Fragmento:
El día en que mi porteador murió —o fue reclamado, sería mejor decir— supe que había cruzado una línea irreversible. Aquel amanecer, cuando lo hallé congelado en mitad del círculo de guardias nocturnas, los ojos abiertos pero ciegos y la boca en forma de un grito tan grande como inútil, sentí dentro del frío de mis huesos una certeza fatal: los Seres de Leng me observaban. Vi en él el primer vestigio de su arte, la sustancia primaria del horror: la imposibilidad de morir de miedo sin advertir con exactitud de qué se huye; la muerte como acto incompleto de revelación.
Duración: 08:35
Había llegado a ese rincón olvidado del mundo —si es que aún pertenecía a nuestro mundo— arrastrado más por la inercia de un fatalismo profundo que por el impulso voluntario de huir, explorar o buscar señales del conocimiento maldito. Cuando desembarqué por fin en esa costa fría y lejana, envuelto por una niebla de brumas antiguas y un silencio casi sólido, comprendí al instante que las advertencias sobre Leng no habían sido metáforas ni exageraciones, sino gritos desesperados de predecesores que apenas sobrevivieron para escribirlas.
Pese a mi escepticismo, la ciencia arcaica y oscura que me trajo hasta Leng —esa meseta inencontrable, esa tierra sin mapas, saturada de secretos prehumanos—, palidecía en comparación a la atmosfera genuinamente malsana que se pegaba a la piel y a la mente al pisar esa tierra grisácea. Mi expedición era reducida: sólo yo y mi alicaído porteador, un árabe de pocas palabras y menos preguntas, que tan sólo aceptó mi oro después de jurarme (y jurar ante sus dioses) que jamás le haría regresar a ese lugar ni le hablaría de lo que allí viera. Su rostro se endureció cuando el primer viento gélido nos azotó al abandonar la costa.
Los guías locales —hombres esqueléticos con piel marchita, ojos desmesurados y comportamiento apenas humano— nos dejaron en la frontera de ese país maldito. Ni siquiera esperaron el pago final; cruzaron el umbral de una senda sin huellas, y nuestro vínculo fue cortado para siempre.
El cielo sobre Leng no es como el cielo nuestro. La luz es de un color muerta, ni rosada ni violácea, sino una amalgama de espectros prohibidos, suficiente apenas para distinguir las monstruosas formas de los riscos y las figuras imposibles de los ídolos ciclópeos semienterrados. Algo reptaba en la atmósfera, intangible pero asfixiante; los sonidos eran amortiguados y al mismo tiempo resonantes, como ecos de ecos que nunca tuvieron origen humano.
Irracionalmente, centré toda mi energía en cumplir mi objetivo: buscar la Biblioteca de los Innombrables, la fuente de los rumores, el nido final de los legendarios Seres de Leng. Estos —narraban las leyendas y perjurios— no sólo dominaban el lenguaje de la mente y las sombras, sino que tejían los hilos del terror mismo en la urdimbre de la realidad.
Anoté mis pasos en un diario, único confidente que soportaría los pensamientos nacidos en la orilla de la locura. Era inevitable no recordar fragmentos de historias escuchadas en las noches frías de Arkham, en las sociedades ocultistas donde me inicié, o en los manuscritos semicorrompidos por la edad que hojeé en la British Library y a través de contactos en el Cercano Oriente. Pero ninguna preparación era suficiente; ninguna barrera mental me protegía de la invasión constante de presencias no vistas, pero sentidas, que rozaban mis pensamientos con dedos enfangados.
El día en que mi porteador murió —o fue reclamado, sería mejor decir— supe que había cruzado una línea irreversible. Aquel amanecer, cuando lo hallé congelado en mitad del círculo de guardias nocturnas, los ojos abiertos pero ciegos y la boca en forma de un grito tan grande como inútil, sentí dentro del frío de mis huesos una certeza fatal: los Seres de Leng me observaban. Vi en él el primer vestigio de su arte, la sustancia primaria del horror: la imposibilidad de morir de miedo sin advertir con exactitud de qué se huye; la muerte como acto incompleto de revelación.
Me deshice del cadáver, arrastrándolo fuera del refugio de ruinas donde había instalado mi tienda, haciendo caso omiso de los zarpazos invisibles de la locura. La noche siguiente fue la primera en que oí los susurros: no como palabras articuladas, sino como urdimbre de sonidos en la frontera del lenguaje. Era como si ciertas unidades sígnicas primordiales, previas al habla, tejieran un ritual para abrir mi mente desde adentro.
De día, mi cordura pendía de recuerdos, rituales automáticos y la urgencia de avanzar; de noche me asediaban imágenes feas y resbaladizas como babosas. Avancé durante tres jornadas hacia el corazón de la meseta, atraído a pesar de mí hacia la Torre de las Doce Ventanas, un faro deformado y antiguo. Dicen los escasos textos, recuperados por expediciones menos fatídicas, que la torre fue erigida cuando la división entre las especies no era aún del todo evidente, y entre sus piedras se inscribe la física secundaria de una realidad imposible.
Cuando llegué a la base, mi mente ya era una suma de fragmentos. Mis pensamientos se mezclaban con ecos ajenos, con necesidades ininteligibles. A veces oía palabras en un idioma imposible, otras veía figuras geométricas que flotaban ante mis ojos y no eran explicables con ninguna disciplina conocida. Subí la escalera caracol medio derruida con una obsesión febril, guiado más por presencias que por deseos propios.
Dentro de la torre, lo primero que percibí fue que el espacio y el tiempo se colapsaban: a través de cada ventana veía una versión distinta del paisaje, algunos paisajes terrestres, otros netamente alienígenas. A veces había estrellas negras, y otras veces una marea de formas semiinteligentes arremolinándose en una niebla carmesí. El suelo temblaba bajo mis pasos, y el viento, si viento era, me traía fragmentos de gritos, de canciones-código y de risas cuerdas y huecas.
Finalmente, en la penumbra del último descanso, entre el susurro cada vez más coherente de mil voces, encontré la sala de la Biblioteca. Allí, el horror alcanzó cotas nuevas. No eran libros lo que almacenaban, sino fragmentos de sí mismos: circuitos de materia gris, plasma cristalizado en formas inhumanas, cúmulos de experiencia encapsulada en materia semilíquida. Entendí, sin palabras, que cada biblioteca era un Ser de Leng disfrazado, o tal vez un órgano o extremidad de uno.
Uno de ellos me habló, no con voz, sino invadiendo cada capa de mis pensamientos: “Leerás la historia y el presente; leerás lo que serás. Ya has sido leído por nosotros”. Mi cerebro se quebró en mil visiones simultáneas: vi razas enteras siendo desolladas en el crepúsculo de universos sin ciclo, vi planetas ahogados en la no-palabra, civilizaciones anegadas por la marea de un lenguaje absoluto. Vi mi propio cadáver arrojado a una hondonada y a la vez flotando en la irrealidad líquida de la Biblioteca, sangrando ideas en lugar de sangre.
Intenté replegarme, negarme, gritar, pero la resistencia individual en Leng es un concepto tan ridículo como gritar a las olas en una tempestad de dimensiones inabarcables. Había tocado un saber anterior a la historia, un terror ajeno incluso al concepto de dolor.
Me mostraron el proceso: cómo los “Seres de Leng” no eran sino pensamientos encarnados, obsesiones convertidas en carne, lenguaje vuelto cósmico, y cómo su mayor deleite era infectar a los visitantes con secuencias virales de su esencia. “Llevas dentro de ti a uno de los nuestros”, decían las corrientes sígnicas que rebotaban en mi córtex, “y algún día, hablarás sin voz, y las únicas palabras serán lamentos y ecos de ideas nunca dichas”.
Fui arrancado de la sala, arrojado a la meseta nuevamente —si es que mi cuerpo seguía viviendo— con la memoria distorsionada pero indeleble. Vagabundeé semanas —o tal vez siglos, ¿qué es el tiempo en Leng?— mientras mi razón se licuaba, drenada por el parásito vivo de los Seres de Leng. El último recuerdo nítido antes de perder mi humanidad fue la visión de algo deslizándose a mi lado; algo que caminaba como un hombre, pero cuya sombra era una ecuación deformada, y cuyos ojos no brillan con luz, sino que reflejan el vacío del lenguaje universal.
Fui recogido de la escarpadura por una caravana que nunca me reconoció como hombre. Me dejaron a las puertas de una ciudad portuaria, como si arrojara un fardo pestilente al mar. Mis noches, desde entonces, se pueblan de palabras que no significan nada, de escalas semánticas imposibles en ningún idioma conocido, de la certeza de que ya no soy sólo yo.
No puedo escribir el final de esta historia; una parte de mí, la menos fragmentada, teme hacerlo porque sabe que al cerrar este relato podría estar deletreando la semilla virulenta de la locura, esa que los Seres de Leng siembran con cada encuentro. Siento aún, en las neuronas quemadas de mi cerebro, los ecos digitales de una biblioteca que no puede ser destruida, porque reside ahora en el idioma viviente de las cosas vivas.
Si alguna vez llegas a Leng, recuerda no leer, no escuchar y, sobre todo, no pensar demasiado. La mente es tierra fértil para los exploradores de la penumbra, y los Seres de Leng sólo esperan al siguiente lector para escribir, con sangre y sueños, otra página advertida demasiado tarde.
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