Portada del relato La certeza de los océanos subterráneos
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Fragmento:


No sé cuánto anduve reptando y descendiendo; el tiempo perdió su significado. Colgando de la cuerda, caí a una plataforma escarpada, desde donde se abría un abismo más vasto de lo que permitía la lógica. Bajo mis pies, extendido en la negrura, yacía un lago subterráneo de agua espesa y silenciosa. Las olas, aunque no hubiera brisa, formaban órdenes geométricos extraños, como si allí el agua obedeciera a una voluntad más que a la física.

Duración: 09:33

La certeza de los océanos subterráneos
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Texto de ajuste de pausa.

***

La humedad se había instalado en el ventrículo más íntimo de mi pensamiento aquella mañana, cuando me dispuse a examinar el plano heredado de mi tío. Caminaba con cierta torpeza por el desván de la casa familiar, la última morada del viejo profesor Whitlan, desgranando aquellas tardes de infancia en que me contaba historias sobre civilizaciones sumergidas y océanos interiores. Sus palabras, entonces, me parecían simples delirios, polvo recogido en la grieta de su mente deteriorada. Ahora —extrañamente fascinado— atisbaba la seriedad con la que había perseguido sus teorías, empezando por ese meticuloso plano y acabando por las numerosas hojas sueltas esparcidas por el suelo del desván.

Era un documento exquisito: hecho a mano, trazado con una pluma antigua y rebosante de anotaciones en latín y griego. En los márgenes, palabras extrañas, fonéticas, que parecía haber reunido de decenas de dialectos perdidos, y una de ellas resaltaba por repetición: "Leng". No había explicaciones más allá de las cortas descripciones que agonizaban al margen: "Los susurradores", "Los que recuerdan antes del silencio", "Ciudad bajo la roca".

Más allá de mi interés académico, el plano parecía vibrar con una energía inexplicable. Esa noche, cuando ya caía la lluvia sobre la casa y sólo la luz amarillenta de una lámpara me protegía de los recovecos oscuros del desván, me di cuenta de que trazaba un recorrido por las colinas vecinas, marcando con precisión antinatural una grieta olvidada detrás de la antigua cantera de piedra.

Superado el primer temor irracional, decidí seguir la senda. Me llevaría, seguro, a encontrar alguna caverna ignorada o a las ruinas de algún refugio paleolítico. Dormí inquieto, con la conciencia surcada de pesadillas en las que palabras indescifrables se deslizaban como líquido oscuro por mi garganta.

La mañana siguiente, armado con lámparas de aceite, cuaderno y una cuerda larga, me adentré entre los arbustos junto a la vieja cantera. La grieta me recibió con un aire que olía a sal filtrada por milenios y a la descomposición que ninguna luz había tocado. Empujé la roca con las manos desnudas y arrastré el cuerpo por el boquete.

No era una caverna común. El silencio allí dentro no era simple ausencia de ruido, sino algo activo, casi palpitante, como si los propios muros escucharan y recordaran cada paso que daba. La luz de mi lámpara arañaba paredes marcadas con inscripciones que imitaban las líneas tortuosas del plano de mi tío. El eco era irregular: cada vez que murmuraba palabras para tranquilizarme, el sonido volvía desde distintos lugares, deformado, como si fuera ‘digerido’ antes de regresar.

No sé cuánto anduve reptando y descendiendo; el tiempo perdió su significado. Colgando de la cuerda, caí a una plataforma escarpada, desde donde se abría un abismo más vasto de lo que permitía la lógica. Bajo mis pies, extendido en la negrura, yacía un lago subterráneo de agua espesa y silenciosa. Las olas, aunque no hubiera brisa, formaban órdenes geométricos extraños, como si allí el agua obedeciera a una voluntad más que a la física.

En la otra orilla del lago, apenas visible en la penumbra, se erguían estructuras que no podían haberse hecho con ninguna herramienta humana. Torres y almenas, espirales y zigurats modelados en la roca viva, mezclando estilos que ningún periodo histórico podía reclamar como propios. Un puente natural, cubierto de líquenes centelleantes, parecía conducir hasta ellas.

Me sobrevino una impresión repentina de ser observado. El silencio se crispó, noté que mis pensamientos se espesaban y las palabras mismas parecían huir de mi memoria. Solo quedaba la sensación de lenguaje, su espectro, una sombra de gramáticas pasadas y futuras acechando entre paredes invisibles. Entonces, una vibración subterránea, casi imperceptible al principio, empezó a recorrer el lago.

Descendí hasta la orilla, las piernas temblorosas, la respiración hecha vaho gélido. Al posar la mano en el agua, una corriente recorrió mi brazo, llevándose una parte de mi conciencia. Creí oír, como a través de la fina membrana de un sueño agónico, frases pronunciadas por cientos de bocas superpuestas: era el idioma que mi tío había bautizado "Leng". No podía entenderlo, pero al escuchar vacilantes sílabas sin significado, mi cuerpo respondía convulsionando por dentro, como si las palabras alcanzaran órganos que yo no reconocía como propios.

Las luces de mi lámpara temblaron y entonces, de las aguas negras, emergió una forma. No puedo describirla con fidelidad: era informe, mucilaginosa, carente de ojos o boca, apenas un enorme cuerpo de gelatina grisácea, pero desde su interior emanaba una presencia que ralentizaba mi pulso y apagaba mis pensamientos. Blandos tentáculos surgían y volvían a disolverse en su superficie, y en cada movimiento percibía una vibración rítmica, un zumbido tan bajo que más que oírlo lo sentía en los huesos.

En ese instante supe, sin duda, que contemplaba a uno de aquellos dioses o entidades que mi tío sospechaba habitaban los sueños de la humanidad: un emisor, o recolector, de palabras sagradas. La masa informe, alimentada por las vibraciones y por el eco de todos los murmullos olvidados que esa cámara había recogido durante eones.

No huí, no porque no quisiera, sino porque el lenguaje de la cosa —externo e interno a la vez—, me paralizaba. Me vi recordando historias que jamás había oído, sueños de otros, gargantas rotas por el grito ahogado hace siglos. La entidad, creo, percibió mi presencia más allá del cuerpo; recibí imágenes mentales entrecortadas: una corte de seres de Leng, humanoides tremendamente delgados, de piel cetrina y ojos perla, agachados cerca de su señor, este mismo ser de la laguna. Recolectaban las palabras caídas —los nombres y promesas que la gente pronunciaba por accidente bajo la tierra— y las lanzaban, una a una, a la masa, que pulsaba con cada juramento roto, con cada ruego olvidado.

Comprendí entonces: esa criatura era el archivo final del lenguaje, de todo lo que se ha dicho y después se ha negado, una biblioteca viviente de lo innombrable. Y sabía de mi presencia, deseaba mi contribución.

Traté de apartar la vista, replegándome hacia las rocas. Pero la criatura deslizó una extremidad, informe pero urgente, y en la membrana viscosa asomó un ojo primitivo y simple, alguna suerte de órgano ancestral adaptado sólo para captar deflexiones en la carne del aire. Todo mi conocimiento, desde el latín del plano hasta las palabras mudas de la niñez, titilaron en mi cerebro. Me inundó la urgencia de hablar: la criatura quería mi voz, el sonido inédito, la conjunción irrepetible de mis palabras. Resistirme era imposible: cada intento de silencio en mi interior era succionado y reconfigurado en frases convulsas, hasta que, con un grito contenido, susurré mi nombre, mi historia y todas mis dudas a la entidad.

El eco de mi confesión fue amplificado, multiplicado, y arrojado de vuelta a la sala por decenas de resonancias antinaturales. Sentí cómo de mi boca no sólo salían palabras, sino fragmentos de mi alma, tejido vital disolviéndose y reforzando el corpus informe, que palpitaba ahora con renovada intensidad.

Las figuras al otro lado del lago —los seres de Leng— avanzaron lenta, ceremonialmente. No podía discernir sus bocas pero sí percibía, en sus movimientos, que entonaban algo; un canto plano, saturado de sílabas sin dueño. Arrastraban entre sus manos pergaminos y planchas de piedra, probablemente sus ofrendas privadas para el devorador de lenguajes.

No sé cuánto tiempo permanecí arrodillado allí, agotado y vacío. El regreso fue involuntario, espoleado más por el agotamiento que por voluntad propia. Guardé los recuerdos de la criatura y de los seres de Leng más como cicatrices que como imágenes. Ascendí por la fisura, rozando apenas el mundo real, sintiendo a mi espalda la mirada de un ser que todo lo escuchaba y nunca olvidaba, una mente formada con las voces de los muertos.

Durante días, semanas después, el habla misma comenzó a resultarme onerosa, como si cada palabra pronunciada comprometiera algo de mi energía esencial. Mi familia atribuyó mi mutismo creciente a la depresión inconsolable causada por la muerte de mi tío, pero yo supe que en el fondo, cualquier frase pronunciada corría el riesgo de ser interceptada, digerida y archivada para siempre en esa masa abisal. Soñé entonces —y sigo soñando— con las cámaras bajo la cantera, con la ciudad imposible y con el lago que palpitaba con los nombres reales de todos nosotros, esperando un alimento más: quizás una palabra clave, perdida y anhelada desde el origen.

Ahora que escribo esto, sin hablarlo en voz alta, me traspasa el terror de saberme recordado, de que mis palabras, por escasas que sean, puedan despertar en ese ser abisal una hambre nueva e irreprimible. Temo que, una tarde cualquiera, el aire a mi alrededor ondule y el eco largo de mi último suspiro se una al de las ruinas subterráneas, alimentando a aquel que nunca calla y nunca olvida.

Esa, sé ahora, es la verdadera naturaleza del horror bajo las piedras: el abismo devora todo sonido, y un día, el mundo quedará reducido a una sola, última palabra repetida por una boca sin forma, bajo la nieve eterna de Leng.

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