Las tierras de Leng yacen, ignoradas, en las pesadillas de la humanidad, un páramo revuelto de témpanos errantes y torres rotas, bajo una aurora inmóvil y perversa. Pero hay otra Leng, más profunda y cruel, confinada a los bordes de la conciencia...
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Señor Davenport jamás fue supersticioso. Eso alegaba cada vez que los miembros menos ortodoxos del club discutían sobre sistemas secretos de sabiduría, tradiciones esotéricas o rumores acerca de objetos venidos de otras esferas y otr...
Había llegado a ese rincón olvidado del mundo —si es que aún pertenecía a nuestro mundo— arrastrado más por la inercia de un fatalismo profundo que por el impulso voluntario de huir, explorar o buscar señales del conocimiento maldito. Cuan...
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La humedad se había instalado en el ventrículo más íntimo de mi pensamiento aquella mañana, cuando me dispuse a examinar el plano heredado de mi tío. Caminaba con cierta torpeza por el desván de la casa familiar, la última morada del vi...
Las tierras de Leng no existían en ningún mapa. Amparadas por tormentas perpetuas y nieblas planchadas sobre la hierba hasta la altura de las rodillas, a veces decían los pastores que, si poseían la paciencia necesaria, embriagados primero por a...
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Mi nombre es Morgan Wraye, y estaba convencido, antes de aquel invierno, de que el demonio sólo era un nombre vago para el mal que el hombre inflige a sus semejantes. Había dejado atrás los pinos lóbregos de Cascade y las minas sangrientas ...
V
Vivimos en la brumosa periferia de Grayfield, donde el lago Mordant se expande como un enorme cuenco de mercurio bajo los cielos sempiternamente grises de Arkham. Soy Nathaniel Byers y, en la franca penumbra de mi vejez, temo relatar las ocurre...
La luna, recortada como una pupila opaca y enloquecida, miraba al valle de la Antártida donde la base Triest resguardaba apenas su luz marchita tras paneles helados. El viento, aquel traidor silente, movía agujas de hielo contra las apartadas ante...
Es extraño relatarlo así, con cuartillas y tinta bajo una lámpara amarillenta mientras fuera la neblina se agolpa contra los cristales de mi despacho. Pero la mente, cuando pugna por evitar la locura, busca consuelo en los actos más mundanos. Po...
La noche era interminable sobre las colinas nevadas cerca del límite septentrional de la tierra habitada. El viento gélido, proveniente de abismos sin nombre, azotaba las laderas escarpadas, levantando una neblina tan espesa que oscurecía la luna...
Respondí al telegrama de mi primo Edwin Trask en la madrugada de un inclemente 14 de noviembre, acosado por un viento sibilante que parecía recorrer cada hendedura de la albañilería gótica de mi inmueble familiar en Arkham. La misiva, cuyas pal...
¿Recuerdas, lector, cómo tiembla el corazón frente a lo innombrable, cómo se hiela la sangre ante la presencia de aquello que jamás se debió concebir en la efluvia corrompida del cosmos? Pues yo, un hombre marcado por la fiebre de la indagació Leer más...
Serían casi las dos de la madrugada cuando comencé a escribir esto, desde la desesperanza y el cansancio, convencido de que la catástrofe está cerca; tal vez, mientras mis manos aún obedezcan mi voluntad, pueda legar un testimonio útil, siquier Leer más...
¿Recuerdas, lector, cómo tiembla el corazón frente a lo innombrable, cómo se hiela la sangre ante la presencia de aquello que jamás se debió concebir en la efluvia corrompida del cosmos? Pues yo, un hombre marcado por la fiebre de la indagació Leer más...
En las más antiguas entrañas de la necrópolis, allí donde las aguas rancias del pantano devoran todo vestigio de sol, existían pasajes y cámaras cuya existencia susurraban sólo a medias los archivistas más corrompidos de la ciudad. El cement Leer más...
La mayoría de los que se interesan con verdadera devoción por la arqueología nocturna saben cuándo retirarse. Algunos lugares, especialmente en ciudades tan antiguas como Nueva York—cuyo subsuelo está picado por criptas, túneles de servicio Leer más...
Había algo en la nieve que Elías Cartwright odiaba: no era el frío, ni el incómodo crujir bajo sus botas, ni siquiera el silencio; era el modo en que tanta blancura podía ocultar podredumbre. La noche, nada más bajar del tren en Brattleboro, e Leer más...
Tenía la impresión, siempre hacia el fin de la noche, de que la ciudad entera retrocedía de la costa, de que sus cimientos se encogían bajo la presión, no del agua sino de las cosas que la habitaban; seres inmemoriales de los que los pescadores Leer más...
Era en los días más sombríos del invierno neoyorquino cuando, desplazado y vencido por el frío y la miseria, acepté un encargo que ningún alma sensata habría contemplado siquiera entre delirios febriles. Había conocido a Charles W. Dunthorne, Leer más...