Fragmento:
Mientras recorría la estancia hacia el tomo, vio el reflejo de un rostro en la vitrina. Un rostro largo, alargado, sin boca ni nariz, con ojos apenas hendidos y brillando amarillos, que desapareció al instante. Gregory alargó la mano hasta el portafolios, abrió los cierres metálicos tirando de las lengüetas con los dedos temblorosos y, apenas por reflejo, aventó el libro dentro. El contacto con la cubierta le heló la sangre: la piel estaba húmeda, palpitante.
Duración: 10:17
La noche había caído sobre Arkham como una losa de mármol sobre un recién enterrado. Las farolas chisporroteaban bajo la llovizna constante, y los charcos devolvían reflejos deformes de las caras de los pocos que aún pisaban las aceras cubiertas de hojas empapadas. Gregory Cassady ajustó su abrigo y caminó sin prisa por el costado de la Plaza de Miskatonic, alerta como siempre cuando le tocaba realizar las tareas que nadie más quería aceptar. De reojo vigilaba el portafolios que colgaba de su mano derecha, y pensaba en lo poco que le quedaba para escabullirse a su buró y olvidarse de toda esa maldita ciudad y sus secretos nocturnos.
El encargo era sencillo, añadiendo una elegancia tranquilizadora al siniestro telón de fondo: recoger un tomo antiguo para el doctor West, el decano de Historia Antigua, y llevarlo hasta su casa de habitaciones sombrías en la Costa Sur. El paquete esperaba en la Biblioteca Upton, cerrada al público después de medianoche pero transitada, según los rumores, por estudiantes fantasmas, académicos espectrales y quién sabe qué otros engendros de la penumbra intelectual.
Gregory pateó una piedra y entró por el portón lateral, agochado bajo el baldón de una campana cuya inscripción eslava había leído ya mil veces y nunca comprendía del todo. El vigilante de noche, un tipo de barba cana y ojos hundidos llamado Mr. Henderson, le dejó entrar sin palabras, sólo con un gesto de que podía pasar. El frío apretaba dentro incluso más que afuera y la luz de los candelabros eléctricos era nictálopa, falsa, como si el mundo real terminara justo en el filo de esos haces color miel sucia.
—Lo tiene en el Archivo 3. Sobre la mesa grande—se limitó a susurrar Henderson sin mirarle a la cara, y desapareció escaleras arriba, donde dicen que aguardan los demonios archivadores. Gregory permaneció quieto un instante, respirando aquel aire rancio, una mezcla de pergamino, madera podrida y el vaho de la locura contenida en cada pared.
El silencio de la biblioteca era total, pero mientras recorría el largo pasillo hacia el Archivo 3 escuchó, sutil pero inequívoco, un tintineo de pisadas mojadas. Se paró en seco. Al fondo, una sombra fugaz se deslizó tras una hilera de estanterías, demasiado grande para ser un animal pero demasiado flaca y erecta para ser un hombre.
No había tiempo para dudar, así que Gregory prosiguió. Notó entonces, a cada paso que daba, la sensación de ser vigilado, acechado, como si ojos imposibles se abrieran en las espinas de los libros o en los arabescos de las alfombras orientales. Sabía, aunque odiaba reconocerlo, que algo en Arkham no duerme nunca. Y sospechaba, a su costumbre paranoide, que esa noche iba a cruzarse con esa entidad insomne.
El Archivo 3 era una cámara larga, de techos más bajos, saturada de hileras oblicuas de mesas y vitrinas vitrificadas. El tomo estaba allí, inconfundible: “De Vermis Mysteriis”, en una edición latina de Götz, encuadernada en piel que mejor era no preguntar de dónde procedía. Al acercarse, notó gravitar una atmósfera aún más densa y pegajosa, como si la gravedad se hubiera incrementado justo sobre ese rincón. El libro exhalaba un aroma dulzón, parecido al del metal caliente mezclado con efluvios de jazmín podrido.
Mientras recorría la estancia hacia el tomo, vio el reflejo de un rostro en la vitrina. Un rostro largo, alargado, sin boca ni nariz, con ojos apenas hendidos y brillando amarillos, que desapareció al instante. Gregory alargó la mano hasta el portafolios, abrió los cierres metálicos tirando de las lengüetas con los dedos temblorosos y, apenas por reflejo, aventó el libro dentro. El contacto con la cubierta le heló la sangre: la piel estaba húmeda, palpitante.
En ese instante, el zumbido de la sala mutó en un crescendo de murmullos. Frases antinaturales, un rosario de sonidos alienígenas, le supuraban a Gregory desde todos los rincones. Quiso ignorarlo, pero sentía como si esas voces prolongaran dedos fantasmales hasta sus sienes, escarbando recuerdos, repitiendo obsesiones, lanzando heridas en forma de palabras en un idioma anterior al latín.
Salió del Archivo 3, avanzando hacia el vestíbulo, decidido a alcanzar la puerta y dejar atrás ese templo de las cosas mudas y horadadas por la locura. Las susurrantes se multiplicaron, y la lluvia empezó a aporrear los vitrales del segundo piso. Un viento gélido, imposible en pleno septiembre, azotó de pronto la galería, apagó dos luces y lanzó por los aires varios folletos, como murciélagos de papel.
Gregory ya corría, con el portafolios bajo el brazo, apretado como si fuera su último salvavidas. La puerta de salida parecía retroceder, agrandarse y deformarse a cada zancada, extendiendo su marco hasta dimensiones oníricas. Algo, entonces, se deslizó entre él y la calle. La sombra del pasillo —o ¿era otra?— cobró forma, opaca y gelatinosa, con una cabeza desproporcionada, ojos que eran burbujas y extremidades segmentadas. Intentaba avanzar, pero a cada paso el suelo se volvía más blando, más viscoso, como si pisara carne. Notó cómo sus zapatos se hundían, el cuero absorbido por una pulpa invisible.
La criatura, ahora a menos de dos metros, suspiró un miasma de frío, y un zarcillo traslúcido —más mental que físico— se adelantó, buscando el portafolios. Gregory soltó un gemido, como un animal acorralado, y clavó los dientes en el dorso de su propia mano hasta sangrar, forzándose a recobrar el control.
—No...—musitó, y, haciendo acopio de una fuerza animal, corrió hacia el vestíbulo menor, girando a la izquierda y bordeando la sala de manuscritos. Golpeó la puerta de emergencia con el hombro y, por milagro, no estaba asegurada.
Afuera continuaba la niebla apenas erosionada por la llovizna. El bullicio de la ciudad parecía provenir de otro universo. El campanario tocó una sola campanada, aunque nunca, jamás, sonó a esa hora. Gregory corrió los cuatrocientos metros hasta la avenida sin mirar atrás, respirando apenas y con la impresión de que el corazón le estallaría el pecho.
Agradeció cuando, al llegar a la acera de la Calle Waterman, la niebla pareció tragarse los alaridos lejanos. A cada paso hacia la casa del doctor West, la ciudad cambiaba su rostro: los edificios chirriaban, el empedrado parecía ondularse bajo sus pies, voces de niños burlones se escurrían entre cortinas, y el rumor de la bestia en la biblioteca seguía machacándole el oído interno.
Una vez en el puente peatonal, justo antes de las últimas casas de la Costa Sur, una silueta le aguardaba de espaldas. Gregory reconoció, no sin horror, la postura: ligeramente encorvada, barbilla pegada al pecho, manos revestidas de vendas blanquecinas. Era West, o algo que simulaba ser West.
—¿Lo tienes?—preguntó el decano sin volverse.
Gregory asintió, demasiado exhausto para palabras. Abrió el portafolios y permitió que el libro se asomara fuera lo indispensable. La figura, apenas iluminada por el farol, extendió una mano descarnada, dedos como dagas de hueso, y tomó el volumen. Apenas lo sostuvo, una hondonada de tinieblas giró en torno a ambos. El aire adquirió un perfume dulzón, nauseabundo, y el murmullo de voces ancestrales volvió a deslizarse contra los tímpanos de Gregory.
—¿Para qué lo quiere?—se atrevió a preguntar. Su voz parecía no surgir de sí mismo, sino de una caja de resonancia colgada a metros de allí.
West sonrió, aunque sus labios no se movieron. El libro se abrió solo, como un crustáceo que revela su carne, y las páginas pasaron a toda velocidad, mostrando símbolos de un amarillo imposible. Un destello brotó del grabado central: una imagen de la Biblioteca Upton ardiendo bajo una luna aullante.
—Para advertirles—murmuró West, o la cosa que era West—. Esta ciudad necesita recordatorios. No es sólo un refugio de sabiduría, sino también el umbral de lo que no debe ser liberado.
Gregory, paralizado, sintió que la niebla se espesaba a su alrededor. Personas comenzaron a aparecer a los lados del puente: niños, mujeres, hombres de atuendos anacrónicos, todos espectrales, todos con los ojos vacíos. Ellos también murmuraban, repitiendo una letanía de sonidos sin nombre. Entonces, el decano se inclinó sobre él, acercando el rostro a unos centímetros.
—Volverás, Gregory. Volverás cada vez que duermas. Eso es Arkham. Eres nuestro ahora.
Y mientras el portafolios caía al suelo, Gregory comprendió que la pesadilla no terminaba ahí. Era sólo el principio.
Se tambaleó, tropezando hacia atrás mientras la figura de West crecía, deformándose en una masa tentacular que parecía absorber toda la luz alrededor. Los espectros avanzaban en procesión y, uno a uno, alzaban sus manos hacia el cielo. Todo Arkham gritó en la noche, no con palabras sino con choques de campanas huecas y vientos de ultratumba. Gregory intentó huir, pero las piernas no respondían.
Sintió entonces un tirón en el alma, un desgarro por dentro: estaban devorándolo, pero no la carne, sino los recuerdos. Las voces se apoderaban de sus secretos más ocultos, los miedos que traía desde niño, las vergüenzas nunca confesadas. Cada trozo de miedo alimentaba al monstruo que era la ciudad, y él se convertía poco a poco en eco, en carne de la propia Arkham.
En algún lugar, la campana de la Biblioteca Upton tocó una segunda vez.
Gregory sintió que se disolvía entre brumas, convertido en susurro, en espectro de la noche. Y supo, antes de perder toda conciencia, que él sería otra de esas figuras pálidas que esperan en los rincones a los que profesan ignorancia en la verdadera Arkham, la que ningún mapa muestra ni la que ningún forastero sobrevive para describir.
El último murmullo, justo antes del amanecer, fue su voz repitiendo en aquel idioma bizarro la letanía que ahora, por fin, le pertenecía.
Y eso fue lo único que quedó de Gregory Cassady en Arkham: un relámpago de miedo tejida entre los muros de la biblioteca, devorado por la ciudad que nunca duerme y jamás olvida.
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