Fragmento:
No menos extraña fue la bienvenida de Cadwallader. Alto, enjuto, una barba cenicienta y una mirada fosilizada por noches en vela. Su estudio, atestado de libros ajenos al polvo y a la lógica del orden bibliotecario, no era sino el núcleo de una vasta colección de rarezas minerales y pergaminos encuadernados en piel de algún animal irreconocible. Allí, entre mapas manchados de aguardiente y el zumbido de polillas, escuché por primera vez la palabra Yuggoth.
Duración: 08:47
Había cierto silencio mineral aquella noche en Dinas Maud, un antiguo pueblo perdido en las llanuras galesas. Era el silencio de la piedra, el eco de eras tan viejas que el recuerdo no alcanzaba, salvo quizás, por un parpadeo atávico en la mente de los hombres más viejos. Para mí, que llegaba de Londres huyendo del bullicio y del mero esfuerzo de ser moderno, la aldea parecía un erial petrificado, protegido más por el oprobio del tiempo que por cualquier muralla física.
Mi arribo fue ignorado por los aldeanos, hombres de manos callosas y ojos como brechas; ni una sola mirada amistosa me fue lanzada cuando crucé la taberna envuelta en olor a turba húmeda y menta salvaje. En cambio, cuando pronuncié ante el posadero el nombre de mi anfitrión, el Sr. Cadwallader, una rigidez reverencial envolvió las caras arrugadas. Uno de ellos masculló algo entre dientes, sin embargo, el posadero me condujo hacia una esquina, me sirvió una copa de ginebra negra y, en voz baja, apenas audible, me deslizó una advertencia sobre los llamados nocturnos.
Las palabras se disolvieron en mi mente mientras observaba la campiña, la cual comenzaba a sumirse en una penumbra antinatural, como si la propia noche temiera descender. A lo lejos, la casa del Sr. Cadwallader, un malgrimorio de tejas verdes y muros de pizarra, titilaba con la fosforescencia de las luciérnagas. Quizás fue mi imaginación, o tal vez ya se insinuaban presagios, pero juraría haber visto formas inhumanas alejándose del cobertizo contiguo, tan colosales que parecían arrastrar sobre sus espaldas el peso de una luna deshecha.
No menos extraña fue la bienvenida de Cadwallader. Alto, enjuto, una barba cenicienta y una mirada fosilizada por noches en vela. Su estudio, atestado de libros ajenos al polvo y a la lógica del orden bibliotecario, no era sino el núcleo de una vasta colección de rarezas minerales y pergaminos encuadernados en piel de algún animal irreconocible. Allí, entre mapas manchados de aguardiente y el zumbido de polillas, escuché por primera vez la palabra Yuggoth.
“La tierra del terciopelo negro, de los fosfenos congelados bajo capas de silencio. ¿Sabes de qué hablo?”, inquirió con voz apagada.
Titubeé. No buscaba un asilo entre espiritistas ni dotados de visiones, pero algo en su tono, en la solemnidad de su mirada, me forzó a asentir. “He leído las alusiones de cierto loco de Providence, pero jamás me las tomé… en serio.”
Sonrió, un esbozo torcido en la comisura de los labios. “No son locuras. Lo que llegó de Yuggoth antes de las eras del hombre... aún camina entre nosotros.”
En ese instante, escuché el primer canto, una melodía que no era humana ni nacía de garganta mortal. Era un bordón grave, una vibración tan densa como la piedra, que hendía el aire. Cadwallader se irguió, tomó una cajetilla de hueso y sacó un silbato. Era diminuto, quizás hecho del mismo material de los extraños obeliscos que puntean las inmediaciones de la aldea.
“No mires atrás cuando canten. Levanta los postigos y no los bajes hasta el alba. Pase lo que pase, no respondas a las plegarias que escucharás. Los céfiros de Yig traen compañía, y los Byakhees salen al encuentro de sus coros... No juegues con los Cánticos.”
Acepté el silbato por pura cortesía, creyendo en supersticiones rurales. Pero cuando la noche cerró sus fauces y el viento arreció en la pradera, descubrí el verdadero significado del miedo. El cielo era una herida negra, y ni una estrella brillaba sobre Dinas Maud.
La primera presencia se sintió en el aire húmedo, como si la presión barométrica aumentara sobre mi pecho; luego vinieron los sonidos: chirridos en una frecuencia demasiado baja para pertenecer a ave o animal, y sílaba tras sílaba de un idioma imposible que ascendía desde los campos. El silencio ya no era mineral: era carnoso, sensual y ominoso.
No pude resistirlo. Abrí apenas un resquicio de la ventana del desván y miré.
Allí estaban: las criaturas no tenían forma definida, sino que cristalizaban y desdibujaban sus contornos a voluntad. Alas membranosas y cuerpos que se retorcían en contra del sentido de la visión, como si vieran el mundo desde una geometría diferente. Trenzaban danzas alrededor de los menhires —esas mismas piedras rúnicas que los niños evitaban al caer la tarde— y recitaban, en coros cada vez más audibles, palabras arrancadas a la liturgia ciega de Yig, el Viejo del Desierto, el que era serpiente y dios.
Por momentos creí ser observado, mis propias pupilas reflejadas en el orbe lívido de sus ojos. Uno de ellos, más grande que los anteriores, se elevó del suelo y, en un despliegue de rugidos y aleteos, se disolvió en una aurora violácea que partía del horizonte, como si hubiese un sol nocturno del otro lado del mundo conocido.
Fue entonces cuando los cánticos se volvieron personales, murmurando mi nombre, hendiéndome la conciencia con ecos de ancestrales sumisiones. Los aldeanos también los escuchaban —lo intuí por las sombras huidizas tras las ventanas tapiadas. De vez en cuando escapaba un destello de luz y un grito truncado, pero la mayoría se acurrucaba junto al fuego, tapándose los oídos, recitando letanías que seguro precedieron a Roma, a Stonehenge, a todo registro humano.
Padecí una noche sin sueño, hilando el terror como se hila el insomnio en un manicomio. El alba llegó pálida, pero el horror persistía en mi garganta, espeso como la bilis de los sueños rotos. Cadwallader me encontró en el vestíbulo, el rostro desencajado.
“¿Escuchaste los cantos? ¿Viste a los portadores?”, preguntó él, con el tono de quien lleva mucho murió por dentro.
No respondí. Tomé mi abrigo y caminé hacia las piedras, guiado por una fuerza centrípeta; como el hierro que obedece a la ley de un imán.
Allí, en el círculo de menhires, encontré al anciano Morgan, quien durante la noche había desaparecido de la taberna. El cuerpo yacía enrollado en posición fetal, los ojos vacíos, una mueca de horror anclada en la mandíbula. En torno suyo, la hierba había crecido en espirales, retorcida hacia abajo en una suerte de embudo que no podía ser sino causado por la presión de una garra titánica. Las piedras, mientras tanto, exudaban una baba cremosa que chisporroteaba en contacto con la niebla matutina.
No llevaron el cadáver a la iglesia. Ni siquiera se ofició un rezo. Tras susurros y miradas huidizas, cubrieron el cuerpo con piedras y musgo, y cerraron el círculo esa misma tarde, mientras yo temblaba de frío y de espanto. Nadie se atrevió a comentar el asunto después, pero cada noche, cuando el viento traía ecos del desierto más allá del tiempo, los ojos de los aldeanos relucían como carbones.
La noche siguiente, empecé a escribir este relato, temblando. En mi habitación, el silbato de Cadwallader giraba entre mis dedos. Supe, con una lucidez febril, que la melodía que había comenzado la víspera no era sino un preludio a algo mayor. Los cánticos de Yig resurgían cuando la luna menguante arrancaba el velo de las dimensiones, y Dinas Maud era apenas una grieta en la corteza de todo lo que nuestra mente podía soportar.
Sé ahora, como nunca antes, que ciertas melodías son puertas, y los Byakhees no vuelan sólo bajo órdenes, sino bajo la sed de sangre y de mente. Su hambre no distingue entre cuerpos y almas. No volveré a mirar por la ventana; sólo cerraré los postigos y esperaré, noche tras noche, que la locura no me corroa antes de que los resplandores violetas desciendan y los trinos de Yuggoth anuncien la última danza en la tierra de los vivos.
El silbato canta en sueños por mí. Lo siento rozando mi alma, invocando nombres que no deseo conocer. Porque detrás del sonido no hay música, sino la voz de la PIEDRA, de la NOCHE, del OLVIDO. Y ahora sé que Dinas Maud es sólo una de muchas grietas, y que, aun cuando huya o calle, dentro de mí ya resuenan los cánticos y los pasos invisibles de los Portadores que vendrán cuando los hombres se agoten en la orfandad de su propia luz.
A ninguno le deseo este conocimiento, pero si lees esto, y la noche en tu estancia se hace viscosa, no cedas al llamado. No respondas nunca a los cánticos del desierto, porque donde el espacio se pliega y la música se arrastra, los emisarios de Yuggoth y los heraldos de Yig aguardan su próxima cosecha, empapando de noche y vacío los surcos de la tierra y de la mente. El horror es real —y trae alas, fauces, y un hogar mineral en las sombras.
Con cada pulsación —con cada nota— sé que me buscarán, y en el último eco, cuando todo se haya apagado, sólo la piedra temblará, aún sabiendo que lo inhumano nunca se marcha, sólo espera. Y entonces, de la penumbra, comenzarán de nuevo los cánticos, y todo lo humano será silenciado.
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