Era en Kingsport, y era medianoche, o algo peor que medianoche. Porque a veces, en esa costa lavado de sueños, el tiempo se comporta como la marea: retirándose en jirones y regresando con visiones irreales adheridas a su espuma. Y lo que ocurrió aquella noche en la empinada Clifford Street—ese deslizamiento gris de acontecimientos que no he logrado olvidar ni en el calor de la lámpara ni en la gorjeante locura de los días—no llegó a pasar en un solo presente, sino en todos los presentes posibles. Vine a Kingsport por dinero malhabido, pero hallé a cambio un destino de huesos y viento húmedo.
Siempre fui escéptico, creí saberlo todo de la gente vieja y sus miserias, los peligros que rodean la frontera de lo racional. Me desplazo entre pueblos costeros en busca de propiedades baratas que nadie quiere; herencias marchitas, casuchas podridas, pequeños hoteles que rezuman humedad y penuria. Nadie debía saber que poseo un olfato infalible para la mala fortuna: la manera en que los ancianos de Kingsport bajan la voz al caer la niebla, el temor que vibra en las campanas de la Primera Iglesia Congregacional cuando, en ciertos solsticios, se alargan las sombras. Solo los ojos han de permanecer abiertos en la oscuridad, dice el dicho local. Pero yo, ambicioso y desengañado, ignoré su sabiduría.
Era octubre de 1931. La propiedad que me trajo hasta aquí había pasado, como un anatema, de mano en mano entre extraños herederos y abogados con papeles arrugados por la desconfianza. Una casa de madera podrida al final de Clifford Street, olvidada incluso por la muchedumbre de marineros y místicos; con su verja de hierro retorcido y sus ventanas que jamás reflejan el sol del estuario. Me alojé en la posada de la señora Habersham, quien al darme la bienvenida musitó una de esas frases tan propias de Kingsport: “No mire directamente la luna desde la colina, señor Foreman. No es bueno.” Sonreí, pagué por la semana por adelantado, y me dispuse a inspeccionar mi futura inversión.
No obstante, apenas llegué a la base de la colina donde se erguía la vieja casa Collins sentí un tropiezo de incomodidad. Los cipreses y sauces llorones parecen haberse confabulado para formar un discreto círculo de aislamiento; apenas el zumbido de las olas y el aullido rastrero del viento marinero parecían atreverse a entrar en ese cerco. Revistiendo la vivienda, las tablas se curvaban en ángulos antinaturales, humedecidas por el salitre como la piel de un cadáver arrastrado por el puerto. La aldaba tenía forma de gárgola, y mis dedos recibieron una punzada de escalofrío al tocarla. Nadie respondió al golpeteo. La llave chirrió, reacia, y cedió por fin.
Dentro, el aire exudaba un aroma antiguo—no solo de polvo y moho, sino eso otro; un olor penetrante y aceitoso, inexplicablemente dulce, como de almizcle y carne macerada en agua salada. Llevaba solo una linterna, el keroseno arrojando sombras vivas sobre los muros. Los cuadros colgados no se veían claramente: extraños paisajes costeros, brumas entre peñascos, siluetas inexplicables con rostros nunca vistos por hombre cuerdo. Subí las escaleras, sintiendo el peso antiguo de cada peldaño bajo mis botas. En el segundo piso, una puerta al final del corredor permanecía entornada. Como cual auténtico explorador racional, la empujé.
Y allí vi lo que no debí ver. O más bien, lo que nadie debió recordar jamás.
Una mujer anciana ocupaba una mecedora, perfectamente inmóvil. La lámpara de aceite junto a ella estaba encendida, pero la llama era de un azul antinatural; humo pálido llenaba el techo. Vestía ropajes espectrales, harapos salpicados de manchas anaranjadas. No alzó la mirada, solo murmuró un saludo ancestral, un arrullo en dialecto perdido; por un momento, mis piernas se anclaron, paralizadas por terror y extraña devoción. Murmuró mi nombre, que nadie conocía en ese pueblo. Mi impulso fue huir, pero algo en su voz espectral me detuvo.
“Vienen con la niebla, muchacho,” susurró, “y tú—tú no eres diferente de los otros. Siempre regresan los codiciosos. Siempre la casa les llama.”
Antes de que pudiera articular una respuesta, un viento gélido ajo mi nuca me impulsó hacia atrás, cerrando la puerta entre nosotros. El pasillo parecía ahora infinito, y el sonido de la noche entraba por las rendijas como una ola de locura. Tropecé escaleras abajo, la linterna cortando guiñapos de luz entre los tablones, y salí de la casa a la carrera.
No recuerdo haber dormido esa noche, solo sé que amanecí exhausto y cubierto de sudor. La bruma en Kingsport amanecía densa, ocultando por completo los altos acantilados y pequeños huertos. En la posada, la señora Habersham me observó con compasión. Tenía la impresión de que sabía, incluso antes de que pudiera pronunciar palabra.
Intenté racionalizar lo sucedido: la mujer, la niebla azul, el arrullo en una lengua desconocida. Inventé para mí la idea de una anciana mendiga, extraviada y moribunda, refugiada en la casa para pasar la noche. Pero ese día, a la luz fría del otoño, ningún rastro quedaba de su presencia. La mecedora estaba allí, con su cojín raído; el aceite de la lámpara, escaso y amarillento, jamás podría emitir ese fuego azul. El aire seguía cargado del almizcle de la descomposición.
Desesperado por la duda, busqué respuestas entre los habitantes de Kingsport. El pescador con el brazo de palo en el muelle ni siquiera levantó la mirada al saludarlo, sólo musitó: “La casa Collins guarda su propio tiempo. Si quiere volver cuerdo a casa, déjela dormir.” Una noche en la taberna del puerto, pregunté a los parroquianos por la historia de Clifford Street. Algunos empujaron sus jarras a un lado, otros recitaron letanías truncas: “Adentro moró la madre de las Carrow; tenía el don de hablar con los muertos, y de hacer que los muertos hablaran contigo.”
No quise creerles, pero en cada rincón—la tienda de comestibles, la biblioteca polvorienta, el propio cementerio comunal—encontraba ecos de la misma advertencia, un rumor tan antiguo como el islote que emerge con la marea baja, un rumor de pactos sellados con lo profundamente oculto. Por la noche, desde mi pequeña habitación en la posada, veía la colina emergiendo entre los jirones de niebla: la casa negra como un faro invertido, guiando las desgracias hacia un puerto de olvido.
En el tercer día, el miedo transformó en obsesión; y la obsesión en desafío. ¿Acaso no fue por rebeldía contra la superstición que mi abuelo escapó de Salem? Decidí irrumpir de nuevo en la casa. Portaba una botella de whisky para ahogar el temor y una linterna extra. La subida resultó insidiosa; el follaje me hacía tropezar, las voces del mar venían entrecortadas. Penetré. Nada se movía—ni un solo murmullo, ni una rata. El aire era denso como el de una tumba sin sellar.
Inspeccioné la planta baja, accedí al sótano. Los muros parecían pulidos por dedos invisibles; hallé fragmentos de billetes viejos, cartas que hablaban del dolor y la pérdida, notas desesperadas de “M. Carrow” y “E. Collins” que evocaban ritos y transfusiones de memoria. Todo era incomprensible, salvo el dolor. Subí, por fin, al piso alto. Nada se movía. La mecedora seguía allí, pero vacía; el cojín, ahora podrido, rezumaba un líquido espeso y dulzón.
Pero entonces noté un murmullo. Al principio, un susurro que se colaba entre el viento y mis propias respiraciones. Luego, tangible: una letanía en esa lengua inidentificable, donde las vocales reptaban y las consonantes chapoteaban como criaturas marinas. Un resplandor azul, apenas una brasa en la esquina, comenzó a crecer bajo la puerta del desván. Un impulso suicida me llevó a abrirla.
La escena ante mis ojos era intolerable. Un círculo de personas—o de figuras que alguna vez lo fueron—bailando un paso torpe en torno a una piedra altar cubierta de alga seca. Los rostros estaban desenfocados, como pintados en acuarela: los ojos, hinchados y lechosos, las bocas, costuradas o abiertas por la carne rasgada a los extremos, sonreían en silencio. En el centro, la mujer anciana de la mecedora flotaba a medio metro del suelo, un haz de niebla azul brotando de sus dedos ampliados hasta el absurdo. El canto era hipnótico: “Siempre regresan los codiciosos—siempre regresan…”
Retrocedí, caí sobre mis talones, sentí el sabor cobre de mi miedo. Lo último que vi antes de perder el sentido fue la mirada de la anciana posándose sobre mí con compasión… y una especie de hambre minúscula.
Desperté solo en la calle, la bruma diluyéndose con los primeros rayos del alba. La gente de Kingsport no me preguntó nada. La señora Habersham recogió mis cosas, sin emitir una sola queja acerca de la semana de alquiler que perdí. Un niño al que nunca vi antes me detuvo mientras bajaba al ferry y murmuró: “No todos salen completos, señor. Algunos dejan huidizos pedazos, que regresan en noches azules.”
He intentado rehacer mi vida lejos de la costa. No poseo recuerdos claros de las semanas siguientes, y lo poco que narro aquí me llega entre lagunas y sueños infestados de bruma. El olor a almizcle y agua salada me persigue; a veces, al anochecer, adivino que mi reflejo en el cristal se ha corrido en manchas de negrura, que mi sombra baila sobre la pared aunque yo no me mueva. Nadie me habla del pasado, porque yo ya no formo exactamente parte del presente.
Cada luna llena, sin embargo, recibo una carta escrita en aquel dialecto ilegible, con manchas anaranjadas que jamás se secan. Estoy seguro de que, tarde o temprano, Kingsport me llamará de vuelta. Y sé que nunca estaré listo para descender otra vez por Clifford Street, entre la niebla, hacia la casa que sólo abre sus puertas cuando la razón cruza a la costa de la perdición.
Y si alguna vez escuchan ustedes un arrullo azul entre sueños, hijos míos, jamás respondan al llamado. Porque, en Kingsport, siempre regresan los codiciosos. Y no todos regresan solos.
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