Jamás debí confiar en Eveleigh. Lo supe en cuanto abrió aquel delgado portafolio de cuero negro y dejó desparramar sobre mi mesa los mapas de la Llanura de Leng, junto a un croquis tosco de piedras ciclópeas y una fotografía en sepia de una criatura enroscada, cuasihumana sólo para quien creyera que la humanidad puede amoldarse con dolorosos estiramientos. Pero por entonces (llámame ingenuo, o hambiento de gloria académica), toda advertencia se ahogó en el monótono y seco zumbido del ventilador de mi despacho. Y una luna llena muy particular ya rodaba sobre el horizonte de mis días.
—¿Has oído hablar del Valle de Nephren-Ka? —preguntó Eveleigh, casi en susurro.
Me reí, aunque la pregunta supuraba erudición. ¿Quién no había leído sobre esos horrores y maravillas en las crónicas delirantes de los exploradores británicos del siglo XIX, o en la condenada bibliografía de Dyer, el rescatador siempre trémulo de leyendas antárticas? Pero el acento de Eveleigh era el de quien sabe diferencias que escapan a los iniciados superficiales.
—Creía que está vedado por la nieve y—empecé.
—Por la noche —me interrumpió, implacable—. Vedado por la noche. Pero de día, en ciertas estaciones del ciclo lunar, los pastores gules bajan del promontorio, la neblina torna gris claro, y el aire es... —miró por un instante la lechuza disecada en mi estantería, como si temiera que nos escuchasen—... algo menos letal.
Así arrancó la expedición. No diré quién financió la empresa, qué trato exacto sellamos. Sé, sin embargo, que mi curiosidad fue puesta en venta, y el comprador tenía los dientes afilados.
***
Viajamos en tren hasta Arkham, luego en carros tirados por bestias de silueta peculiar (no pregunté su ascendencia) a través de tierras que parecían caricaturas de la desolación. El clima ya no era ni frío ni calor: era otra cosa, como si la propia temperatura hubiera sido extirpada de la realidad. En la última aldea, dos ancianos resecos, envueltos en ponchos de piel negra, nos vendieron provisiones: pan cenceño, queso ahumado y un frasco de lo que llamaron “licor contra la mirada del dios bajo la escarcha”. Eveleigh bebió y murmuró algo en una lengua de sílabas invertidas.
Las noches eran insomnes. Quien haya dormido alguna vez bajo las estrellas de Leng conoce el horror del despertar repentino, cuando la neblina de los sueños se mezcla con la niebla real. Una vez creí oír coros cantando en acentos ululantes, repetitivos, y al abrir los ojos me convencí de que sus ecos provenían de muy cerca.
A la cuarta mañana nos adentramos en la llanura. Caminamos sorteando bloques de basalto, hendidos y tatuados de runas que, bajo la helada bruma, parecían reptar con vida propia. Eveleigh sostenía una brújula de formas incongruentes, y cada tanto esparcía lo que parecía polvo de hueso sobre las piedras. Me animé a preguntar:
—¿Eso es para la buena suerte, Eveleigh? —había buscado sonar burlón, pero la atmósfera pesada me traicionó.
Se giró hacia mí, su rostro velado por la bufanda, pero sus ojos demasiado abiertos, rodando en órbitas enrojecidas.
—Es para que no recuerden nuestra carne.
Guardé silencio.
Las horas flotaron; Leng dilata el tiempo, lo suspende y lo retuerce. Pronto perdí toda cuenta.
Al atardecer, avistamos una estructura: cúpulas derretidas, columnas como vértebras de monstruos resquebrajados. Ni ruina griega, ni pagoda, ni mezquita: esa arquitectura era la negación del sentido; arcos hacia el vacío, puertas hacia el frío. Eveleigh sonrió, loco por fin, y descendió.
Supe —con un escalofrío indecible— que ningún ser humano ha sonreído de ese modo nunca.
***
Dentro, Luz tenue y pútrida. El aire olía a metal rancio y a algo más, algo que mis antepasados habrían reconocido en los primeros minutos posteriores a la llegada de la Muerte misma. Me aparté de Eveleigh, atraído por una cámara lateral: dentro, una pila de huesos dispuestos en espiral, coronados por cráneos ajenos a toda taxonomía. Vi cuencas oculares de tamaño grotesco, colmillos como dagas. Algunos huesos estaban, aún, húmedos.
Oí a Eveleigh recitar en un tono sumamente bajo. No reconocí palabras, sí la cadencia: un rezo, o peor, un llamado. En ese momento, la neblina, sí, penetró en la cámara y sentí —no vi— cómo se arremolinaba en torno a los huesos. Noté el olor a canela, acrecentado, perturbador, familiar de pronto de lecturas de Maldonado, de referencia en el Necronomicon: "el aroma de los Primigenios, el preludio de su paso". Quise gritar.
Pero lo que apareció —aflorando, deslizándose, escurriéndose desde el punto más oscuro de la sala— no fue algo apto para la garganta humana. Mi mente reconoció, sólo por analogía, segmentos, patas, filamentos tan delicados que temblaban con la respiración del viento de Leng, y todo ello chisporroteando bajo la cortina de niebla con una luz interna, ¡verduzca! El centro, el núcleo… era un rostro, o la carcasa de un rostro, sin labios, sin ojos; y la boca, ah, esa boca, era una rendija circular, plena de dientes diminutos.
Eveleigh se arrodilló. Recitó nombres; no eran nombres, eran invocaciones al reverso de mis miedos infantiles. El ser se erguía sobre él, y con tentáculos diminutos empezó a tantear su cabeza.
Me retiré, lento, sin respirar, temeroso siquiera de temblar. Atravesé galerías cuyo techo descendía hasta rozarme el cabello, gárgolas talladas en obsidiana mirándome desde la eternidad. Aquí y allá, otro susurro, la niebla espesándose y… algo moviéndose en los charcos, demasiadas patas para ser salamandras, demasiada intención en su acecho.
Salí al aire. Descubrí, espantado, que el atardecer había dado paso a una noche absoluta; las nubes cubrían la luna, sólo vislumbraba la llanura como una blanca mortaja extendida. Bajo la luz ficticia de mi linterna, distinguí figuras agrupadas en la distancia, apiñadas en círculo: los pastores gules, con sus lanzas hechas de tibias, cantando el agónico himno de su raza. Me vieron, por supuesto. Uno hizo un gesto y, como un solo cuerpo, se abrieron para dejarme pasar entre ellos: colaboradores en la comedia del terror de Leng.
Corrí. Una, dos veces tropecé con piedras resbaladizas de extrañas escamas. El frío me rompía los pulmones. Y las criaturas —¿o eran sombras?— perseguían mi fuga, sin prisa, sabiendo que esta llanura no tiene borde, que lo que huye aquí jamás escapa; sólo cambia de pesadilla.
***
No sé por cuánto tiempo huí. Cuando creí haber perdido a mis perseguidores, caí de rodillas. Supuse que había llegado al límite, al borde dentado de un acantilado, pues el abismo se abría bajo mis ojos. El viento allí chillaba, ululante, y algo en su tono invocaba viejos terrores. Pero aún no estaba libre. Sentí una mirada sobre mí, creciente, abriéndose como una flor perversa.
Del fondo de esa sima, a ras de roca, asomó un rostro. Reconocí vagamente a Eveleigh, aunque la carne estaba ahora pulverizada, enroscada en torno a una estructura que ya no era humana. Atrás de él, decenas de ojos centelleaban: grandes, facetas de monstruosas abejas, todos fijos en mí, todos sumidos en una danza hipnótica.
—Ven —susurró Eveleigh, y su voz era hueca—. Ya no hay sufrimiento. Aquí abajo todas las bocas susurran lo mismo…
La llanura de Leng devoró mi cordura. Quise saltar, poner fin a todo, pero la neblina se solidificó entorno a mis piernas, amortiguó mis movimientos. El aire cambió de sabor: ahora era salobre, y las carcajadas de los gules y las criaturas de mil patas llenaron el vacío dejado por mi grito ahogado.
Intenté rezar. ¡A cualquier dios! Pero Leng es la negación de la plegaria.
Eveleigh, o la cosa que había sido Eveleigh, emergió un paso fuera de la sima, y detrás de él otros se amontonaban: toda una procesión, manchados de negro, arcilla y sangre vieja. Un salmo, gutural y horrible, salió de sus bocas y pronto noté que era el mismo que había oído en la cámara de los huesos.
Entonces la niebla me cubrió por completo. Una lengua helada, áspera, frotó mi mejilla. Sentí los dedos (tantos dedos) explorando mis párpados, mi boca, mis oídos. Vi (¿marchita, ya?) una esperanza tenue cuando las sombras empezaron a dividir mis recuerdos, a sorberlos de uno en uno. Ya no sabría mi nombre, ni por qué vine, ni qué rostro busqué en la bruma.
***
He despertado en esta explanada cíclica, sin memoria, sin alma. A mi lado, la humanidad decrépita de otros que han llegado antes a Leng. Bailamos bajo la tutela de Eveleigh y su corte, ahítos de la pesadilla. Somos, ahora, la respuesta al eco que una vez se alzó sobre la llanura. Cualquier intruso que cruce el umbral sentirá, en los umbrales de los ventisqueros, el susurro de bienvenida:
“Ven. Aquí abajo, todas las bocas susurran lo mismo.”
Pero lo peor no es el olvido, ni el hambre, ni el frío eterno. Es que, cada noche, cuando la niebla canta con sus voces de agujero, yo también quiero arrastrar visitantes hacia la sima. Yo también sonrío, como Eveleigh, ahora al fin.
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