Portada del relato La sombra bajo la Biblioteca de Arkham
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Fragmento:


Avanzó, bordeando prismas de luz pálida, hasta la sección “G-8”: Textos Medievales Misceláneos. Una encuadernación ennegrecida y desencuadernada asomaba, apenas visible tras una hilera de grimorios franceses y tratados de demonología calvinista. Caldwell dudó. El volumen, titulado “De Portarum Carmine”, era legendario –lo había leído solo en extractos malcopiados y traducidos desde la biblioteca privada del infame Obispo Talbot– y su reputación resultaba… inapropiada, incluso para la Universidad de Miskatonic.

Duración: 08:47

La sombra bajo la Biblioteca de Arkham
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Texto de ajuste de pausa.

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La vieja biblioteca de la Universidad de Miskatonic, en Arkham, nunca dormía completamente. Había siempre alguien que vagaba por sus pasillos oscuros, a cualquier hora del día o de la noche, alguno de esos obsesivos devoradores de libros que pululan entre las columnas de piedra y los pesados anaqueles de madera, murmurando entre dientes con los ojos enrojecidos por la falta de sueño. Fue en una de esas noches de insomnio académico –la negrura casi líquida del febrero de 1939 apretando las ventanas centenarias– que el Dr. Ernest Caldwell, catalogador principal y reciente viudo, se encontró solo, de pie frente al vestíbulo cerrado que llevaba al nivel más profundo: la sección reservada.

La llave con la gran etiqueta de latón oscilaba en su bolsillo, una presencia casi tan pesada como su culpa. Apenas seis meses atrás, la esposa de Caldwell había muerto, asfixiada en la cama a causa de alguna debilidad brumosa –o, si escuchaba a su propia suegra, por el odio que la casa Whateley sentía por los forasteros. Caldwell, más que nunca desde entonces, pasaba sus noches entre volúmenes renegridos y documentos en latín corrupto, buscando –sin reconocerlo del todo– alguna justificación al horror que sentía tímidamente palpitar bajo el barniz racional de su mente.

Esa noche de tormenta, Caldwell tenía un propósito. Llevaba semanas intrigado por una nota entre los papeles del fallecido Dr. Armitage, descubridor y custodio del Necronomicón: “Nunca replantear la catalogación de los textos góticos. Lo que duerme, puede despertar.” Caldwell, de natural escéptico, consideraba lo último una broma macabra… pero la frase había germinado una obsesión.

––No hay magia en los nombres ––murmuró, mientras deslizaba la llave en la cerradura rechinante––. Solo hay conocimiento.

La puerta se abrió con un suspiro más orgánico que inerte, como si hubiese respirado durante mucho tiempo el polvo de aquel sótano. La luz de su linterna zigzagueó sobre anaqueles ciclópeos, apilados con tomos tan antiguos que exudaban humedad y grasa. Los paneles de una alfombra mohosa cedieron suavemente bajo sus pasos.

Avanzó, bordeando prismas de luz pálida, hasta la sección “G-8”: Textos Medievales Misceláneos. Una encuadernación ennegrecida y desencuadernada asomaba, apenas visible tras una hilera de grimorios franceses y tratados de demonología calvinista. Caldwell dudó. El volumen, titulado “De Portarum Carmine”, era legendario –lo había leído solo en extractos malcopiados y traducidos desde la biblioteca privada del infame Obispo Talbot– y su reputación resultaba… inapropiada, incluso para la Universidad de Miskatonic.

Aun así, sus manos ya lo sostenían. El cuero tenía la rugosidad del hueso seco y, en el lomo, figuras en relieve parecían moverse bajo la luz oscilante. Caldwell reprimió un escalofrío y llevó el libro hasta la mesa de consulta. Al abrirlo, un olor ácreo emergió, como sangre mezclada con milenrama avinagrada.

Las palabras bailaban en latín corrupto y arcaísmos germanos, pero Caldwell tradujo fragmentos al vuelo:

“…Las Puertas Carmesíes se abren solo desde dentro. Sólo el celador puede mirar y regresar ileso. Pero si uno nace entre los locos, la sangre llama sangre y la luz perece donde brota la simiente del guardián…”

La linterna titiló. Caldwell sintió la punzada de una migraña –un pulso irregular en la base de su cráneo. Prosiguió, olvidando el reloj y el mundo, absorto en el laberinto de las páginas empapadas de oscuridad. El texto era una mezcla enloquecida de advertencias, invocaciones y pasajes crípticos sobre “La Puerta en la Sombra” y el “Retorno del Vigía Eterno”.

Unos pasos pesados y amortiguados descendieron por la escalera de piedra trasera. Caldwell alzó la linterna, pero solo el eco contestó. Se levantó presa de un temor sin raíz, asegurando mentalmente que ninguno de los estudiantes tenía acceso a las llaves. La noche era suya; solo suya y de los elementos espectrales de la biblioteca.

Se volvió y, casi guiado por una fuerza mayor, separó el libro de la mesa. En la cara interna de la tapa, una escritura con tinta parda –fresca, todavía– tembló bajo el cono de luz:

“Ernest”,

debajo, un diagrama: la misma puerta de la portada, pero con un dibujo de sangre saliendo de la cerradura y escurriéndose hacia el suelo.

El temblor lo sacudió. Caldwell retrocedió torpemente, tropezando con la banqueta de roble detrás suyo. Un crujido –no de madera, sino de piedra destartalada– llenó el aire, y a lo lejos, desde el pasillo más hondo, algo rasgó la penumbra: un soplido húmedo, acompañado del rumor de miriadas de patas diminutas y lanudas.

––Debe de ser una broma ––jadeó, sin creer lo que pronunciaba––. Armitage y sus bromas…

Pero la luz de la linterna barría paredes con manchas negras que antes no estaban allí, como si la propia piedra estuviese empapándose de lo que emanaba del libro. Cerró el tomo de un golpe, y el aire se congestionó: no olía ya a polvo y pergamino, sino a tierra removida y cuerpo sin sepulcro.

Las sombras ganaban textura más allá de la mera carencia de luz. Parecían… densas, empapadas de algún aceite iridiscente imposible. Sus bordes se deshilachaban y recomponían, engullendo el extremo del pasillo. Caldwell giró sobre sí mismo, con la razón tambaleante. Miró hacia la puerta de salida, pero su contorno era apenas una niebla, intangible y ondulante.

––Debo salir. Debo salir.

Caminó a ciegas, la linterna parpadeando como el pulso de un moribundo. Los anaqueles se curvaban, las estanterías estirándose hacia él. El eco de sus pasos se repetía… aunque él se había detenido. Cayó de rodillas junto a una columna sucia, la llave escapando de sus manos sudorosas.

De pronto, otra luz destelló. Frente a él, la recia forma de una mujer, tan alta que su cabeza rozaba la bóveda baja. El corazón casi se le detiene: era su esposa. O al menos, tenía su rostro, velado, hinchado de palidez espectral, la boca cocida en una mueca imposible.

––¿Por qué, Ernest? ––su voz era como vocación de tierra removida, entre el sollozo y la condena––. ¿Por qué abriste la Puerta?

Las paredes supuraron roja viscosidad. El olor era nauseabundo y primitivo, la muerte sin filtros. Caldwell gritó. Todo su cuerpo temblaba, la linterna golpeó el suelo y rodó, la batería muriendo a saltos.

––¡No fui yo! ¡No fui yo! ––pero sabía que mentía.

El espectro se agachó, los huesos tronando, y posó una mano helada sobre su frente. La piel tembló, la sangre se enrareció en sus venas y una histeria de siglos se desató en su mente. Vio puertas, miles, flotando, rotando, abriéndose a mundos de pesadilla donde larvas inmensas reptaban y festivales obscenos coronaban noches eternas. Vio su nombre en papiros antiguos, su rostro pintado entre los cultistas desnudos de aquelarre.

Volvió al presente con apenas un trazo de conciencia, babeando, exhausto. Miró a su esposa: el rostro ya no era humano, sino una amalgama de rostros que se le superponían, gritando y suplicando. La biblioteca se colapsaba, multiplicada al infinito, con sus propias sombras pariendo sombras.

––El celador no puede mirar. No puede regresar… ––entonó la voz, deshaciéndose en burbujas negras––. Alguien debe ocupar el lugar de vigilancia.

Un aliento de abismo manó de la boca femenina. Caldwell intentó arrastrarse, pero mil manos heladas lo asieron por los tobillos. Sintió cómo su carne se dilataba, cómo su sangre se espesaba y cambiaba de dirección, fluyendo hacia una entrada más profunda.

Un último pensamiento atravesó su mente: a quien abre la puerta, la vigilia eterna espera. Sólo sangre cierra lo abierto.

Cuando las luces del alba comenzaron a filtrarse débilmente por los ventanucos polvorientos, dos vigilantes encontraron la entrada clausurada por dentro. Más tarde, policías y decanos, forzaron la puerta para descubrirla intacta, con la llave colgando por fuera. Nadie encontró a Caldwell. En la mesa, el libro “De Portarum Carmine” yacía cerrado, la tinta perfectamente seca.

Solo relataron, con silencioso horror, que sobre el lomo del volumen alguien había escrito, con la caligrafía insegura de un trastornado, una frase: “Dormir es vigilar. Vigilar es no regresar.”

Y, según se cuenta en el bebedero de la facultad hasta nuestros días, si uno se acerca al umbral de la biblioteca en noches de tormenta, puede oír, tras el eco de mil pasos ya extinguidos, una voz que susurra… esperando relieve, siempre esperando.

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