Portada del relato La Cúpula de los Exánimes
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Fragmento:


La estación era un edificio cóncavo y anciano, de piedra volcánica y madera húmeda, cuyas vigas, imposibles de datar por los medios mortales, parecían sostenidas por la costumbre de ignorar el tiempo. Lornat, que no tenía otro equipaje que el ínfimo fajo de manuscritos y el diario de su padre, nunca supo cómo había hallado aquel repugnante lugar tras seguir rumores recogidos entre enfermos, mendigos y sabios caídos en desgracia. Como hipnotizado, pasó bajo la marquesina arruinada donde una lámpara azul, con brillo parecido al de ciertos hongos letales, colgaba como un orbe de otro mundo.

Duración: 10:07

La Cúpula de los Exánimes
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Texto de ajuste de pausa.

A la entrada del invierno, cuando las noches se alargan tanto que solo la memoria les resiste, Horacio Lornat llegó en un tren de mercancías que no registraba ningún horario y cuyos vagones, añosos y resquebrajados, iban atestados de sombrías y dudosas mercancías que solo los manipuladores aguantaban con guantes dobles. Huyendo de lo inasible más que de lo conocido, Lornat contempló las exhalaciones espectrales de la ciénaga brumosa, un paisaje apenas más vasto que la desesperanza, espesa de vapores morados y mefíticos, que se extendía más allá de donde alcanzaba el débil resplandor de las lámparas del andén.

La estación era un edificio cóncavo y anciano, de piedra volcánica y madera húmeda, cuyas vigas, imposibles de datar por los medios mortales, parecían sostenidas por la costumbre de ignorar el tiempo. Lornat, que no tenía otro equipaje que el ínfimo fajo de manuscritos y el diario de su padre, nunca supo cómo había hallado aquel repugnante lugar tras seguir rumores recogidos entre enfermos, mendigos y sabios caídos en desgracia. Como hipnotizado, pasó bajo la marquesina arruinada donde una lámpara azul, con brillo parecido al de ciertos hongos letales, colgaba como un orbe de otro mundo.

Le aguardaba, según se decía, un asilo de eruditos—o tal vez de monjes renegados—donde, en medio de la ciénaga, bajo formas abominables y misterios ya marchitos, los dioses de la piedra y la noche vomitaban fragmentos de saber proscrito y profundo. Su deseo era tan ambiguo que ni él mismo podía decir si buscaba la muerte o el conocimiento. Sabía solo que, detrás de la estación, una senda de losas hundidas, marcadas con líneas y runas, llevaba, cruzando la negrura del pantano, hasta un círculo de cúpulas: la residencia de los exánimes, o Custodios.

A mitad del recorrido, su linterna apenas iluminaba los símbolos desgastados y los montones de huesos pulidos por la humedad y el tiempo: restos no solo de humanos, sino de moradores anteriores que no osaría nombrar en su diario. Un perfume agrio y penetrante ascendía, discordante con los rumores sobre el olvido y la quietud: era un olor aceitoso, que recordaba a los sepulcros inundados de aceites no terrenales.

Al llegar a la explanada, la visión de seis inmensas cúpulas de opalina cegó su paciencia y casi quebrantó su mente. Cada cúpula estaba sostenida sobre un anillo de columnas irregulares; ninguna parecía geométricamente aceptable, pero todas destilaban un aura coherente con la lógica de una pesadilla antigua. Los grabados en ellas, con formas parecidas a medusas y moluscos, pero también a rostros en trance, sugerían un linaje siniestro y prodigioso.

En medio, una estructura que combinaba arbotantes de otro tiempo y capillas sumidas en semioscuridad, parecía moverse—¡o respirar!—a impulsos clandestinos. Lornat, aunque todo le repelía, se vio inexorablemente atraído hacia el portón central, franqueado por dos máscaras de piedra, cuyos ojos lo juzgaban con la paciencia terminal de los inmortales.

El acceso no tenía aldabas ni cerraduras. Una mano blanda, ingrávida pero gélida, cayó sobre su hombro y le impidió huir sin violencia. El contacto fue tan leve como si el aire mismo se coagulara en su piel, pero tan decidido que supo que había de continuar. Se volvió despacio. Frente a él, el dueño de la mano era una criatura encapuchada en vendas y túnicas, donde solo una franja de piel resecada y casi translúcida asomaba bajo una capucha. La criatura indicó, con voz que era un eco o una estela de pensamiento, que podía pasar.

Dentro, la penumbra era casi total, salvo por huelas de donde el aire brillaba de modo inexplicable, proyectando sombras vivas y deformadas en paredes saturadas de inscripciones. Estatuas y relicarios, semejantes a reliquias rescatadas de un orbe sumergido, descansaban en nichos, rodeados de una niebla leve que parecía formar palabras que la mente rechazaba traducir.

Lornat fue guiado por su anfitrión—al que pronto se sumarían otros cuatro, semejantes entre sí, una corte espectral de custodios—hasta el fondo de la sala de reunión, ante un estrado donde no crecía musgo ni hongo alguno, a diferencia del resto. Allí, al pie de una losa ennegrecida, el guía habló al fin con voz audible pero enfangada en la disonancia:

—Somos los Custodios del Ciclo Negado. Antes que la Aurora alzara la mirada, cuando las aguas, no menos que las rocas y los gases innúmeros, eran concreciones de sueños disueltos, fuimos traídos aquí para cuidar aquello que no puede sobrevivir al olvido ni a la voracidad de las edades nuevas.

—¿Qué desean de mí? —atinó a balbucear Lornat, ya casi sin voluntad.

—Tu llegada es fortuita o escrita, y tu decisión será la nuestra—respondió el anfitrión principal, mientras los demás susurraban con un acompañamiento casi musical de silbidos secos—. Sabes, o sospechas, lo que aquí se oculta. Buscas el don terrible de las Revelaciones Sepultadas. No toda mente puede albergar los fragmentos intactos de nuestra memoria.

Lornat, fascinado, extrajo el diario de su padre—un retazo escrito con la grafía temblorosa del pánico y la fiebre, mezclando relatos de visión y sugestión, hasta una última nota que mencionaba “el Sol Ciego” y el “reclinatorio bajo mosaicos de crustáceos”. Sus manos temblaban tanto como la llama de la linterna cuando se acercó al estrado.

Uno de los Custodios se adelantó y, tomándolo con una tranquilidad reptiliana, le indicó que abriera el libro por la página marcada con un pétalo seco, cubierto de extrañas manchas. Lornat resistió la tentación de huir y, con la morosa esperanza del condenado aferrándose a su verdugo, posó el libro sobre la losa central.

—Aquí leemos lo que debe ser leído—dijeron los cinco al unísono.

El aire cambió; un frío que era más de ausencia que de presencia llenó la sala. Las inscripciones, por primera vez, parecieron moverse realmente, y goteó una humedad desde el techo curvado, salpicando con ínfimas gotas el manuscrito y las manos de Lornat. Sintió una presión en el pecho y en el oído un zumbido semejante a las alas de la muerte.

—Antes, deberás mirar —dictó el Custodio, y lo llevó, casi flotando, hacia una capilla secundaria, poco mayor que una celda fúnebre. Los otros le siguieron, rodeándolo en una formación que parecía imitar antiguas danzas funerarias.

Una oquedad abierta en el muro, protegida con una losa tan porosa y venerable como la Luna tras el eclipse, reveló una visión que sólo pudo interpretar como el registro, en piedra y cristal, de una procesión de formas inhumanas. No eran demonios ni bestias, pero dominaban la esencia de todos los terrores familiares: vértebras sin carne, ojos sin órbitas, tentáculos sin dueño, todos fundidos en una coreografía de abnegación y locura. En el centro de la escultura, un ser sin rostro, bordeado de filamentos y crisálidas, sostenía un orbe opaco en ambas manos: el Sol Ciego, culminación y negación de toda luz.

En cuanto contempló esa visión, las palabras del diario dejaron de ser escritura para ser vulnerabilidad absoluta. Al leerlas en esa estancia, la memoria de su padre surgió y se impuso, como si el viejo hubiera sido absorbido, siglos antes, en alguna Cámara de Revelación, transformado en uno de los Custodios. Era un destino posible; era, sentía ahora, la deuda heredada.

—Cada viajero paga una prenda—dijo uno de los espectros—, y ninguno vuelve cargando lo que deseaba, sino lo que merece.

El resto fue un desfile de imágenes, que en el instante no supo si eran sueños o retroalimentaciones del abismo: vio una sala sumergida en el cieno donde criaturas sin esqueleto se arrodillaban ante reliquias informes, y los altares y cálices eran corazones palpitantes y cerebros abiertos. Vio el nacimiento de la ciénaga como un exudado del Sol Ciego, y la caída de la propia estación, construida sobre los cimientos de un templo aún más antiguo y aborrecible.

Cuando la visión cesó, Lornat estaba tendido en la losa central, cubierto de líquenes que le lamían la carne. Una mano más joven que las anteriores—de piel pálida, rota por venas azules—le entregó un objeto: un pequeño disco pulido de mineral translúcido, con un hueco en el centro: la pupila del Sol Ciego. Al tocarlo, un calor indeterminado le recorrió el brazo y la visión de la cúpula se impuso con aterradora claridad: él mismo, allí, mutilado y mutado, grabando eternamente nuevas historias para los que jamás volverán a salir de ese lugar.

—Hoy debes elegir, Horacio Lornat—murmuraron las sombras—: ofrécele tu nombre al ciclo, o escapa y lleva contigo solo la semilla del horror.

Lornat, destruido en sus anhelos, comprendió que el horror era menos la escena presenciada que la imposibilidad de comunicarla. Nadie soportaría tal testimonio; solo quienes llevaban ya la huella de los Custodios podían siquiera rozar su verdad. Se arrodilló ante el disco de mineral, y, pronunció en voz inaudible el nombre de su padre, uniéndolo con el suyo: “Yo, Lornat, soy archivo y arquetipo. Tomadme.”

Las sombras se agruparon en torno a él mientras el recuerdo, como un tumor, crecía hasta eclipsar toda voluntad de regreso. Su boca se abrió para gritar y, en vez de grito, solo brotó un susurro de líquenes. Ya era parte de la cúpula, una larva en el ciclo, esperando infectar con su memoria al siguiente visitante.

A la salida, la bruma se disipaba. Las losas se agrietaban con cada paso de un nuevo ser que emergía de la cúpula, desnudo y vacilante, con la mirada perdida en la profundidad. En una mano, el disco de la pupila; en la otra, el diario de un desconocido. Sabía ya que jamás podría dormir, y que la ciénaga, mientras existiera luna o eclipse, aguardaría con su cúpula hospitalaria a la desesperación de otro errante.

Esa noche, en la estación, un tren imposible llegó y partió, llevando consigo cifras y nombres que nadie anotará jamás. Pero, bajo la cúpula, los Custodios repiten la letanía, inacabable, de lo que no puede ser olvidado ni contado. Hasta el último de los hombres—aunque siglos pasen—, y aun entonces, después.

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