Cuando las últimas nieblas de marzo descendieron como un sudario sobre las calles viejas y desiguales de Arkham, solo los más imprudentes permanecieron sin refugio tras la medianoche. La Miskatonic arrastraba por esos días aguas espesamente oscuras, y cruzando el Puente Peabody, la ciudad parecía disolverse en una amalgama de humo, ladrillo y superstición. Los vientos traían desde el bosque de Dunnich rumores de ramas quebradas y susurros, y las gárgolas que miraban desde los tejados del College Lane parecían aguardar, mudas, algún evento inminente que sólo ellas podían anticipar.
Fue precisamente en esta atmósfera, en la que el horror estrangula los alientos con dedos invisibles, que acudí, por curiosidad malsana y cierto hastío existencial, a la casa de los Iscariot, en la esquina de Elm y Philidor. Aunque advertido por los murmullos musitados entre vasos en la taberna de Gilman, el párroco no halló palabras suficientes para impedir mi visita. Los Iscariot, influidos por linajes que se retorcían en las páginas más oscuras de los grimorios locales, habían caído en el ostracismo y la ruina. Su mansión, apenas emergiendo del lodo y la sombra, se alzaba como una losa recordatoria en el lóbrego cementerio urbano de Arkham.
Mi propósito era entrevistar a Lady Camelia Iscariot—o lo que quedaba de ella tras la diáspora familiar y los reclamos, nunca refutados, de desapariciones en su hacienda. La mujer había anclado sus noches al opio y al laúd, y permitía, en escasas ocasiones, la visita de forasteros. La acera que me condujo a su umbral estaba cubierta de musgo y resbaladiza, y el portón rojo se balanceó ante mí, como si invitara a la carnicería. Bajo la luz de un fanal casi extinguido, inhalé el aroma acre de restos vegetales y moho, mientras algo, quizás sólo una rata, se escabullía bajo los escalones.
Me anunció una sirvienta insomne, de ojos vacíos y piel acartonada, que expresó cada gesto con la ceremonia de un ente sigloso. La sala principal, amplísima y sombría, custodiaba retratos de los antepasados de Camelia, cuyas pupilas pintadas poseían una avidez perturbadora. Allí estaba, en un sillón de madera tallada y tapiz raído, rodeada de libros encuadernados en piel y bowls apenas anticuados. Era una criatura consumida, sin la belleza que decían los cronistas de fiestas pasadas, pero con un poder de presencia propio de un hipnotizador de feria.
Lady Camelia me dirigió una mirada que juzgué capaz de erosionar la integridad de los huesos:
—Usted ha venido a preguntar sobre la “Canción de las Aguas Negras”, ¿no es así, señor Armitage?
Asentí, aunque no recordaba haber mencionado ese asunto.
—Entonces es preciso que entienda —continuó ella, meciéndose suavemente— que en Arkham, ciertas preguntas sólo se responden con actos... y no meras palabras.
La conversación degeneró en reminiscencias sobre la niñez perdida y la decrepitud de las genealogías, hasta que ella, espolvoreando la noche con cenizas del laúd, habló:
—La canción de la que usted busca testimonio no es un canto, sino un eco —dijo, su voz tan ronca como un ataúd cerrado con demasiada prisa—. En sus notas laten cosas que esta familia aprendió a temer, pero nunca a escapar.
Sus palabras eran, por un instante, indistinguibles de la corriente de la noche, una melodía subterránea que parecía erguirse de las profundidades inarticuladas de la ciudad. Me narró, entonces, la historia que habría de atormentarme hasta el día de mi muerte—a menos que las pesadillas lo hagan antes.
La historia comenzó, según Camelia, en 1764, cuando el bisabuelo Ermias Iscariot, investigador de curiosidades heréticas y cultos profanos, encontró en un mercado de Vladivostok un manuscrito cubierto de escamas secas. El texto, retenido en la lengua tlaalik, contaba de un umbral que empapaba dos mundos: el nuestro, con sus miserias y lamentos, y otro, de aguas profundas, tan oscuro que la luz huía de él. Ermias, confundido en su sed de saber, aprendió los cánticos y tradujo fragmentos mejor no leídos. Desde entonces, la familia Iscariot fue presa de una maldición líquida, invisible, que emponzoñó la sangre y los sueños de sus descendientes.
La casa, edificada sobre cimientos alternadamente sólidos y entrelazados con osamentas de criaturas no clasificadas en ningún manual, vibraba ciertas noches acompañando la urdimbre de esa “canción”. Murmullo tras murmullo, la mansión adquiría vida propia; las paredes exhalaban un susurro de marea, y las baldosas sudaban limo. Más de una docena de veces, la servidumbre había huido tras vislumbrar, en la penumbra, formas esfíngicas deslizándose bajo las puertas cerradas y trinos al otro lado de los espejos empañados.
Con el tiempo, algunos miembros padecieron visiones colectivas: una vastedad de agua negra, lunares pululando bajo su superficie, y, en el centro de todo, una melodía jadeante, arrastrada como por la lengua de un dios muerto. Se hablaba de ahogos inexplicables, cuerpos hallados secos como pergamino en sótanos inundados, y despertares súbitos con los pulmones llenos de fango. Camelia misma confesó padecer el avance de esa canción, que se metía en la carne y la voluntad—y que ya no era dueña de sus sueños ni de sus palabras.
Me invitó esa misma noche a atestiguar la epifanía de la canción, si tenía el temple de soportar el horror. La propuesta me pareció un suicidio cultista y, sin embargo, el fatalismo me empujó a aceptar. Lo que occurriría a continuación desafiaría toda lógica.
Descendimos, ella y yo, junto a la sirvienta, por una escalera que crujía hasta el tuétano, hacia un sótano anegado por gotas y oscuridad. El aire era un vaho casi sólido, y mis zapatos chapoteaban en una capa de agua fría que no parecía reflejar nada, como si absorbiera incluso la sombra. En el centro del sótano yacía una piscina natural, rodeada de piedras inscritas con símbolos arcaicos, moviéndose a veces con la viscosidad de la materia viva.
Camelia comenzó a recitar en una voz que no era exclusivamente humana. la lengua que usaba era como un molusco resbalando por la médula espinal; con cada sílaba se encendían círculos verdosos bajo la superficie, revelando lo que nadaba debajo. Miles de ojos, opacos y sin párpado, emergían como burbujas y se sumergían, tragando ecos de la canción. Un temblor recorrió los muros. Algo inmemorial y torpe ascendía en espiral desde el fondo.
Dije entonces que era suficiente, que la visión superaba el límite de la cordura tolerable. Camelia, sin mirarme, continuó el letánico cántico; su piel goteaba agua, y bajo su voz, la sirvienta se descompuso en una sustancia traslúcida, disipándose con la canción.
Ahora, los ladrillos ya no parecían materia inerte, sino membrana pulsante, y sentí en mis pies el arrullo frio de dedos anfibios envolviéndome. Grité, o creí hacerlo, pero el sonido nunca llegó a concretarse, pues el aire se aquietó con una densidad opiácea.
La criatura, si es que merece esa clasificación, emergió finalmente. No tenía forma definida; era una amalgama de corriente y masa, de vacío y hambre primordial. Un vaho de amoníaco y putrefacción invadió mis sentidos, y de su interior manaban, como peces ciegos, fragmentos de memoria y olvido. El canto, primero melodioso como la nostalgia, tornose grotesco y devorador, un estrépito de pesadillas y anhelos desmembrados.
No supe cuánto duró el trance. Puede que fueran minutos o eones. Sólo recuerdo que, en el delirio, vi la visión de un Arkham sumergido totalmente, con sus calles pobladas por entidades multiformes, y la humanidad misma convertida en sombra y escama bajo el régimen de esa canción.
Desperté más tarde, jadeante, entre los tejados agrietados del College Lane, y con el sabor salino y asqueroso a estancamiento en la lengua. Nadie creyó mi relato. El sótano de la casa Iscariot fue hallado seco, impecable, sin rastro de la piscina ni de Camelia. Sin embargo, cada vez que las nieblas de marzo vuelven a reptar sobre Arkham, escucho detrás de las puertas, y en los sumideros de las calles, esa melodía abisal. Sé que espera y aguarda, paciente, hasta la noche en que la canción se eleve por encima de la ciudad, ahogando el último vestigio de humanidad en sus notas.
Los que alguna vez cruzaron el umbral conocen la certeza. Nadie en Arkham está a salvo cuando las aguas negras empiezan a cantar. Y yo, único testigo y depositario de la abyecta tonada, me aferro al escaso consuelo del amanecer, sabiendo que hay canciones para las cuales jamás debimos ser oído.
La pesadilla aguarda a cualquier espíritu intrépido dispuesto a escuchar: bajo las casas, bajo las aguas, bajo la propia realidad de Arkham. Allí yace el antiguo lamento, la canción que corroe la razón y la memoria, aguardando la próxima alma curiosa. Acérquese, pues, si osa: el relato ha terminado, pero la melodía continúa.
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