Fragmento:
Nuestra llegada tuvo lugar poco antes del solsticio de verano. Habíamos arrendado una habitación en la única casa con madera intacta y persianas no oxidadas del pueblo. Nos recibió el dueño, Teodoro, un hombre con boca pequeña y ojos enormes, que hablaba con la parsimonia de los que conocen el ciclo de los gusanos dentro de la tierra. Desde la primera mirada comprendí un ronco secreto: en la casa de Teodoro aún se celebraban ofrendas, aún se custodiaban llaves sin cerradura, y en la bodega —a la que no nos sería permitido bajar—, se arrastraba alguna humedad demasiado sabrosa para los gatos y demasiado inquietante para los forasteros.
Duración: 10:34
Las tierras de Leng no existían en ningún mapa. Amparadas por tormentas perpetuas y nieblas planchadas sobre la hierba hasta la altura de las rodillas, a veces decían los pastores que, si poseían la paciencia necesaria, embriagados primero por aguardiente, luego por versos y por último por el silencio, acaso pudieran divisar los atisbos de su límite, allí donde el brezo se tornaba negruzco, allí donde ni el lince ni el milano se atrevían a posar su rémora de vida.
Todo ello lo supe, o creí saberlo, mucho antes de pisar sus linderos, porque el miedo, como la fiebre, puede viajar de boca en boca y de sangre a sangre, incluso entre generaciones. Mi madre, enfermera retirada, murmuraba sobre la existencia de los “otros”, los seres no vistos que, bajo el amparo de la niebla, despellejaban reses y a muchachos por igual, dejando solo miradas vacías o cuerpos girados en ángulos imposibles. Mi abuelo dijo hacerlo alguna noche; que vio un ojo sin párpado asomarse en la escarcha, que oyó, como a través de una lente de papel o de carne, voces moduladas en una lengua inversa y vibrante, dulces, pero exentas de alma. Se levantó entonces y caminó dos años con los pies taladrados por cardenales hasta el pueblo, y allá entregó su fe a la licantropía y al aguardiente.
Mi caso era distinto. Yo, que de niño había bramado risas bajo las lluvias de otoño, no temía terriblemente a la panorámica de las laderas grises. Mi chica y yo, Lucía, llegamos a Leng como quien baja una cuesta de arena: despacio la primera vez, más rápidamente luego, para acabar alargados sobre el abismo, la frente enrojecida, las manos temblando de ardor. Yo era periodista —o al menos eso creía— y pretendía arrancar de su útero de ceniza una verdad que, escrito está, nunca debería haber buscado.
Nuestra llegada tuvo lugar poco antes del solsticio de verano. Habíamos arrendado una habitación en la única casa con madera intacta y persianas no oxidadas del pueblo. Nos recibió el dueño, Teodoro, un hombre con boca pequeña y ojos enormes, que hablaba con la parsimonia de los que conocen el ciclo de los gusanos dentro de la tierra. Desde la primera mirada comprendí un ronco secreto: en la casa de Teodoro aún se celebraban ofrendas, aún se custodiaban llaves sin cerradura, y en la bodega —a la que no nos sería permitido bajar—, se arrastraba alguna humedad demasiado sabrosa para los gatos y demasiado inquietante para los forasteros.
La primera noche, no obstante, fue apacible. Lucía dormía con la placidez de quien siempre, al viaje, le sigue la promesa del regreso, y yo rebuscaba en mis notas, casi riéndome por dentro de mi herencia de terrores rurales. Pensé en el miedo como una superstición, una costra que uno arrastra cuando no tiene mejores respuestas para el dolor o la pérdida. Pronto cambié de postura: ya desde la ventana se podía oír, cerca o lejos, una especie de retumbo ululante, un ruido de vientre hambriento, de corrimiento de entrañas bajo la tierra.
Quería dormir, pero las maderas crujían bajo un peso que no era el de pasos humanos. En algún momento, pensé que vería a Lucía incorporarse y preguntarme por los sonidos; pero ella, bajo las sábanas, apenas murmuró entre sueños y se pegó más a mi costado. Pensé también en la bodega, y la imaginación me jugó lágrimas de sudor a lo largo de la espalda: ninguna razón tenía para levantarme, caminé, sin embargo, descalzo hacia el pasillo, siguiendo ese hilo de aire frío que, como una invitación, se escurría hasta la trampilla cerrada.
Fuera, la niebla había bajado hasta el segundo peldaño de la escalera. Pero lo peor fue la vibración en el suelo: algo, bajo nuestra casa, se movía lentamente, generando una melodía sordina, una vibración tan sutil que, a ratos, parecía que toda la madera respiraba. Me quedé un instante helado y regresé a la habitación, no sin antes descargar el peso del miedo en los codos, los nudillos y la mandíbula apretada. No sé si dormí: pero soñar, soñé una voz hueca que, desde lo profundo, me decía un nombre, un nombre que no era el mío.
La mañana se presentó sucia de escarcha y, al asomarnos al pueblo, descubrimos signos pintados con barro en varias puertas; parecían garras, o raíces secas, o grietas. La gente, que nunca fue dada a saludos, ahora nos miraba de reojo, mascando sus propias plegarias. Teodoro, al vernos, dijo solo esto: “Aquella vibración: a veces sube”.
Esa misma tarde salimos al campo, para explorar lo poco que las leyendas no nublaban. Lucía se reía; estiraba su cuello bajo las alamedas inciertas, y de vez en cuando me lanzaba ramitas, queriendo arrastrar con su alegría la sombra del pueblo. Nos animamos a subir la colina que, según todos, ningún animal cuerdo rondaba. Me distraje fotografiando la maleza, mientras ella danzaba —plena y risueña— sobre los témpanos desmoronados que servían de baliza. El aire, sin embargo, pronto se tornó más húmedo, el viento traía murmullos como si alguien, en la hierba, estuviera susurrando desde muchas bocas a la vez.
Fue Lucía la que desapareció primero.
La niebla cayó de pronto, como una lengua hecha de leche y humo. Grité su nombre mientras el mundo quedaba reducido a un palmo turbio alrededor. Caminé a tientas, golpeándome contra las aristas de las zarzas, mientras mi garganta ardía de sal y desesperación. Lo siguiente que recuerdo es una mano fría que se cerró sobre mi muñeca y tiró de mí con una fuerza a la vez brutal y delicada. Era Lucía, pero había algo en sus ojos: sus pupilas demasiado grandes, su voz al pronunciar mi nombre como si imitara un eco mal doblado.
—Tenemos que irnos —dijo, su aliento un almidón fermentado—. No hay tiempo.
Nos lanzamos cuesta abajo, y en algún recodo, cuando la niebla menguó, conocí la razón de nuestra huida: tras nosotros, multiplicándose en estratos de blancura que iban tomando forma entre la bruma, emergían unas figuras larguiruchas, como si la niebla se hubiera trenzado hasta adquirir brazos de lianas enfermas, y un rostro blando, sin rasgos, salvo unas hendiduras y una boca sin costuras. Ni hombres ni mujeres, ni carne ni humo. Aquellos seres avanzaban sin sonido, torciendo la niebla en torno a sus cuerpos, alargándose hasta fusionarse con árboles, piedras, troncos caídos.
Supe —quién sabe por qué— que no debían alcanzarnos.
Aullando llegamos al pueblo, cruzando sus calles ruinosas, y fue sobre las escaleras del porche cuando escuché la voz chillona de Teodoro:
—No miréis, no les miréis nunca.
Nos empujó dentro y cerró la puerta. Los cristales temblaron con esa vibración subterránea que ya habíamos sentido de madrugada, pero más fuerte, como si un órgano hinchado por siglos quisiera salir a la superficie.
—¿Qué son? —pregunté, sintiendo mi garganta acuchillada.
—No hay palabra. No con vuestra lengua. Son los que esperan. A veces toman a alguien; no lo matan ni lo dejan. Solo lo toman. Quién vuelve, no vuelve el mismo.
Agarré la mano de Lucía y temblé de frío. Sus dedos, pensé, iban poco a poco perdiendo temperatura. No recuerdo si lloré.
Esa noche, la peor de todas, supimos que había un precio a pagar. Lucía dormía —más bien se retorcía— en el catre, musitando frases en una lengua desconocida. Corrí a buscar a Teodoro, temiendo un ataque, una posesión o una catástrofe más atroz que la propia muerte. Lo hallé en la bodega, levantando despacio una piedra del suelo, dejando que los olores a moho y hueso escaparan como oraciones repugnantes.
—Esto es lo que hacen —me dijo, señalando bajo la losa, mostrando docenas de dedos y dientes humanos mezclados con collares de esparto—. Aprietan hasta que el alma sale limpia. Algunos, los que resisten, quedan mudos. Los otros, solo callan.
Comprendí entonces que Lucía había sido marcada. Y vi, en sus ojos —ahora abiertos, buscando un punto fijo en el techo—, la pátina perlada de la niebla. La llamé, y ella respondió en un idioma hecho de zumbidos y jadeos, imitando el balbuceo de los pastores en sus delirios más febriles. Venía algo, sentí, algo abismal que iba a poseerme, a modelarme desde dentro, igual que cierto barro modela la cerámica más quebradiza.
—No quiero quedarme aquí —dije, llorando sin dignidad—. No quiero olvidar.
Teodoro asintió, murmurando frases que sonaban más a exorcismo que a consuelo. Esa noche, armados de desesperación y de fiebre, corrimos colina abajo, Lucía y yo, mientras la casa gemía y la niebla trataba de apretarnos los pulmones. Los otros, los de Leng, se desperezaban como gusanos ciegos, husmeando nuestro miedo.
Pero comprendí, mientras escapábamos, que ya estábamos condenados. Del otro lado del bosque, la niebla se movía de otro modo; giraba hacia dentro, como si fuera un portal y no un manto. Lucía no me miraba. Vi en su rostro la mueca sin labios de los seres, la sonrisa inhóspita de quien ya ha visto el mundo detrás del velo y sabe que toda huida es una repetición. Y entonces, por un instante, me pareció que sus pupilas cruzadas danzaban diminutas criaturas de humo, riendo a través de dos lenguajes entrelazados.
Llegados al límite, la niebla se cerró. Lucía se detuvo y volvió la cabeza. Me habló con la voz de la colina, con la voz del abismo:
—Nosotros recordaremos por ti.
Y entonces entendí: los seres de Leng no buscaban la carne, ni la sangre, ni el alma. Solo querían palabras.
Cuando volví en mí, ya en casa, a muchos kilómetros de esa tierra, Lucía ya no estaba. El pueblo, según la policía, nunca existió; la carta de arrendamiento se convirtió en un fajo de papeles en blanco. Pero a veces, cuando me despierto sudando, escucho, entre las ondas de la radiolina de madrugada, una lengua extranjera y familiar a la vez que pronuncia mi nombre, oigo los ecos de la vibración bajo el suelo, y siento un escalofrío en los huesos.
Sé que no sueño. Sé que “ellos” siguen aquí, latiendo bajo las palabras no escritas, aguardando a que alguien, en la fiebre del insomnio, se digne a narrar lo que nunca debió ser contado.
Y mientras escribo ahora esto, en mitad de la noche, siento que la niebla entra ya bajo la puerta, y que los seres de Leng bailan a mi alrededor, esperando su turno para trenzar sus voces con la mía.
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