Portada del relato La noche de los carniceros alados
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Fragmento:


¿Habías soñado alguna vez que tu piel escamada? ¿Que te crecían alas, pero no alas de pájaro sino de membrana y nervios, como si el esqueleto fuera la copa de una sombría parra? Así, uno tras otro, los miembros experimentaban fugaces delirios en los que la gravedad era abolida, sintiéndose colgados de titilantes estrellas, desgarrados hacia abismos sin verbo ni razón. Mi turno llegó. Empapado de sudor, recité fonemas traídos de pesadillas. Y entonces, la vibración empezó.

Duración: 10:08

La noche de los carniceros alados
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Texto de ajuste de pausa.

Despertar es siempre una equivocación en noches como estas, cuando la bruma ceñida al acantilado de Garviel parece tan tangible como un sudario, y los relojes marchan hacia atrás, o se detienen simplemente, como si les resultase absurdo pasar el umbral de la medianoche. De todas las aberraciones que he conocido o sobre las que he osado escribir, los horrores de esta noche, y de la época que la precedió, permanecen frescos y ulcerosos en mi mente, como una herida que sangra en sueños y despierta al alma mientras el cuerpo aún bosteza en su féretro de carne.

Heme aquí, en la celda húmeda del faro de Tarsaphon, convertido en cronista de la perdición humana, obligado a consignar los hechos pues ya mis palabras no son sino cadenas de amnesia entre cada alarido que traen los vientos de Atlántida. ¿Quién, a no ser un demente, confesaría cuanto he de relatar? Mi mano, temblorosa, mancilla el papel, pues escribir implica recordar y recordar amenaza con arrebatarme la razón. No obstante, debo advertir. Debo dejar testimonio para quien quiera leer sin entender, y aún así huir aterrorizado al llegar el aire salobre de la noche.

El inicio de esta degeneración espiritual data de un mes atrás, cuando el Club del Sol Perforado, ese remanente de aristócratas locos de la ciudad de Arambel, me convocó a sus reuniones. Yo, Leynold Carbriss, había concluido una investigación sobre los cultos lunitarios de la Grecia arcaica, y mis yertos pasadizos parecidas baratijas al lado de lo que allí encontré. Fui presentado por el Dr. Meriel, quien, no sin ironía, advirtió a sus colegas que yo poseía un estómago robusto y una credulidad flaca. Sin embargo, ya en la biblioteca subterránea del club, pronto advertí que los libros que estudiaban no se hallaban en ninguna biblioteca pública común, y que la lengua en la que murmuraban fórmulas era tan ajena al griego como la sangre de los demonios a la de los hombres.

Las primeras reuniones ya olían a un fanatismo diferente, a una expectación malsana; versos de orla sideral y liturgias solapadas con ininteligibles geometrías. El propio Meriel me mostró, bajo su toga malva, tatuajes circulares que parecía retorcerse cuando los acariciaba la luz. Así supe que aquellos hombres y pocas mujeres aguardaban no a Saturno ni Neptuno, sino a un ser cuya adulación implicaba ofrendas de otra índole, algo anterior a la concepción de los dioses humanos; algo nómada, errante, carente de nombre aunque encarnado en miles de rostros. He aquí el primer tenue eco del nombre por el que los acólitos lo llamaban: el Que Camina o el Mensajero de los Liparanios, que los más eruditos y torcidos identifican con Nyarlathotep.

Una sucesión de noches, meditaciones forzadas y lecturas alucinadas me indujeron falsas memorias, como si la mera participación en la logia desollara velos en mi conciencia. Ellos aguardaban la apertura de una puerta, el cruce de un umbral, para obtener el favor de su deidad a través de custodios no menos horrorosos: los Byakhees.

Nunca olvidaré cómo Meriel susurró el nombre mientras me guiaba a la cripta subterránea. "Debes comprender el precio, Leynold, antes de tocar los círculos", gimió, "pues no toda visión revela el rostro final". El frío allí era inhumano; se sentía el sabor del yodo mezclado con polvo de edades. Velas de cera negra chirriaban, como si alguien o algo las lamiera de improviso. Y en el centro, los circulos fosforescentes bailaban levemente bajo los cánticos que ascendían y descendían por una escala invisible.

¿Habías soñado alguna vez que tu piel escamada? ¿Que te crecían alas, pero no alas de pájaro sino de membrana y nervios, como si el esqueleto fuera la copa de una sombría parra? Así, uno tras otro, los miembros experimentaban fugaces delirios en los que la gravedad era abolida, sintiéndose colgados de titilantes estrellas, desgarrados hacia abismos sin verbo ni razón. Mi turno llegó. Empapado de sudor, recité fonemas traídos de pesadillas. Y entonces, la vibración empezó.

Describir el arribo del Byakhee es intentar trasplantar un eclipse a la voz humana. Primero, una fetidez a almizcle corrupto y ámbar rancio, como el hedor de huesos destilados en planetas olvidados. Luego, una vibración sorda, que descomponía la médula, y finalmente el embate: uno percibía un aleteo inmenso y viscoso, aunque no había viento ni objeto visible. Una forma comenzó a infiltrarse en lo visible, un contorno negruzco que se solidificaba ajeno a la lógica, empapando las paredes con un suspiro lechoso. Parecía cruzar por el rabillo del ojo y crecer hasta dominar cada sombra. Y después, la garra. Una garra húmeda y segmentada, tan sutil como una filigrana, tan firme como la hoz del verdugo, se posó sobre mi cuello. En ese instante, los miembros del club se arrodillaron mientras Meriel entonaba palabras demoledoras, verbos que no admiten delicadeza en su traducción.

No sé cómo salí de la sala. No sé cuánto lloré en la niebla de la madrugada ni cuántas veces intenté lavarme la piel hasta sangrar. Al día siguiente, los rostros de mis compañeros lucían marcas pardas en la garganta y los ojos exudaban un extraño fulgor ambarino, resuelto a burlarse de la cordura. Por miedo —o por fascinación mórbida— regresé a la reunión; esa vez había un objeto en el centro: una ánfora vacía hecha de obsidiana.

"La llave fue girada", anunció el Prelado de la Niebla, un enano moreno de acento sefardí, "y la promesa será sellada en sangre y verbo". Uno de los convocados fue forzado a beber en el ánfora. Nunca podré olvidar la convulsión de su cuerpo: fue como si todo el aire de sus pulmones huyera hacia otro mundo. Sus ojos se volvieron blancos y un júbilo demencial recorrió la estancia. El cántico —tan lejanamente egipcio como frigio— invocaba ahora las esferas de Yog-Sothoth y el abrazo del Mensajero. Me vi tentado de salir corriendo, de buscar ayuda, pero entonces comprendí la futilidad: la ley y la ciencia son artefactos inservibles en las ramas en que aquel horror anidaba.

Pasaron las noches y con ellas la frontera entre sueño y vigilia fue licuada en licor de insomnio. Tuve visiones de cosas arrastradas por alas membranosas bajo lunas ya extintas, de ciudades demasiado vastas para ser humanas, de cuerpos colgando de pináculos como frutos podridos. Cada mañana, al mirarme al espejo, temía entrever el reflejo de un ojo no mío, ovalado y antiguo.

Cuando el equinoccio llegó, y el mar se cubrió de faroles alucinados, supieron todos que la última ceremonia ocurriría bajo el faro de Tarsaphon, la torre ciclópea que ya los pescadores evitaban tras la caída de la tarde. Acudí, hipnotizado, o más bien empujado por una fuerza cuya caridad era la ignorancia. Meriel, de rostro quemado por el éxtasis y la desvelación, nos aguardaba bajo el haz del faro, cuya luz no era ya blanca sino azul, y latía como el pulso de un moribundo.

Formamos el círculo en la terraza por encima del oleaje, y el Prelado descorchó nuevamente la ánfora. Durante minutos pareció que solo invocábamos el viento, pero pronto escampó el negro final y la luna misma giró con lentitud de febril entre nubes viscosas. Entonces, lo percibimos: uno, dos, diez aleteos, surcando el aire, como si la bóveda celeste destilara semillas de locura. Byakhees, carcasa de alas y osamenta, cuyas bocas no eran bocas, sino hendiduras húmedas que silbaban nombres prohibidos.

Las bestias descendieron y se posaron entre nosotros, olisqueando y relamiéndose el espacio. La sangre en la ánfora se agitó como imantada. Muriendo de pavor me descubrí de rodillas, la frente uncida a la piedra fría, mientras mi mente trataba torpemente de olvidarlo todo: el olor, la forma, la promesa que ahora sabía irrevocable. Sufrí el juicio de aquellas falsas estrellas sobre mi piel; sentí que mi pecho era marcado por una runa inclinada, y mi lengua, privada ya de su voluntad, empezó a pronunciar sílabas blasfemas que obligaban a las bestias a reconocerme como uno de sus comensales.

En ese trance, vi la Verdad: la auténtica faz de Nyarlathotep, cambiante y múltiple, y su cortejo interminable de acólitos desollados en cuerpo y alma. Vi la tibia sonrisa del que guía al precipicio con una máscara de consuelo; vi el titilar pútrido de las miríadas de mundos donde los humanos son ya cacahuetes devorados por Byakhees en noches sin retorno. Supe entonces en qué convertía el Club del Sol Perforado: una simple despensa espiritual, transmutada por la arrogancia de merodear los secretos que sólo los dioses antiguos merecen conocer.

Allí comprendí que la última Cena era la nuestra, y que el convite no era para humanos, sino para ellos. Algunos intentaron huir, pero las criaturas los levantaron suavemente entre zarpas blando-elásticas y desaparecieron hacia la noche, dejando tras de sí una lluvia de membranas renegridas y plumas extrañas como estalactitas.

¿He escapado, o alguno de mis otros yo escapa mientras este queda varado en el presagio? No lo sé. No me atrevo a dejar este faro, aunque el hambre me retuerza y la sed me parta los labios: a veces, cuando la ventisca hostiga los vidrios, una garra minúscula raspa el ventanuco y me ofrenda sueños con alas amarillas. El Club ha sido disuelto, sus pergaminos entregados al fuego, pero yo temo que la historia no termine conmigo ni con mi pluma.

El faro sigue temblando por las noches en que el mar ruge con especial vehemencia. Y yo, cuyo único mérito fue observar y narrar, intuyo que basta una sola palabra mal pronunciada para que el azogue del espejo se opaque y se abran de nuevo las alas que no son ángeles ni murciélagos, sino carniceros de mundos ajenos. Que sea advertido quien leyere: mirar demasiado tiempo las estrellas puede traer a la memoria lo que prefiere permanecer en los abismos, y las puertas jamás se cierran del todo, en especial esas que nunca debieron abrirse.

Así termina mi relato, o lo prolonga, pues escribirlo es invitar el recuerdo y fijar los trazos de una geometría que no asienta en mapas humanos. Y si por ventura el Mensajero sonríe al leer mis palabras, sepa que nunca he pretendido entender ni servir, sino tan solo sobrevivir, aunque cada noche venga el rumor sordo de un aleteo y una garra babosa roce mi cuello, reclamando la deuda de un alma que ya no me pertenece.

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