Portada del relato La voz que susurra en la cámara oculta
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Fragmento:


Era una noche como pocas recordaba Arkham, encajada entre las paredes empapadas de la primavera y el olor mohoso de los sótanos ocultos tras los cimientos de la historia local. Las primeras lluvias arremolinaban el fango en la ribera del Miskatonic y hacían vibrar el aire con una electricidad húmeda que se colaba aun entre los cristales cerrados y los huesos de los residentes. Así llegué, empapado, a la porchada ruinosa de la casa de mi tío Lemuel, al sur del cementerio viejo, de cuya existencia tantos preferían no hablar claramente.

Duración: 09:37

La voz que susurra en la cámara oculta
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Texto de ajuste de pausa.

Era una noche como pocas recordaba Arkham, encajada entre las paredes empapadas de la primavera y el olor mohoso de los sótanos ocultos tras los cimientos de la historia local. Las primeras lluvias arremolinaban el fango en la ribera del Miskatonic y hacían vibrar el aire con una electricidad húmeda que se colaba aun entre los cristales cerrados y los huesos de los residentes. Así llegué, empapado, a la porchada ruinosa de la casa de mi tío Lemuel, al sur del cementerio viejo, de cuya existencia tantos preferían no hablar claramente.

El bramido del viento se colaba por las rendijas, y mientras me sacudía el abrigo intenté no dar importancia a los susurros arrastrados, casi melodiosos, que a ratos traía la ventisca. Era una tempestad ordinaria, me convencí; los aludes de hojas y tierra que golpeaban contra las ventanas eran simples caprichos de la naturaleza, no señales de voluntades ocultas ni de presencias arcaicas vigilando en la negrura. Cuando cruzaba el umbral y el vaho empañaba la lámpara de la entrada, me abrió la anciana Edith, siempre envuelta en un cobertor raído, la mirada trasluciendo un miedo torpe y antiguo.

—Ha venido usted en mala hora, señor—logró decir, la voz lastreada por la fatiga—. Los lugareños insisten en que no conviene andar después de anochecer… no en este mes. Ni cerca del Miskatonic. No después de aquello la semana pasada.

Sabía vagamente qué quería decir. Una estudiante de la Universidad, Lauren Halliday, se había desvanecido sin rastro en el camposanto, poco después de la medianoche, tras ser vista de pie bajo el álamo torcido, murmurando palabras que, según decían, tenían un ritmo y una cadencia no de este mundo. Nadie sabía más: sólo se hablaba de brisas súbitas, de olores de rancio, de ecos de piedras rotas, de gritos sepultados bajo las raíces. Mi llegada, sin embargo, no tenía más objetivos que los objetos de Lemuel: viejos libros, herencias familiares, papeles polvorientos que prometían una noche de inventario y nostalgia.

La casa parecía viva. Los tablones crujían bajo mis botas y me sentí observado por los retratos torvos, los espejos empañados en los rincones. El viento parecía redoblar allí, en vez de amainar. Edith me dejó en la antesala y subió a su habitación tras recomendarme que trabara la puerta. Pero yo, como buen escéptico y adicto a lo extraño—¿no somos todos, en Arkham, devotos de misterios que no nos atrevemos a nombrar?—, me contenté con cerrar sin llave y encender la lámpara de aceite, pues la electricidad (sin sorpresa) estaba suspendida por la tormenta.

Me dispuse a abrir los baúles cuando, entre el ruido general de la tempestad, escuché una nota delgada, afilada, que no venía del viento ni del árbol: era, o así me pareció, una palabra arrastrada en un idioma imposible, o una melodía corrupta, como de garganta herida. Buscando el origen, vi que detrás de la vitrina se había entreabierto una portezuela baja, casi oculta entre la lámpara polvorienta y los libros de filosofía: descendía a un sótano que nunca había visitado antes, incluso cuando niño, y cuya existencia mis mayores siempre excusaron con vagas referencias a “problemas de cimiento” o “humedades insalubres”.

La voz insidiosa volvía, más fuerte, desde las escaleras de abajo. Dudé, como es lógico, y sentí el hierro frío de un miedo arcaico ceñirse en la base del cuello. Pero mi otro yo —ese que ansía la revelación impía o la explicación racional que todo lo reduce a polvo— me arrastró, paso a paso, escaleras abajo. El aire era pesado, rancio, y el rumor del viento no existía ya: todo era un silencio hecho de espera.

La linterna temblaba en mi mano. El sótano era un espacio absurdo, imposible de corresponder con la arquitectura de la casa. Estaba revestido de losas negras, pulidas como obsidiana, y de entre ellas brotaba un resplandor antinatural, azul y púrpura, que pulsaba con la respiración sorda de un ser dormido. El frío era total, pero bajo la piel palpitaba (como una lengua) una humedad viscosa, excitante y nauseabunda.

Fue entonces cuando advertí que no estaba solo.

En medio de la estancia, erguida junto a un pozo sin brocal, de paredes inhumanas, flotaba la figura de Lauren Halliday. Su rostro era bello y blanco como la cera, pero sus ojos, vacíos, dejaban escapar hilos de sombra que se unían a la niebla del pozo. Una sonrisa arcana le partía el rostro, y entre los labios asomaba un murmullo como el de la tempestad lejana, solo que ahí, inconfundiblemente, pronunciaba mi nombre.

—¿Por qué has venido, James? —preguntó, y su voz era como el roce de cortinas podridas, como el aire arrastrado desde el Abismo—. ¿Vienes a ver lo que hay debajo? ¿A escuchar lo que viene con el viento?

No podía hablar. Solo atiné a mirar el borde del pozo: de la negrura surgían masas oscilantes, a la vez vaporosas y densas, como una niebla dotada de mente voraz. Se arremolinaban en torno a Lauren y subían, lentas pero inexorables, hacia el techo, como si siguiesen algún encantamiento o mandato impío.

—Aquí, —murmuraba ella, los ecos de sus palabras vibrando en toda la piedra— aquí es donde vine a buscar respuestas… y hallé la Voz.

La niebla del pozo comenzó a condensarse, a formar tentáculos. Algo sin nombre ascendía, algo convocado por nombres inmemoriales, algo cuyo olor y promesa existían desde antes de la primera palabra humana. Sentí el soplo helado de ese ser, o de esos seres, acariciándome el rostro y robando la voluntad de mis músculos.

—Aquí, —persistió Lauren, extendiendo los brazos, y los jirones de sombra arrancados de sus ojos se enroscaron en el aire— es donde el viento habla en lenguas más antiguas que la muerte, es donde los sueños caen hacia abajo y nunca regresan. ¿Vienes tú a sumarte al cántico?

No sé cómo resistí. Arranqué los pies del suelo y di un paso atrás; tal vez recité instintivamente algún fragmento aprendido de los diarios de Lemuel, escritos en el horror de otra generación; palabras partidas de la lengua Aklo, que repiten los guardianes de umbrales cerrados. La niebla titubeó, el eco de la Voz pareció fluctuar, y Lauren, un instante, pareció humana y perdida.

—¡No te acerques más! —logré decir, casi en un grito—. ¡Lo que hay aquí no es para los hombres ni para las mujeres!

Su risa (o la del viento, o la del pozo, o la del propio Abismo) sacudió la cámara.

—Ya no hay fronteras, James. El Abismo ha despertado, el Viento lo ha llamado. Lo que estaba dormido abajo, en las cámaras bajo la piedra, ahora camina entre nosotros. ¿No lo sientes? ¿No deseas entregarte al murmullo de lo que hay más allá?

Caí de rodillas, invadido por visiones que no eran propias: daba tumbos por ciudades de obsidiana y resina, veía presencias veladas jugando con sueños humanos como si fuesen antorchas en la niebla. Viento y abismo se unían: en los ecos de la Voz se entrelazaban promesas de saber y condena, poder y desintegración. Ya no era yo plenamente; ya no había tiempo ni palabras.

Las piedras negras comenzaron a vibrar, y en los muros se abrieron heridas de luz azulada: desde ellas asomaban ojos, bocas, lenguas que solo el sueño puede imaginar. Lauren flotaba ya sobre el pozo, la media sonrisa de inminente entrega a algo infinitamente mayor y devorador. Un río de niebla ascendía bajo ella, entrelazando nuestros cuerpos, separando al fin las últimas hebra de mi cordura.

No sé cómo, saqué de mi bolsillo un medallón antiguo—la herencia de la familia, decían—, en cuyo relieve la estrella de cinco puntas brillaba pálida. Lo aferré con manos heladas y pronunció el nombre del ángel caído, según aprendí en el diario de Lemuel: “LENGUTH YOG-SOTHOTH!”

La voz estalló como un viento ciclópeo. Lauren gritó o rió —ya no era posible distinguir ni humano ni inhumano—, y el pozo parpadeó con luces que no eran de esta tierra. La niebla se agitó violentamente, y un retumbar de relámpagos se abrió bajo mis pies. Sentí que la casa entera temblaba, que el Viento —aquel que arrastra desde los valles interdimensionales de Leng— se colaba ahora en mi pecho, llevando consigo fragmentos de abismo.

En la oscuridad, todo terminó. Me descubrí más tarde, en la luz flaca del amanecer, tumbado en el suelo de la sala, rodeado de olor a tierra húmeda y costras de barro esparcidas por doquier. No había rastro de sótano, ni de losas negras, ni de pozo. Lauren había desaparecido de la ciudad, según dijeron luego los vecinos; la casa fue demolida por temor a derrumbes y putrefacciones inasibles. Solo el viento seguía, la siguiente noche, rozando las ventanas rotas con nuevas palabras, nuevos ecos del abismo.

Hoy, demasiado viejo para desear respuestas, aún siento de vez en cuando el roce gélido de una lengua vaporosa en mis sueños. Oigo mi nombre arrastrado por corrientes nocturnas, y veo desde la ribera la bruma negra sobre el Miskatonic, palpitando a la espera de que —otra vez— alguien escuche, y alguien conteste a la voz que nunca deja de hablar bajo Arkham. Y sé, en lo más hondo, que volverá a abrirse el pozo y la niebla buscará otro huésped, otra garganta, otro eco humano por donde tejer el puente entre viento y abismo. Mientras tanto, la ciudad duerme con un ojo entreabierto, esperando el canto de la piedra negra.

Hasta entonces, sólo el viento susurra el secreto, y sólo el soñador lo entiende.

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