Portada del relato Susurros en la niebla de los Ancestrales
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Fragmento:


Me alojé en la Casa de Orrin Suydam, una mansión demasiado grande para quien viaja solo. La familia Suydam tenía una Historia —así con mayúscula, porque nadie podía precisar sus orígenes, pese a que un aire de antigüedad corrompida rezumaba en cada piedra—, y un linaje orgulloso, si bien continuamente sacudido por rumores y estampidas de escándalo. Desde lo alto de la alcoba de huéspedes contemplé la niebla invernal que subía desde el mar, cubriendo la ciudad vieja y perdiéndose más allá, donde los cambios cromáticos del horizonte parecían predecir no la noche sino un repentino olvido. Yo quería creerme un simple visitante, y para exorcizar temores caminé las primeras horas investigando la antigua colina donde la iglesia, desmoronada y acechante, preside el laberinto de calles.

Duración: 10:12

Susurros en la niebla de los Ancestrales
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Texto de ajuste de pausa.

A menudo he dudado en relatar la experiencia que viví en Kingsport durante el último diciembre, un mes fatídico donde los vientos soplan entre las viejas tejas y danzan inquietos sobre el puerto negro de algas y misterios. El tiempo que pasé allí, meses atrás, me dejó cicatrices en la mente que no desaparecen con el simple transcurrir de los días. Hoy, al recordar, mis dedos tiemblan mientras escribo y casi puedo percibir el aroma salobre de la niebla, la melancólica campana que tañe en lo alto de la ladera y unos susurros que no son ni viento ni voz.

Profesaba, antes, una debilidad intelectual por los recovecos de la costa de Nueva Inglaterra, por lo irreal de ciertas casas encaramadas en los riscos y la persistente sospecha de que allí, bajo la realidad diurna, palpitaba una segunda existencia. Pero fue en Kingsport donde esta debilidad se trocó en espanto, y donde llegué a palpar —o al menos rozar— el velo entre lo humano y lo Otro. Me impulsaba una vaga inquietud y acaso una búsqueda que no miento si digo nació en sueños. Soñaba, desde hacía semanas, con altos riscos de pizarra, con mansiones de tejados recomidos y con criaturas de naturaleza indeterminada reptando a la sombra de una luna que jamás terminaba de salir.

Me alojé en la Casa de Orrin Suydam, una mansión demasiado grande para quien viaja solo. La familia Suydam tenía una Historia —así con mayúscula, porque nadie podía precisar sus orígenes, pese a que un aire de antigüedad corrompida rezumaba en cada piedra—, y un linaje orgulloso, si bien continuamente sacudido por rumores y estampidas de escándalo. Desde lo alto de la alcoba de huéspedes contemplé la niebla invernal que subía desde el mar, cubriendo la ciudad vieja y perdiéndose más allá, donde los cambios cromáticos del horizonte parecían predecir no la noche sino un repentino olvido. Yo quería creerme un simple visitante, y para exorcizar temores caminé las primeras horas investigando la antigua colina donde la iglesia, desmoronada y acechante, preside el laberinto de calles.

En la plaza principal encontré al Viejo Hadley, un barquero que tenía la mirada vidriosa y que, tras alguna copa en la posada, murmuró con torpeza:

—El mar de Kingsport no devuelve lo que toma… aunque a veces lo deja soñar.

Aquella misma tarde, sentado en los túneles subterráneos de la casa Suydam —túneles que, según decían, conectaban con almacenes olvidados y cavernas al pie del acantilado—, vi relieves en la piedra que no correspondían a ningún arte identificable. No eran formas naturales ni labor humano: curvas se enlazaban en espirales forzadas, triángulos dentro de rombos, ojos de múltiples párpados y un raro símbolo de tres aristas que recordaba remotamente a tridentes y estrellas. Al tocarlas sentí un frío extraño, y una vibración como si la roca guardase, muy en lo profundo, un rumor de vida anterior a las primeras dinastías humanas.

En el anochecer, los sueños vinieron para reclamarme. Pero en lugar de descansar, floté hacia parajes tan temibles que su mera descripción me haría dudar de mi cordura. Vi largas avenidas oscilando bajo lunas verdes y violetas, donde bestias sin sombra cruzaban corriendo y el aire cantaba en escalas imposibles. Sin embargo, en todos estos sueños tan fuera de lo humano, había un punto de anclaje: una figura encorvada, mitad hombre mitad sigilo, que me contemplaba desde la cima de una torre y gesticulaba hacia mí, sus dedos exangües moviéndose en extrañas danzas rúnicas. La sensación de los sueños era la misma: vértigo, una llamada hacia abajo, hacia abismos no hechos para la mente mortal; y, sobre todo, un regreso perpetuo a esa colina de Kingsport, a ese exacto acantilado henchido de niebla.

Pero el horror auténtico comenzó cuando descubrí que lo soñado dejaba rastros en lo real. Una noche, tras un episodio especialmente inquietante, hallé, bajo la almohada, una delgada piedra con el mismo símbolo tridente que había visto en los túneles. Parpadeé, buscando alguna lógica reconfortante —¿broma de los Suydam? ¿un desfase de mi percepción?—, pero la piedra estaba húmeda de un rocío imposible y despedía un hedor a salitre viejo y moho de eras. Intuí entonces que algo, alguna entidad o designio perenne, se filtraba en mi conciencia como la marea sube entre rocas.

Toqué el objeto, y una ráfaga de imágenes me asaltó: pasillos de obsidiana infestados de ojos negros y zarzas palpitantes, y, detrás de todo, formas erguidas como columnas que oraban a un dios hecho de flujo espeso y luz nauseabunda. No era sueño ni vigilia, sino una intersección febril donde mis propios recuerdos eran devorados, solapados por presencias apenas intuibles. Empecé a percibir que la ciudad entera, incluso de día, vibraba con una energía apenas detectable. La gente evitaba la mirada larga. Las campanas, si sonaban, lo hacían en exceso o apenas, como si todos los relojes se hubiesen detenido por capricho de algo que habita en los pliegues de la niebla.

A la semana, mis investigaciones me condujeron —quizá dirigida por algo más que la simple curiosidad— hasta el extremo más antiguo del cementerio, donde las lápidas están tan gastadas por salitre y olvido que solo queda adivinar nombres y fechas. Allí, medio enterrado, hallé otro de los símbolos, tallado en piedra. El cementerio, silencioso incluso para los estándares de Kingsport, comenzó a cambiar alrededor mío: la tierra parecía respirar, la niebla espesarse en coágulos, y todo el aire vibraba con el zumbido bajo de palabras no pronunciadas. Yo, como ausente, siguí escarbando y di con un pergamino húmedo y crujiente, envuelto en musgo y pelo envejecido. Contenía versos escritos en una caligrafía anómala, versos que al leerlos mentalmente se acomodaban a mi lengua con extraña facilidad:

“En la ciudad que duerme tras la lluvia

Se abren las puertas de lo que no fue soñado,

Bajo la piedra donde reposa el Invocador,

Allí, el tiempo y el ser se desvanecen

y los Reyes atrás de las vértebras miran.”

Regresé al hotel con el pergamino oculto entre mi chaqueta y una sensación de persecución creciente. Los días siguientes transcurrieron en una especie de niebla mental, alternando largos minutos de lucidez con episodios en que no reconocía ni mi propio rostro en el espejo. Empezaron a visitarme en sueños criaturas de un color sutil e inhumano: flotaban, incorpóreas, oscilando al margen de campos arcanos, y uno de ellos —alto, envuelto en harapos irisados— me señaló una puerta por la que debía pasar. Desperté empapado en sudor y decidí, presa de una determinación insólita, volver a la colina y hallar la cosa, la entrada, o lo que fuera que me perseguía.

La noche del 21 de diciembre, bajo una luna doble, me dirigí hacia el acantilado al este de la iglesia derruida. El camino estaba cubierto de hielo, y la niebla era tan densa que la linterna apenas iluminaba un codo delante de mi rostro. Llegué al límite de la colina, donde la tierra se abre en una vieja gruta tapizada de líquenes. En el centro, la huella del símbolo tridente parecía reciente. Tragué saliva y entré, mascando fragmentos de locura y miedo.

Dentro, las cosas perdieron su lógica. Las paredes eran más altas de lo posible, curvas y espirales se extendían a lo lejos, cada paso reverberaba mil veces con ecos de gritos y plegarias. Por encima de todo, un chillido apagado como de coro distante subía y descendía en tonos ajenos. Avancé, ciego, y distinguí en la penumbra la figura que tantas veces había visto: un ser acurrucado, sin boca, con ojos que eran abismos y que me indicaba una piedra angulosa antes de perderse entre columnas líquidas.

Toqué la piedra. Un aullido me atravesó el cráneo, el mundo se volteó y entonces… entonces caí.

No era una caída física —esa llega y termina—, sino una disolución, un abandono de tiempo y carne. Me vi en una llanura negra donde sólo había columnas ciclópeas, desperdigadas, y criaturas de brillo maleable danzando. Allí, en el centro, un trono de huesos vivos yacía vacante. Supe, sin saber cómo, que era la sala de los sueños errantes, el lugar donde los que traspasan puertas indebidas son reunidos para escuchar las letanías del hambre y el cambio.

Las voces eran polifónicas, cobrando sentidos diferentes a cada latido. Palabras de invocación despertaban recuerdos míos y ajenos. Vi a Kingsport en llamas y luego mojada de una eternidad verde, sus habitantes mudos, convertidos en estatuas que lloran sal. Y sobrevolando todo, la Dama Incolora de la Túnica Manchada —cuyos ojos son estrellas extinguidas—, tejía hilos en la urdimbre de cada pensamiento humano.

Sentí en los bordes de mi percepción una invitación: yo podía quedarme, fundirme en los sueños de Kadath y de ese otro abismo, el caos encapsulado de Zstylzhemghi, donde el tiempo no significa nada y los que han sido devorados por las eras aún pueden susurrar su historia. Pero una última voluntad, acaso reminiscencia de mi humanidad y miedo, me hizo huir, regresando por un corredor de antorchas que se apagaban, de cuerpos informes que gritaban a mi paso y de columnas que se doblaban bajo la inmanencia del Trono.

Me desperté en la entrada de la cueva, aturdido, con la niebla dispersándose frente a mis ojos y la ciudad aún dormitando bajo la luminiscencia gélida de la madrugada. Corrí, sobrepasando la iglesia derruida, hasta mi habitación en la Casa Suydam, donde caí desvanecido sobre la cama y permanecí sin poder moverme durante dos días.

Ahora, semanas después y escribiendo desde una pensión de Arkham, lo que viví en Kingsport me sigue marcando. La piedra —que aún conservo, envuelta y sellada tal como la hallé— resuena por las noches, y los sueños han vuelto. Ya no tengo certeza de qué es realidad, qué fue vislumbre o pesadilla. La ciudad aún me llama, o tal vez mi lugar ya no quede entre los hombres, sino entre aquellas sombras voraces y columnas líquidas, donde los Reyes Sin Nombre esperan detrás de los tejados dormidos, aguardando que el último susurro de la niebla sea mío.

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