Fragmento:
Intenté encontrar referencias sobre el supuesto “Jardín” en otros documentos sin éxito. Consulté al bibliotecario de la iglesia, al achacoso doctor Grover de la botica, y solo obtuve respuestas envueltas en el mismo silencio afilado. Solo un viejo pescador, al que todos llamaban Tad, se mostró dispuesto a conversar a cambio de un trago de whisky barato.
Duración: 08:50
Hay una perversión ancestral en la curva de la costa, en cómo la niebla se desliza hacia el pueblo y lame con dedos fríos los ventanales velludos de algas y las farolas varadas de salitre. Pido disculpas por la digresión, pero es importante entender de dónde surgen estas palabras. Dejo constancia: mi nombre es Alexander Buckley, nacido en Boston y más recientemente fugado de Innsmouth. Esto lo escribo cuando las sombras parecen volverse líquidas por las noches y el zumbido —¿o temblor?— bajo los cimientos se hace más notorio.
Tenía veintiséis años y suficiente arrogancia académica como para creerme invulnerable a cualquier superstición rural. En el verano de mi ruina, acepté el encargo de catalogar documentos rescatados tras el incendio de la vieja biblioteca Marsh, una proeza para mis credenciales, pues no eran pocos quienes murmuraban sobre los Marsh y sus tratados impíos. El clima era como siempre, brumoso, y el viaje desde Arkham fue en tren y luego en un desvencijado autobús que olía a keroseno y pescado podrido. La primera impresión de Innsmouth fue como el mordisco de un león muerto: pútrida, feroz, pero carente de cualquier esperanza de curación.
Me hospedé en una pensión junto a los muelles, atendida por una viuda voluminosa, la señora Tillinghast, cuyos párpados caían como velos y cuyas manos parecían más bien garras. Me asignó una habitación húmeda, adornada con fotografías viradas de anémonas y corales. "No salga después del anochecer," aconsejó apenas susurrando, y al ver el brillo en sus ojos turbios entendí, aunque solo a medias, que no lo decía para asustar turistas.
El incendio de la biblioteca había dejado las paredes quemadas pero erectas, y el sótano se mantuvo relativamente intacto pese al hollín y el olor a alga chamuscada. Con un farol prestado y un fajo de llaves oxidadas, pasé días entre columnas carbonizadas, revisando legajos crujientes, y noches transcribiendo apuntes bajo el traqueteo irregular de la lluvia. En las noches, el mar era una voz profunda y amenazante; a veces, juraría que la marea ascendía más de lo natural, como si palpitara al mismo ritmo de un ser vivo sepultado bajo kilómetros de agua.
En uno de esos atardeceres, encontré un manuscrito con letra perfectamente angulosa, en un idioma que reconocí fragmentariamente: una mezcolanza de latinajos, arameo, y una escritura compacta que solo conocía por mis estudios de los mythos. Hablaba del "Jardín Sepultado", un santuario oculto "donde los hilos del tiempo y del oleaje se trenzan", y de unas entidades designadas apenas como "los Lllg'r" —un nombre que, al intentar pronunciar, es como ahogarse en mendrugos de vidrio. La última página presentaba una celosía de símbolos y dibujos de líneas ondulantes que advertían en latín: "Non respirare auram subpetram".
Intenté encontrar referencias sobre el supuesto “Jardín” en otros documentos sin éxito. Consulté al bibliotecario de la iglesia, al achacoso doctor Grover de la botica, y solo obtuve respuestas envueltas en el mismo silencio afilado. Solo un viejo pescador, al que todos llamaban Tad, se mostró dispuesto a conversar a cambio de un trago de whisky barato.
"Mire, señor, no busque ese jardín", siseó a la tercera copa, apoyado contra la barandilla de la taberna, a escasa distancia del mar cuyo rumor parecía adquirir cadencias articuladas mientras caía la noche. "Debajo de las piedras más viejas, entre las cuevas del rompeolas, hay cosas que duermen y cosas que sueñan. No son ni dioses ni animales, pero los Marsh hicieron tratos hace siglos y, desde entonces, las pesadillas no se han ido." Tad tosió y escupió con una lengua que me pareció demasiado larga, "Y tampoco esos zumbidos bajo la tierra. Si escucha temblar el suelo... corra."
No pude dormir esa noche. El temblor al que se refería Tad, pensé, podría no ser más que el golpeteo de la marea contra los cimientos de la miserable pensión, pero al colocar el oído en el entarimado, sentí un pulso bajo, como si algo respirara distante. O como si respirara mi propia muerte.
Esa misma madrugada, incapaz de resistir y quizá por la impresión de estar siendo observado por los propios muelles, decidí aventurarme hacia el rompeolas que separaba el puerto de las ruinas del antiguo faro. La luna yacía oculta tras nubarrones y la bruma era grasa, compacta. La linterna apenas servía para iluminar mis pisadas entre el fango y las piedras; los destellos despertaban enjambres de cangrejos pálidos, insectos fósiles. En la marea baja, se adivinaban formas negras, tumefactas, atrapadas en charcos —peces, pulpos, pero también cosas con extremidades imprecisas... y demasiados ojos.
Llegué a una sección en que las rocas formaban una suerte de bóveda natural, oculta a la vista desde el puerto. Al encender la linterna en dirección a la hendidura, se reveló un túnel cubierto de símbolos, exactamente los mismos que en el manuscrito. La marejada, sin embargo, comenzaba a subir y la espuma arremetía contra mis tobillos.
Me adentré sin razonar, solo con la obsesión de estudiante y el malentendido valor del ignorante. El interior apestaba a escamas putrefactas. La bóveda pronto se ensanchó en una cámara circular, dominada por una losa pétrea, cubriéndolo todo un entramado de nervaduras y grabados, como de raíces o tentáculos. El pulso bajo la tierra era aquí más fuerte; vibraba en mis huesos.
Hubo un instante en que, al alzar la luz hacia el techo, observé cómo la piedra parecía palpitante, como si lo que sea que estuviera ahí se estuviera desperezando tras milenios de sueño. Entonces escuché el sonido: un murmullo, vibrante, infrahumano, multiplicado, una letanía de notas tan profundas y graves que parecían fracturar la realidad. Quise retroceder, pero la entrada se vio bloqueada por una sustancia negra y translúcida que escapaba entre las grietas, ansiosa. Voces en mi mente, babélicas, enumeraban nombres de mundos ajenos a la Tierra, describiendo con lujuria el hambre de seres atrapados tras los velos de lo real.
Sobre la losa comenzaron a materializarse siluetas que creían pertenecer solo a las pesadillas: seres altos, enjutos, borrosos excepto por los ojos espectralmente blancos, deshaciéndose en el aire como si estuvieran hecho de vapor. Su gloria era aterradora, la sugestión de vida congelada en una dimensión ajena, pero podía ver —podía sentir— sus raíces excavando bajo el pueblo, deslizándose entre las casas, succionando recuerdos y fluidos de los habitantes.
Entonces comprendí lo que había pasado en Innsmouth durante generaciones: no era solo un asunto de razas híbridas o pactos con el mar. Era el sometimiento a una colonia parasitaria de voluntad, a seres pre-humanos, los Lloigor del manuscrito, exigiendo devoción, permitiendo, a cambio, una longeva degeneración. Y en los Marsh y en otros, en Tad, en la señora Tillinghast, ardían ecos de ese vínculo, de ese lento envenenamiento espiritual. La población seguía, inconscientemente, los susurros de las raíces de los Lloigor, que se alimentaban de la vida y las pesadillas, moldeando generaciones enteras como arcilla húmeda.
No puedo recordar cómo logré huir; el siguiente recuerdo es el del romper de las olas bajo un cielo plomizo, mis ropas cubiertas de limo y mis zapatos perdidos. Huí despavorido hasta la pensión y recogí lo poco que traía. Quebrado, atenazado por escalofríos, no supe cómo explicar mi estado al conductor del autobús. Apenas dormí en el trayecto de vuelta. Solo, por meses, tuve sueños inundados por su presencia: el temblor, los susurros, los tentáculos de piedra ensartando recuerdos que creía solo míos.
El manuscrito ha desaparecido. Nadie cree mis palabras o, más bien, nadie quiere hacerlo. Recomiendo a cualquiera que lea esto que no rebusque en los pliegues de la costa ni en los archivos de familias demasiado antiguas. El rumor es cierto: las raíces de Innsmouth se extienden hacia abajo, y siguen sedientas.
He cambiado de ciudad una y otra vez, me muevo constantemente para evitar el temblor que crece cada vez que me quedo demasiado tiempo en un lugar. He encontrado a otros, por cartas, por casualidad, que también sienten el pulso bajo sus casas, aunque nunca vinieron de Innsmouth. El latido baja —o asciende— hacia nosotros. Y cuando la marea está en su punto máximo, mis sueños se llenan de la palabra ahogada de los Lloigor, que nadie puede pronunciar sin ceder algo de sí mismo.
No necesito que me crean. Necesito advertir antes de que a todos nos encuentren dormidos, soñando juntos, bajo la losa y las raíces de piedra, en el jardín sepultado, donde nadie respira más que el horror del mundo antiguo, profundo y hambriento.
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