple me susurraba la historia de la colonización desde las estrellas. Las ciudades subterráneas de Yuggoth, decían, poseían gigantescos invernaderos biometálicos, y en ellos germinaban los sueños humanos cuando eran infectados por la simiente que caía del espacio.
Al final, sólo queda el horror de saber que la semilla ya ha germinado. Hubo una última noche, en la que estuve parado en la linde del Bosque de Pickman, junto al arroyo que se deslizaba silencioso. El cilindro negro titilaba con impaciencia luminosa entre mis manos. Sentía la presión de algo enorme —la sombra trillada de una nave caminando sobre el propio tejido del espacio— encima de mí. Los árboles se doblaban en un viento helado sin dirección, y un olor pestilente, a metal oxidado y agua estancada, saturó mi nariz.
Sin ninguna frase de despedida, arrojé el cilindro al arroyo. Toda la naturaleza pareció contener la respiración. Por un instante —quizá un siglo— escuché, no con los oídos, sino con los huesos, la voz de B’th’glad, el Mensajero de la Raíz: “El ciclo se cumple. La siembra retorna.” En la superficie del arroyo, el cilindro se sumergió sin salpicar, y una estela oscura se extendió corriente arriba, contraviniendo la gravedad y toda razón.
Regresé a la ciudad sintiéndome vacío y, sin embargo, misteriosamente “aliviado”. Sin más pesadillas, ni presencias, ni susurros, durante semanas. Pero noto en mi vecindario un extraño aletargamiento, un murmullo bajo que antes no percibía. Hay un clamor de raíces creciendo bajo el asfalto, voces infantiles que, sin razón visible, murmuran palabras incomprensibles en los parques por la noche, y una humedad sorda perpetua en los muros de mi apartamento.
Quizá logré expulsar de mí a la simiente de Yuggoth, o quizá, simplemente, tomé el relevo en la interminable cadena de portadores. Pienso, algunos días, en aquellos sueños que no eran sueños y, en el reflejo de mi espejo, descubro leves vetas negras recorriendo mis ojos. El horror verdadero de Yuggoth —y de sus Mensajeros— no es ser destruido. Es sobrevivir, asimilando la simiente hasta que tu cuerpo, tu mente y tu ciudad ya no te pertenezcan, sino que sean las primeras ramas visibles de una monstruosa flor azul esperando, bajo el frío eterno, el próximo grito del vacío.
Copyrights © 2025 Mitosaudio.com. Todos los derechos reservados.