Portada del relato La casa del precipicio
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Fragmento:


No puedo hablar con precisión de las viejas habitaciones. Todo era una maraña de sombras, suelos astillados y hálito frío sin origen visible. La familiaridad, sin embargo, revoloteaba como una promesa traicionera en mi estómago; había retratos de antaño, caras largas y foscas que apenas toleraban la luz oblicua de mis linternas. Era como si la memoria —la verdadera— se ocultara, esperando el momento justo para devolverme la herencia de los horrores pasados.

Duración: 09:19

La casa del precipicio
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Texto de ajuste de pausa.

A decir verdad, uno nunca concibe cómo la sangre de Dunwich continúa impávida entre aristas y praderas, cuando cada piedra y cada brizna de hierba parecen haber absorbido viejas historias usadas como señuelos del espanto. No fue por inquietud intelectual ni deseo de aventura que me vi, durante un crudo otoño, en camino hacia el páramo de Lesbridge Hill, en la vertiente menos visitada del pueblo, guiado sólo por las vagas palabras de mi tío Elbridge y una carta que suplicaba presencia y cordura. Allí, se decía, perdió la razón Silas Wran, y allí iban niños a buscar luciérnagas, encontrando a menudo, en vez de luz, lo que parece arrastrarse en los sueños hambrientos.

No he hablado mucho de aquello. Saben en Arkham que no tolero ya la cercanía de relojes de péndulo ni repiques convulsos, y que por las noches sólo tolero la luz cuanto basta para ver mi rostro en el cristal y recordar, con una mezcla de alivio y vértigo, que aún lo reconozco. Lesbridge Hill es hoy apenas una cresta devorada por zarzas y líquenes, acompañada por los restos de una estructura apenas visible entre la niebla renqueante, como un gesto cerrado al aire de cualquier razón.

Llegué al anochecer, cuando el último sol sangraba sobre el valle y su débil ardor no era bastante para calentar mis manos ni apartar la profunda humareda de miedo que se ocultaba en el lugar. Mi tío Elbridge era un hombre de álabes gastados: libros, cartas y algún alcohol fuerte. Recuerdo su delgadez y un olor a tierra estancada y papel viejo. Su carta despedía el aroma de las cosas demasiado antiguas, y hablaba, con atisbos de abominación, de “la ventana que mira a la otra parte”, y de sonidos “que cavan la carne desde el corazón mismo del aire”. Mi intención era breve: cumplir con el deber y dejar atrás la colina, pero la casa, o lo que quedaba de ella, tenía su manera de adherirse a la voluntad, como la hiedra al mármol.

No puedo hablar con precisión de las viejas habitaciones. Todo era una maraña de sombras, suelos astillados y hálito frío sin origen visible. La familiaridad, sin embargo, revoloteaba como una promesa traicionera en mi estómago; había retratos de antaño, caras largas y foscas que apenas toleraban la luz oblicua de mis linternas. Era como si la memoria —la verdadera— se ocultara, esperando el momento justo para devolverme la herencia de los horrores pasados.

Encontré a mi tío en la sala del fondo, o lo que alguna vez lo fue. Había cambiado: su cabello, antes apenas veteado de canas, era ahora puro hollín; su voz, trémula y gastada, apenas superaba el murmullo de hojas muertas que repiqueteaban contra los vidrios. “No te acerques”, musitó, sin dejar de mirar la ventana al oeste, cubriéndose el rostro con manos llenas de viejas manchas de edad. Allí, según luego sabría, era donde “ellos” llegaban algunas noches: “silentes”, decía la carta, “exceptuando un rumor como el crujir de dientes mojados en tumba”.

Dormimos poco y mal; yo en una chaise-longue apolillada, donde los resortes parecían quejarse con alaridos de ratón, y Elbridge en una mecedora pegada a la ventana adversa. El primer sobresalto vino a la hora incierta entre la una y las dos, cuando un repique, sordo y lejano, vibró en la estructura. Pensé en viento, en ramas, en animales, hasta que el tic-tac, persistente y grueso, comenzó a colarse desde lo que debería haber sido el sótano, y crecí en la inquietud de que ninguna maquinaria podía latir con ese pulso, grueso y viscoso.

“Duerme, y reza si puedes”, murmuró Elbridge, “que es mejor que no se hallen vigilancias despiertas”. Pero pude oírlo, más tras el parpadeo del gas: algo arañaba desde abajo, pausado y afilado, como garras de metal sobre piedra mojada.

El día siguiente trajo la niebla, y con ella los recuerdos dispersos del pueblo: que nadie debía rondar la casa tras la caída del sol, que aquí desaparecieron tres ovejas en la luna del cráneo asesinado, que la tierra excreta un aliento agrio cada vez que la temporada de hongos comienza. Con la niebla, empero, llegó la decisión de investigar lo que ocurría en el sótano. Armado con lámpara, un cuchillo de cocina y un coraje dudoso, me dispuse a abrir la escotilla oculta bajo la alfombra raída del salón.

El pestillo estaba cubierto de una sustancia viscosa, como una mezcla de sangre seca y ceniza. Descendí, acompañando el chirrido de la madera podrida, y me encontré ante una negrura que no cedía ni a la luz. El sótano parecía más una gruta, una cámara natural engullida por la humedad. En los rincones, descubrí símbolos extraños grabados a cuchillo en la roca —espirales, ojos alados, cruces invertidas como imitación bárbara de alguna lengua olvidada.

Pero no era el lugar, ni los grabados, lo que transformó mi miedo doméstico en una convicción de pesadilla; fue el objeto colocado en el centro, sobre una losa desgastada: una calavera pulida, de brillo negro, incrustada con fragmentos de vidrio azul profundo. De sus cuencas exhalaba un frío capaz de quemar la piel. La tomé apenas un segundo, y sentí una presión, una voz no oída ni pensada, un alarido de desespero antiguo que obligaba a apartar la mirada, a cegarme de razón por puro instinto.

A mi regreso, hallé a Elbridge junto a la ventana, inmóvil, con los ojos vueltos hacia atrás; parecía feto a mitad del parto, entre el abismo de la visión y el horror encadenado. “¿La viste?”, gimió, y comprendí que la calavera era sólo testigo de algo mucho más aciago. Temblando, intenté hablarle, explicarle los símbolos, pero su mente estaba mucho más allá, pasto ya de los moradores de la sombra y de esa niebla movediza que parece a veces tragarse la memoria de los hombres.

“No nos oyen, sabes... La caverna bajo la casa se prolonga... Es el umbral. Lo abres si nombras”, farfullaba. “Nada de oraciones aquí. Ni cruz, ni sigilo. Todo lo arrastra la raíz de piedra”. Lo acompañé sin más palabras, y tomé la resolución de partir al alba.

La noche siguiente, sin embargo, trajo consigo el estertor final del juicio. Fuimos atacados apenas el reloj se irguió, de nuevo, sobre el eco infame de sus minutos lacerantes. Al principio, oí un murmullo, luego un quebrar de cristales: de la ventana, negra como alquitrán, asomó una niebla imposible de describir, porque era algo más sólido y voraz que cualquier bruma natural; brotaba como la boca de un pozo agónico, trayendo consigo lo que el aire no nombra sino bajo tortura.

En esa niebla, se adivinaban figuras. No sé si eran hombres o cadáveres a mitad de digestión de la tierra original; sus miembros estaban articulados en ángulos espantosos, y sus ojos —en caso de que fueran ojos— reflejaban luces marinas, como los abismos de Inganok, donde, decían los pescadores de mi niñez, las bestias adoptan la forma de los recuerdos extraviados. Sentí una presión en el pecho, un deseo furioso de echar a correr, de huir de todo, incluso de mi propia carne. Pero no pude. Nadie corre cuando la mirada de lo innombrable lo clava a la piedra fundamental del horror.

La calavera comenzó a vibrar, a irradiar una niebla azulada, y de sus fauces brotó un murmullo que parecía invocar nombres antiguos: Yog-Sothoth, Nyarlathotep, y otros, aún más oscuros y menos pronunciables. Elbridge, entonces, se alzó e hizo algo que no entiendo todavía: recitó, tartamudeando y jadeando, frases en la lengua muerta del grabado, y la sala comenzó a danzar con sombras de tempestad.

Me aferré a lo que pude, y vi cómo la niebla absorbía la figura de mi tío, volviéndolo la silueta de un sueño interrumpido. Grité. Mis sentidos estallaban. Por momentos el tiempo parecía desenrollarse, como si estuviera cayendo siempre hacia una sima donde los límites de la historia personal cedían a estertores ululantes. Una grieta abierta por la fuerza de la visión partía la sala, y al fondo, cada vez más lejana y opalescente, la cavidad del sótano se desgarraba, dejando escapar raíces y gusanos del tamaño de serpientes aladas.

No puedo decir cómo salí de allí. Recuerdo sólo la carrera, la sensación de estar desollado por el rocío de la madrugada, el paso de formas tomadas de los laberintos de la locura, y luego, ya en el presente vacío del campo, la caída convulsa, la falta de aire, y la débil confianza de que el sol podía redimir siquiera momentáneamente a los que huyen de las casas malditas.

Ahora, en esta ciudad de Arkham, tan pródiga en especialistas del alma, y propensa a sellar bajo diagnósticos lo que sólo el silencio puede explicar, paso mis noches acechando la llegada de la niebla. A veces, cuando la lluvia azota los cristales, veo en ellos —por un segundo— el contorno de mi tío, o el latido azul de aquella calavera de ónice, relampagueando entre relieves de piedra.

Pero sé, ya sin consuelo, que la ventana no puede cerrarse, y que los horrores descritos en voces de caverna pueden, en cualquier momento, venir a buscar lo que pertenece a Dunwich. Porque en el mundo existen bocas dispuestas a sorber la memoria y la vida, y en Lesbridge Hill, cada noche, la grieta sigue abierta, esperando el retorno de quienes se atrevieron a mirar —y aún recuerdan— la sima de los días corrompidos.

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