Portada del relato Ecos del Eón Sepulto
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Fragmento:


Me recibió un ama de llaves de facciones horripilantemente simétricas, cuyo acento recordaba vagamente a los campesinos cabilenses de Argelia. Supe entonces que DeWitt, aun en la demencia, no había dejado de relacionarse con gentes de los márgenes, probablemente parias o refugiados con una relación antigua y oculta con aquello que él mismo estudiaba.

Duración: 09:50

Ecos del Eón Sepulto
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Texto de ajuste de pausa.

Debo advertir, lector, que los recuerdos que encierro y despliego en las siguientes páginas pueden que no sean bienvenidos por el juicio racional, ni por los que pretenden mantener los velos luminosos del sentido común a salvo del acecho de otras realidades. No los confío a la posteridad por cinismo o vanagloria, sino en el ejercicio de un impulso que está más allá del recato: el impulso de desahogar la mente oprimida por visiones que nunca debieron ser para ojos humanos.

Después de años de insomnio y ansiedad, tras volver de ese rincón ocluido del mundo, he llegado a dudar de la robustez de mis sentidos. Me impongo, sin embargo, el deber de consignar los acontecimientos tal cual los experimenté, sin omitir siquiera los detalles que el hombre racional tal vez desecharía como alucinación. Si, al final, pierdo la cordura, al menos dejaré constancia de que la locura tuvo una causa.

Todo comenzó con una carta de mi antiguo maestro, el etnólogo belga Auguste DeWitt, quien durante los últimos años de su vida asistió al desmoronamiento de su propia mente. Varias veces me telefoneó desde su desolado apartamento en Arkham, pero rara vez respondía a mis preguntas directas. No obstante, su correspondencia —escrita con una prisa crispada, una caligrafía temblorosa y a menudo ilegible— contenía alusiones extrañas: menciones a un “culto subterráneo, más antiguo que la existencia humana”, y descripciones fragmentarias de una “ciudad de impías criaturas” en los márgenes de la realidad.

La última epístola me llegó en la forma de un paquete polvoriento y olvidado, cuyos sellos indicaban haber sido remitido hacía más de cinco meses. Contenía un breve diario, recortes de antiguos periódicos en francés y dos fotografías desvaídas. En una de ellas, una torre ciclópea, negra como el azabache bajo la lluvia, surgía inclinada en mitad de una llanura polvorienta. El otro retrato mostraba lo que parecía ser la entrada de una gruta, cargada de una noche inexplicable incluso al mediodía.

Impulsado por la culpa y la inexplicable fascinación, dejé mis ocupaciones académicas y viajé a Arkham a finales de octubre, en busca de respuestas. La universidad me acogió con la habitual mezcla de suspicacia y cortesía forzada que siempre han dedicado los miembros de esa hermética comunidad a los recién llegados. Pude, tras merodear por el campus y los archivos, deducir la dirección actual de DeWitt: un piso alquilado cerca del Miskatonic, en la frontera este de la ciudad.

Me recibió un ama de llaves de facciones horripilantemente simétricas, cuyo acento recordaba vagamente a los campesinos cabilenses de Argelia. Supe entonces que DeWitt, aun en la demencia, no había dejado de relacionarse con gentes de los márgenes, probablemente parias o refugiados con una relación antigua y oculta con aquello que él mismo estudiaba.

En su aposento, DeWitt yacía postrado, cubierto de mantas fétidas y con mirada vacía, aunque ocasionalmente su iris centelleaba en verde espantoso, como poseído por alguna fuerza traslúcida. Apenas pronunciaba sílabas coherentes, pero por la noche, mientras el viento gemía entre los árboles del campus, murmuraba frases extrañas: nombres deidades sin vocales conocidas, himnos de regiones donde el viento, según decía, “tiene lengua, y habla con voces de muertos”.

Un día, cuando su agonía cedió, apretó mi brazo y balbuceó:

—Si quieres saber… ve al obelisco… negro… Sigue el viento… sólo él conoce el umbral. Ellos, los hambrientos, no duermen nunca.

Murió esa misma madrugada, y todo perdió consistencia. Excepto un detalle: el obelisco negro de la fotografía me resultaba vagamente familiar, aunque no recordaba haberlo visto nunca en Nueva Inglaterra.

La investigación llevó inevitablemente al despacho de la universidad, donde los registros geológicos y los anales coloniales mencionaban ruinas inexplicables en el noreste de Massachusetts, devastadas por incendios y epidemias en el siglo XVIII. Sin embargo, una entrada particular, perdida entre actas manuscritas de un tal reverendo Chauncey Whipple, refería los “lamentos de piedra” en la zona llamada Lenngate —nombre que parecía derivar, oscura y sencillamente, de una corrupción del término Leng, tan temido en los círculos cultistas.

Movido a una mezcla de terror y curiosidad académica, reuní el equipo necesario —lámparas, provisiones y mapas topográficos— para adentrarme en la región aludida por DeWitt. El día de mi partida, el cielo se hallaba cubierto de nubarrones opresores y el viento, ese inexorable e implacable viento de palabras impronunciables, barría los brezos y aullaba entre las peñas como si portara el llanto de eras anteriores al surgimiento del hombre.

El viaje transcurrió entre la creciente sensación de que, en vez de acercarme a un lugar, me adentraba en un estado de consciencia. Al llegar a Lenngate, encontré la aldea desierta, plagada de esqueletos de casas y una atmósfera irrespirable, espesa de un olor simultáneamente animal y mineral, como procedente de las criptas de una corteza putrefacta. Los lugareños que aún residían en las afueras rehuían toda pregunta sobre la zona central del valle, donde las viejas leyendas hablaban de un “pilar de luto” y “festines de medianoche bajo la tierra”.

No sin esfuerzo, di finalmente con el obelisco negro. Era más imponente de lo que sugería la fotografía: construido de un basalto ennegrecido e invulnerable al tiempo, cubierto de inscripciones erosionadas pero innegablemente no humanas, la torre parecía haber sido erigida mucho antes de toda civilización conocida. El viento, en ese punto, adquiría un tono casi articulado, susurrando sílabas que recordaban aquellas que DeWitt murmuraba en sus delirios.

Aún recuerdo la sensación de horror exquisito cuando, bordeando la base del obelisco, encontré la boca de una caverna —la misma de la foto—, oculta tras una cornisa de piedra y enmascarada por una maleza invernal. Mi linterna apenas reveló un descenso angosto, con paredes cubiertas de líquenes que destilaban humedad y, en ciertos tramos, un felino olor dulzón, como a carroña anclada en el tiempo.

Me adentré, cuerdo todavía, pensando encontrar quizás huesos y vestigios arqueológicos, pero nunca lo que allí habría de esperar. La galería descendía en curvas laberínticas hasta desembocar en una cámara vastísima, en cuyos límites la linterna tembló y pareció engullida por una negrura antediluviana. Las paredes estaban cubiertas de bajorrelieves: procesiones de figuras hibridas, con manos de animal y hocicos famélicos, que portaban ofrendas a criaturas de ojos ciegos y garras interminables.

Fue entonces cuando el viento, sordo y viscoso, entró en la cámara. Golpeaba mi cuerpo como una marea de hojas secas hastiadas de siglos, pero, sobre todo, murmuraba y recitaba en una lengua inidentificable. De pronto, en los rincones extremos, distinguí formas agazapadas, pegadas al suelo: cuerpos humanoides, de miembros flácidos, piel correosa y mandíbulas prominentes. Los Ghouls.

No eran mitos ni alucinaciones. Los vi acercarse, lerdos pero seguros, olfateando el aire. Sus ojos eran lechos de podredumbre y su piel, curtida más allá de lo mortal, despedía un fulgor aceitoso. No andaban erguidos del todo: sus esqueletos parecían modelados para arrastrarse y excavar, para desenvolverse en la tierra húmeda y silenciosa de la muerte. Bajo la metralla de la linterna, sus pupilas verticales titilaban con codicia.

Temblando, traté de retroceder, pero la entrada había desaparecido o, tal vez, la memoria misma del recorrido se desvanecía. El viento aullaba ahora con frases más claras, imitando palabras humanas y parodiando acentos conocidos. “Festín”, “invitado”, “testigo”. El horror me dañó la mente, y sólo un impulso ancestral de supervivencia me impidió sucumbir al abismo.

Fue entonces cuando ocurrió lo que ninguna razón puede admitir: el obelisco negro, visto desde dentro a través de una grieta, comenzó a irradiar luz. Una luz negra, una sombra brillante que salía de la roca, y proclamaba la llegada de la Divinidad subterránea cuya hambre es la eternidad misma.

Los Ghouls aullaron como perros famélicos, y la vibración del obelisco partió la estancia en murmullos y cánticos enloquecidos. Vi con mis propios ojos cómo, de las grietas, surgían no sombras sino imitaciones de hombres, piel marchita pegada a huesos desarticulados, y supe, con certeza, que algunos eran buscadores o vecinos que alguna vez merodearon esas ruinas y jamás regresaron.

No puedo detallar cómo escapé. Recuerdo confusamente haber sido arrastrado por una corriente de aire cortante, entre maullidos y risas cavernosas, y que de improviso me encontré en la linde de Lenngate, cubierto de barro, excremento y arañazos, con el obelisco visible solo como una silueta distorsionada al anochecer. Desde entonces, es habitual el retorno de pesadillas en las que las criaturas del subsuelo me acosan, reclamando un tributo pendiente.

He consultado doctores y sacerdotes, todos incapaces de conjurar estas visiones que me visitan con olor a tierra y carne profanadas. Opino que la mente humana no está preparada para la comunión con tal abismo, ni para fingir que la realidad soporta seres que se sacian en los linderos de la existencia. Ahora sólo el viento, cada vez que sopla en mi ventana, me recuerda que los “festines de los hambrientos” no han cesado nunca, y que bajo la tierra, anhelantes, aguardan los eternos devoradores de cadáveres y conciencia.

Así, pues, cumplo con mi deber de advertir a los que quieran escuchar: no busquen el obelisco negro, no transiten los valles donde el viento habla de cosas muertas. Porque toda puerta, una vez abierta, reclama su precio, y los Ghouls, en torno al festín, no admiten invitados inocentes.

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