Fragmento:
—Algo hay —prosiguió— en el corazón mismo de la Mano Negra, que se ha llamado en los manuscritos de Ralston “el Medallón de Jade”, objeto que, según algunos, no sólo permite convocar sino diferenciar entre lo que aquí llamamos criaturas. No bestias ni simples espectros, sino cosas que acechan más allá de la materia y el tiempo.
Duración: 11:16
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Señor Davenport jamás fue supersticioso. Eso alegaba cada vez que los miembros menos ortodoxos del club discutían sobre sistemas secretos de sabiduría, tradiciones esotéricas o rumores acerca de objetos venidos de otras esferas y otras edades. Pero aquella noche, bajo la lluvia y los golpes de una tempestad que tamborileaba sobre los ventanales de Chiswick House, algo en el ambiente sugería que las bromas de la bohemia habían cobrado sustancia. No era una oscuridad especialmente profunda, sino una que parecía respirar; una que, al frotarse contra la luz de las lámparas de gas, rehusaba disolverse del todo.
La cita había sido convocada, esta vez, por el Reverendo Clarkson, un hombre de barba afilada y mirada húmeda, cuyas ansias de discutir lo oculto nunca habían resultado del todo amables. Los asistentes habituales del círculo —Wylie el médium, Henshaw el diletante, Forrester el zoólogo retirado y la insólita señorita Vane— llegaban uno por uno a la gran sala circular, donde el mantel negro ya cubría la mesa y los asientos, de roble oscuro, formaban un anillo ominoso frente al retrato de Lady Harrowby, la última de su linaje.
Cuando todos hubieron llegado, el Reverendo aguardó, casi demasiado tiempo, antes de ponerse en pie y, con una postura que oscilaba entre la humildad y el poderío, aclaró de qué se trataba aquella velada:
—La Mano Negra, amigos. La Logia, no la leyenda vulgar.
Nadie se sorprendió mucho; aunque en dulces, crónicas y comadreo, la existencia de la organización había saturado los rumores londinenses desde hacía ya varias décadas.
—Algo hay —prosiguió— en el corazón mismo de la Mano Negra, que se ha llamado en los manuscritos de Ralston “el Medallón de Jade”, objeto que, según algunos, no sólo permite convocar sino diferenciar entre lo que aquí llamamos criaturas. No bestias ni simples espectros, sino cosas que acechan más allá de la materia y el tiempo.
Davenport, de todo el grupo, sintió la punzada de una antigua memoria ancestral. Él no era proclive a temores irracionales, pero el artefacto de jade le resultaba familiar: entre las piezas de la colección que su abuelo legó —y que alguien describía como “demasiado antigua, demasiado ajena”— reposaba uno muy similar, una creación tosca, monolítica y con inscripciones cuyo sentido se escabullía entre los límites del lenguaje humano.
—Esta noche, caballeros y dama —dijo el Reverendo, izando un fragmento ovalado de verdosa transparencia—, lo pondré en el centro de la mesa, y observaremos…
Forrester interrumpió:
—¿Exactamente qué espera lograr?
Clarkson sonrió; sus dientes, de un blanco enfermizo, recordaban a las sonrisas enmarcadas en los frescos de danzas demoníacas.
—Una visita. Según mi correspondencia con el único sobreviviente de la rama continental de la logia, si recitamos el fragmento del Libro Carmesí y permitimos que la lámpara de obsidiana concentre su luz, pueden llegar los llamados Seres de Leng.
El nombre cayó como un peso. Davenport vio cómo Wylie hacía una mueca involuntaria, como si recordara algo recitado en sueños o escuchado a través de puertas cerradas. Henshaw se santiguó, a pesar de su costumbre de desdeñar tales gestos. La señorita Vane, mientras tanto, cruzó sus largos dedos sobre el regazo y murmuró, en apenas un susurro:
—Y de sus lenguas nacen palabras que lo arrasan todo…
El experimento dio inicio poco después de las once. La puerta se cerró y se selló con un paño negro sobre el umbral: símbolo prestado de las ceremonias de la Mano Negra, práctica que según Clarkson “preservaba la cordura y el cuerpo”. Con el medallón de jade en el centro de la mesa, la lámpara de obsidiana lanzó reflejos que no eran exactamente luz, sino una especie de brillo viscoso que parecía llenarse de diminutos glóbulos flotantes, como partículas de tinta diluyéndose en agua. Afuera, la tormenta apenas remitía, templando el sonido de los latidos en las sienes de los presentes.
Clarkson abrió el libro carmesí, una reliquia cosida a mano, con símbolos en tinta angular y roja. Empezó a leer en voz alta, en aquel idioma que evocaba al gorgoteo de los ahogados y al silbido de lo atávico. No era latín, ni griego, ni sánscrito, sino algo más primitivo… o ulterior. El aire se espesó, vibró con la cadencia de la recitación, y las luces de la lámpara temblaron como si alguien estuviera absorbiendo la energía misma de la sala.
Davenport no pudo evitar perder la noción entre los párrafos. Por un instante, le pareció que el medallón brillaba con unas facetas lumínicas recién talladas; vio, fugaz, el reflejo de sus propios ojos, descompuestos, multiformes, como si flotaran en una solución química ajena al mundo. Percibió (¿a través de la piel, del sistema nervioso? ¿O era todo ilusión?) una humareda gris, naciendo del disco de jade, extendiéndose y solidificándose poco a poco en filigranas intangibles.
Entonces, el silencio se tornó tangible. No era solo la ausencia de sonido, sino un campo denso, reverberante, que aplacaba incluso el golpeteo de la lluvia. Y, en ese silencio sofocante, comenzaron a oírse los susurros. No provenían de ninguna boca visible, ni parecían viajar por el aire: eran como pensamientos ajenos proyectados en la mente. Un idioma indecible, pero que cada asistente comprendía, aunque el significado fuera imposiblemente vasto, dispar, inhumano.
—En la llanura blanca —entonaron los susurros—, bajo la aurora fría, la asamblea espera.
Las sombras se tornaron más densas, y hacia la periferia de la sala, donde la luz se rompía y el espacio temblaba, comenzaron a definirse unas siluetas que apenas simulaban lo humano. Eran altos, frágiles, de cabezas aplastadas como campanas y brazos delgados como látigos. De los rostros pendían tentáculos cortos, traslúcidos, que se agitaban con el ritmo de una respiración incunable.
Davenport palideció. Instintivamente recordó los grabados prohibidos del abuelo, donde criaturas similares capitaneban cortejos bajo lunas irreales. Se dio cuenta, con un horror atávico, de que había nacido para presenciar aquello: la parte insana de la Logia de la Mano Negra anhelaba esas rupturas, esos contactos. Decían los papeles más escondidos de la orden que el verdadero poder residía en los que escuchaban y anotaban las palabras de los Seres de Leng.
—¿Qué buscan? —musitó la señorita Vane, pero la voz no era sólo suya: el eco multiplicado de la pregunta colmaba la estancia.
Uno de los seres —cuyo esqueleto parecía traspasarse de una a otra dimensión, a veces visible, a veces sólo intuido— alzó los apéndices como invitando a un baile inverso y, en tonos sonoros y sin ruido, respondió:
—Los libros. Las voces que no han sido nunca escritas. El alfabeto que fundó ciudades bajo las dunas, antes de los hombres; la melodía que os arrastrará de vuelta a la casa de jade.
Algo tironeó del cuerpo de Forrester: el viejo zoólogo trató de resistirse, pero sus brazos temblaban con la fuerza particular de la hipnosis. Vane jadeó, y Wylie gimió, hundiendo la cara entre las manos. Solo Clarkson miró de frente a los emisarios, como si anhelara ser consumido o llevado, como quien desafía al lobo en la puerta del establo.
—No queremos suscriptores, ni fieles —traducía el silencio de los seres—: queremos pasadizos, portadores, ojos.
La temperatura descendió bruscamente. Un vaho espectral comenzó a brotar de la boca del Reverendo, que recitaba cada vez con mayor dificultad. Por debajo del follaje de las voces inhumanas, pudieron oírse otros matices: un llanto, el tamborileo de pezuñas sobre piedra, y una melodía que era mitad nana, mitad himno de funeral.
Lenta, terriblemente, las siluetas dieron un paso hacia adelante. La lámpara de obsidiana se rajó con un crujido tan nítido como el hielo resquebrajándose bajo un peso. Henshaw intentó levantarse, pero su cuerpo no respondía; la presión opresiva de las entidades le subyugaba, y el sudor se tornó tan helado como rocío en una tumba.
—Sabíamos de ustedes desde antes de su primer beso con la piedra. Saboreamos su miedo, y su aspiración —entonó otro de los seres, esta vez señalando a Davenport.
Un torrente de imágenes le asaltó: él, niño, ante el cofre oculto de su abuelo; el abuelo mismo, arrodillado en un suelo blanqueado por las nieves de una era perdida, dialogando con visitantes de formas vaporosas; después, la imagen mental de un atril de madera negra, donde un libro ilegible era leído por labios que no eran labios…
Uno de los tentáculos del ente más próximo descendió, serpenteando el aire. Se detuvo a menos de un palmo del brazo de Vane, que respiró con dificultad.
—Danos, entonces, la llave que abre el cuarto de los profetas.
Nadie supo a qué se referían. La respuesta surgió solitaria:
—El medallón —susurró Vane—; quieren poder contar en nuestro mundo lo que han visto en el suyo.
El Reverendo, con voz a la vez solemne y temblorosa, habló por última vez:
—¡Fuera de aquí! La condición no era recibir, sino contemplar. ¡Fuera!
El grito, débil, se perdió en la masa de susurros, que ahora chillaban, agudos y destemplados, desgarrando la textura misma del aire. La lámpara, rota, arrojó su última chispa, y en ese instante el círculo de la Logia se quebró: la mesa cedió con un golpe seco, la oscuridad se volcó sobre ellos y el medallón rodó hasta el suelo.
Los Seres de Leng se ondularon, multiplicándose hasta el vértigo, fragmentándose y fusionándose. No eran carne ni sombra; eran el silencio de dos siglos guardado bajo la losa de la Logia, la violencia de un pacto anterior al tiempo. Cada asistente presenció, en ese momento, la visión final: ciudades de cúpulas retorcidas, llanuras de niebla azulada bajo lunas deformes, el eco de cánticos interminables —y, por encima de todo, la promesa de un regreso.
Cuando la luz volvió, la lluvia había cesado. Los asistentes, exhaustos y envejecidos, yacían desparramados, algunos con cabello blanco allí donde antes era castaño o rubio. El medallón de jade, partido en dos, rezumaba un calor extraño, palpitante, en el suelo de la sala.
Wylie y Henshaw salieron tambaleantes. La señorita Vane lloraba sin lágrimas, y Forrester guardaba un mutismo irrevocable. Solo Davenport volvió la vista hacia el retrato de Lady Harrowby y, detrás de los ojos pintados, le pareció percibir otra mirada, expectante y burlona, en espera de la próxima convocatoria de la Logia.
Desde esa noche, los miembros supervivientes soñaron con palabras ajenas, con alfabetos sin vocales y con partituras de jade. Sabían —sin poder evitarlo— que los Seres de Leng no dejaban nunca del todo atrás aquello que visitaban, y que las huellas de su paso eran las mismas cicatrices de la Logia: bajo la carne, en la memoria, y entre los pasadizos que sólo las manos negras conocen.
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