Portada del relato La niebla bajo las zarpas
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Fragmento:


Antes de continuar, conviene aclarar que durante largo tiempo creí, como tantos otros, que los horrores realmente fantásticos pertenecían a las decoraciones de los textos arcaicos, reservadas a la fantasía y no al mundo palpable del despertar. Nunca fui particularmente susceptible a supersticiones. Sin embargo, aquella noche, junto a la Puerta, sentí la humedad de un miedo ancestral que no requería de explicación alguna. Era puro y absoluto.

Duración: 09:30

La niebla bajo las zarpas
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Texto de ajuste de pausa.

La luna, gibosa y grotesca, exploraba con sus garras de luz los recovecos más secretos de la vasta y dormida Kadath, esa ciudad que, me aseguraron, solo puede hallar quien de verdad no la busca. De los muchos relatos que surgen en torno a sus torres ciclópeas y sus avenidas irregulares, pocos hay tan evitados o tergiversados como el murmullo recurrente sobre la Puerta de Torzhek, que para los que conocen la intricada arquitectura onírica de las Tierras del Sueño, es apenas más que una esquina obliterada por las eras. Poco parece llamar la atención en aquella losa gastada, apenas un umbral medio sumido bajo siglos de abandono, entre las rocas derruidas y la excrecencia petrificada de hongos gigantescos que se enroscan sobre sí mismos como aletargados guardianes. Y, sin embargo, esa noche, al borde mismo de la conciencia, me atreví a posarme allí, en busca de la promesa exótica de lo prohibido.

Creí al principio, mientras jadeaba por entre los senderos empedrados, que mi principal preocupación sería enfrentarme a la hostilidad de los zoogs o, a lo sumo, toparme con algún mudo mensajero de piedra de los grimorios que gotean memoria en el aire nocturno. Pero lo que allí me aguardaba era mucho menos familiar, aunque con una huella que sentía reconocer de mis pesadillas primigenias, aquellas que me asediaban de niño, entre encorvadas sombras del peral familiar.

Dije que la puerta era conocida como la Puerta de Torzhek. Así me la llamó un mendigo de ojos ausentes cuando hube conversado brevemente con él en uno de los patios hundidos de la ciudad. «Si buscas saber, ve por la cuesta de los obeliscos rotos —me dijo—. Nadie pasa por Torzhek, aunque todos la saben». Al principio, sonreí ante su teatralidad. Ahora, mientras el aire se espesaba y temblaba en torno a las losas gastadas, recordé, demasiado tarde, el modo en que su voz se quebró en la última sílaba, y cómo evitó luego mirarme.

Antes de continuar, conviene aclarar que durante largo tiempo creí, como tantos otros, que los horrores realmente fantásticos pertenecían a las decoraciones de los textos arcaicos, reservadas a la fantasía y no al mundo palpable del despertar. Nunca fui particularmente susceptible a supersticiones. Sin embargo, aquella noche, junto a la Puerta, sentí la humedad de un miedo ancestral que no requería de explicación alguna. Era puro y absoluto.

La losa carecía de cualquier decoración explícita o advertencia. No había peanas ni antorchas; solo un resplandor débil, azulado y persistente, surgía de entre las grietas y delineaba la silueta de la abertura. Apreté mi capa, no tanto por el frío como por terror a que algo invisible me rozara la piel. Descendí un poco, guiado por ese resplandor, hasta que el rumor de música lejana se convirtió en una vibración real que llenó mis huesos. Era una melodía de flautas y cuerdas, pero compuesta en una escala que ninguna lengua humana ha podido jamás comprender ni traducir.

Avancé un tramo más, y entonces lo vi. Allí, entre las brumas, reptaba una figura. Su forma era vagamente humanoide pero extremadamente alargada, con piernas que parecían fluir y zambullirse en el suelo igual que raíces entre tierra húmeda. Tenía, lo sé con la certeza de quien ha leído antiguas tablillas y vislumbrado grabados prohibidos, el espíritu de Yegg-Ha: el Acechador de Zonas Prohibidas, aquel que busca el deseo de los que ignoran el precio del saber.

El ser —llamarlo así es un consuelo lingüístico— no tenía rostro, solo un débil resplandor lechoso colgando de donde estaría la frente en un ser mortal. Se mantenía relegado en los límites de la luz, como si los confines de lo visible fuesen para él una frontera mortal. Me miraba sin tener ojos, y los temblores de mi carne eran como campanas que le deleitaban.

Creí, por un instante, que estaba soñando aún, que en cualquier momento despertaría en mi lecho de Ulthar. Pero los sueños nunca huelen tan fuerte a hierro, ni gotean tan vivamente los colores verdes fosforescentes, ni enmascaran la muerte con una dulzura tan penetrante como la que se filtraba por aquellas grietas. Caí de rodillas. No fue por suplica, sino por la intensa presión mental que el ser ejercía. Mi cabeza vibraba con susurros, y los mensajes eran tan claros como abominables. «Ven. Desciende. Cruza la frontera que sellaron los antiguos. Yerra por donde no caminaron dioses ni demonios, sino custodios más viejos aún».

No sé cómo reuní fuerzas para hacerlo, pero alcancé la abertura mientras el ser, que llamaré Yegg-Ha aunque lo haga con terror y respeto, se inclinaba, ofreciente, como un centinela de las profundidades. Al rozar la losa, el mundo se estremeció. Las luces giraron como un vórtice, y la música, antes distante, me llenó las venas de tal manera que apenas oía mis pensamientos.

La losa separaba dos mundos. No un umbral físico, sino un peldaño existencial. Al otro lado se desplegaba una sala vasta e irregular, tallada directamente en la roca negra de Kadath, inundada de una niebla densa que brillaba con un fulgor propio. Había columnas retorcidas, salpicadas de símbolos que solo interpreté (demasiado tarde) como advertencias. Entre las columnas, se mecían otras figuras, cada una con la impronta de lo imposible: cuerpos fundidos en un constante devenir de formas, rostros falsamente humanos, bocas que cantaban sin abrirse.

Caminé, o creí hacerlo, porque ya mi cuerpo no era plenamente mío. El suelo vibraba, y a cada paso se grababa en mi memoria la evidencia de que me internaba no solo en lo prohibido, sino en lo irreparable. Una mesa baja, o altar, emergía en el centro, tallada sobre el mármol negro que brilla con la luz interior de los sepulcros. La mesa estaba cubierta de un intrincado laberinto de surcos diminutos y figuras reptantes que parecían moverse con el rabillo del ojo. Sobre ella, un fragmento de piedra, a la vez pulida y resquebrajada, exhalaba un resplandor tibio y fluctuante, como el corazón amortiguado de una criatura dormida.

Todo el tiempo, Yegg-Ha —o el eco de su voluntad— reptaba tras de mí, nunca tocándome pero induciéndome al borde de la locura con promesas de conocimiento. «Aquí verás, aquí recordarás», murmuraban las columnas a través del viento invisble. De los muros llovían recuerdos con forma de escamas caídas. Crípticos fragmentos desfilaban ante mí: imágenes monstruosas de rostros de otras razas, escenas de orgías silenciosas presididas por la figura resplandeciente, naufragios de ciudades y sueños devorados en un instante.

No puedo decir cuánto tiempo pasé ahí, ni siquiera si transcurrió tiempo humano en absoluto. Sé que la náusea y el asombro se mezclaron, que la tentación de tocar el fragmento de piedra se volvió tan irresistible como absurda. La piedra latía, y en ella pude ver reflejados los parajes consumidos del universo, los paisajes devorados por el hambre de los custodes caídos de Kadath. En ese instante, supe que la piedra era la memoria petrificada de otras sumisiones; un monumento no erigido por manos mortales, sino por el diseño impío de entidades que no admiten ni compasión ni olvido. Yegg-Ha caminaba por tales memorias para alimentarse de ellas, y su festín era eterno.

Quise huir. Supe que si trazaba el signo adecuado (que recordé vagamente de mi niñez, garabateado en la Biblia apócrifa del abuelo), quizás podría romper el hechizo. Pero Yegg-Ha ya se abalanzaba, su figura fluida y ahora monstruosa, más inmensa que nunca, desdoblándose en cientos de tentáculos con destinos propios. La presión sobre mi mente aumentó, y sentí que mi identidad peligraba.

Otro pensamiento se filtró: «Sabrás, y por saber, olvidarás todo lo demás». Apreté la mente, e invoqué en silencio el nombre prohibido de Nodens, esperando que alguna deidad menor respondiese a mi angustia. La sala vibró, las columnas sangraron vapores morados, y en un parpadeo, sentí que algo, quizás una mano mucho más humana de lo que me correspondía, me arrancaba del abismo. Atravesé la losa a la inversa, casi arrastrado por la fuerza bruta de la desesperación, y me encontré jadeando y solo en la cuesta.

El aire exterior era súbito y brutal. Me recosté con el corazón galopando. Kadath seguía allí, la luna seguía observando, pero ya ninguna sombra parecía tan inocua. Sabía que Yegg-Ha no había perseguido mi cuerpo, pero sí algo más intangible. El rastro mental, la promesa de volver a cruzar ese umbral en otro ciclo, colgaba sobre mí como una condena.

Años después aún sueño con la piedra brillando, con columnas que me susurran. Otros han desaparecido por la cuesta de los obeliscos rotos. Nadie menciona la Puerta de Torzhek, pero ocasionalmente algún loco recita canciones en la plaza más antigua, canciones que no pueden ser atribuidas a ningún idioma conocido, y cuyo eco me obliga a mirar siempre dos veces a las sombras y a preguntarme quién, en realidad, recuerda más: los vivos, los muertos, o esas bestias que custodian la memoria de los mundos caídos.

Las noches en Kadath son cada vez más densas. Siento que no salí indemne de aquella sala ni lo haré nunca. Si algún viajero llega a esa puerta, que recuerde: hay horrores que no buscan daño ni gloria, sino alimento. Y la memoria, sea de piedra o de carne, es su festín predilecto. Las zarpas de Yegg-Ha siguen extendiéndose bajo la niebla, y los que cruzamos torpemente su umbral solo podemos esperar que el olvido sea también, de algún modo, misericordioso.

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