Portada del relato El relojero del puerto
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Fragmento:


No hubo réplica inmediata. Los ojos de Mauthner —negrísimos, sin brillo, de los que no se cruzan ni en misa— bajaron al reloj que tenía entre manos. Tenía las manecillas detenidas a las cinco y veintitrés, la hora en que, decían, había muerto Hans Farley en un naufragio cerca de la Isla Mudhook, días antes de que Leonard naciera. Había algo fúnebre, una callada certidumbre, en la precisión de ese detalle.

Duración: 11:14

El relojero del puerto
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Texto de ajuste de pausa.

El trueno había pasado y el maracinar de la tormenta aún temblaba detrás de las nubes, medio tragadas por la tarde. Había, en Kingsport, ese lunes de agosto, una claridad distinta, filtrada entre postigos mohosos, que parecía humedecer los dedos con cada paso por la Avenida Water. Leonard Farley, que se hacía llamar “León” entre los pocos que aún respetaban su afilada sombra, caminaba raudo, en la raída gabardina ajada por el salitre, hacia ese rincón vencido del puerto donde la niebla a veces entraba antes del anochecer y nunca se iba por completo.

Sabía bien que la mayoría de los parroquianos evitaban la Calle Aburglen después de la tormenta. Decían que el suelo allí respiraba aún cuando la marea subía, que las casas –aquellos apiñados rectángulos aguardillados, pintados como ataúdes por el olvido– escondían túneles y sótanos donde, tiempos ha, se había dado al contrabando y a cosas menos fiables aún. Leonard decía que no creía en cuentos de abuelos, pero la forma en que miraba a izquierda y derecha cuando pasaba por allí recordaba a un niño bajo la amenaza de vara.

A la altura del número 32, como de costumbre, el olor a aceite y resina ardiendo tomaba el aire. El escaparate ofrecía un moroso desfile de relojes de pared, algún viejo regulador de estación y, en primer plano, una colección de cronómetros marinos que parecían llevar la marea en sus esferas. El cartel de “Gregor Mauthner, Relojería Científica y Marítima” apenas se leía bajo la capa de polvo.

Entró. La campana no sonó, igual que en todos esos años. Allá adentro no había más sonido que el rumor de pequeños engranajes reanudando su vida ante la luz vacilante, y el aire —más viejo que cualquier objeto, saturado de degüellos de tiempo— le golpeó la cara como la propia culpa. Al fondo, entre vitrinas y rodajas de círculos recortados en el estaño, Mauthner le esperaba.

Era imposible saber, por cómo Gregor vestía (traje negro, camisa gris, corbata torcida) y por su rostro (larguísimo, amarillo, casi translúcido), si era más joven o más viejo que la ciudad. Remendaba en esos momentos una esfera delicada con el pulso firme del que no duerme desde hace décadas. Levantó la vista y saludó a Leonard con el mínimo acuse de hospitalidad.

—¿Vienes por el reloj de tu padre?

—Eso, o lo que hayas encontrado más interesante —dijo Leonard, tratando de sonreír.

No hubo réplica inmediata. Los ojos de Mauthner —negrísimos, sin brillo, de los que no se cruzan ni en misa— bajaron al reloj que tenía entre manos. Tenía las manecillas detenidas a las cinco y veintitrés, la hora en que, decían, había muerto Hans Farley en un naufragio cerca de la Isla Mudhook, días antes de que Leonard naciera. Había algo fúnebre, una callada certidumbre, en la precisión de ese detalle.

—Este reloj —murmuró Mauthner— no querría estar en tu familia otra vez. Te traerá malos despertares.

Leonard rió, con aquel eco (un poco forzado) de quien piensa que escucha superstición.

—La última vez que me dijiste eso me diste un trabajo para limpiar las vitrinas, Gregor.

—Menos mal que no te pagué con horas, joven. Son moneda traicionera aquí.

Y sin embargo, en la penumbra, sostenía aún el reloj como si le pesara más que el plomo. Leonard aguardó, incómodo. Empezó a recorrer con la vista el local: relojes náuticos cuyas esferas emborronadas parecían temerle a la luz; la jaula de madera con los resguardos de viejos barómetros rotos; una colección de llaves doradas cuyos dientes eran demasiado largos, como para abrir sueños en vez de cerraduras.

Siempre había pensado que todo en esa tienda parecía lo bastante añejo para arruinarle el alma a cualquiera. El ambiente, sin embargo, esa tarde, era peor. Algo —el eco de la última descarga eléctrica de la tormenta, tal vez— agitaba los relojes de formas anómalas: un péndulo de cobre se tambaleaba a destiempo, el tictac de una esfera alemana se aceleraba como un gemido reprimido. Recordó, de súbito, palabras de su infancia: “La tienda de Mauthner no da la hora, la roba”.

Mauthner, sin embargo, ignoró el silencio entre ambos. Cerró el reloj del naufragio con un chasquido y se levantó con un gemido incompleto de los huesos, como si algo crujiese dentro pero nunca cediera. Vio a Leonard a los ojos como si observara una cuerda muy vieja: dudando si valía la pena colgar de ella un secreto más.

—Es mejor que vengas mañana —dijo, sin mirarlo ya. Se giró hacia la trastienda, donde un telón polvoriento dejaba pasar los ecos de engranajes y, ahora sí, algo que se asemejaba a una melodía ahogada, un silbido de viento que traía notas de lugares mal nombrados.

Leonard se marchó, tragando la decepción y un extraño malestar. Caminó de regreso por Aburglen, pero se detuvo al pie de la colina Hargrove, donde los farolillos comenzaban a encenderse de forma irregular. Había algo, en la luz lechosa e irregular, que recordaba los sueños olvidados, esos en que uno se encuentra surcando ciudades sumergidas o descendiendo por escalas que libran la realidad hacia simas tibias de delirio.

Esa noche, Leonard no pudo dormir. Viendo la tormenta lejana desde su ático, recordó los cuentos que nadie le contaba del todo: que Aburglen había pertenecido, hacía siglos, a deportados de razas desplazadas por el mar, y que los que se habían quedado no nunca morían de verdad. También —y esto le apretaba el estómago— rememoró la forma en que su madre había hablado del accidente de Hans Farley: “Tu padre cruzó esos límites, Leonard. Soñó demasiado cerca del agua.”

Cerca de las dos de la mañana, la niebla espesa empezó a enroscarse por la ciudad como una bestia blanda. Fue entonces —justo cuando la campana de la iglesia tocó (fantasma, apenas un claro entre vapores)— cuando el sonido llegó hasta él. Un tictac lejano, lejísimo, avivándose entre retumbos de agua y viento, como si viniese del puerto, desde la misma tienda de Mauthner.

No pudo resistirse. Cogió abrigo y bajó la escalera, cruzó la ciudad sumida en un letargo casi líquido. Nadie en las calles salvo la sombra de algún borracho tardío, diluida en la neblina. Al llegar frente a la relojería, no necesitó forzar la puerta: estaba abierta, repitiendo en su letrero la palabra “Welcome” como si la hubiera escrito un sonámbulo.

Dentro, la penumbra pulsaba igual que un termitero. El olor a aceite era más acre, la temperatura, anómalamente fría para una noche de agosto. Se adentró despacio, llamado por el tictac que ahora era sinfonía horrible: cientos de relojes latiendo como corazones, cada uno vibrando con un tiempo diferente. Entre las vitrinas, vio figuras que no estaban ahí antes.

Turnando la mirada entre el escaparate y la trastienda, advirtió que ahora el telón estaba descorrido. Lo que había detrás no era el taller habitual de Mauthner, sino otro espacio. Grande, circular, con el suelo de metal que reflejaba una luz azulina traída por la niebla.

En el centro, Mauthner.

Pero esa palabra —Mauthner— sólo podía aplicarse con caridad. Lo que permanecía allí, erguido entre montones de piezas de relojería y utensilios náuticos, era una figura alta, deformada, cuyos ojos brillaban con una lejana fosforescencia azul. Observaba un reloj cristalino, enorme, con un péndulo que parecía condensar niebla en cada giro.

El aire estaba fresco. Pero cuando Leonard quiso avanzar, sintió el tiempo doblarse alrededor, como si un músculo invisible presionara sus costillas.

Entonces sucedió algo terrible y delicado.

Los ojos de Mauthner dejaron de ser humanos. Leonard vio, más que sintió, que tras ellos acechaban años, siglos, vidas enteras tragadas por el océano. Tal vez, vislumbró, el mismo mar de los sueños del que hablaba la vieja literatura de Kingsport: ese reino tras la vigilia donde todo navegante, antes o después, habría de arribar. Dejó de ser sólo Leonard mirando un taller; fue Leonard contemplando su vida doblegada entre las ruedas de las horas, entre chasquidos y resuellos de instrumentos imposibles.

Mauthner habló, y esa voz traía marea.

—El tiempo aquí es asunto de quienes saben perderlo —murmuró, con la nota sorda de un órgano en iglesia vacía.

—¿Qué ocurre? ¿Quién eres? —El grito de Leonard era tan débil como el lamento de una goleta antes de la zozobra.

El reloj gigantesco giró, y por un instante todo vibró: las vitrinas, el suelo, incluso los huesos del propio Leonard. El péndulo arrastró consigo una visión.

Vio, como un relámpago, calles de Kingsport bajo el mar, sus habitantes vagando entre burbujas verdes; vio la isla Mudhook convertir en espuma y coral la figura de Hans Farley, que no murió del todo, sino que se sumó a una procesión lenta bajo las aguas, atado a un reloj que marca siempre la hora de su naufragio.

La visión cambió: se vio a sí mismo, años después, regresando a ese mismo puerto, pero distinto. No como hijo de marinero, sino como parte de la ciudad, cuyo tiempo —llameante, ceniciento— nunca dejaba a nadie salir del todo despierto.

El péndulo vibró, el aire giró en espiral, y Leonard, apenas consciente, balbuceó el nombre de su padre, y luego su propio nombre, como si trataran de invocar algún contrapeso a la fatalidad. El reloj estalló en una cacofonía de engranajes.

Despertó en el suelo del local a la mañana siguiente. El escaparate era igual, salvo porque la colección de cronómetros marinos había desaparecido, y en cambio, en el centro, lucía el reloj de Hans Farley, marcando cinco y veintitrés. No halló rastro de Mauthner, ni de la estancia circular en la trastienda.

Intentó irse, pero la puerta no se abrió. Sólo cuando la niebla regresó, justo antes del anochecer, logró salir.

En los días siguientes, nadie recordaba haber visto al viejo relojero —asunto poco relevante, en la rutina de Kingsport— ni tampoco reconocían la descripción de Leonard (quien, inquieto, iba de taberna en taberna preguntando). Sólo los niños, jugando entre la Calle Aburglen y el puerto, hablaban de una sombra que ajustaba los relojes de las iglesias al caer la tarde, y que en las noches de niebla se sentaba en las escaleras del faro tocando melodías que sólo los que están por morir escuchan.

Leonard ya no volvió a soñar. Se ganó un empleo menor en el puerto, acarreando cajas con un silencio adquirido. A veces, cuando se atrevía a mirar hacia la relojería —que un invierno más tarde ya tenía otro dueño y otro cartel, y ningún reloj en el escaparate— sentía el tirón de un remolino familiar en el pecho. Era la sensación de que su tiempo ya no le pertenecía.

Porque todos los relojes, allí en Kingsport, seguían marcando horas distintas. Y la niebla, como una promesa invertida, traía desde los sueños de aquel otro mundo —más allá del mar, donde los recuerdos se funden en una deriva sin dueño— el rumor de que una noche, sin remedio, retornaría.

Y entonces sabría qué le había pedido al relojero, y qué había pagado por ello.

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