Fragmento:
La historia comenzó en torno a una cueva, perdida entre mecanismos de olvido y superstición. Una gruta tan antigua como el legado humano en la región, su entrada marcada por una formación casi arquitectónica de mica negra. Los indígenas evitaban ese lugar, y los viejos cazadores no hablaban sino con indirectas, en frases truncas y difíciles como nidos de cuervos. No se hablaba de los relámpagos, ni del silencio helado bajo la corteza de nieve, ni del modo en que las sombras se clavaban a las paredes de la cueva cuando el sol declinaba por el oeste.
Duración: 11:24
Las montañas llegaban de golpe, colosales y neutras, los picos hundidos en nubarrones perpetuos que, al atardecer, se teñían de un negro violáceo. Durante el verano, el sendero de grava se cubría de hongos salpicados de escarcha. Un rumor de aguas subterráneas acompañaba a quien se apartaba del camino. Así me lo advirtió Bascombe antes de morir—lo que no quería decir nada, porque Bascombe murmuraba advertencias sobre casi todo, y finalmente acabó sin cabeza en un recodo del mismo sendero.
Yo era un geólogo sin convicción, apenas un académico aferrado a una posición mal pagada en una universidad de mala muerte, y ese viaje a los Adirondacks era, en principio, una salida obligatoria más. Recopilar material de campo, registrar movimientos del permafrost, fingir interés por las pocas rarezas mineralógicas de esos cerros desconsolados. Pero cuando el decano Royce me enganchó al proyecto de Bascombe, no tardé en comprender que había algo más bajo la corteza del proyecto. Archivos sellados, cajas robustas, permisos federales colgados en el aire como presagios de un crimen nunca confesado.
La historia comenzó en torno a una cueva, perdida entre mecanismos de olvido y superstición. Una gruta tan antigua como el legado humano en la región, su entrada marcada por una formación casi arquitectónica de mica negra. Los indígenas evitaban ese lugar, y los viejos cazadores no hablaban sino con indirectas, en frases truncas y difíciles como nidos de cuervos. No se hablaba de los relámpagos, ni del silencio helado bajo la corteza de nieve, ni del modo en que las sombras se clavaban a las paredes de la cueva cuando el sol declinaba por el oeste.
Bascombe y yo acampamos cerca de la gruta una noche de finales de otoño, cuando la niebla anega el bosque y las estrellas desaparecen como por ensalmo. Era un tipo enjuto, nervioso, con el cabello blanco prematuro y un tic en la comisura de los labios. Encendió una lámpara de queroseno y la puso entre nosotros.
—¿Alguna vez oíste hablar de los que caminan entre las estrellas? —susurró.
Lo miré, cauteloso. Bascombe era admirador de Lovecraft, y le fascinaba el folklore local, pero aquella noche sus ojos revelaban algo más que erudición. Había miedo puro, vibrando bajo la piel.
—Las piedras y las cavernas —siguió— contienen historia que ningún documento recoge. Dicen que antes de nuestros ancestros, antes hasta de los animales tal como los conocemos, otros seres vinieron aquí.
No respondí, ocupado armando mis notas y comprobando el equipo. La señal del móvil hacía rato que se había desvanecido.
—Han hecho cosas horribles con las personas —dijo Bascombe, casi inaudible—. Los Mi-Go, los llaman. El pueblo antiguo, los vigías del abismo.
Reí con incredulidad, pero anoté el término, como un antropólogo condescendiente. Sin embargo, Bascombe no sonrió. Se preparó para dormir con el rostro de quien sabe que no dormirá.
Debí haber comprendido entonces lo que nos acechaba.
***
Incluso dentro de la gruta la humedad era glacial. El tiempo parecía detenido en el umbral, como si los relojes se resistieran a registrar su paso aquí. Avanzamos con linternas y cámaras, registrando estratos, tomando muestras. Los ocasionales brotes de líquenes fosforescentes estampaban manchas verdes en la oscuridad, y desde más hondo llegaba un olor metálico, como sangre seca sobre piedra.
Fue allí que encontramos la primera cosa imposible.
Bascombe estaba arrodillado ante una hendidura de la pared, susurrando una letanía entre dientes. Llamé su atención, pero él continuó, arrastrando sus palabras en un dialecto que nunca le oí antes. Supe, con instinto primario, que no era latín ni ninguna lengua cronológica. Me acerqué y —con un retardo de pesadilla— vi la cavidad de la que emergía un zumbido muy bajo, como cuando el viento juega con los dientes de una calavera.
El interior contenía una masa pardusca, plagada de protuberancias blancas que latían al compás de nuestra respiración. Bascombe extendió la mano y tocó esas formas nudosas. La masa se abrió, y un líquido negruzco —espeso y frío como el aceite— afloró entre sus dedos. Me quedé petrificado. Un costillar diminuto, minúsculo pero indudablemente humano, se deslizaba y asomaba entre la materia. Bascombe retrocedió de un salto, tirando la linterna.
Para entonces el murmullo había cambiado de tono: era un canto hueco, brutal, como si decenas de voces insectiles repitieran mi nombre. No recuerdo cómo salimos, ni cómo corrió Bascombe a su muerte.
***
Lo siguiente fue dolor puro, cortante como vidrio pulido en la garganta. Corrí a pesar de una presión ceñida a la base del cráneo, tropezando con raíces y visiones deformes mientras la noche se espesaba alrededor, goteando un frío incorpóreo que oprimía el pecho y la lengua. Atravesé a ciegas un claro, gritando un nombre —el de Bascombe, el mío, el de cualquier dios sugerido por el pánico— hasta que el silencio se impuso. Retrocedí a tientas, bamboleándome, el eco de aquel cántico adherido a la memoria como baba viscosa.
Me arrastré hasta la tienda y me acurruqué, intentando construir algún refugio de inutilidad racional. Dormite entre estremecimientos, sobresaltado por sueños donde una anatomía imposible removía mi cerebro, separaba mis huesos y dejaba mi conciencia flotando más allá de Saturno, mientras mi cuerpo danzaba al dictado de voceros sin boca.
Cuando amaneció, Bascombe no estaba.
La tienda se hallaba revuelta; la mochila de Bascombe se había vaciado en el suelo, y sus huellas se adentraban en el bosque, zanjando la escarcha como un bisturí. No debía mirar, pero aún seguía obsesionado con la lógica, el orden, la inevitabilidad. Seguí rastros y hallé la cabeza de Bascombe depositada como una ofrenda al pie de una roca. Los ojos abiertos, carentes de todo, la boca retorcida en un grito de profanación.
Lejos del cuerpo; la carne en el cuello, pulida con precisión, un borde imposible de lograr con hoja alguna. Dentro, donde debería estar el encéfalo, sólo quedaba un hueco límpido y reluciente. Carente de toda masa. Abdicado, como si lo hubieran extraído con utensilios de otra era.
Fue entonces que comprendí lo que relataban las antiguas leyendas. El robo del cerebro no era metáfora; era proceso quirúrgico, exportación de la mente a una nave biológica, oh milagro de horror y ciencia más allá de todo ciclo humano.
Volví tropezando al campamento, y vi, con lucidez pavorosa, la oscura silueta de un ser entre los troncos: inhumano en su incorrección. Su cuerpo era terroso pero reluciente, cubierto de placas quitinosas dispuestas en segmentos asimétricos. Alas membranosas, horizontales, henchidas de vetas azules como relámpagos de otro mundo. Ojos multifacetados en los que podrían haberse reflejado todas las estrellas de la Galaxia. Contempló mi fragilidad con el desdén de un cirujano ante un organismo primitivo.
Caí de rodillas y quise gritar, pero la criatura sólo inclinó la cabeza y, por un instante eterno, sentí su mente en la mía. No hubo odio, sólo la distancia abismal de una lógica no terrestre. Algo me ofrecía un pacto. No en palabras, sino en matemáticas, en códigos indescifrables y figuras geométricas que se desplegaban en mi cortex como pesadillas fractales.
No recuerdo cómo logré marcharme. Quedé deambulando entre la frontera de la locura y el olvido, hasta que di con un camino de regreso al pueblo, las botas empapadas de orín, los nudillos ensangrentados y la garganta crujiendo con el siseo de la cueva.
***
Nadie creyó mi relato. Me interrogaron, me retuvieron. Incluso el decano Royce acudió y negó cualquier vínculo con Bascombe, lo destituyó de memoria oficial. Perdí mi puesto, mis credenciales, mis años de esforzada mediocridad académica; pero lo peor fue cuando, unos meses después, recibí el paquete.
Sobre mi escritorio, sin remitente, una pequeña caja metálica, pesada y sellada con una delgadez quirúrgica imposible en la industria terrestre. Al abrirla, hallé una esfera translúcida del tamaño de un puño, flotando en un líquido gelatinoso. Dentro de la esfera latía, suspendido en cruel perfección, un fragmento gris, nervioso: lo reconocí como materia encefálica humana, pulida y conectada a filamentos de un mineral imposible.
En la base, una inscripción grabada con precisión imposible: "INVITACIÓN. SELECCIONADO."
Me observaban. Había sido elegido.
***
Los inviernos de los Adirondacks son balsas de oscuridad, días de pizarra y noches que devoran la poca voluntad que resta. Por semanas me oculté, sellando puertas y ventanas, resistiendo la tentación de volver a la cueva. Pero la llamada crecía, tan inexorable como la marea de las estrellas. La cabeza de Bascombe me miraba en sueños, sus labios reconstruidos por mi mente, murmurando ecuaciones de frío perpetuo y transferencia de identidad.
Así pasé mis días, tejiendo notas y descartando hipótesis. Tarde o temprano, supe, tendría que regresar. No hay exilio de la invitación de quienes siembran vida y muerte como polen en el espacio entre las constelaciones.
***
Hacia el final del mes de enero, simplemente me levanté y caminé, como un sonámbulo, guiado por el rumor subterráneo. La nieve crujía bajo mis pies, y el aire pesaba con una claridad cristalina. La cueva emergió como una herida en la roca.
Dentro, el calor era distinto, un vapor que rozaba lo uterino. Sabanas de líquenes y placas de mica reflejaban —en su centro— una fosforescencia que carcomía la negrura. Avancé hacia el altar que alguna vez exploré con Bascombe, pero había mutado. Ahora era una maquinaria orgánica, un banco de laboratorios dispuesto por inteligencias que nunca podrían haberse originado en la biosfera local.
Comprendí, entonces, que ellos no nos odian. Ni siquiera nos consideran enemigos. Solo recursos; materiales de estudio y archivo, como muestras de insectos preservadas en ámbar mientras las eras humanas pasan como una tos de polvo cósmico.
Emergió entonces la criatura, desplegando alas de carbón y corindón, y se posó ante mí. Sus apéndices articulados penetraron mis sienes con un dolor exquisito.
La última visión que tuve de mí mismo fue mi cuerpo de rodillas, la carne vacía, la caja cerebral vaciada y sellada. Mi mente, mi memoria —lo que allí había sido yo— absorbida en un vórtice matemático. Me fundí en geometría, volé entre las constelaciones. Sentí, por un instante glorioso y terrorífico, toda la vastedad del cosmos desplegada ante mis nuevas extremidades. Escuché los coros de los Mi-Go, susurrando secretos de la piedra negra y los ciclos del universo que nunca conocerán los hombres.
Fuera, en las montañas, la nieve seguía cayendo, y mi voz —mi antiguo yo— se disipaba en el cántico, mientras los dioses de la noche anotaban, con precisión clínica y ausencia total de piedad, la partida de una conciencia más en su archivo cósmico.
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