Portada del relato La última canción del Víbora
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Fragmento:


En la estación, todo era demasiado quieto. Los laboratorios tenían peceras con serpientes y lagartos autóctonos; en una sala especial, un terrario albergaba a un enorme ejemplar de colúbrido de color verde negruzco, identificado como Bothrops anthracina. De vez en cuando, Rubén lo miraba fijamente, y el animal, en aparente reciprocidad, lo observaba también, inmóvil salvo por el parpadeo de su lengua bífida. Lucas sentía que esas dos criaturas, el hombre y el reptil, compartían una conversación muda.

Duración: 09:49

La última canción del Víbora
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Texto de ajuste de pausa.

El camión de mudanzas avanzaba lento mientras afuera el sol se desleía sobre el asfalto. La familia Manzano miraba el paisaje pesaroso, casi letárgico, mientras se alejaban de la ciudad. Julia, la madre, era tan delgada que el cinturón de su blusa bailaba en su cintura con cada bache del camino; el padre, Rubén, apenas manejaba, murmurando insultos a los autos que pasaban demasiado cerca. Sin embargo, era el pequeño Lucas quien, pegado a la ventanilla posterior, no podía dejar de mirar el horizonte, donde las montañas recortaban el cielo con la precisión de un bisturí. No sabía decir por qué le provocaban escalofríos, algo seco y profundo que sentía en la base de la nuca, como una picadura.

La mudanza era fuga y comienzo. Hacía dos semanas, Rubén había llamado desde el nuevo trabajo en la estación biológica de Calihualpa, avisando que la casita en el monte estaba lista. Un destino extraño, pero aceptable, decían los dos adultos, para huir del fracaso y del peligro de la ciudad. Lucas, en cambio, temía que no era huida, sino sumisión, inclinación del cuello ante una voluntad todavía más oscura y antigua.

Durmieron la primera noche entre cajas y muebles, en una soledad extraña y blanda. El silencio era grumoso, mordía los oídos. Dormían con las ventanas abiertas porque el calor apretaba como las fauces de un monstruo y, en la madrugada, Lucas creyó oír un arrastre, un deslizarse tenaz en la gravilla junto a la casa.

En el pueblo, los habitantes eran reticentes. Hablaban entre sí en un dialecto cerrado, con palabras que Lucas no podía descifrar; pero, sobre todo, con miradas que no reparaban en ellos, los Manzano, como si no existieran o importaran. La excepción era un viejo, el jardinero del centro zoológico, que una tarde se le acercó al niño mientras Julia hacía compras en la plaza.

—No salgas bajo la luna llena, —le susurró el hombre, su piel igual que cuero viejo—. Hay cosas en estos cerros que se arrastran donde no llega la luz de la fe… Ni de la ciencia.

Lucas parpadeó. El aliento del anciano olía a aguardiente y a hierbas machacadas, y tenía una forma de mascullar que hacía que cada palabra rascara como grava. Quiso preguntarle algo, pero el hombre ya se iba, tocando su pecho con dedos delgadísimos como sarmientos.

La estación biológica quedaba a una hora de camino, ya en el monte. Rubén descubría las maravillas de aquel ecosistema frágil y aún enigmático, y por semanas insistió en llevar consigo a Lucas para conocer el trabajo. La primera vez, el niño notó el olor denso, casi dulce de la vegetación. En las zonas más profundas del bosque, el calor y la humedad eran tan espesos que costaba caminar. Las lagartijas reptaban en los árboles como vigilantes y los sapos parecían burlarse en cada recodo del sendero.

En la estación, todo era demasiado quieto. Los laboratorios tenían peceras con serpientes y lagartos autóctonos; en una sala especial, un terrario albergaba a un enorme ejemplar de colúbrido de color verde negruzco, identificado como Bothrops anthracina. De vez en cuando, Rubén lo miraba fijamente, y el animal, en aparente reciprocidad, lo observaba también, inmóvil salvo por el parpadeo de su lengua bífida. Lucas sentía que esas dos criaturas, el hombre y el reptil, compartían una conversación muda.

Al caer la tarde, emprendieron el regreso. Pasaron junto a una grieta en la roca y Rubén se detuvo; el niño lo vio agacharse y susurrar. Silabeaba palabras que Lucas no comprendía, algo sibilante, repetitivo, como una letanía que lo incomodó. Cuando el padre se volvió, tenía polvo en las mejillas y una mirada fría, como la de las serpientes.

Esa noche, Lucas volvió a oír el mismo arrastre por el jardín, pero lo atribuyó al insomnio. Sin embargo, tres días después, Julia encontró un reguero de escamas brillantes en la puerta trasera —demasiado grandes para lagartijas, demasiado gruesas para cualquier sierpe común—. Lucas la vio temblar y fregar con sal la baldosa, como exorcizando una presencia.

A la semana, Rubén cambió. Dormía poco y, a veces, cuando creía que nadie lo veía, se detenía en mitad del pasillo y estiraba el cuello hacia la ventana, olisqueando el aire. El niño lo observó una noche de tormenta: Rubén se arrastraba por el jardín, semidesnudo, contra el barro, mordiendo la lengua, mientras murmuraba en ese idioma desconocido. Por la mañana, el padre tenía marcas rojas por todo el cuerpo, como mordeduras o escoriaciones.

Julia se sumió en una ansiedad cada vez más febril. Apenas comía y fregaba compulsivamente la casa. Una noche, le susurró a Lucas, temblando:

—Tu padre... algo le pasa. Es como si escuchara voces. Dice que hay maestros en la tierra. Ayer me habló de una Hermandad Antediluviana. ¿A ti te ha dicho algo?

Lucas negó con la cabeza. No se atrevía a contarle sobre lo que había presenciado, ni tampoco sobre los sueños. Cada vez más recurrentes, soñaba con túneles húmedos, de paredes onduladas, por donde avanzaban siluetas alargadas, entre oraciones y cánticos secos. Despertaba siempre jadeando, la garganta reseca, el corazón a punto de estallar.

Una noche sin luna, Rubén desapareció. Julia lo buscó por la casa, gritando; Lucas se asomó al jardín y vio una sombra deslizándose por la colina, moviéndose con una gracilidad monstruosa, imposible para una figura humana. Julia levantó al niño en brazos y se atrincheró en el cuarto, rezando en voz baja.

Al día siguiente, la policía local inició la búsqueda, pero el pueblo parecía enredado en su propio mutismo. Nadie quiso ayudar; los ojos de todos, incluso de los niños, eran opacos y escurridizos, como si temieran nombrar aquello que quizá sabían. Los pocos voluntarios volvieron al anochecer, sudando y lívidos.

Julia, convertida en un espectro, empeoró. Llamó a familiares en la ciudad, pero nadie respondió. Debía salir de ahí, pensó Lucas, pero una fuerza extraña lo mantenía, algo húmedo y pegajoso en la columna, como si ya las raíces del monte lo estuvieran reclamando.

Esa noche ocurrió lo peor. El niño fue despertado por un canto grave, subterráneo, un murmullo que calaba los huesos y parecía brotar desde una grieta abierta en el suelo. Sabía —sin saberlo del todo— que afuera se congregaban los otros, figuras altos y retorcidas, cubiertas con capas verdosas que arrastraban sobre el pasto, y que en sus rostros brillaban ojos opalescentes, de pupilas verticales.

Se asomó a la ventana. En el claro junto al arroyo, la figura de su padre encabezaba el círculo; desnudo, cubierto de sangre, con la piel resquebrajada y levantada en franjas. Los hombres-serpiente se arrodillaron a su alrededor, abriendo la boca en un gesto ritual, y de sus lenguas hendidas brotaba un silbido musical.

Lucas sintió que su voluntad flaqueaba. Del monte, y de los viejos túneles, remontaba un olor sutil, metálico, fresco y podrido, que le despertó memorias antiguas, como si siempre hubiera estado allí, antes que la casa y el pueblo y la propia humanidad. Una voz interior le ordenó bajar, unirse a ellos, cantar. Resistió apenas, llorando bajito.

Por la mañana, el claro estaba vacío y ningún rastro quedaba salvo una fosa húmeda —y el mismo reguero de escamas de la primera noche. Julia, demente, intentó huir con él esa tarde, pero la ruta al primer pueblo estaba cortada; los árboles se apretaban cerrándole el paso, los caminos parecían moverse con vida propia.

Esa noche, Julia desapareció. Lucas la buscó por la casa y sólo halló sus zapatillas junto a la puerta principal, y en la tierra, profundas marcas de arrastre. Gritó hasta quedar sin voz. No había nadie que pudiera escuchar. Nadie que quisiera hacerlo.

Dos días pasó el niño solo. Afuera, cada tanto, veía aproximarse figuras, algunas humanas y otras de una talla y deformidad imposible: caras angulosas, mandíbulas desproporcionadas, y lenguas que silbaban enternecedoras melodías. Lucas sentía ahora el hambre y la sed, su mente resbalando ya del miedo a una pasividad blanda, inhumana.

La última noche, abrió los ojos a medianoche y vio, sentada al lado de su cama, la figura de Rubén. La piel de su padre era ahora una cáscara, curtida y en proceso de despellejarse; bajo ella asomaba otra, reluciente, escamada, que rebrillaba impúdica a la luz lunar. Los ojos no eran ya de hombre: tenían la mirada fascinante y vacía de las boas.

—Es nuestro legado, hijo —dijo Rubén, mientras una lengua bífida se asomaba entre sus labios partidos—. Ya somos linaje antiguo. Hay que recordar la sangre fría y la ley de la tierra. Ven. Ven a la caverna. Ellos te esperan.

Lucas quiso gritar, pero la boca sólo le permitió silbar, y entonces comprendió que dentro de sí el cambio ya estaba en marcha. Desde los cimientos de la casa, surgía una melodía densa, viscosa, imposible de ignorar. Bajó las escaleras, Rubén detrás de él, y se internó en la noche, donde la Hermandad Antediluviana le dio la bienvenida. Ya era uno de ellos; en la garganta, le crecía un coral serpentino de fría felicidad.

A la mañana siguiente, por los senderos de Calihualpa, patrullaron voluntarios, buscando a la familia Manzano. Sólo hallaron, cerca del arroyo, un rastro de escamas brillando como espejos rotos en la luz del sol. De la casa abandonada, a veces, en la medianoche, surge aún un débil canto que ningún ser humano puede comprender. Y el monte, cada vez más verde, florece con un hambre ancestral.

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