Fragmento:
Frente a mí se alzaba una construcción ciclópea semienterrada en la tierra y la vegetación, compuesta de grandes bloques que relucían con una pátina iridiscente bajo la escasa luz. No puedo describir su geometría sin sentir el vértigo de los precipicios mentales: era, al mismo tiempo, abovedada y angulosa, un juego de perspectivas que burlaba la lógica y en que cada ángulo parecía curvar la mirada hacia otras dimensiones. Sobre su fachada, tallados prácticamente borrados, persistían símbolos familiares, entretejidos con aforismos en lengua mu, que llamaban a la vigilancia eterna y a la custodia ante el durmiente que da vida a las estrellas.
Duración: 09:57
A quien pueda concernir, ojalá mis palabras no sean más que las balbuceantes cavilaciones de una mente desgastada por el insomnio y la desesperación, pues no pretendo que ni un alma sensata crea en la veracidad de los hechos que aquí transcribiré. Que los eruditos se burlen, los racionalistas me condenen o los hombres piadosos recen por mí; poco importa ahora que la vorágine de las estrellas ha abierto grietas en la tela de lo real, y las pesadillas que alguna vez sólo acecharon en los límites de la mitología caminan entre nosotros, guiadas por voluntades insondables y nombres que los labios humanos no deben formar.
Aún no sé si mi descenso hacia el abismo fue predestinado, o si fui castigado por la osadía de buscar aquello que duerme más allá del alcance de los ojos mortales. Todo comenzó con mi fascinación por los Lugares Míticos, esos nombres que relucen en los antiguos pergaminos, tan resplandecientes como inalcanzables, y cuyas descripciones apenas han cambiado desde las crónicas más remotas. Ilmareth, la bóveda de humo y espejos perdida entre la vida y la muerte; Sarr, los pozos sin fondo invocados en las leyendas de locos y místicos; Lethrak, la grieta donde las estrellas sangran su luz. Era una obsesión heredada de mi difunto tío, un hombre que sacerdotes y filólogos juraban lúcido, hasta que una noche lo hallé sobre su escritorio envuelto en pergaminos y libros apócrifos, con los ojos abiertos a una visión que ni él ni yo logramos comprender jamás.
En mis propios estudios apenas encontré descripciones vagas y contradictorias, pero una constante se repetía en todos los manuscritos: la mención de una constelación funesta, corrupción de todo el zodíaco legítimo, presidida por un signo triple, vortiginoso y tentacular, que sólo podía asociarse con las festividades nocturnas de la secta de la Luna Negra. Sabía, desde el inicio, que tras ese símbolo se escondía el nombre que no debe pronunciarse, y un vínculo con Zaar, aquel ser o arquetipo que las tablillas babilónicas conectan con la desolación de la Tierra cuando el cielo era joven y la humanidad, un suspiro en la boca de los dioses.
Aquella primavera, impulsado por un mensaje anónimo recibido por correo –una simple hoja velada por símbolos de pesadilla y un croquis apenas inteligible de coordenadas astronómicas imposibles– decidí viajar hacia el norte de Maine, donde, según algunas fuentes, se rumoreaba la existencia de unas ruinas no cartografiadas que, supuestamente, coincidían con la extraña geografía descrita en los Cantares de Sarkan.
La espesura allí parecía resistir toda lógica: altos pinos torcidos por el viento o por siglos de iniquidad, raíces expuestas como manos suplicantes, y una bruma que escurría entre la hojarasca teñida de óxido, haciendo que la noción de profundidad y distancia se volviese un mero capricho ilusorio. Las noches eran más oscuras allí, como si la luna temiese mirar ese paraje, y las estrellas titilaban con un fulgor plomizo, perdiendo su antiguo pulcro delineamiento, formando en su lugar patrones erráticos, como un mensaje desde más allá del tiempo.
Tras dos días de marcha guiada por rumores y por la funesta hoja que aún portaba en mi chaqueta, descendí a un claro donde, según mi interpretación, debía encontrarse el vestigio de Ilmareth, la famosa bóveda de los espejos, cuya existencia se registraba incluso en una carta de Charles Dexter Ward a un tal Pickman. Pero lo que encontré fue más antiguo, y mucho más abominable que cualquier leyenda que pueda trasmitirse en voz alta dentro de la cordura diurna.
Frente a mí se alzaba una construcción ciclópea semienterrada en la tierra y la vegetación, compuesta de grandes bloques que relucían con una pátina iridiscente bajo la escasa luz. No puedo describir su geometría sin sentir el vértigo de los precipicios mentales: era, al mismo tiempo, abovedada y angulosa, un juego de perspectivas que burlaba la lógica y en que cada ángulo parecía curvar la mirada hacia otras dimensiones. Sobre su fachada, tallados prácticamente borrados, persistían símbolos familiares, entretejidos con aforismos en lengua mu, que llamaban a la vigilancia eterna y a la custodia ante el durmiente que da vida a las estrellas.
Avancé, desoyendo el impulso bestial de huir, y examiné las losas del umbral. Allí descubrí las huellas de quienes, antes que yo, habían osado penetrar ese recinto: grietas, quemaduras, y lo peor de todo, restos óseos fosilizados, humanos y no humanos, testigos de ritos impíos y sobresaltos inenarrables. Armado con mi linterna y un crucifijo que compré más por necesidad que por fe, me adentré en el vestíbulo.
La oscuridad dentro de la estructura era absoluta y viva, poblada por susurros arrastrados por corrientes de aire cuya fuente no podía localizar. Al caminar, la linterna revelaba fugaces destellos de figuras talladas: seres tentaculares, con ojos multiformes alzándose hacia el firmamento; masas ininterpretables con fauces, garfios, y alas membranosas que recordaban la iconografía prohibida de la constelación.
Mi marcha se detuvo cuando el vestíbulo desembocó de repente en un vasto salón de forma elíptica, cuya iluminación provenía de unas extrañas vetas que recorrían las paredes: era una fosforescencia enfermiza, de un verde palúdico que parecía alimentarse del miedo mismo. En el centro del recinto se alzaba un pedestal colosal, y sobre él, un cristal octaedro que giraba levemente, desafiando la gravedad, como impulsado por una voluntad irrespetuosa de todas las leyes físicas conocidas.
Observándolo sentí la abrumadora presencia de algo no-humano, una sabiduría antigua y hostil. El cristal proyectaba imágenes en mi mente: ciudades sumergidas en océanos primordiales, seres que saltaban de estrella en estrella como saltarines sobre charcos, y, por sobre todo, la figura central de Zaar: una amalgama amorfa de oscuridad y tentáculo, siempre latente en el reverso de toda adoración estelar prohibida.
Fui inundado por arcanos susurrantes, un lenguaje que mi subconsciente intentaba rechazar pero, inexorablemente, asimilaba en su núcleo. Entonces, mientras mis ojos seguían prisioneros del núcleo cristalino, advertí que no estaba solo.
El silencio se quebró cuando un rumor grave se levantó desde las entrañas de la bóveda. Un frío repentino me invadió, como el aliento de una cripta recién abierta, y sentí tras de mí una mirada ancestral, carente de piedad, que brotaba desde la sombra idéntica a mi espalda, nacida en el mismo momento en que mis pasos cruzaban el umbral de la catedral maldita. De alguna fisura, una masa viscosa serpenteó hacia adelante, primero como una mancha tangible, luego tomando forma de tentáculo cubierto por inscripciones fosilizadas que resplandecían como heridas abiertas. Los muros temblaron y los ecos redoblados de un antiguo idioma llenaron el aire, como si la misma estructura estuviera absorbiendo mi presencia, devorando mis pensamientos.
Lo siguiente sólo puedo narrarlo con las escasas palabras que mi demacrada psique puede articular hoy. Una forma corpórea emergió de la penumbra: rostro sin ojos, más parecido a una gran gárgola cósmica que a ninguna especie terrestre, compuesta en una mezcla de humo, lodo y estallar de constelaciones oscuras. No caminaba; reptaba y se extendía, tocando los muros, absorbiendo y devolviendo sonidos y olores de tiempos arcaicos. Suplicando no caer en la locura, cerré los ojos y recité los fragmenos de la letanía wardita que mi tío me enseñó antes de perderse para siempre.
– ¡Atrás! ¡Por el signo estelar y la invocación de los ancestros, retrocede hacia tu abismo! – pero mi voz fue solo un murmullo entre ciclones de antiguas blasfemias.
La entidad respondió no con palabras, sino con imágenes mentales: vi la bóveda de Ilmareth siendo invadida por tribus prehumanas, a Sarr abriendo sus pozos para esconderse de la luz solar, a cientos de civilizaciones rendirse ante la promesa de Zaar y su consorte disfrazada de estrella. Comprendí con horror que todos los Lugares Míticos no eran sitios, sino umbrales entre la carne y el frío infinito que se esconde tras la máscara de las estrellas.
Mi cordura tambaleó; perdí noción del tiempo y del espacio. Cuando desperté, yacería a varios metros fuera del templo, cubierto de un lodo negro y con fragmentos de piedra mosaico incrustados en mis ropas y mi piel. Las heridas, inexplicablemente, se curaron en cuestión de horas, pero el temor, la certeza de haber sido marcado, perdura hasta hoy, implacable como el hambre inconmensurable de la bóveda.
Acudí a la policía local, intentando explicar mi hallazgo, pero las palabras brotaban confusas y los oficiales, inmunizados al delirio del bosque, no hallaron rastro alguno del templo, ni de la grieta, ni siquiera del claro sublime que marcaba el umbral entre la vigilia y la pesadilla. Sólo me restaba huir, esconderme bajo la vigilancia de las débiles lámparas de mi estudio, y escribir. Escribir para advertir, para resistir la verdad que horada mi mente. Porque en las noches sin luna, aún me sobreviene el rumor de los Pozos de Sarr, y el reflejo de mi rostro en la ventana refleja los relieves de una bóveda que jamás debió abrirse.
Tened cuidado con los cielos que miráis en las noches de silencio, pues la constelación proscrita aún se mueve. Y cuidado con aquellos que os invitan a explorar los Lugares Míticos, pues a veces el mayor horror no es lo desconocido, sino el descubrir que la realidad es sólo la más frágil de las máscaras que Zaar y sus progenies ofrecen. Si he de ser recordado será como un testigo quebrado de la vigilia, pues en los confines de la realidad, tras los vitrales de Alatarion o las grietas de Lethrak, los susurros siguen llamando a quien tenga la desgracia de escuchar.
No olvidéis mi advertencia. Buscad los nombres que sellan el abismo, y no permitáis que la bóveda voraz devore al mundo como devoró al mío. Las estrellas tiemblan; ya lo siento en mi carne. Y sé, con un terror totalizador, que hay otros lugares, otros templos, esperando que los necios y los osados respondan a ese eco ancestral con el precio de sus almas y su razón. Que nadie diga que no fue advertido; pues los Lugares Míticos están vivos, y el hambre de Zaar es infinita.
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