Portada del relato El heredero de los sueños rotos
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Fragmento:


Allí, el portador del Cetro alzó la vara hacia el cielo naranja. La punta refulgió, y de la niebla brotaron gritos apagados, como si mil gargantas cantaran desde el fondo de un lago de cal viva. La bruma se partió en corredores y, entre ellos, se pudo ver la otra Kadath: la ciudad de formas alteradas, donde las torres de hueso surgen de lagos congelados y los árboles sangran oro oscuro.

Duración: 10:06

El heredero de los sueños rotos
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Texto de ajuste de pausa.

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Había algo pasar en Cedryn, aunque nadie en la villa de los peinadores de sombras supiera definirlo. Los sueños habían comenzado su rebelión de silencios, y los caminantes nocturnos regresaban a casa con marcas frescas o con el nombre propio difuminado, como papel calcinado por el borde. En los días previos al solsticio, la niebla caía rosa y viscosa al atardecer, llenando la hondonada de las calles con vapores que palpitaban al ritmo de la sangre.

He vivido entre los peinadores desde niño, pero mi memoria —un animal munido de zarpas— sólo permite retazos. Recuerdo la cancioncilla con que mi madre cerraba las ventanas, una melodía rota que hablaba de un cetro forjado en los confines donde el amarillo es más antiguo que la luz, y de criaturas de ojos tangenciales, cuyos nombres no se pueden pronunciar sin desollarse la lengua.

Mi nombre es Gorlen Tesc, y lo que estoy a punto de contar nunca debió ser invocado por boca o pluma.

Todo comenzó la noche en que la niebla no se disipó al alba, sino que danzó pesada bajo la línea de los tejados, olfateando a los que no habían sellado sus puertas. Yo había terminado el turno en la biblioteca de los tapices, rastreando códices de cuero que crujían con voces de insectos, cuando sentí por primera vez el temblor en las paredes. El aire olía a ozono y moho de tumbas.

Afuera, la procesión de los desolladores de sueños crecía en número. Desfilaban en silencio, los ojos hundidos y las bocas cubiertas con vendas grises salpicadas de manchas indescifrables. Llevaban antorchas cuyos fuegos no alumbraban, sino que parecían quemar sombras en vez de disiparlas. A la cabeza, portaban una vara negruzca, rematada en un fulgor amarillo que dolía mirar. Los niños lo llamaban El Palo del Viejo, pero yo conocía su verdadero nombre. Lo había leído en el grimorio de Pnar, oculto entre las páginas sobre la cría de azothianos: el Cetro de Carcosa, cetro de reyes que languidecen y sello de puertas que nunca se abren del todo.

En el silencio corrupto que precedió a la medianoche, la villa cayó en una quietud de cera. Me atreví a cruzar las losas húmedas porque sentí la compulsión, esa presión interior que no pertenece al parlamento de la razón, sino al tirano oculto en la raíz del ser. Yo tenía que acudir a la procesión. Si no, sentía, no quedaría memoria de mí, ni rastro de mi conciencia alguna vez iluminando este mundo de bruma.

Las máscaras que portaban los peinadores, al margen de la procesión, eran nuevas, talladas con precisión obsesiva. Madera de yond, pulida hasta la tersura del hueso, con líneas que sugerían rostros humanos sólo en el filo de la visión periférica. Al cruzar la Plaza de las Voces Rubricadas, un anciano, el tallador de bastones, me asió la muñeca con dedos fríos. “Que no mire el ojo amarillo si no desea verlo todo”, susurró. Me entregó una cinta de trenzado blanco, que me ordenó anudar sobre la frente hasta cubrir mis cejas.

La función del vendaje solo se hizo evidente al cruzar bajo el Arco de los Moradores. De repente, la niebla se abrió en bocas que musitaban, y cada bocanada repetía un retazo de mis pensamientos más oscuros. Más de una vez sentí que una sola mirada, si osaba alzar la venda, me tumbaría en la locura. Así avanzamos, los elegidos y los condenados, hasta la linde del bosque cóncavo, donde el suelo rezumaba savia amarilla y el musgo susurraba en una lengua que no debiera existir.

Allí, el portador del Cetro alzó la vara hacia el cielo naranja. La punta refulgió, y de la niebla brotaron gritos apagados, como si mil gargantas cantaran desde el fondo de un lago de cal viva. La bruma se partió en corredores y, entre ellos, se pudo ver la otra Kadath: la ciudad de formas alteradas, donde las torres de hueso surgen de lagos congelados y los árboles sangran oro oscuro.

La visión duró apenas un instante, pero fue suficiente. Todos quienes la presenciamos supimos en nuestra carne la fatiga y el gozo de mil generaciones cautivas. Ellos estaban allí, detrás de las paredes de este mundo. Observándonos. Juzgándonos con ojos multifacetados.

Fue entonces cuando reconocí la marca amarilla sobre la frente del portador. Era Hester Venn, cuya familia guardaba los secretos de la villa desde mucho antes de la llegada de los hombres rubios de Lomar. Hester nunca había sido visto durante el día y su voz tenía ecos de tambores desde el hueco de la montaña.

—El sueño llega, como el ocaso —gritó Hester, y la voz era la de muchos.

El cetro fue plantado en el suelo en un golpe que hizo vibrar las piedras del mundo. La niebla se arremolinó, densa como leche podrida, y de ella emergió una figura. No puedo decir si era hombre o bestia, sólo que era alto, vestido de andrajos que refulgían con la enfermiza dorada de las lunas moribundas. De su rostro colgaban hilos, y la voz que brotó era el grito de las puertas cerradas en sueños sin fin.

—El hijo de los rotos— dijo. O tal vez no dijo, pero lo supe, y al saberlo sentí que mi sangre se convertía en aceite, y mis huesos en raíz goteante.

Hester —o el ser en su piel— alzó el cetro y lo ofreció a la figura. La criatura extendió una mano de garras largas y húmedas. Tocó el cetro, y en ese instante todos los sueños reprimidos —los miedos primigenios al desamparo, a la ausencia de luz y de identidad— se enfocaron bajo la presión de esa joya dorada.

Vi, y con horror supe, el propósito de esa noche: abrir la Puerta de Leng, la grieta entre frontera y fondo, por donde las memorias que han muerto mal podrían cruzar otra vez envueltas en carne. Todo el pueblo, toda la procesión, éramos apenas ornamentos del ritual. El verdadero sacrificio era la permanencia: el anclaje de lo que mora entre los mundos.

Las máscaras comenzaron a sudar, resquebrajadas por la pulsación de la cosa que avanzaba. Uno a uno, los peinadores caían de rodillas, arrancándose vendas y cabellos, suplicando un cese. Sólo el tallador de bastones y yo resistimos. Quise correr, pero la visión me apuñaló el cráneo: una ciudad flotante, sostenida por columnas de cráneos, donde millones de rostros sin ojos clamaban por la llegada del Señor del Amarillo.

Hester giró entonces, como mecanismo de reloj roto, sus ojos sangrando luz infecta.

—¡Kadath ya no sueña! —proclamó—. Porque ninguno puede despertar. Ahora todo es carne para el cetro, todo es memoria que arde en la marea amarilla.

El visitante del otro lado extendió ambos brazos. Sus dedos se duplicaron una y otra vez, hasta envolver la villa en marañas de humo y música fracturada. Los cuerpos de los que cayeron comenzaron a sobresaltar, a hincharse. Por entre costillas y bocas, el resplandor del cetro tejía hilos que los ataban a un tapiz sin fin. Pronto el aire entero estaba hecho de alaridos.

El tallador me arrastró lejos, hasta el límite donde los árboles se distorsionaban como si fueran de cera. —No mires —insistió, y yo, obedeciendo, presioné la cinta sobre mis ojos hasta rozar sangre.

Avanzamos a tientas, sorteando charcos de masa que alguna vez fueron seres humanos. Las raíces temblaban bajo nuestros pies, pulsando bajo la luz ausente como venas hambrientas. No sé cuánto tiempo corrimos; el concepto de noche y día se había vuelto una cruel abstracción.

Finalmente, llegamos a la orilla del abismo: la sima que los antiguos llamaron Boceto de Leng. Se decía que allí había caído el primer rey, y que desde entonces la grieta nunca se cerraba del todo.

—Debes arrojar el cetro —me instruyó el tallador.

Pero no lo tenía yo, ni lo llevaba él. Cuando miré hacia atrás, lo vi: la procesión, los peinadores, la criatura rota... todo se había fundido en una sola monstruosidad amarillo-negruzca, reptando hacia nosotros como una implosión de niños hambrientos. Y al frente, el Cetro flotando, envuelto en manos no humanas, palpitando en cada átomo.

Fue en ese momento que sentí el más puro miedo: el reconocimiento de que ya no quedaba nada del mundo que conocía. Sólo quedaba el deseo del rey que nunca muere, y el anhelo de su regreso. Con fuerza inhumana, lancé la venda sangrante al viento y me encaré al horror.

El Cetro giró y la figura cambiante se disparó hacia adelante. Sentí el tacto de la vara arder en mi pecho, invadiendo mis pensamientos, recomponiendo mi historia a su medida. Supe, con dolor letal, que bajo la luz amarilla toda memoria puede ser hecha nueva. Kadath era patrimonio del cetro, y yo era su profeta involuntario.

Logré, en un instante de desesperada lucidez, arrancar el cetro de los dedos anhelantes. La vara vibraba, raiz y metal y nervio bajo la superficie. Júzguenme, pero en vez de arrojarlo al abismo, lo apreté aún más fuerte, sintiendo la punzada de todos los que me precedieron. Vi océanos escarlata y ciudades de gas; vi la muerte de la llama original. Vi cómo el Rey en Amarillo tejía mundos imposibles con los estiércoles de nociones humanas.

Y entonces, fui. Fui desgarrado. Fui multiplicado.

Al despertar —si es que esto puede llamarse despertar— me encontraba en la cima de una de las torres de hueso. Mirando el tapiz de la villa extinguida, sombras rizadas en la llanura de la locura. El cetro ya no era cetro, sino un nervio incrustado en mi propia carne. Era memoria, era hambre.

Kadath no sueña, pero desde esa noche, sueña a través de mí. Cada vez que duermes, si escuchas la niebla abrirse en bocas y ves una luz dorada detrás de tus párpados, tal vez cruzas la frontera de la procesión. Tal vez, por un instante, sientes la presión del cetro modelando tus recuerdos.

No despiertes, entonces. O hazlo, sabiendo que el precio del despertar es recordar que algo te mira desde la torre, y su mirada es amarilla y paciente.

Y cuando el bastón golpea la piedra, es mi nombre el que susurra la niebla. Porque ahora soy heredero, custodio, y hambre.

Hasta que alguien tenga la cobardía de soñar de nuevo.

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