Fragmento:
El hedor emergió poco después; era el de un pantano hecho sombra. El fondo de la cámara parecía extender raíces hacia el suelo. Marianne, con mano temblorosa, apartó parte de la costra y dejó al descubierto algo espeluznante: líneas sinuosas, compuestas de anillos de un blanco perlado y viscosa superficie, serpenteaban en el interior del barro endurecido. “Esto no puede ser natural”, balbuceó Eugene, ya pálido, antes de que el chillido irrumpiera desde la galería contigua.
Duración: 10:41
No sé cómo describir la sensación cuando uno sabe con certeza que nada de cuanto creía seguro se sostiene ya, ni aun por la fuerza de la costumbre. Algo de mi razonamiento permanecía intacto, como el esqueleto bajo la carne moribunda, durante las primeras horas después del hallazgo. Pero pronto las estremecedoras piezas encajaron por sí solas, como presas de una inteligencia olvidada. No quiero que nadie que lea esto crea que se trata de una fantasía salida de la excitación o el deseo de sobresalto, sino que, al contrario, ahora sólo me guía la antigua decencia de advertir, de impedir que otros lleguen a ser arrastrados por esa extraña vorágine de lo viscoso y lo ancestral.
Mi nombre es Gregory Hallford. Mis estudios sobre las culturas precolombinas no tenían nada que ver con la ramificación de escabrosidades en que terminó mi vida. Pero fue esa misma pasión la que, por cruel ironía, me llevó hasta las cuevas de Red Lake, en el norte de Ontario, aquel agosto funesto. Muchos han oído hablar de esas galerías profundas y aún inexploradas, habituales escenario de historias de mineros ahogados y niños extraviados. Mi contacto era Eugene Tremblay, un geólogo franco-canadiense cuyo entusiasmo rayaba la temeridad. Buscábamos petroglifos, símbolos, restos de una presencia humana en tiempos donde el hielo aún retumbaba desde el norte. No sabíamos… por la vida de mi madre, no sospechábamos nada.
Eran tres con nosotros: Eugene, la dura y tranquila Marianne Plourde, y el joven Ben Gordon, cuya afición a la fotografía rozaba lo obsesivo. Armados con linternas de cabeza y equipos de cuerdas, descendimos por la boca irregular de la caverna entre raíces petrificadas. La noche caía temprano sobre el bosque, tornándolo todo gris violáceo. Lo que encontramos en la segunda cámara nos erizó el alma. Porque allí, en tensión sobre la piedra, ocupando el centro de la estancia como una ofrenda demasiado antigua para ser recordada, yacía una masa de arcilla negra, coagulada, que no podía identificar ni Marianne. Nadie había visto un depósito semejante. “Es como si el barro mismo hubiera respirado”, musitó Eugene.
La masa tenía una forma engañosamente simple, como un montón de lodo reseco, aunque algo en sus líneas irregulares sugería que no era obra del agua o el viento. Algún impulso nos llevó a intentar moverla. Cuando toqué la superficie, flexiblemente gelatinosa bajo una costra dura, creí notar algo bajo mis dedos, como el estruendo de un músculo nervioso; una contracción apenas perceptible. “Ha absorbido humedad aún”, razonó Ben, aunque la frase sonó cavernosa en el aire, casi como una excusa.
El hedor emergió poco después; era el de un pantano hecho sombra. El fondo de la cámara parecía extender raíces hacia el suelo. Marianne, con mano temblorosa, apartó parte de la costra y dejó al descubierto algo espeluznante: líneas sinuosas, compuestas de anillos de un blanco perlado y viscosa superficie, serpenteaban en el interior del barro endurecido. “Esto no puede ser natural”, balbuceó Eugene, ya pálido, antes de que el chillido irrumpiera desde la galería contigua.
Nos precipitamos con las linternas, haciendo rebotar haces plateados sobre el suelo húmedo y esporas colgantes. Allí, sobre un saliente bajo, descubrimos un altar tallado, cuyas líneas no correspondían a nada que yo hubiera visto en la iconografía amerindia. Las figuras eran redondeadas, toscamente antropomorfas, pero proliferaban en bultos y apéndices, como una burla a la forma humana. Peor aún fue lo que Ben señaló con dedos crispados: el altar exudaba, de sus ranuras, el mismo barro oscuro y maloliente que la masa anterior, desprendiendo un rumor líquido, como si respirara muy despacio.
Eugene intentó argumentar que se trataba de una acumulación mineral rara, pero nadie escuchaba. En la penumbra, los petroglifos, sílabas grotescas labradas en la piedra, parecían relucir bajo nuestra luz. “Esto es más antiguo que todo lo que hemos visto”, murmuró Marianne, con una voz que yo apenas reconocí.
Sentí erizarse la piel de la nuca. Porque en un recoveco del altar, dejada a modo de ofrenda, hallé la escultura que selló mi cordura. Era una figura rechoncha, casi cómica en su fealdad, grande como medio brazo, con ojos cerrados y boca de labios gruesos y oscuros. Un sapo de pesadilla, recostado en una postura dormida, recubierto de polvo y arcilla negra. La figura irradiaba una suerte de pereza cósmica, una abulia colosal que paralizaba los músculos con sólo contemplarla.
“Aquí hay algo… algo dejado atrás”, dijo Ben en voz baja. “La antigua gente lo adoraba, o lo temía.” Pronunció palabras que no debió haber dicho, ecos de leyendas tartamudeadas por chamanes moribundos. “Tsathoggua”, musitó, y la propia pronunciación hizo que la figura pareciera vibrar levemente bajo mis dedos.
Nadie quiso quedarse más tiempo. Volvimos a la entrada, perseguidos por un aire más denso y la creciente impresión de que no estábamos solos. Antes de salir, hubo un temblor. Nada descomunal, sólo un breve estremecimiento del suelo, suficiente para descolgar piedras y llenar el aire de polvo. Corrimos a campo abierto, jadeando, con las linternas apagadas en el crepúsculo.
Creímos acabar allí, transidos de miedo y compostura deteriorada. Pero no fue sino el comienzo. Las noches siguientes, comenzaron los sueños.
Al principio sólo eran fragmentos: largas galerías de barro viviente, pasos sin dueño. Pero pronto las imágenes se volvieron nítidas. El altar, la masa oscilando lentamente, los ojos entornados y profanos del dios-sapo acechando. Veía su boca abrirse, soltando un manar de limo oscuro y repulsivas perlas blancas. Había, junto al altar, figuras borrosas, cuerpos exánimes arrastrados hacia la boca de la cueva por tentáculos invisibles. ¡Y todo recorría la misma letanía, un zumbido viscoso que me susurraba cosas imposibles! Palabras que nunca debí comprender y sin embargo estaban dentro de mí, arrastrando mi memoria a regiones de arcilla y olvido.
Nadie en el grupo permaneció indemne. Eugene comenzó a sentir náuseas, infecciones cutáneas sin motivo, y alarmantes fiebres. Marianne evitaba dormir, mientras que Ben desapareció la tercera noche tras la excursión. No contestó llamadas ni mensajes. Cuando la policía registró su cabaña, hallaron su cámara… y dentro, fotografías grotescas en que la masa de arcilla parecía moverse de una instantánea a otra, con apéndices borrosos ondeando en la negrura como un pulpo en el fondo del océano.
Yo, hundido en mis pesadillas, logré entrevistar a un anciano anishinaabe llamado Wawatay, quien me advirtió sin rodeos: “Ese lugar nunca fue nuestro. Ya estaba ahí cuando llegamos, y nadie debió regresar.”
Me confesó, entre dientes y bajo la protección de amuletos de cedro, que de niño vio a los shaggwá, criaturas que se arrastraban desde el lago en noches sin luna, buscando “sangre dormida y carne nueva para la Vieja Pereza”. Le escuché temblando. “Son aquellos que descienden de la arcilla húmeda —dijo— y guardan el sueño del dios-gordo, su lengua negra bajo la tierra.”
Días después, Eugene deliraba y hablaba de “sobras que huelen a miedos viejos”, hasta que le internaron tras intentar desollarse los brazos con un cuchillo sin filo. Marianne partió rumbo sur. De mí sólo puedo decir que sentí la necesidad ineludible de volver a la caverna, de comprender el enigma aunque la razón naufragara.
Elegí la noche más oscura, siguiendo el zumbido de esa lengua inaudita. Descendí solo, guiado por el pulso acelerado y la asfixiante opresión de una humedad agobiante. Al llegar a la galería principal, comprendí que ya no estaba solo. Algo acechaba entre los resquicios, una masa palpitante, arrastrándose con deliberada lentitud, expandiéndose por todo el suelo de la cueva. Era el mismo lodo de antes, pero ya no dormía. Ya no era torpe e inerte, sino que ascendía entre las piedras, formando pseudópodos y bultos, estructurándose en figuras informes y efímeras que simulaban miembros, ojos e incluso bocas.
Con horror comprendí que la escultura de Tsathoggua ya no yacía sobre el altar. El sapo grotesco había desaparecido, y en su lugar, un hueco rezumante de limo exudaba ese musgo viscoso. Desprendía una negrura tangible, un vapor que entumecía los nervios. El suelo temblaba bajo mis botas. Intenté huir, pero la masa se levantó ante mí como una ola de barro cuerpudo. El hedor a charco, a viejo sudor mineral y carne olvidada resultaba insoportable.
Entonces oí la lengua. ¡No era sonido humano! Era un rumor grave, una concatenación de chasquidos, burbujeos y... sílabas familiares, las que Ben había dicho frente al altar. Mis piernas se plegaron. Vi rostros humanos transfigurados en la arcilla, ojos suplicantes que desaparecían cuando el limo se encogía para extender extremidades como látigos. Comprendí, aterrorizado, que los shaggwá, los shoggoths, no eran bestias ciegas e informes: eran los portadores de la lengua del dios dormido, la matriz de la que se escurrían sueños y terrores. Eran los guardianes de la fatiga de Tsathoggua.
No sé cuánto tiempo estuve allí. Voces transcurrieron dentro de mi mente, palabras del zumbido que me urgían a descansar, a dejarme arrastrar. Algo rozó mi pierna, frío y supurante, y sentí que mi piel ardía y se entumecía de inmediato. Grité. Escapé tambaleando, impulsado sólo por un miedo ancestral, por un pavor que ningún saber organizado puede exorcizar.
No recuerdo cómo llegué al hospital. Me dijeron que mis heridas eran profundas y que había señales de infección de origen inexplicable. Nadie creyó mis palabras; sólo Wawatay me envió una ramita de enebro quemado.
Desde entonces, nada soy salvo un cuerpo exhausto que no puede dormir. Porque cada vez que cierro los ojos, la arcilla negra se agita en mi memoria, y oigo el llamado de la lengua viscosa y el susurro ronco del dios dormido. Sé que las cuevas siguen ahí, bajo el peso del bosque, aguardando. Sé que, si alguien regresa, la pereza colosal despertará y la arcilla andará otra vez, moldeando nuevas bocas, nuevos cuerpos, nuevas súplicas.
Si alguna vez siente usted un temblor inexplicable, un rumor bajo la tierra y el aire impregnado de mezquindad húmeda, huya, apártese, no indague. Porque lo que allí duerme, aguarda. Y la arcilla tiene hambre.
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