Fragmento:
La ceremonia cobró intensidad. Las criaturas entonaban una letanía cada vez más acelerada, y las bóvedas centelleaban como si se inflamaran desde dentro. A mis pies, la tierra vibraba y mi columna comenzaba a doler, ansiosa por despojarse de su carne.
Duración: 08:53
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La Llanura de Leng, aunque conocida en los círculos más turbios de los eruditos, sigue siendo un nombre apenas un susurro en los sueños febriles de quienes aún valoran la vida y la cordura. Se halla en la intersección de varios mundos, y quienes la cartografían con intenciones intelectuales pronto sueltan la pluma, incapaces de aceptar lo que han anotado; la cartografía del horror no respeta la razón humana.
La senda que cruza los roquedales de Onath conduce hacia la llanura, pero a diferencia de las rutas que uno encuentra en nuestro mundo, esta parece existir solo cuando la mirada se enturbia, como si el sueño mismo la tejiera hilo a hilo a medida que uno piensa en ella. Yo llegué—o al menos así lo creo—una tarde, impulsado por cartas apócrifas y una curiosidad maldita. Bajo mis pies, la tierra era dura y esponjosa, poblada de una vegetación blancuzca que absorbía la luz y silenciaba los pasos. La niebla era una entidad tangible, rozando mi rostro con dedos de hielo, desorientando al tiempo que desenredaba los recuerdos de mi niñez, mezclándolos con imágenes de criaturas que nunca debieran haber existido.
No llevaba compañía, pues el último de mis colegas, profesor Mallory, había desistido del viaje tras lo ocurrido en Innsmouth. Yo, sin embargo, arrastrado por las notas de los sabios en la Universidad de Miskatonic y la sugerencia de que en Leng podían hallarse respuestas al enigma de la vida y la muerte, avancé, seguro de que mi escepticismo me protegería, igual que una armadura contra lo irracional.
Pero la Llanura de Leng no se conquista con escepticismo, ni se resuelve con lógica.
Empezó con los susurros. Al principio los percibí como el rumor del viento, pero pronto se entrelazaron en palabras reconocibles, aunque jamás podría repetir su melodía ahora sin precipitar mi mente a la locura. Eran voces femeninas, arrullando canciones de cuna al revés, deformando cada palabra como si fueran huesos rotos. Alguien—algo—me observaba desde la niebla.
Caminé por lo que sentí era un siglo, aunque quizás sólo fueron unos pocos minutos. Alcancé una elevación, una colina de basalto coronada por una formación imposible: varias bóvedas de piedra amatista, sostenidas por columnas tan delgadas que desafiaban la gravedad. Entre las bóvedas, bailaban siluetas envueltas en vendas púrpuras y grises, ajenas al tiempo y a la razón.
Me oculté tras una lastra, forzando mis pulmones a exhalar el miedo. Saqué un cuaderno, dibujé los contornos de las bóvedas, y cuanto más miraba, más percibía la presencia de una figura en el centro del círculo. Más alta que las otras, envuelta en pliegues tan negros que la luz parecía huir de ella. Observaba el cielo, y cuando levantó su cabeza, vi su rostro, o lo que supe inmediatamente que era lo que aquí se consideraba un rostro: dos agujeros en la carne, donde la boca y la nariz debieran estar, y unos ojos rojos, cubiertos de costras de lágrimas cristalizadas.
La ceremonia cobró intensidad. Las criaturas entonaban una letanía cada vez más acelerada, y las bóvedas centelleaban como si se inflamaran desde dentro. A mis pies, la tierra vibraba y mi columna comenzaba a doler, ansiosa por despojarse de su carne.
En ese instante, una venda púrpura serpenteó la niebla y rozó mi brazo. Sentí frío, un frío anti-natural, y al volver la vista, la Dama de la Bóveda de Amatista me había descubierto.
Huyó la niebla, o fui yo quien fue arrastrado, jamás sabré cuál de los dos. Fue un descenso sin movimientos, una translación incomprensible. De pronto, estaba ante ella, rodillas clavadas en el musgo gelatinoso, rodeado de siluetas. No podía gritar; mi garganta estaba sellada.
La Dama me escrutó, y sus ojos comenzaron a sangrar luz escarlata. Sentí su voz, que no era sonido, sino la imposición de imágenes directamente en mi cerebro. Vi otras llanuras, otros universos, y la misma ceremonia repetida a través de eones y eones, siempre cambiando, siempre igual. Compendios de sabiduría escrita en huesos y sangre, y en cada ocasión, un forastero observando, condenado a comprender.
Traté de luchar, recordando fragmentos de lógica, razones, versos humanistas; nada era suficiente. Ella extendió un dedo—tres veces articulado, cubierto de escamas oscuras—y lo apoyó en mi sien. Todo pensamiento desapareció, sustituido por un zumbido doloroso. Mi historia, mis recuerdos y mi nombre se disolvían, incorporándose a la corriente del saber prohibido de Leng.
Vi lo innombrable, lo que subyace bajo las colinas desde antes del primer sueño mortal. Las vastas ciudades ocultas bajo el basalto, pobladas por seres a los que nuestros terrores más antiguos homenajean sin saberlo. Formas indescriptibles, reinas de pesadillas, celebrando en salones de coral blanco, y la Dama dirigiendo sus danzas eternas. Un banquete perpetuo de mente y carne.
Miré mi mano—ya no era mía. Se cubría de vendas purpúreas, dedos disolviéndose, carne que se convertía en niebla y gritos. Mi voz, separada, flotaba, uniéndose a la letanía de los otros prisioneros. “¡No soy de aquí!” quería suplicar. Pero Leng no distingue entre extranjeros e invitados. Una vez cruzas la llanura, eres parte de ella.
La Dama me ofreció un fragmento de amatista, una piedra tan pequeña como un diente infantil. Vi que cada uno de los presentes llevaba una incrustada en la frente. Con un gesto que era amenaza y celebración, indicó que lo aceptara.
Al hacerlo, un alba púrpura cegó mi visión. Desperté en otra cámara, de techos bajos y paredes cubiertas de grietas traslúcidas, solo, aunque la presencia de la Dama era evidente en cada resquicio del aire. Sentí mi cuerpo reconstituirse, pero los límites entre lo humano y lo otro ya no existían. Oía los pensamientos de los otros “invitados”. Sentía su pánico, su resignación, su transformación.
Pasaron ciclos: días, semanas, siglos, imposibles de contar. Vigilaba la llanura, era guardián y prisionero, obligado a atraer a nuevos visitantes, a guiarlos hacia las bóvedas, a observarlos consumirse lentamente, hasta que su cordura era solo una nota más en la canción de la Dama.
Conocí a mis predecesores—un marqués italiano, un alquimista de Praga, un sabio egipcio de rostro felino, todos corrompidos y eternos, conversando de saberes imposibles en la luz lilácea de las bóvedas. Aprendí que la Dama solo engulle a los buscadores, a los que tienen la arrogancia de pensar que una respuesta no conlleva un precio.
Algunos lograron escapar, pero sus cuerpos se disolvieron en las nieblas; regresaron a la vigilia, cubiertos de cicatrices, locos e incapaces de articular lo que vivieron. La mayoría, como yo, se doblegaron, incapaces de abandonar la exquisita tortura del conocimiento absoluto.
A veces sentía recuerdos de mi vida anterior: la Universidad, la calidez del hogar, el roce ya casi imaginario de la realidad. Eran látigos, no consuelo. La Dama visitaba mis pensamientos y me susurraba noticias del otro mundo. Sentía cómo lugares antes familiares, Innsmouth, Dunwich, se plagaban de pesadillas que reconocía en sus detalles. Mis ideas se filtraban, cruzando las brechas entre universos, infectando sueños inocentes.
Las bóvedas nunca se vacían, y el banquete no termina. De vez en cuando, llega otro forastero, empapado de inquietud y de irracional esperanza. Maldigo cuando les veo; me convierto en parte del círculo, sosteniendo velas que nunca se apagan, entonando el mismo cántico invertido con una voz que ya no recuerda idioma alguno.
Y cuando la Dama consagra su amatista en la frente del recién llegado, veo en sus ojos el mismo terror reflejado, el mismo deseo de despertar que jamás se cumplirá. Ellos, al igual que yo, se transformarán hasta que la Llanura de Leng los devore, los repita, los eternice en su pesadilla interminable.
Así he aprendido el propósito de la Llanura de Leng: no es solo un lugar, sino una matriz, un espejo donde todas las pesadillas toman cuerpo y donde la cordura solo existe para ser sacrificada. El escepticismo es una broma cruel aquí, el conocimiento una trampa familiar. Cuando me asomo a la niebla y capto el rumor de pasos forasteros, me descubro deseando advertirles, pero mi boca se mueve con una risa que ya no es mía.
La Dama baila, las vendas se prolongan en la bruma, y las bóvedas centellean como ojos de dioses ajenos a todo. Yo guardo mi piedra de amatista, y cada noche sueño que sueño con huir, mientras los ecos del mundo despierto se apagan, y las melodías escarlatas del horror repican bajo la eterna noche púrpura de este páramo de infinitas pesadillas.
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