Fragmento:
El primero en frenarse por el miedo fue Otis, un ingeniero huraño, que jamás había abandonado tierra firme antes de esta nefasta expedición científica; ahora, se mantenía en el ángulo más alejado de la barcaza, las uñas clavadas en la madera húmeda que crujía bajo el peso de la descomposición. Un hedor fangoso emergía de las tablas, como si habitaran sobre el lomo de un animal gigantesco que respirara e intentara despertar. Emma observó el horizonte, y de pronto, vio algo imposible: una elevación, apenas perceptible, que surgía como la lengua de una criatura oculta y se retiraba otra vez en el abrazo líquido.
Duración: 09:23
El viento no soplaba en torno a la barcaza; en aquella extensión de mar sordo y aceitoso solo flotaba el rumor de la propia carne, de la conciencia colapsando en la ausencia de todo, salvo el balanceo casi letal, hipnótico, que podía llevar a la muerte tanto como la más cruel tempestad. Un chillido nunca pronunciado se expandía en la mente de Emma, una de las cuatro supervivientes, mientras la niebla ondulante se deslizaba sobre olas que rehuyeron formas conocidas para trazar geometrías sospechosamente angulosas. No llevaba reloj, pero calculaba que llevaban a la deriva más de cuarenta horas y temía tanto al día como a la noche; ambos parecían conspirar en ese espacio extraviado de coordenadas perdidas en el océano Pacífico sur, a muchos días de cualquier isla conocida.
El primero en frenarse por el miedo fue Otis, un ingeniero huraño, que jamás había abandonado tierra firme antes de esta nefasta expedición científica; ahora, se mantenía en el ángulo más alejado de la barcaza, las uñas clavadas en la madera húmeda que crujía bajo el peso de la descomposición. Un hedor fangoso emergía de las tablas, como si habitaran sobre el lomo de un animal gigantesco que respirara e intentara despertar. Emma observó el horizonte, y de pronto, vio algo imposible: una elevación, apenas perceptible, que surgía como la lengua de una criatura oculta y se retiraba otra vez en el abrazo líquido.
La segunda noche, la niebla trajo consigo fétidos vapores verdosos, y la temperatura descendió en un susurro glacial y viscoso. Los mosquitos y peces fosforescentes que los rodeaban —los que habían alimentado tanto el hambre como la repulsión de Emma— desaparecieron todos a la vez, como si un aviso ancestral los hubiera empujado a un éxodo de pesadilla. Nadie habló; ni siquiera Theodore, el ornitólogo holandés que, hasta hacía poco, bromeaba sobre gaviotas y fábulas insulares para espantar la inquietud. Las estrellas se borraron en un cielo que ya no giraba según sus reglas familiares, y Emma tuvo la certeza abrumadora de que flotaban en la órbita de un astro ajeno al que obedecía la lógica común.
En la madrugada, Otis vomitó agua negra y murmuró en sueños, “Lo hemos despertado, Emma… Su idioma lacerante regresa a través mío…” y de pronto se sumió en una quietud espectral; durante horas, creyó que había muerto, pero al tocarle el hombro su piel estaba fría y húmeda, sí, pero bajo ella latía un pulso profundamente ajeno, un compás asfixiante que no respondía a su nombre ni a su humanidad perdida. Marga, la cuarta sobreviviente, apuntó el pequeño foco de emergencia al mar, tratando de localizar cualquier vestigio de civilización. En vez de ello, el ondulante fulgor delineó por debajo del agua una estructura ciclópea, un prisma verde musgo, que a cada giro revelaba formas que el cerebro se negaba a encajar: ventanas circulares que parecían ojos, columnas inclinadas hasta lo absurda, inscripciones cuyo lenguaje no era humano, ni terrestre, ni probablemente viviente.
De pronto, el mar retrocedió en un rugido sin eco, y algo subió, rompiendo la superficie con un temblor mudo: la mitad de un domo, liso y repleto de escamas aceitosas, recubiertas de sanguinolentas bolsas de coral y limo que exhalaban el aliento de mundos extintos. Al observar detenidamente, Emma creyó ver el contorno de una puerta, o quizás una boca, entre líneas de piedra que goteaban témpanos de algas agrupadas como dedos. En ese instante, supo sin palabras que lo que yacía bajo esa geometría no era lo que había sido, pero nunca había terminado de morir.
A la mañana siguiente solo faltaba Marga; la presunción de que se había arrojado al agua era destruida por la ausencia de chapoteo o gritos. Emma halló en su sitio una mancha aceitosa, casi luminosa, y un trozo de piel humana adherida a uno de los remos. Theodore, enloquecido, se abalanzó sobre Emma y comenzaron a forcejear mientras ella lo empujaba con el último residuo de su energía. Se detuvo de golpe; sintió la mirada de Otis, inmóvil, presenciando el horror sin intervenir, con una serenidad antinatural.
—No quiero ver más, no quiero oír más —susurró Theodore con ojos brillantes y ciegos—. Nos está llamando, Emma. Ya forma parte de nosotros.
En alguna capa de sus pensamientos, Emma deseó con desesperación despertar. Pero el dolor que le gritaba desde las costillas, la sal que ardía en sus ojos y el hambre que la mordía a ráfagas le recordaban que todo era real, aunque la realidad hubiera cambiado. El color del mar era distinto, no azul ni verde: era una mezcla viscosa, un caldo que absorbía la luz y la devolvía con un reflejo enfermizo, como un iris inmenso cubriendo el planeta. Tenía la sensación de que navegaban sobre el ojo de un coloso postrado y ciego, un dios fosilizado aguardando la señal para emerger.
En la noche siguiente, el domo se alzó aún más; ahora sí, podía distinguir ventanillas y portales que llevaban a corredores oscilantes, fracturados por la presión y el tiempo. Sonaron cantos subacuáticos, o tal vez eran voces provenientes de la piedra sumergida. El rezo sordo del abismo los sacudía, modulando la carne y haciéndoles olvidar la comodidad del lenguaje; a Emma se le anudó la garganta al comprender que casi podía entender las sílabas ignotas, aunque no reconocía lo que evocaban.
Otis saltó al agua, moviéndose a cuatro patas, poseído, danzando y gorjeando como un ser de los fondos marinos, su garganta escapando profecías imposibles. Emma y Theodore oyeron el chapoteo, luego el silencio que siempre anunciaba la absorción, la aceptación de otro sacrificio. El mar regresó a su mortecina quietud milenaria.
Para sobrevivir, Emma buscó amparo en los restos de la barcaza, envuelta en una cobija empapada. Theodore deliraba y se arrancaba tiras de piel de los brazos. El hambre era la última frontera, superada ya por el terror; el auténtico enemigo era esa resonancia que calaba hasta el tuétano y trastornaba la percepción, transformando la esperanza en una broma perdida. Cada vez que se dormía arrullada por el viscoso zarandeo, veía imágenes imposibles: templos sumergidos, iconos nauseabundos, cultos que perseguían la promesa de la rendición a un latido planetario, a la disolución final.
Una aurora ajena iluminó el horizonte; los rayos verdes y púrpuras hacían titilar el agua, mostrando, vez tras vez, la monumentalidad y la vileza de las estructuras que iban emergiendo. Una ciudad incomprensible, construida con materiales que lloraban minerales y humo, polilíneas que se burlaban de la mente y entraban en la barca con cada ola. Y entonces, en la cúspide de su angustia, Emma vio: una criatura colosal, cuyos millares de tentáculos colgaban como raíces animadas, un rostro cuya sola contemplación le quemó los ojos por dentro y la dejó arrodillada, sangrante, a merced de un murmullo que escarba la razón hasta destrozarla.
Theodore gritó, dependiendo de palabras humanas en su pedido de piedad al cosmos, pero pronto su garganta se quebró en ululaciones bestiales. La criatura —no, el dios—, Cthulhu, caminaba, no exactamente por el agua, ni por la tierra, sino por todos los ángulos del espacio que allí convergían en una lógica invertida. Emma sintió que las lágrimas y la sangre fluían de su rostro mientras el mar se abría y la barcaza descendía, absorbida por la marea de resurrección y condena.
El tiempo dejó de tener sentido. Los recuerdos se volvieron nítidos, magullados por el regurgitar onírico de la criatura, que pulsaba a través de las venas del planeta, respirando el odio de un exilio que duraba eones. Emma revivió toda su vida: la infancia, el primer amor, el miedo a las sombras bajo la cama. Todo fue lavado por oleadas de imágenes, de ritmos, y de palabras que no podían ser pronunciadas. Descendió en el agujero abierto por la aparición, donde los pasillos de basalto sudaban símbolos arcaicos, y la carne humana ya no era más que una permuta, un relevo entre especies.
Fue recibida en la ciudad, ya sin la voluntad de gritar o resistir. Se plegó sobre sí misma, y las voces que la desgarraban la convencieron de que eran las suyas propias. Era el llamado de R’lyeh, la lengua majestuosa de lo irrepetible y lo despreciado por la vida. Theodore se arrastraba gimiendo, sus ojos vaciados de humanidad y esperanza. Caminaban juntos, reciclados por la ciudad soñadora, y los muros se abrían para dejarlos entrar en la justicia geométrica de otra civilización. Vieron altares saturados de vísceras ahogadas, sacerdotes sin cabeza y ritos ejecutados sin público salvo los propios dioses. Nada tenía finalidad, salvo la locura de seguir existiendo.
El tiempo se fragmentó; los océanos se agitaron, y la última imagen que Emma llevó consigo mientras su piel y su mente cedían ante el abismo era la del domo que se cerraba sobre sí mismo, sellando a sus nuevas criaturas dentro, mientras arriba, en el mar, el mundo seguía girando ajeno, ignorante de la marea de horror apenas contenida.
Nunca se halló a los supervivientes ni al barco, solo un par de trozos flotando, cubiertos de limo y, según los rescatadores, extrañas formas de coral que no pertenecían a ningún mar conocido. De R’lyeh dormida, ninguna voz regresó a la superficie, salvo en los peores sueños y en las noches en que el viento recita oscuramente un idioma prehumano al oído de quienes, como Emma, han dejado de ser solo humanos.
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