Portada del relato Huida hacia Leng
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Fragmento:


Arrendé la cabaña de Harmon Halstred cerca de Copper Pass, rodeada por un mar de abetos torturados y ríos que nunca descongelaban del todo. Nadie vivía cerca. El sol sumergía la región en un crepúsculo prolongado, como si el horizonte estuviera atrapado entre dos planos discordantes. El viento traía consigo cosas extrañas: tintineos metálicos, zumbidos lejanos, y un ocasional olor que se escurría por entre las rendijas, semejante al cuero viejo y al polvo de pergamino mojado.

Duración: 08:21

Huida hacia Leng
-a / +A

Texto de ajuste de pausa.

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Mi nombre es Morgan Wraye, y estaba convencido, antes de aquel invierno, de que el demonio sólo era un nombre vago para el mal que el hombre inflige a sus semejantes. Había dejado atrás los pinos lóbregos de Cascade y las minas sangrientas del Yukón, buscando paz entre los altos valles del noreste, donde los picos se ciñen perpetuos en nieves y nubes. Sin embargo, lo que hallé allí superó cualquier fabulación o pesadilla.

Arrendé la cabaña de Harmon Halstred cerca de Copper Pass, rodeada por un mar de abetos torturados y ríos que nunca descongelaban del todo. Nadie vivía cerca. El sol sumergía la región en un crepúsculo prolongado, como si el horizonte estuviera atrapado entre dos planos discordantes. El viento traía consigo cosas extrañas: tintineos metálicos, zumbidos lejanos, y un ocasional olor que se escurría por entre las rendijas, semejante al cuero viejo y al polvo de pergamino mojado.

Los viejos de la tienda de Drake me advirtieron con sonrisas condescendientes. “Aquí hay lugares donde las brújulas no sirven y los pensamientos resbalan” –dijo una anciana encorvada con el ceño de cien inviernos–. “El Señor Halstred no abandonó la cabaña por gusto”. Un borracho añadió, entre risas: “En Leng sigue nevando después del tiempo. Nieva sangre congelada.”

No les hice caso. El aislamiento era recompensa y penitencia a la vez. Durante días, mi rutina fue estricta: leña, abastecerme de agua, notas para mi fallida novela. Pero, tras una semana, comencé a soñar con una meseta interminable, vacía salvo por ciclópeos cubos de piedra donde criaturas de piel gomosa me observaban desde promontorios invertidos. Al despertar, una escarcha persistía en los cristales, aún cuando afuera el termómetro no bajaba de cero.

La noche del 17 de enero, el tiempo enloqueció. El viento crepitaba, arrastrando nubes de una densidad abrumadora. Me senté frente al fuego, arropado con mantas, hundido en la borla fría de una obsesión que no podía nombrar. El tic-tac del reloj se ralentizaba, luego corría demasiado. Encendí la lámpara y mis manos parecieron flotar bajo la llama amarillenta, como si la distancia entre mis ojos y mi carne oscilara a voluntad de una ley que había dejado de operar.

Fue entonces cuando una sombra más negra que la noche rasgó la rendija de la puerta. No era forma ni animal, sino una insinuación de huesos y membranas. Dejé caer la taza; el líquido formó líneas que zigzagueaban y describían una escritura ilegible sobre la madera. El ser –no, la presencia detrás de la sombra– transmitía un frío que era más mental que físico, una compulsión a retorcerse bajo la piel.

Intenté atrancar la puerta, pero todo parecía resbalar, como si la cabaña desdibujara sus límites, estirándose hacia geometrías imposibles. Recé, maldecí, y finalmente caí en un estupor del que sólo me arrancó el alba.

El día fue gris y sin sol. Busqué en el bosque cualquier señal de pisadas, pero la nieve estaba intacta. Sin embargo, encontré, bajo el alero, un símbolo tallado en la madera: un triángulo apuntando hacia arriba, coronado por dos líneas curvas que sugerían, y sólo sugerían, ojos que no parpadean. Tardé en recordar dónde lo había visto antes. Harrison Talbot, mi profesor de literatura en Dartmouth, lo había descrito obsesivamente mientras hablaba de “los peregrinos de Leng”, esos seres que custodian los límites de la cordura y la vida. “La meseta es real”, repetía borracho, “y los que la cruzan nunca regresan siendo humanos”.

Las siguientes noches fueron vacías, pesadas, como si esperaran algo. Un lunes, cerca de la medianoche, los aullidos de los perros lejanos se entremezclaron con un tamborileo. Era un ritmo arcano, casi matemático, y sentí que mi mente se acoplaba al compás hasta que mi visión estalló en manchas de colores pútridos.

Desperté en la mesa, la cabeza embotada, y en la ventana una figura, más alta que cualquier hombre, tan flaca que la piel translucía la sugerencia de una carótida azul bajo la luz lunar. Movió una extremidad, el brazo o algo que hacía sus veces; del extremo, colgaban no dedos, sino largos filamentos oscilantes, tentáculos. Sus “ojos” –si es que eran ojos– no expresaban piedad. En mi mente sonó una voz. No era humano ni bestial; era el eco de glaciares pulverizándose, la vibración de los huesos después de la muerte.

“Han olvidado la carne de los hombres indómitos. Han olvidado el sabor de la esencia. Recuerda, ser finito, que Leng es sólo una frontera.”

En un momento de pánico absoluto, intenté rezar, pero las palabras se tropezaron en mi garganta sordomuda. Me arrojé hacia la puerta, pero el aire se devoraba a sí mismo, distorsionando los marcos y techos. Todo era un ciclo absurdo de pasillos y recámaras nunca vistas, y la criatura me seguía sin moverse, inevitable, como la sombra de un satélite sobre la tierra.

No recuerdo cómo escapé. Me hallé acurrucado junto al río, con los pies sumidos hasta los tobillos en agua helada y los pantalones endurecidos por escarcha y sangre. Temblando, regresé a la cabaña al amanecer. El interior olía a incienso rancio y grasa quemada. Noté que mi cuaderno estaba abierto sobre la mesa, pero mi letra era ilegible, una sucesión de trazos en espiral, como si los hubiera hecho con la lengua en vez de la mano.

Decidí marcharme. A empaquetar lo poco que tenía, algo me impulsó a mirar el sótano, un sitio que Halstred me había advertido no visitar. La trampa chirrió, y el aire olía a aceite frío y antigüedad. Bajé con linterna y noté que las paredes estaban cubiertas de un musgo blanquecino, casi fosforescente. En el fondo hallé una losa de piedra cubierta por cenizas y huesos pequeños –de animal, pensé primero (o recé para que lo fueran).

En la superficie de la losa, tallado en bajorrelieve, el triángulo y las líneas oculares reaparecían. Junto a la piedra, hallé una carpeta de papeles húmedos por la filtración. Eran cartas, con el membrete ya borroso, firmadas “H. Halstred”. Cito aquí parte de la más legible:

“6 de diciembre de 1922: Quieren la carne y la memoria. Prometí velar para que el portal no quede sin custodio. El precio es el insomnio, visiones y, a veces, la pérdida temporal de aquello que más temo: el yo. Si caigo, di a Morgan Wraye que no regrese nunca. La meseta es paciente. Sus ojos nunca duermen.”

El viento sopló entonces, como emitiendo una risa vacía. Corrí escaleras arriba, sin importar si la estructura cedía o si aquellos seres, los Seres de Leng, acechaban desde los espacios entre sílabas y pensamientos.

Ya afuera, vi cómo la nieve se hendía sin sonido, y cuerpos altísimos, envueltos en andrajos de lo que fue piel humana y ahora era sólo disfraz, avanzaban despacio hacia el bosque bajo el plomo de la noche permanente. Supe que no correría lo suficiente. Sin embargo, algo de hombre quedó en mí, y escapé, medias detrás, hasta que la oscuridad y el miedo me arrojaron ladera abajo. Tropezando, con las manos despedazadas y la mente un fuego insomne tras los párpados, llegué al pueblo antes del alba.

Jamás volví a esa cabaña. Años después, en sueños, veo aún aquellos cubos ciclópeos sobre la meseta y las figuras colosales que se arrastran entre los riscos hechos de tiempo congelado. Recuerdo la voz, más antigua que los pinos de la tierra, diciéndome al oído:

“La frontera de Leng no es de nieve o roca. Es la carne, es la mente, es tu juicio. Durará mientras lastimes. Durará mientras olvides quién fue el custodio antes de ti.”

Si escribo esto, es porque los rostros tras los cristales algunos inviernos regresan, y el hielo repiquetea como dedos en la ventana. Rezo, aun sabiendo que ninguna fe ni idioma protege de los Seres de Leng, pues incluso en tus sueños, ellos danzan, y su hambre sólo duerme. Nunca olvida.

Así concluye mi testimonio, aunque sospecho que no es el fin. Si alguna vez caminas entre picos donde la brújula gira sin meta y la nieve sustenta huellas imposibles, recuerda esta advertencia: la frontera de Leng es sólo la primera puerta. Más allá, hay hambres que recuerdan, y nunca están llenas.

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