Fragmento:
Hay algo en las profundidades, un pulso que no debería haberse sentido más allá del alba primordial, una reverberación antigua que tiembla entre los pliegues de nuestro universo. Algunos hombres, sumidos en la desdicha y la impertinente curiosidad, atesoran la esperanza de hallar los secretos de esa fuente original de espanto; otros tan sólo quieren sobrevivir a las noches en las que la niebla desciende y el aire mismo parece tibio, estancado, pegajoso, como si respiraras por un conducto de mucosidad cósmica.
Duración: 09:02
Hay algo en las profundidades, un pulso que no debería haberse sentido más allá del alba primordial, una reverberación antigua que tiembla entre los pliegues de nuestro universo. Algunos hombres, sumidos en la desdicha y la impertinente curiosidad, atesoran la esperanza de hallar los secretos de esa fuente original de espanto; otros tan sólo quieren sobrevivir a las noches en las que la niebla desciende y el aire mismo parece tibio, estancado, pegajoso, como si respiraras por un conducto de mucosidad cósmica.
Bajo la lámpara verde que chirría en el porche de mi cabaña, los arbustos susurran con la caricia del viento nocturno. Me llamo Leland Grierson y aún tengo el valor –o la insensatez– de poner mis pensamientos en papel tras lo que viví esa semana de febrero, cuando la naturaleza me mostró uno de sus rostros negados a la cordura humana. Ojalá pudiera decir que fui engañado por la fiebre o el aislamiento en las colinas llenas de zarzas al pie del Miskatonic, pero los aromas que aún empapan mis ropas, y la impresión viscosa debajo de mis uñas, me despiertan sudando cada madrugada. El temblor no cesa.
El acontecimiento nació de una invitación. Camden Holt, arqueólogo y obsesivo de las tradiciones precoloniales, me había pedido ayuda para catalogar unas ruinas recién halladas cerca del lago Cohasset. "No te molestes en libros, Leland", me advirtió a través de su misiva escrita en nerviosa caligrafía. "Esto no pertenece a Witch House ni a las viejas historias de la Sociedad Histórica." Era una voz temblorosa entre la inquietud y la fascinación, un llamado para enfrentarnos juntos a la raíz misma de los horrores que Los Viejos Narradores supieron velar.
Al llegar, la espesura del bosque me recibió con hedores mohosos y una neblina inusual, teñida de irisaciones verdes que fluctuaban al borde de la percepción. Era tal la densidad, que las linternas se arrastraban por franjas de luz distorsionada, repleta de inquietantes partículas en suspensión. Camden me aguardaba en una tienda improvisada. Su rostro estaba demacrado y sus pupilas dilatadas de manera poco natural.
—Parece que han… resucitado algo allá abajo —dijo, susurrando a las ramas negras del crepúsculo.
No logré sonsacarle más en ese momento, aparte de promesas de que, a la mañana, veríamos juntos los monolitos y las cámaras desgastadas por el tiempo. La noche la pasé inquieto, entre sueños de superficies resbaladizas, corredores que olían a amoníaco y ecos remotos de cánticos. Desperté empapado, con la garganta irritada, como si hubiese inhalado gases que no pertenecían a este mundo.
Al despuntar el alba, guiados por la luz gris y vacilante, llegamos a la excavación. Los monolitos saltaban a la vista, tallados en patrones que parecían ondulantes hasta para ojos fatigados: líneas curvas, retorcidas en remolinos sin principio ni fin, con incrustaciones de piedras negras que absorbían la poca luz en vez de reflejarla. La cámara señalada por Camden yacía abierta; el suelo estaba barnizado por una capa viscosa, negruzca, con reflejos verde esmeralda que navegaban como humores internos de un organismo vivo. Había un olor –¡por los dioses–!– que invadía el alma con la persistencia de lo inmortal y lo corrupto.
Camden me llevó hacia un bajorrelieve cerca de la entrada: el rostro era mutable, a ratos como una máscara rota, a ratos como una ameba con múltiples ojos vacíos. Y debajo… símbolos. Él me dejó interpretarlos, sabiendo mi afición al idioma Aklo y las variantes de los grimorios. Traducían un mensaje de advertencia: "No forjarás sendero bajo la lámpara de la aurora, pues la piel cambia y la esencia llama en lo verde sin raíz ni tiempo."
No era el único vestigio; adentrándome más, encontré fosas y canales fosforescentes, a medida que el aire tornaba más denso y mis pensamientos se ralentizaban bajo el zumbido de la penumbra. Camden me tironeó bruscamente cuando mis ojos casi se posaron sobre un charco que parecía moverse solo, disolviendo la hojarasca sin dejar rastro. Hubo entonces un temblor bajo mis pies —como una respiración sorda proveniente de ultratumba— y los murciélagos huyeron al unísono.
—Ellos, los forjados por la Gran Llama… —Camden balbuceó, con la boca abierta y los ojos iridiscentes. Su mano se cerró sobre mi muñeca—. No deberíamos estar aquí.
Esa noche, el delirio nos alcanzó. La neblina se hizo más líquida, y los sonidos de la selva se apagaron para ser reemplazados por un murmullo ululante, húmedo, como de lenguas batiendo la carne. Camden se despertó gritando; me contó de un sueño donde la lámpara del porche vibraba en un resplandor verde imposible, y los arbustos se retrasaban ante una masa negra burbujeante que reptaba, imitando formas humanas a intervalos nauseabundos. Dijo que había visto miríadas de ojos abriéndose en la penumbra, bocas arcaicas murmurando en coral, una letanía imposible sobre la eternidad del fango y la carne animada.
Por la mañana, encontramos huellas que no eran ni animales ni humanas. Cicatrices en el limo, como si dedos flácidos y sin huesos se arrastraran en la noche; una de las antorchas estaba cubierta de una pátina que se resistía a cualquier objeto. Yo, por mi parte, tenía sueños cada vez más perturbadores: veía a Camden, pero fundido en una palpitante amalgama negra y translúcida, mientras en la distancia una forma antropomórfica, casi luminosa, digna del carnaval, danzaba en llamas verdes que no quemaban pero sí derretían, modelando cada grieta de las piedras sagradas.
En el tercer día, sin aviso alguno, Camden desapareció durante una tormenta repentina. Salí tras él, guiado por gritos que parecían alternar entre voz humana y otra cosa oscura, soalmente capaz, acaso, de imitar. El furioso resplandor de los rayos sólo me daba vislumbres de formas retorcidas, yendo de rama en rama, y finalmente, frente a la cámara, le vi: Camden se debatía, ensartado hasta las rodillas en una masa negra que no era fango ni sombra, sino tejido palpitante, una amalgama espesa que le absorbía poco a poco, como una madre hambrienta acunando a un hijo.
Intenté alcanzarlo, pero hordas de tentáculos mucilaginosos surgieron del limo, buscando mis tobillos, y sentí un dolor glacial atravesarme la pantorrilla. Retrocedí a trompicones, derrapando, rodando por la pendiente húmeda. Los susurros cobraron forma a mis espaldas: no articulaban el habla humana, sino la melodía babélica de los ecos que resuenan en pozos antes del mundo, y en medio del cúmulo de formas forzadamente humanoides, vi una figura flaqueante, una luminiscencia verdinegra aflorando del suelo en torno a los monolitos.
La figura reverberaba con el color y la luz de la niebla, un tono que no me era desconocido y que, en los tiempos de insomnio creativo, algunos autores marcarían como la absoluta negación del concepto de color posible en nuestra lógica óptica: era Tulzscha, el Vidente que danza en la aurora impía, el lucernario de llamas líquidas que abre los portales de la carne. A cada ondulación verde le respondía un batir de los shoggoths, que avanzaban en procesión babosa, retorciéndose en torno al resplandor como adoradores entregados en una misa blasfema.
Fue entonces que supe, en un lugar profundo de mi mente, algo que me destrozó: Camden no estaba siendo devorado, sino absorbido, deconstruido por la matriz progenitora para ser reconfigurado, desterrado de las formas conocidas. El sustrato negro y palpitante era una sopa primordial, el eco viscosa de los experimentadores arcanos, y la luz de Tulzscha marcaba su renacimiento en ciclos que no conocen muerte, sino mutación.
En mi huida, la maleza se cerraba, resbalaba e intentaba abrazarme de nuevo, pero la lámpara del porche —la fatídica lámpara verde— me sirvió de amuleto; cada vez que el resplandor tocaba el musgo bajo mis pies, los tentáculos retrocedían, como si la luz fuese antitética al cambio, a la absorción. Corrí, con el delirio devorando el raciocinio, hasta hallar la carretera.
Y sin embargo, ahora comprendo por qué mi piel a veces luce burbujas, cómo el sabor del agua del grifo se torna a menudo salobre y tibio, cómo en las noches húmedas escucho ululaciones desde el pantano. Camden no volvió jamás, y sé —sé con una certitud inhumana— que acecha entre las piedras, despojado de rostro pero con una memoria que lo convierte en parte del ciclo de esas cosas que nunca debieron romper el sueño de la tierra antigua.
Hay noches en que la lámpara verde no me protege. Noto entonces que la niebla regresa y se cuela bajo el umbral, a la espera. Siento los tentáculos gélidos de los abismos gorgoteantes tantear la franja de conciencia que me queda. Sueño con la luz que danza y mueve la carne, y sé que Tulzscha todavía observa, negro en verde, esperando la próxima ascensión.
Si la voz de la sangre alguna vez me obliga a regresar, ya no volveré con nombres, memoria ni sustancia, sólo como un eco atrapado bajo la icor del shoggoth. Y, entonces, quizás baile con las sombras, entre nubes opulentas de un resplandor que no es para ojos humanos.
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