Fragmento:
El hotel era una cabaña de madera en permanente decadencia; se levantaba al borde de un bosque de abedules tan cerrados que la noche parecía arrimarse mucho antes de la verdadera caída del sol. Anna pidió whisky doble y habló del doctor Blackmore: su mentor, mi colega, ahora desaparecido. Había participado en excavaciones cerca del viejo molino, siguendo leyendas de cavernas selladas bajo el arroyo.
Duración: 08:10
El susurro de los álamos en la colina Glen Boreas había enloquecido a más de un hombre –el viento venía de las escarpaduras con una voz que nadie deseaba interpretar. Cuando arribé, lo hice con la ligereza de un profesor invitado, cargando la ingenuidad y la ilusión de quien estudia una rareza biológica en vez de una maldición. Atardecía y el pueblo olía a leña vieja. Anna, mi guía y exalumna, esperaba bajo el único farol del pueblo con ese gesto ambiguo que mezcla afecto y reserva, como si supiera perfectamente a dónde íbamos pero prefería no ponerlo en palabras.
—Creí que no vendrías —dijo, bajando la voz al notar una sombra tras la ventana de la tienda.
—La carta era… difícil de ignorar —admití. No añadí que la carta había venido acompañada por una bandera de musgo, húmedo y negro, con hilos diminutos y amarillos, claramente de otras latitudes, que formaban una inscripción casi ilegible. Mi manía por los alfabetos perdidos fue la trampa involuntaria.
El hotel era una cabaña de madera en permanente decadencia; se levantaba al borde de un bosque de abedules tan cerrados que la noche parecía arrimarse mucho antes de la verdadera caída del sol. Anna pidió whisky doble y habló del doctor Blackmore: su mentor, mi colega, ahora desaparecido. Había participado en excavaciones cerca del viejo molino, siguendo leyendas de cavernas selladas bajo el arroyo.
Pasé la noche con la carta sobre la mesa, los ojos fijos en el extraño ideograma de ganchos y curvas, escuchando los crujidos del bosque y un rumor lejano, como alas gruesas agitándose bajo tierra. Afuera, un perro empezó a aullar en algún punto inconsulto, y yo no dormí.
A la mañana siguiente, Anna me condujo fuera del pueblo, cruzando pastizales ambarinos bajo cielos de un gris cocido. Había niebla y la humedad parecía colarse a través de la piel. Nos apartamos de la senda rumbo a una loma donde el pasto se enredaba en formaciones de limo y roca, y el vaho parecía hediondo incluso al aire libre. Anna no hablaba y yo tampoco, pero supe que algo en este lugar era más viejo que las propias colinas, y que la propia tierra no era confiable.
Llegamos a la boca de una grieta. El arroyo nacía allí, pero no era un manantial; brotaba de entre piedras manchadas de lodo, y el agua salía con pequeños jirones de hilos negros, blandos y gelatinosos. Anna mostró la inscripción en una losa caída, idéntica a la de la carta.
—Blackmore bajó aquí, siguiendo retazos de relatos... —susurró—. La gente solo recuerda la “marcha de los que llevan cestas”, y los “viajes a la luz profunda”.
Yo iba armado de grabadora y linterna, pero nada de eso parecía apropiado al ambiente. El radar de mis investigaciones, tan confiable en laboratorios llenos de polvo académico, vibraba con una alarma sin nombre. Bajamos.
La gruta se retorcía en diez direcciones; la linterna levantaba relieves viscosos donde el carbonato cubría nervaduras vegetales. Escuchábamos nuestra respiración y una gota lejana, más acompasada que natural. El estrechamiento del túnel obligaba a avanzar en cuclillas antes de emerger en una sima vasta; las paredes mostraban pulidas zonas iridiscentes. Allí el hedor era asfixiante y el aire repleto de una especie de polen espeso.
—Allí —Anna apuntó a un rincón—. Encontraron esto.
Se inclinó y alzó un objeto: un caparazón segmentado, como de un insecto marino, pero de color azul oscuro, casi metálico, con estrías que brillaban a la luz como circuitos alienígenas. Olía a óxido viejo y especias podridas. Lo examiné, y el asco cedió a la fascinación: estaba troquelado con los ideogramas de la carta.
Sentí un temblor a la izquierda. Un lento arrastrar. Anna me miró: sus ojos eran de repente superficie reflectante. De pronto, hubo un crujido y unas figuras —vagas, ambiguas, no del todo sólidas— emergieron de una grieta vertical: sus cuerpos eran sutilmente translúcidos, a medio camino entre crustáceo, hongo y algo de peor naturaleza. Las visiones se balanceaban con precisión inhumana, sus patas traseras intervenidas con prótesis brillantes, y la luz de la linterna se quebraba en su coraza, revelando matices incómodos de fucsia y azul noche.
Sostenían cestas. Cestas tejidas con los mismos hilos musgosos que la bandera y forradas por dentro con una sustancia palpitante, como placenta seca o seda de otro mundo. Anna cayó de rodillas, y escuché —sentí— un eco dentro de mi cráneo: una letanía en un idioma que ninguna garganta debería pronunciar.
Intenté arrastrarla de vuelta. Los seres detuvieron todo movimiento, y sus antenas vibraron en una coreografía que no era hostil, sino desligada de cualquier deseo humano. Uno de ellos se inclinó, sacó de la cesta una esfera de hueso negrísimo, pulida, translúcida apenas. Cuando la colocó ante Anna, la letanía se intensificó.
La esfera tembló, expandiéndose y contrayéndose, y algo —una larva, una sombra líquida— surgió de su interior, enroscándose alrededor de la muñeca de Anna, que gritó y gritó mientras su carne se transmutaba en raíces, y los capilares bajo su piel se marcaban como dibujos de tela de araña. El olor cambió a pan rancio, a aguardiente derramado sobre tierra mojada. Los seres hicieron sonar sus pinzas: la música de huesos rompió el aire y la caverna entera pareció doblarse.
Se me escapó el sentido del tiempo. Anna ya no era Anna y la cueva no tenía salida. Caminé durante lo que podrían ser horas o segundos, siguiendo el rastro de un resplandor enfermizo. Atravesé túneles plagados de restos imposibles: cráneos roídos, extremidades retorcidas, huevos translúcidos de los que salían filamentos, y sombras al acecho en paredes cubiertas del ideograma, cada vez más deformado.
Vi en un recodo un altar de piedra. Algo estaba atado allí: el doctor Blackmore, lo supe a pesar de que su carne era ya un tapiz de venas moviéndose con vida propia, y de que algo enorme latía bajo su piel como si toda su sangre quisiera escapar. Su boca se abrió y habló en lenguaje natural: la voz era la suya, sí, sólo quebrada, renqueante.
—Hay una promesa, Harold… una promesa antigua. Nos llevan a la luz profunda…
Intenté acercarme, pero una silueta se abalanzó a mi lado, demasiado borrosa para mirarla con atención, y comprendí—con ese horror cristalino que sólo se revela al borde del desmayo—que Blackmore era ya parte de algo mayor. De su vientre asomaban larvas-patas; de sus ojos brotaba una niebla luminosa. Lo que quiera que era, no parecía factible que muriera jamás.
“Te veo”, musitó. “Sépera…”
Las paredes comenzaron a vibrar y vi las cestas: cientos, miles de cestas incubando esferas de hueso y larvas de negrura sucia. Los seres Mi-Go se balanceaban, indiferentes al dolor humano, y sólo en ese instante noté, en la vastedad de la sima, puertas de piedra que no podían haber sido hechas por silurianos ni por ninguna inteligencia del Carbonífero. Recorrí esos umbrales invadido por la idea de que aquí no había tiempo ni lógica ni destino. Sólo la promesa: si aceptabas la promesa, te llevaban lejos, a otra luz. Si la rechazabas, incubabas los secretos de Eihort, y tus vástagos arrastraban la condena por generaciones.
No sé cómo escapé. Tal vez no lo hice realmente. Salí a rastras, sangrando de la nariz, con aquella letanía quemando mi memoria. Anna desapareció, Blackmore también. Pero desde entonces, cada vez que la noche roza mi ventana, veo las vetas musgosas y oigo el tambor de las alas transparentes. Afuera, siempre, los abedules retumban, y en mi piel siento un zumbido: la promesa nunca me abandonó.
No puedo dormir. No me atrevo a dormir. Anna, si aún andas bajo la tierra, que la promesa sea leve contigo. Yo seguiré aquí, escuchando el arrullo de la carne bajo el hielo, porque el horror del Mi-Go no es sólo devorar el cuerpo: es incubar en la mente, y anidar promesas que nunca mueren.
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