Fragmento:
La noche cayó con una espesura antinatural. Tras beber un aguardiente turbio, me retiré al piso superior para ocupar la habitación ofrecida por el posadero Ellis Gibb, un hombre de bigotera sudorosa y rostro como de cera vieja. Entonces, y solo entonces, la niebla se tornó una presencia: raspaba los cristales con un sonido de uñas húmedas. En la distancia, entre el ulular del viento, llegaba un rumor apenas perceptible, como de un silbido cambiado. No se trataba del viento, ni tampoco de algún animal nocturno; era un ritmo, una letanía, quebrada y disonante.
Duración: 08:38
No existe en Massachusetts paraje más innombrable y pernicioso que Dunwich. Así escapó llamar la atención de los cartógrafos y, durante el apogeo de la vida rural, incluso de algún viajero accidental. Mi llegada a Dunwich, empujado por la curiosidad malsana de aquellos que han leído demasiado de lo prohibido o han sentido demasiado intensamente la insatisfacción de la vida citadina, queda sellada en mi memoria no como una anécdota, sino como una cicatriz.
Conozco los síntomas de mi mal: una compulsión a vencer la lógica por medio de la oscuridad, de recorrer caminos antiguos y evitar las miradas sabias de los viejos porteadores que, con solo un ademán, te niegan cualquier indicio de compañía si tus pasos se encaminan a esas colinas. Pero deben comprender, quienes lean estas líneas, que la fuerza que me impulsaba era mayor que todo temor mundano. El vago rumor sobre la rareza de las gentes y la atmosfera corrupta no era suficiente para desalentarlo a uno cuando ya se ha alimentado del veneno de la obsesión.
Llegué una tarde turbia, con el cielo desmigajado en jirones de niebla grisácea y un viento pertinaz que, más que empujarme, parecía detenerme en cada recodo del camino. A mi llegada a la polvorienta taberna de Sussex —el único edificio que podía merecer llamar de tal modo— me encontré con un silencio tan denso que atravesarlo era como arrancar una venda de carne cruda. Los parroquianos me miraron apenas y luego entornaron los ojos. No me atreví a preguntar nada sobre mi afán: el texto incompleto y vetusto del reverendo Ward, con su mención a las simientes no humanas, pendía como fantasma sobre mi ánimo.
La noche cayó con una espesura antinatural. Tras beber un aguardiente turbio, me retiré al piso superior para ocupar la habitación ofrecida por el posadero Ellis Gibb, un hombre de bigotera sudorosa y rostro como de cera vieja. Entonces, y solo entonces, la niebla se tornó una presencia: raspaba los cristales con un sonido de uñas húmedas. En la distancia, entre el ulular del viento, llegaba un rumor apenas perceptible, como de un silbido cambiado. No se trataba del viento, ni tampoco de algún animal nocturno; era un ritmo, una letanía, quebrada y disonante.
Lo que ocurrió esa noche selló mi condena; una pesadilla de la que jamás pude desde entonces despertar con el corazón ligero. Hacia las dos de la madrugada, un sonido sibilante me despertó: bajo la puerta, la niebla se reptaba como pequeño animal insomne. Los sueños que me asaltaron entre suspiros de insomnio fueron terribles, recurrentes: una colina con una fisura, la tierra supurando un líquido blanquecino mientras voces impronunciables se repetían en un cántico que me hería los tímpanos a través de las paredes de la carne.
Al día siguiente, me acerqué con paso vacilante al único sujeto dispuesto a intercambiar palabras: un anciano de rostro abigarrado y gestos aviesos, quien se hacía llamar Silas Walling. Le pregunté, a la manera de quien finge indiferencia, si conocía la vieja capilla de la colina y el hontanar donde, según apuntaban algunos, la juventud de Dunwich celebraba ferias en tiempos remotos. Silas me miró un largo instante, su voz como aceite viejo corriendo sobre grava: “Mister, en Dunwich cosas hay que dejan sin sombra a los que preguntan. Si busca leyendas, no las oiga en la taberna. Vaya al arroyo tras la ruinosa iglesia baptista. No caminará mucho antes de que le salga al paso la verdad más oscura que pueda concebir.”
No negaré que el consejo insertó frío en mis venas, pero ignoré la sabia advertencia y avancé, cubriéndome hasta el cuello. Al cruzar la maleza, el aroma de podredumbre me dio la bienvenida: una bruma dulce-y-agria rezumaba entre las zarzas. El arroyo, escueto pero vehemente, chapoteaba sobre piedras cubiertas de limo, y el sendero se retorcía ladera arriba, hasta que en lo alto me encontré ante la promiscua visión de la antigua capilla.
No era ya un edificio, sino una amalgama de ruinas y huesos; la propia piedra parecía rezumar un liquido viscoso, mientras jeroglíficos impíos arrastraban su rostro por los ladrillos caídos. Me abrió entonces la mente una epifanía de horror: entre los escombros, la tierra respiraba, como si contuviera algo abominable que deseara salir, y que luchara cada noche por raspar la membrana de lo posible.
Desando el camino, el silbido de la letanía me seguía. Volví a la posada, febril. Pregunté a Ellis Gibb, con voz trémula, sobre la colina y la capilla. Lo enfrenté al secreto, dispuesto a aceptar una negativa, pero su reacción fue terrible: negó con la cabeza, dejó caer su enorme mano sobre mi hombro y, apretándome con una fuerza casi inhumana, musitó entre dientes apretados: “¡No son para usted ni para ningún hombre vivo los ecos de la sangre de Whateley! Haga caso lo que le digo: la colina guarda la simiente. Si la provoca, ni la piedad del Altísimo le será dada.”
Me vi obligado a abandonar la posada. Decidí pasar la noche a la intemperie, en una cueva cercana, para observar lo que los ojos mortales no suelen mirar. Siguiendo un sendero apenas perceptible, me interné entre roquedales hasta hallar una oquedad semioculta por maleza, refugio de ganado extraviado o de cosas peores. Fue allí, envuelto en la penumbra, donde presencié el horror.
La niebla se tornó sólida; columnas de vapor, altas y oscilantes, bailaban alrededor de la colina. Una luz enfermiza, fosforescente, comenzó a emanar desde el interior mismo de la tierra, contorneando figuras en la bruma. Escuché entonces, y lo juro sobre todo lo que aún estimo sagrado, un coro de voces deformes, que cantaban, murmuraban y se regodeaban en idiomas totalmente ajenos al hombre. No eran los viejos del pueblo —por quien podría equivocarse cualquiera que tema la superstición— sino presencias viejísimas, anteriores quizá al lodo mismo del Génesis.
En medio del claro de la colina, apareció algo que nunca podré nombrar. Diré solo que era la antítesis misma de la vida, una cosa que negaba la realidad y la trastocaba. Se alzó, cual úlcera colérica, retorciéndose entre pliegues de digestión malsana y extremidades borrosas. Las piedras mismas se apartaban a su paso, y la hierba hervía por donde tocaba su masa hedionda. No sé cuánto tiempo estuve allí, absorto entre terror y fascinación, erosionado hasta ser poco más que un despojo de voluntad.
Recuerdo que, al borde de la inconsciencia, vi aparecer uno de los hombres del pueblo. Adiviné en el brillo de sus ojos una familiaridad resignada con la aparición, como si aquello hubiese sido testigo habitual de sus generaciones. Le vi tender un bulto, envuelto en algo que recordaba a lino amarillento, ante la abominación. Lo que sucedió después fue peor que cualquier muerte: el bulto —un niño o un animal, no puedo saberlo— fue desmembrado ante mis ojos, engullido entre chillidos que sigo oyendo cada vez que el viento se arremolina junto a mis ventanas de Boston.
Desperté despojado de mí mismo, expulsado de la cueva, cubierto de fango y babas calientes. Logré descender la ladera entre sollozos, manchando mi memoria de manchas negras irremovibles. Ya en la aldea, encontré a los mismos hombres bebiendo en la taberna, con las ropas aún húmedas y una sombra de satisfacción animal reluciendo bajo sus ojos velados. Ellos comprendieron al instante que había visto demasiado; que ya no podía regresar a mi ignorancia.
Vagué varios días —no sé cuántos— hasta que un carromato de hilanderos me recogió y dejó, ya medio muerto del terror y la insolación, en una estación lejana. Desde entonces, no conozco descanso. Cada noche, la letanía sube por mis paredes y la niebla agita los cristales de mi alcoba. El silbido, aquel inhumano silbido, acude cada vez que el insomnio me vence. Y cuando llueve, el mundo exhala ese repugnante hedor a simiente podrida, y juro sentir a través de los latidos de la tierra que algo se remueve, creciendo, preparándose para nacer, quizás aguardando el momento de marchar no solo por la colina, sino por todas las tierras de los hombres.
Que quienes deseen buscar en Dunwich algo más que muerte y desolación piensen primero en la naturaleza de su propia sangre… pues los harapos de la humanidad se desgarran con facilidad cuando la niebla revela todo lo que duerme donde la razón termina. Yo, contaminado para siempre por ese conocimiento prohibido, advierto a todos: Dunwich no olvida, ni deja ir a quienes han probado su terror. Y en las colinas, la voz que llama en la niebla solo espera una respuesta para abrirse paso, otra vez, en nuestro mundo.
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