Portada del relato La sombra sobre la colina de Bishop
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Fragmento:


"Usté es de los Bishop, ¿eh? Esas piedras allí, en la cantera, suelen recordar maldiciones... No vaya de noche, niño. No escarbe donde no debe, que la tierra aquí se acuerda de las cosas que caminan y no deberían."

Duración: 10:27

La sombra sobre la colina de Bishop
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Texto de ajuste de pausa.

Había experimentado antes el miedo, si, pero siempre había descubierto en él una suerte de cordialidad disciplinaria, como la que inflige la rígida vara sobre los hombros de un niño rebelde. El terror de la infancia, del olvido y de la soledad, se disuelve ante la mirada de los adultos como la bruma en la mañana. Pero Dunwich, ese nombre corrompido por bocas que temen pronunciarlo en voz alta, transforma el miedo en una sustancia corpórea que se desliza entre las venas, obtura el pecho y hace dudar de cualquier certeza de normalidad.

Me llamo Ezra Bishop y llegué a Dunwich bajo la ilusión de descubrir raíces familiares, animado por cartas vagas de un abuelo que jamás conocí y por documentos polvorientos que susurraban genealogías manchadas por la tragedia. Nadie en Arkham me advirtió del estado de desintegración de las casas victorianas, de los campos devorados por pastos inhumanos, ni de los habitantes de miradas esquivas y voces susurradas al viento. Me hospedé en la casa abandonada de los Bishop, de sólida piedra gris que parecía absorber la luz de los atardeceres. Era una construcción de doble planta custodiada por viejos árboles, cuyas ramas arañaban las ventanas cada vez que el viento rugía. Desde el primer instante, el silencio que la rodeaba tenía un peso antinatural.

Aquella noche, mientras encendía la lámpara de aceite en el comedor—una estancia fría y extrañamente espaciosa—, una corriente de aire helado serpenteó por el suelo arrastrando un olor a humedad y herrumbre. Reparé entonces en el retrato que colgaba junto a la chimenea: un hombre alto, de barba angulosa y ojos de insomnio, con la fecha 1878 grabada en el marco. A sus pies, apenas visible, algo que inicialmente confundí con un bulto o sombra; pero al acercarme, la silueta torcida de un niño, delgadísimo, con los ojos hinchados y las piernas torcidas en ángulos imposibles, emergía de las penumbras de la pintura. Una sensación de repulsión inhumana me asaltó; había algo en la postura del pequeño —una simetría anormal, una duplicidad de miembros— que me hizo retirar la mirada.

Intenté desdeñar esa reacción culpándola del cansancio del viaje, pero al acostarme en el cuarto superior, los ruidos sibilantes bajo el entablado y el martilleo irregular de algo en la mampostería no me permitieron conciliar el sueño. Los sonidos cesaron justo cuando la medianoche caía, y en ese instante la quietud se instaló nuevamente, tan espesa que sentí que me ahogaba bajo ella.

Durante los días siguientes exploré Dunwich. El pueblo, si merecía tal título, era un rosario de casuchas dispersas en las faldas de colinas dolorosamente gastadas. Nadie saludaba. Algunos niños, de rasgos malsanos y vivaces, se burlaban a la distancia, murmurando frases ininteligibles. Comprendí, con una punzada de aprensión, que la sangre de los Bishop —de cualquier linaje conjurado de esas tierras— era motivo de temor y ostracismo. Los rostros marchitos de los ancianos me dirigían miradas cargadas de sospecha que se deslizaban desde sus pómulos afilados hasta perderse en la piel arrugada de las manos.

Un atardecer, me crucé con la única mujer que pareció mirarme sin aprensión: una anciana encorbada, Amariah Hyde, que vestía un chal de lana gastado y apestaba a ungüentos rancios. Me habló en voz baja, empleando palabras que reptaban en mis oídos como pequeñas alimañas.

"Usté es de los Bishop, ¿eh? Esas piedras allí, en la cantera, suelen recordar maldiciones... No vaya de noche, niño. No escarbe donde no debe, que la tierra aquí se acuerda de las cosas que caminan y no deberían."

Quise sonsacarle más, pero sin un adiós se perdió en el sendero flanqueado de hierbas funestas. Sin embargo, sus palabras me quemaron el pensamiento como un ácido lento y redactaron la agenda de mi siguiente día.

La cantera, mencionada en documentos antiguos como morada de sacrificios y rarezas indómitas, se extendía tras la colina de Bishop, cuya vigía silenciosa se imponía a todo el pueblo. Caminé hasta su borde la tarde siguiente, cuando la luz se hibrida entre ocaso y tiniebla, abriéndose como una herida irregular en la carne del paisaje. Bajé por el costado norte, repelido por el hedor a podredumbre y a azufre que escapaba de las grietas abiertas. El eco de mis pasos se multiplicó en rítmicos latidos, demasiado acompasados para pertenecer solo a mis botas.

Entre matorrales retorcidos y raíces que brotaban de la nada, encontré una losa tallada, cubierta por símbolos que reconocí de algún texto febril de la universidad: signos protoindoeuropeos mezclados con caracteres del folklore local. Retorcidas y serpenteantes formas, algunas con la inconfundible sugerencia de miembros extra, ojos múltiples en insólitos lugares, y oblongos agujeros allí donde debería haber un tótem o una cruz.

Al rozarla, una oleada de frío me recorrió la piel, y el olor acre se intensificó hasta arrancarme un vómito involuntario. En ese instante, juraría que bajo la losa brotaron susurros—o, mejor dicho, risitas infantiles entremezcladas con gimoteos lastimeros. Me retiré sobresaltado, pero no antes de notar, en el lodazal circundante, pequeñas huellas de extremidades bifurcadas, como si criaturas de dos o más piernas se hubieran arrastrado en círculo en torno a la losa.

Aquella noche, nada me pudo hacer conciliar el sueño. Desperté varias veces con la sensación pegajosa de no estar solo en la cama, de notar un peso invisible sobre mi pecho. Los ruidos en la casa se multiplicaron: algo reptaba dentro de las paredes, los escalones crujían como bajo el peso de un visitante invisible. Me aterré finalmente cuando, a las tres de la mañana, escuché el crujido de la puerta que conduce al sótano. Bajé, poseído por la insana necesidad de corroborar que mi extraña herencia no contenía secretos de mayor vileza que los conocidos en los relatos de borrachines del pueblo.

El sótano de la casa Bishop era un cubículo helado, de paredes cubiertas por moho verdoso, donde las vigas rezumaban un líquido pardo y en el aire flotaba ese mismo tufo mineral que envolvía la cantera. Alumbrado por la linterna, mi recorrido fue breve pero demoledor: en el fondo, tapados por viejas cajas y baúles roídos, encontré pergaminos escritos en una lengua que se alternaba entre el inglés arcaico y símbolos de la piedra de la cantera. Algunos recitaban letanías invocando a 'los hijos bifurcados de la simiente de Bishop', prometiendo protección y vida eterna a cambio de sacrificios inconfesables.

Mi sangre corrió helada al leer una fecha: 1895. El documento, ennegrecido de humedad, detallaba el nacimiento de un ser 'de doble naturaleza', 'criatura de las simas sin luz', 'vástago del padre y de la madre a un tiempo, con ojos que miran hacia adentro y afuera a la vez'. Y firmado por mi abuelo, cuya mano parecía tambalearse de miedo o excitación sacrílega.

El retumbar de la tormenta me arrancó del trance. Pero no fui rápido en salir. Había algo arrastrándose entre las sombras, un cuerpo pequeño y torcido, sin rostro, que produjo un chirrido de huesos al rozar las piedras. Corrí hacia la escalera, sintiendo tras de mí un hálito gélido que mordía mis tobillos, un susurro sibilante que no era del viento, sino de labios mutilados por generaciones de consanguineidad y pecado.

Huí de la casa aquella noche, sin rumbo, hasta que amaneció. Vagabundeé en los límites del pueblo. Los habitantes me vieron y bajaban la vista; ni intentaron ayudarme cuando me desplomé a la entrada de la taberna. Allí, empapado y delirante, Amariah Hyde me arrastró hasta la cocina trasera, donde preparó un brebaje agrio y me obligó a beber.

"Ha abierto la puerta —susurró con voz quebrada por la agonía de generaciones—. Los Bishop no debían volver, pero la sangre llama desde el otro lado, siempre llama."

Busqué refugio en la simpleza de la vida cotidiana, pero el pueblo se tornó aun más hostil. La cantera, me aseguraron, estaba prohibida desde la gran noche del solsticio, cuando un ser fue convocado y encadenado por los Bishop y sus bastardos. Empezaron los rumores; decían que, cada generación, uno debía regresar y continuar la custodia, mantener a raya a la cosa hermafrodita que acechaba bajo tierra, creciendo entre los lamentos de los niños deformes y las pesadillas de sus padres.

Intenté huir, conducir fuera al primer transporte, pero la carretera era un laberinto de barro y cicatrices viejas. No estaba en mis manos abandonar a la criatura, pero la sentía cada vez más cercana. Una noche final, la luna rota por nubes pútridas, la presencia se manifestó con una violencia impensable: azotó la casa con golpes inhumanos, desenterró raíces que invadieron el corredor y abrió grietas bajo mis pies. En el humo del aceite, entre alaridos de mil voces atávicas, el retrato junto a la chimenea se transformó: ahora el niño de miembros imposibles se erguía, sonriendo, y sus ojos eran los míos.

Entendí, con una lucidez que rozaba la locura, que mi llegada era la consumación ansiada. Yo era el guardián traído por el ciclo inexorable, el que debía cuidar el umbral, dar continuidad a la línea. El abismo reclamaba a sus herederos, no solo para castigarlos, sino para perpetuar el horror y la vigilancia.

Empecé a escribir este relato —mi confisión o advertencia— mientras la criatura, mi reflejo y mi simiente, rasguña ya la puerta. No hay escapatoria, porque la sangre habla y convoca, porque en Dunwich nadie escapa a la sombra de su linaje ni a la memoria putrefacta de la tierra. Los que leen estas palabras han sido advertidos: en la colina de Bishop, el terror nunca duerme y cada Bishop, quiera o no, debe oír el llamado de lo innombrable cuando las grietas de la noche dejan paso a la podredumbre ancestral.

Cuando, finalmente, la puerta ceda y los dedos bifurcados alcancen la luz, por favor, no recen por mí ni por Dunwich. Rezan, sin saberlo, al mismo horror agazapado bajo piedras negras y retratos torcidos; rezan al infinito ciclo del que nadie puede ser exiliado. Porque hay sitios donde el temor no es solo una emoción, sino el principio vital mismo que impregna toda molécula de aire, y donde la herencia es la condena y la salvación del linaje.

Dunwich respira. Y yo, última exhalación de su horror, me disuelvo en sus pesadillas.

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