Portada del relato Las escamas de la memoria
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Fragmento:


El aire estaba cargado de esa humedad que nunca abandona la ciudad. Itzel retiró el polvo de una vieja cómoda y, con la torpeza de los que rebuscan en sueños ajenos, encontró una caja de madera con el símbolo que recordaba de los objetos prohibidos en casa: un círculo con una especie de tridente central, tallado por manos impacientes. Vaciló antes de abrir la caja. Dentro solo había fotografías: personas de ojos prominentes y pómulos anchos, miradas fijas y, en algunos casos, bocas extrañamente alargadas. Al fondo de la caja, atada con cuerda, una carta mucho más vieja que la suya, firmada con una rúbrica ilegible y los sellos de la Orden Esotérica de Dagón.

Duración: 10:50

Las escamas de la memoria
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Texto de ajuste de pausa.

El tren a Innsmouth avanzaba lentamente, resoplando con terca fatiga sobre los raíles herrumbrosos. El paisaje que se deslizaba más allá de la ventanilla se descomponía en una sucesión interminable de marismas cubiertas de niebla, espigones podridos y casuchas sumidas en el letargo de lo irremediable. Itzel no recordaba ya cuántas veces había hojeado la carta. Las palabras de su abuela parecían presagiar todo lo contrario de lo que su mano temblorosa había intentado prometer: “Ven. Aún tenemos tiempo. No tardes más”.

Era extraño. Había crecido en el calor azucarado de Veracruz, en el bullicio de un puerto que sudaba vida y bochorno. Los cuentos sobre Innsmouth siempre le sonaron a historias para asustar a los niños, un vestigio contrahecho de unos antepasados demasiado remotos, siempre mencionados con ese asco mezclado de resignación. En su infancia, la idea de los Marsh, los Gilman, los Waite, era poco más que la silueta de rarezas en los retratos marchitos, ocultos al fondo de un baúl cerrado con cuero y sal. Pero el tumor en el cerebro de la abuela fue una sentencia; y su súplica, la correa invisible que la había traído de vuelta al origen.

En la estación apenas había luz eléctrica. Un farol oscilaba en la brisa, rociando los tablones con manchas febriles. El olor a sal y algas era tan denso que casi podía masticarse. Itzel bajó del tren, apartó con cuidado la carta del abrigo y se adentró en la noche, arrastrando su maleta sobre las piedras y el musgo. La ciudad la recibió como si llevara décadas esperándola: con el mutismo aceitoso de los lugares donde nadie marcha ni llega, sino que simplemente se resigna a hundirse.

La casa de los Waite se erguía, enclenque y bravía, en una esquina aplastada bajo vigas de humedad y miedos antiguos. Las ventanas, siempre demasiado estrechas, semejaban ranuras por donde la noche espiaba a los vivos. Un escalofrío la recorrió al empujar la puerta, cuyos goznes chirriaron con un quejido animal.

“Ya estás aquí”, murmuró la voz desgastada de su abuela desde una mecedora, envuelta en mantas grises como redes. Los ojos se le achicaron, centelleando en un rostro tan surcado de arrugas que parecía de corteza marina. “Han sido años… y los años pesan aquí, hija”.

Itzel dejó la maleta y se acuclilló a su lado, oprimiendo una mano amarilla, fría como el metal sumergido. —No hables. Solo descansa.

La abuela rió, una risa rota. “Descansar es imposible en Innsmouth. Aquí ni los muertos duermen del todo”.

Las primeras horas pasaron entre sorbos de té y palabras apenas rozadas por la razón. La mujer apenas podía sostener la conversación; parecía hablar consigo misma tanto como con su nieta. Habló de vientos viejos, de canciones que nadie debía recordar, y del mar, siempre el mar, agazapado tras los cristales. Cuando finalmente se quedó dormida, Itzel subió a la buhardilla.

El aire estaba cargado de esa humedad que nunca abandona la ciudad. Itzel retiró el polvo de una vieja cómoda y, con la torpeza de los que rebuscan en sueños ajenos, encontró una caja de madera con el símbolo que recordaba de los objetos prohibidos en casa: un círculo con una especie de tridente central, tallado por manos impacientes. Vaciló antes de abrir la caja. Dentro solo había fotografías: personas de ojos prominentes y pómulos anchos, miradas fijas y, en algunos casos, bocas extrañamente alargadas. Al fondo de la caja, atada con cuerda, una carta mucho más vieja que la suya, firmada con una rúbrica ilegible y los sellos de la Orden Esotérica de Dagón.

Leyó despacio, sintiéndose cada vez menos dueña de su cuerpo. Allí se narraba un pacto, repetidos nombres conocidos en susurros, referencias a “la sangre azulada” y un linaje condenado a retornar, como el mar a la marea. Palabras como “sacrificio”, “transformación” y “bautismo” eran demasiado frecuentes. La carta era una confesión, peligrosa y fangosa como muchas cosas en Innsmouth.

Un golpe sordo desde abajo la arrancó de la lectura. Siguió una voz: “No subas al desván. No todavía”. Su abuela, más entera de lo que debiera, la miraba con un ojo negro, vacilante, animal. “Las noches son largas aquí. Y hay cosas que despiertan cuando hurgamos demasiado”.

Las horas que siguieron se deslizaron como aceite caliente sobre piel. La abuela oscilaba entre la incoherencia más absurda y la lucidez helada de quien se sabe cerca del final. Habló de los Marsh y sus promesas al océano, de la familia Gilman bramando oraciones en la espuma, y de ciertas figuras que cada tanto cruzaban las calles de la ciudad después de la medianoche, dejando rastros de limo en el umbral de cada casa.

“La sangre manda, Itzel. Algún día te lo explicarán”, murmuró, antes de dormirse de nuevo.

El insomnio la llevó a la ventana. Afuera, la bruma latía con una cadencia viscosa. Las calles estaban desiertas, salvo por algún vago resplandor en las ventanas opuestas. Pero más allá, junto al puerto, la oscuridad era más sólida, como si allí la noche se agazapara para devorar a los imprudentes. Observó largo rato, adivinando figuras bajo los faroles antes de recordarse que eso eran solo nervios.

Al día siguiente, la casa amaneció impregnada de un silencio más pesado aún que el de la noche. Itzel intentó preparar café, pero el agua salía turbia, con un aroma a hierro y sal. Decidió salir a comprar en la tienda más cercana.

Las calles estaban plagadas de charcos que apestaban a marea baja. Apenas encontró a un par de homens encorvados en la acera, hablando en un idioma que no era inglés ni nada reconocible; la miraron de lado, deteniéndose por un segundo, como meditando si comerse su rostro o dejarla pasar. Itzel sintió en la nuca un sudor helado y aceleró el paso.

La tienda era una cueva húmeda y oscura. Un hombre de edad indeterminada, piel grisácea y dedos membranosos, despachaba a una anciana que murmuraba historias a cambio de sardinas, cruzando los dedos en forma de tridente por cada moneda. Cuando llegó su turno, el tendero la examinó con una hostilidad que destilaba algo peor que racismo: era una repulsión interesada, impotente.

“¿Waite?”, murmuró él al ver la dirección de su pedido.

Itzel asintió.

“No tardarán en venir a buscarla”. Fue lo único que dijo antes de empaquetar lo justo y arrojar las latas y un pan duro sobre el mostrador.

El regreso a casa se le hizo eterno. A cada esquina sentía la presión de mil ojos, y un rumor constante cruzaba la bruma: voces desarticuladas, promesas de medianoche entrecortadas por jadeos.

La abuela parecía haber envejecido otra década en unas horas.

“Esta noche tienes que decidir, Itzel”, dijo casi sin fuerzas. “No se puede vivir entre dos aguas toda la vida. El mar siempre vuelve por lo suyo”.

Itzel intentó sonsacarle algo más, pero la mujer sólo musitaba nombres y oraciones rotas. Con las primeras sombras, la casa sucumbió al estertor de lo inminente. En algún lugar, más allá del puerto, una campana hendió el aire.

Llamaron a la puerta con un ritmo sincopado, a la vez urgente y ceremonioso. En la antesala, esperaban cuatro figuras. Dos mujeres, idénticas salvo por la inclinación de sus ojos acuosos; un hombre de barba marmórea, piel escamosa bajo la perilla, y una niña tan inmóvil que parecía un espejismo gris. Los cuatro vestían largos hábitos color espuma.

“Itzel Waite”, pronunciaron a una sola voz en un idioma antinatural. “Ha llegado el turno de tu sangre”.

Ella sintió el terror crecer, viscoso, casi ridículo en su fuerza. El hombre extendió una mano de dedos interdigitales y una membrana gris se estiró bajo la manga. “Desde Obed Marsh hemos esperado. Hoy te toca elegir si renuncias a toda huida, si abrazas el agua y lo que hay bajo ella. Si no, solo quedarán los sueños… y la marea nunca olvida”.

La abuela sollozó tras ella. “No la fuerces. Tiene… derecho”.

La niña avanzó y puso en la palma de Itzel una piedra negra y húmeda, con el mismo símbolo de la caja: el tridente en su pequeño círculo. La roca latía cálida, tentadora. Sintió el pulso de toda una raza dormida en los abismos, y algo, en el fondo de su sangre, le respondió.

Itzel recordó los años de desprecio y miedo familiar, el silencio en México sobre los “primos del norte”, la fea maldición de los que sabían mirar bajo la piel.

“¿Qué sucede si digo no?”, quiso preguntar. Pero los labios se le enredaron en un idioma ignoto, y un sabor a cobre llenó la boca.

“Serás recuerdo. La ciudad te evaporará, como a otros”, sentenció el hombre en voz baja. “O regresarás en sueños, arrastrada por las olas cuando el momento llegue…”

La abuela gimoteaba en su rincón, y una ráfaga de viento abrió la ventana, trayendo de golpe el hedor de las profundidades, ese perfume de algas y carne podrida. Por un instante, Itzel sintió sus extremidades alargarse, los dedos tornándose planos, el cuello rígido, ronco de miedo.

El hombre depositó sobre la mesa un cuenco con agua negra. “Bebe. Si lo aceptas, jamás volverás a temerles. El terror se desvanece cuando eres tú el monstruo”.

Itzel dudó. El terror era un lodo espeso en su garganta. Miró la piedra, luego el agua, luego a su abuela destrozada, y a los rostros de esos parientes ambiguos, con esa mezcla de promesa y amenaza.

El pulso de la piedra era un faro en medio de la niebla. Y sonaban campanas –o tal vez ruedas de tren, o voces desde el Atlántico– pidiéndole que escogiera.

Tomó el cuenco entre las manos, sentada entre las sombras de todos los antepasados, y bebió.

Al principio solo sintió frío, un frío pavoroso que le subía por el torso y anegaba sus pulmones. Luego fue la sangre, arrebatada por un temblor antiguo, y finalmente el entendimiento brutal: la ciudad nunca deja a nadie marchar. Se entra en Innsmouth, pero solo algunos logran salir. La mayoría aprende a sumergirse, a renunciar al miedo hasta que es reemplazado por otra cosa, más persistente y voraz.

Itzel se miró las palmas de las manos, ahora brillantes, moteadas de escamas. La marea la llamaba.

La abuela sollozaba aún, cada vez más lejana.

La ciudad la aceptó, y la noche también, mientras en los muelles la bruma formaba siluetas nuevas bajo las farolas extintas. Y un tren, sin pasajeros, resoplaba muy lejos, ignorando que una vez más, Innsmouth había cenado.

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