Fragmento:
Al principio, supe que lo que íbamos a buscar no era humano. Había leído, en los días convulsos tras la Gran Guerra, historias de mineros desaparecidos en las montañas de Vermont, de calaveras halladas sin cerebro pero sin signos de violencia, y las eternas alusiones folklóricas a los “hombres-hongo del cielo”, los Mi-Go, cuya misma evocación arranca las raíces de la mente racional. El doctor Hanley los llamaba seres extraplanetarios, con singular fascinación, y aseguraba que sus experimentos eran réplicas minúsculas de obras no humanas halladas entre los pinos y cavernas de Arkham.
Duración: 08:04
Bajo la luna de Yuggoth
Quizá no hay nada tan penoso como el salir a medianoche a través de ciénagas cubiertas de niebla, con una linterna temblorosa y el peso del miedo aleteando entre la carne y el alma. Esto lo supe la noche del 14 de noviembre, cuando, impulsado por la urgencia del doctor Hanley, atravesé el linde norte del bosque de Arkham hacia las colinas, allí donde la tierra misma parece pudrirse bajo una presión indescifrable y la oscura memoria de cosas no humanas titila como una sombra bajo el rocío.
Era la tercera noche en que el doctor se negaba a dormir, acudiendo al ático para revisar ese execrable cuaderno de cuero —el mismo cuaderno cuyas páginas, cubiertas de una suerte de escritura que hierve ante los ojos, fueron recobradas de una mansión derruida en Vermont, cerca de las Cuevas Whateley. Era mi deber vigilar su salud, no sólo porque era mi mentor en el hospital universitario, sino porque mi propio interés científico en los extraños casos de amnesia y horrendas mutaciones en el norte de Massachusetts me había convertido en su discípulo y auténtica sombra.
El aire estaba húmedo, como untado de un miasma primigenio, y mis pasos crujían en el moho y la hojarasca como susurros en una lengua muerta. Desde el bosque me llegaba un ritmo bajo, un zumbido apenas audible, algo casi electrónico, que mis años de educación civilizada me decían que no debía estar ahí. Sin embargo continué, porque el doctor Hanley, a sus setenta y dos años, desafiaba el sueño y la cordura, y esa noche me retó:
—Ven, si tienes agallas. Ven y mira de cerca aquello a lo que dediqué mi vida.
Al principio, supe que lo que íbamos a buscar no era humano. Había leído, en los días convulsos tras la Gran Guerra, historias de mineros desaparecidos en las montañas de Vermont, de calaveras halladas sin cerebro pero sin signos de violencia, y las eternas alusiones folklóricas a los “hombres-hongo del cielo”, los Mi-Go, cuya misma evocación arranca las raíces de la mente racional. El doctor Hanley los llamaba seres extraplanetarios, con singular fascinación, y aseguraba que sus experimentos eran réplicas minúsculas de obras no humanas halladas entre los pinos y cavernas de Arkham.
Cruzamos la parte más tupida del bosque cuando Hanley se detuvo, respirando con dificultad. Yo había dejado atrás toda idea de regresar: el mundo civilizado parecía una ilusión, la luna una lámpara muerta cuyo resplandor apenas logra delinear las siluetas de formas que uno no quiere conocer.
Hanley señaló hacia una hondonada donde crecían hongos de un tamaño imposible, lóbregos, tirando a lila, infestando las raíces de árboles tan antiguos que sus formas sugerían un arte anterior al hombre.
—Ellos me hablaron…—susurró, y percibí que ya no era mi mentor sino un peregrino de la locura.
Descendimos hacia la hondonada. En el centro, dispuesta grotescamente sobre una tosca estructura de piedra, yacía una figura humana —o lo que había sido una—: su carne estaba cubierta de placas gelatinosas y fragmentos de quitina, como si un caparazón le hubiera brotado desde dentro; el rostro—¡Dios mío!—, se abombaba y deslizaba hacia una parodia de una criatura aérea, la boca alargada, los ojos colapsados en una ceguera opalina.
Quise correr, pero Hanley me sujetó:
—No temas… No todos mueren. Algunos viajan.
No comprendí, pero el zumbido subió de tono y la niebla giró como si respirara. Un estrépito mecánico, parecido a millones de abejas borrachas, retumbó justo por encima de nosotros…
Y entonces los vi.
No puede haber verdadera manera de describir a los Mi-Go si uno no ha visto la abominación que es. Como cangrejos voladores, pero sin cohesión ni simetría, cada uno parecía formado de partes orgánicas e inorgánicas, alas membranosas esculpidas por geometrías no euclidianas, fragmentos de mineral rugoso y filamentos rosados donde deberían estar los ojos, y una cantidad repulsiva de extremidades. Se aproximaron flotando, deslizándose sobre la atmósfera como si fuera agua, trayendo esa pestilencia mefítica que acompaña a cosas nacidas bajo la luna negra de Yuggoth.
El doctor Hanley extendió los brazos. Ellos lo rodearon y uno de ellos, más grande que los otros, pareció comunicarse no con sonidos, sino con destellos de una luz imposible, descargada entre sus garras y el cráneo del anciano. Hanley tembló y comenzó a articular palabras en una lengua que no me era dada entender: sonidos graves, lentos, como la respiración de una montaña. Yo sentí —en una oleada letal e hiriente— que algo se deslizaba en mi columna vertebral, como si mi cerebro hubiera sido tocado por un frío atroz que quemaba.
—Ellos buscan…—susurró Hanley—Mentes aptas para el viaje. Más allá, a Yuggoth… a Carcosa… a los mundos ocultos tras Plutón.
Mi razón me ordenó huir, pero fui incapaz. De la boca de Hanley brotaba una baba oscura, negra y viscosa, mientras el zumbido se volvía abrumador, un sonido que apretaba los dientes por dentro y laceraba las uñas. Los Mi-Go se acercaron más, como cirujanos hambrientos, y distinguí instrumentos adheridos a sus apéndices —cuchillas y pinzas en miniatura, tubos palpitantes—, artilugios que parecían estar hechos de piedra lunar y metal desconocido.
Con precisión antinatural, separaron la calavera de Hanley como si fuera la envoltura de un dulce. No hubo sangre: una niebla blanca surgía de la base del cráneo, que fue asentado dentro de un cilindro brillante, mientras sus manos se debatían ya en convulsión final. Los ojos del doctor, sujetos ahora sólo a hilos nerviosos, giraron haca mí una vez aún, y sus labios —arrancados del proceso— pronuciaron palabras imposibles:
—Ven… contigo aprenderán todo lo que necesitan…
El horror me paralizó; sentí cómo mi razón se derretía y mi voluntad era aspirada, como si una succión imposible me absorbiera la vida a través de las orejas.
Nunca recuerdo haber corrido —sólo la sensación de la hojarasca, de las raíces que intentaban enredarme, de una fiebre rítmica en mi nuca y el rumor eléctrico que me perseguía—. Grité con los pulmones descarnados y el corazón a punto de salir del pecho. Cuando volví en mí, la aurora estaba abriéndose sobre las colinas de Arkham, y la cicatriz de la noche parecía apenas un mal sueño. Sólo que supe —¡oh, supe!— que la hondonada y sus ocupantes no habían desaparecido.
Fui incapaz de hallar el camino otra vez; el hongo púrpura se había desintegrado, las piedras sepulcrales hundidas en barro. Sin embargo, la pestilencia nueva en el viento, y el zumbido eléctrico que a veces aturde mi oído interno durante las tempestades, me recuerdan noche tras noche la existencia de los Mi-Go. Al dormir, veo esa cirugía, esa transferencia; han quedado palabras de Hanley grabadas en mi cerebro, junto con una punzada que se agudiza cada vez más, como si mi conciencia estuviese siendo observada… o preparada.
Un mes después de la desaparición oficial del Dr. Hanley, recibí en mi apartamento una caja pequeña, sellada sin remitente. Al abrirla, encontré un cilindro de un metal oscuro e ingrávido, y dentro, un tejido parecido a la médula cerebral, húmedo y palpitante. Adjunto, un pergamino:
“Lo prometido es deuda. El doctor está a salvo y aprende. ¿Desea, colega, unirse al viaje?”
Sollozo ante la pregunta, pues ahora siento que mis sueños van mudando. En ocasiones, despierto incapaz de recordar mi propio nombre; sólo sé símbolos, secuencias, y a veces —cuando la luna se hace negra y el viento zumba— mi cuerpo se siente comprimido, extraño, como si una voluntad exterior ensayase sus movimientos a través de mi carne, esperando que yo, aún vivo, también pueda aprender, viajar y no morir nunca, bajo la luna de Yuggoth.
Porque la cosecha negra nunca termina, y los Mi-Go siempre buscan. Esta noche, los escucho en la ventana. No habrá más relatos. Sólo transferencia, sólo viaje.
Solo horror.
Copyrights © 2025 Mitosaudio.com. Todos los derechos reservados.