Portada del relato La Sombra Bajo el Muelle
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Fragmento:


Philip reconoció a Ruth Gilman bajo aquella capucha deshilachada. Su mirada resplandecía en la penumbra, un reflejo de miedo casi animal.

Duración: 09:35

La Sombra Bajo el Muelle
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Texto de ajuste de pausa.

La noche en que Philip Marlowe llegó a Innsmouth, las calles estaban saturadas de niebla y un hedor a salmuera antigua, tan denso y podrido como los rumores que arrastraban los rieles desde Arkham sobre ese pedazo de mundo. Los faroles—escasos, oxidados—lanzaban luz miel sobre el empedrado irregular, cubierto de limo y algas traídas por la persistente respiración del mar, que nunca dormía ni concedía tregua. Desde su llegada, cada esquina se sentía unos pasos más próxima al abismo, como si el pueblo entero tratara de ocultar su vergüenza bajo capas de marea, tinieblas y un silencio casi absoluto.

Philip descendió a la pensión de la señora Minns, una mujer seca y marchita, de aquellas que parecen momificadas por el salitre, moviéndose al ritmo que marcaba la podredumbre de los siglos. No había otro alojamiento decente en cincuenta millas, y tras un viaje en tren plagado de rostros borrosos que evitaban su mirada como quien evade el reflejo de algo monstruoso, cualquier refugio parecía aceptable... hasta que puso un pie en la habitación del segundo piso.

Papeles florecidos de humedad tapizaban las paredes, y el crujido grave de la cama resonó como un lamento no del todo humano. Philip dejó caer su maleta y se sentó a la mesa junto a la ventana sin cortinas, desde donde el faro distante arrojaba destellos que parecían zarpazos de un animal herido. Se preguntó por qué diablos había aceptado el encargo de investigar la desaparición de Elwood Blake, periodista freelance, conocido por hurgar donde no debía, desaparecido hacía ya cuatro semanas sin dejar más que una carta, enviada desde un buzón en el muelle de Innsmouth.

Afuera, la ventisca arremetía contra los cristales, y el rumor de las olas arrancaba fragmentos de coral del rompeolas. Philip encendió un cigarrillo, aspiró profundamente y abrió la carpeta con las notas de Blake. Allí había nombres: Ezekiel Marsh, propietario del almacén de aparejos del puerto; Ruth Gilman, dueña de una cantina oscura que se disolvía en el humo y la penumbra; y un mapa mal dibujado, señalando el "Muelle Viejo", el extremo más apartado del pueblo, allá donde el mar se mezclaba con el pantano.

El reloj del vestíbulo marcó las once. Un golpeteo seco y persistente le hizo volver la vista hacia la puerta. Al abrir, no halló a nadie, salvo algo que parecía un trozo de alga negra, retorcida como una mano marchita; enredada entre la manilla y la madera barnizada. Miró en ambas direcciones del pasillo: sólo sombras que parecían crecer y replegarse en cuanto se atrevía a fijarlas con la mirada.

Al regresar a la habitación, un escalofrío lo mordió bajo la piel. Pensó en retirarse; nada bueno se escondía en aquel pueblo de bocas apretadas y ojos huidizos. Sin embargo, cuando el reloj tronó otra vez, sonó más bien como el golpe de un ataúd. Supo que no podía irse. Blake seguía desaparecido y, por alguna razón, sentía que la última respuesta estaba cerca. Demasiado cerca.

A la medianoche, descendió al vestíbulo. La señora Minns dormitaba sentada tras el mostrador. Philip decidió no molestarla y salió a la calle envuelto en niebla. Caminó en dirección al muelle viejo siguiendo el mapa garabateado de Blake. Los ecos del mar y de sus criaturas, acompañados por el rítmico crujir de la madera podrida, lo siguieron como perros famélicos.

La luna estaba tan baja que parecía raspar los techos de las casas, todas ellas cubiertas por una pátina de musgo y descuido. Cuando dobló hacia el puerto, los olores se hicieron más intensos, saturados de yodo, algas y otra cosa indefinible, como el hedor de la carne que lleva demasiado tiempo en el agua. Frente al almacén Arctic Supplies—propiedad de Ezekiel Marsh—vio una figura en cuclillas, encapuchada. Al acercarse, la figura cuchicheó, con una voz asmática y helada:

—No debería estar aquí, señor Marlowe. Mucho menos de noche.

Philip reconoció a Ruth Gilman bajo aquella capucha deshilachada. Su mirada resplandecía en la penumbra, un reflejo de miedo casi animal.

—Busco respuestas. Elwood Blake desapareció aquí y alguien sabe algo. Usted conoce el pueblo.

Ella asintió, tragando saliva.

—Todo el mundo conoce la verdad, pero nadie quiere encontrarla. Le aconsejo que se vaya antes de que el mar lo reclame, como hizo con Blake y otros antes de él.

Philip arqueó una ceja.

—¿El mar?

—Aquí no sólo hay agua en el mar. Hay pactos. Hay vigilias. —La voz de Ruth era un susurro apenas contenido por el pánico—. Pregunte a Ezekiel. Si aún vive.

No obtuvo nada más; Ruth se deslizó entre las sombras del almacén y desapareció como absorbida por la negrura. Philip, armado con escasa información y una creciente incomodidad, siguió hacia el final del muelle. Caminó despacio sobre las traviesas podridas, el faro parpadeando mientras los aparejos de pesca crujían y se mecían, llenos de limo. En ese umbral entre mar y lodazal, el bullicio animal parecía haberse extinguido, reemplazado por el burbujeo sordo de las profundidades.

Meneó la linterna en todas direcciones y, al fondo, distinguió una caseta semiderruida. La puerta estaba entreabierta. Tragó saliva y empujó la madera húmeda. Lo recibió un hedor irrespirable, mezcla de grasa animal y aguas estancadas. Dentro, iluminada por la linterna, halló una trampa para cangrejos rebosante de restos de piel humana. Rasgaduras bajo la uña, fragmentos de lengua y pelo.

Un gemido burbujeante surgió del rincón más alejado. Philip enfocó la luz. Vio la figura encorvada de un hombre, cubierto de escamas, con ojos globosos y palpitantes. El rostro aún guardaba un eco retorcido de humanidad, y en medio de aquel horror, reconoció a Ezekiel Marsh.

—¿Qué diablos...? —murmuró Philip.

Ezekiel se giró con un movimiento torpe y de sus labios hinchados brotaron burbujas salobres.

—El mar toma lo que es suyo... El Pacto nos llama a todos...

Antes de que Philip pudiera retroceder, sintió cómo algo sinuoso se enrollaba alrededor de su tobillo: un apéndice blando, resbaladizo. Se debatió mientras el frío lo consumía, como si manos invisibles brotasen del suelo. Cayó, la linterna rodó y el haz lloroso de luz reveló la amplitud de la trampa: allí, entre los juncos y sedimentos, asomaban huesos carcomidos, anillos aún atados a dedos descarnados.

Con fuerzas mermadas por el terror, logró zafarse, se arrastró hacia la playa, pero algo reptante le rozó la cara, dejándole el sabor a almizcle y muerte. Debía irse, y sin mirar atrás, corrió a ciegas por la pasarela resbaladiza y, tras perder pie, cayó hacia unas aguas oscuras, de temperatura imposible.

En medio del pánico y el zumbido de sus oídos lacerados por el agua helada, sintió que era arrastrado; no por la corriente, sino por manos, por tentáculos o brazos humanos, lo mismo daba. Luchó a la superficie, el aire apestaba, y dos rostros emergieron junto a él, deformes y tumbados de ojos acuosos, la piel tirante y los labios rotos, susurrándole plegarias en una lengua gutural.

Despertó en la orilla, cubierto de algas y lodo, el pantalón desgarrado. Las primeras luces de la aurora titulaban débilmente por entre la bruma. Asumió que quizás había tenido alucinaciones, una pesadilla inducida por los gases del pantano. Pero al buscar en los bolsillos sintió un objeto frío; lo extrajo, y era una medalla de oro insular con símbolos extraños, cubiertos de barro marino. Philip se preguntó si quizás Blake tuvo razón al desconfiar de Innsmouth, si de verdad el mar demandaba tributo y si los secretos le habían sido revelados de un modo irreversible. Pero su mente, empapada de miedo y cansancio, sólo pudo pensar en huir.

Se alojó unas horas más en la pensión, apenas el tiempo de recoger sus cosas mientras la señora Minns lo observaba, inmóvil y desaprobadora, desde el pie de la escalera. La noche siguiente, Philip abordó el tren rumbo a Arkham, sin mirar atrás. No era supersticioso, pero llevó la medalla consigo, convencido de que los horrores de Innsmouth no podían tocarlo mientras viajara tierra adentro.

Durante días, se agitó en sueños convulsos: sentía el tacto baboso de tentáculos, escuchaba cánticos ululando bajo el mar, y la asfixia de las aguas le apretaba el pecho. Hasta el día que el sueño no terminó al alba. Abrió los ojos y la pared frente a él, en su apartamento de Arkham, transpiraba sal humana. Marcas de ventosas ascendían por la madera, y en su oído zumbaba una voz petrificada: “El Pacto no concluye jamás. Las aguas llegan a toda costa”.

Más tarde, cuando los vecinos encontraron el apartamento de Philip vacío, sólo hallaron el hedor de la podredumbre marina y un rastro de limo que conducía a un sumidero abierto en el baño. Desde entonces, cada vez que en Arkham o en la ruta a Innsmouth alguien escucha las olas golpear los muelles antiguos, no puede evitar imaginar, en la bruma, los ojos globosos de quienes se han quedado demasiado tiempo escuchando los secretos del mar. Y si alguna noche descienden a la costa y hallan en la playa una medalla de oro cubierta de algas, pasan de largo, con la vista baja, rezando para que el mar ya haya cobrado suficiente tributo esa temporada.

Pero todos en Innsmouth, y quienes han tenido la desdicha de quedarse despiertos hasta el verdadero final de la noche, saben que las aguas nunca se sacian. Ellas, como las pesadillas, sólo esperan, sólo llaman, sólo prometen que quien las desafía será, tarde o temprano, arrastrado debajo, para vigilar, con ojos anfibios y sin sueño, la orilla de los hombres para siempre.

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