Portada del relato Las raíces bajo Khalast
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Fragmento:


Lo supe desde que leí la carta de Gavin Moorcroft, mi mentor fugado a estos arrabales de civilización tras un escándalo del que no salí ileso. Sus palabras, escritas atropelladamente sobre papel templado por la humedad, brincaban entre súplica y advertencia: “Olvida todo lo que te dije sobre los mitos de las profundidades. Aquí la piedra recita plegarias sin lengua, y hay algo debajo que espera —no, que observa. Si tienes aprecio por tu alma, no me busques. Si ya has sellado tu destino, ven pronto.”

Duración: 09:37

Las raíces bajo Khalast
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Texto de ajuste de pausa.

La tarde parecía empapada en una neblina que brotaba, no de las aguas del río, sino del aire mismo, como si el mundo exhalara su último suspiro. Había recorrido tres pueblos y dos comarcas para llegar a Khalast, una aldea irreal posada sobre fiordos de piedra y capas de musgo que vibraban cuando soplaba el viento del oeste. Nadie viajaba hasta allí por elección, ni siquiera los comerciantes; para un estudioso de los cultos primordiales, sin embargo, Khalast era una herida abierta que gritaba por ser examinada.

Lo supe desde que leí la carta de Gavin Moorcroft, mi mentor fugado a estos arrabales de civilización tras un escándalo del que no salí ileso. Sus palabras, escritas atropelladamente sobre papel templado por la humedad, brincaban entre súplica y advertencia: “Olvida todo lo que te dije sobre los mitos de las profundidades. Aquí la piedra recita plegarias sin lengua, y hay algo debajo que espera —no, que observa. Si tienes aprecio por tu alma, no me busques. Si ya has sellado tu destino, ven pronto.”

La posada esperaba: aguardaba entre vigas achacosas, papel de arroz cuarteado y una quietud que apretaba el pecho. Nadie en Khalast parecía apenas humano; sus innombrables rostros sólo se levantaban al escuchar crujir la madera, luego regresaban taciturnos a los vasos de cerveza negra o al líquido azulado destilado de raíces demasiado amargas.

Tras un intercambio breve con la posadera —una mujer de sonrisa dócil y ojos que siempre parecían enfocar la espalda—, dejé mis cosas en un cuarto con vista al barranco. La noche comenzó rápido, descendiendo como un telón herido; mi lámpara oscilaba en el alféizar, arriesgando apagarse cada vez que un murmullo golpeaba el cristal.

El pueblo celebraba, por ese entonces, la Véspera Callada. Tocaban cuernos de osamenta ahuecada y colgaban talismanes de piedra ennegrecida de cada viga. No pregunté el porqué; ya sabía demasiado sobre festividades ancestrales dedicadas a poderes más allá de la comprensión. Lo que importaba era la carta de Gavin, que encallaba en mis bolsillos como una piedra hirviente.

Busqué su cabaña en la colina, trazando un sendero entre zarzas y árboles de corteza hendida. Cuando llegué, el aire parecía otro, apretado como dentro de una vasija. La puerta no estaba cerrada. El lugar olía a cuarzo, cera derretida y algo más… algo que apenas podía distinguir sobre el filo de la memoria.

En el escritorio de Gavin, junto a una lámpara consumida, descubrí un diario: hojas sueltas tachonadas de símbolos, descripciones frenéticas y dibujos de geometría obscena. En uno de los bosquejos reconocí la imagen de una estatua: mitad vértebra, mitad máscara pétrea, con ojos huecos tan profundos que casi sentía cómo me observaban a través de la página. La nota a pie de página era inequívoca:

“Ninguna mirada, viva o muerta, debería posarse sobre el venerable. El rostro de la piedra es mentira; lo que aguarda detrás del velo no conoce piedad. Saben de Ghatanothoa, pero ignoran Olkoth. La piedra, aquí, es sólo un espejo.”

Las páginas siguientes relataban más de lo que nadie cuerdo relataría: ritos donde la congregación, envuelta en harapos y colgantes de mineral hierático, descendía hacia alguna cámara bajo el monte. Cantaban en un idioma hecho para las fauces, cada sílaba elevando una vibración en la roca. Gavin temía demasiado para seguir; y sin embargo, acabó siguiendo.

Fui interrumpido por un golpe detrás de la casa. Era Gavin, si es que algo de él seguía siendo. Su piel se pegaba al hueso, haciéndolo mostrar un rostro de yeso en el que los ojos apenas titilaban. Intenté abrazarlo, pero él se apartó, como un animal asustado.

“Te dijeron que vinieras. No sabías,” fue todo lo que alcanzó a musitar, señalando la ventana.

Vi entonces cómo las sombras se movían cuesta abajo. Una docena de figuras, envueltas en las mismas túnicas de los dibujos, marchando hacia el templo del pueblo. Estaba claro el siguiente paso, aunque en mi interior suplicara lo contrario.

“Ellos esperan. No podemos negarlo. El mármol ha despertado,” susurró Gavin, antes de caer de rodillas.

Contra mi juicio, seguí a la procesión al centro del pueblo. Los feligreses formaron un círculo alrededor del monolito, una losa tallada en bisel retorcido donde ninguna herramienta humana podría haber alcanzado semejante exactitud. El sacerdote —cabeza oculta bajo un capuchón con piedras incrustadas a modo de ojos— entonó un cántico: un zumbido que vibraba en los huesos, no en el aire.

La superficie del altar comenzó a rezumar agua, o lo que parecía agua, aunque su densidad era tal que la simple visión paralizaba de terror reflexivo. Supe entonces —quizá por la influencia del diario y el terror de Gavin, quizá por una sabiduría heredada del miedo primordial— que aquello no era líquido, sino un velo, una capa translúcida que separaba nuestra frágil realidad de la sustancia innombrable de los Antiguos.

Sabía de Ghatanothoa: el petrificador, el que esconde tras la mineralidad la muerte consciente y despierta. Pero la congregación murmuraba otro nombre, una sílaba gutural y silbante: Olkoth. Lo repetían como quien intenta mantener alejado o apaciguar algo que siempre estuvo allí, bajo los cimientos mismos de la aldea.

El sacerdote elevó las manos y, con un cuchillo de obsidiana, hizo una incisión en su palma, dejando caer la sangre sobre la losa. La sustancia que rezumaba respondió abriéndose, mostrando una negrura sin fondo, una boca en la piedra. Los susurros se intensificaron, y sentí cómo mi mente se fracturaba en la premisa terrible de que lo que vemos es sólo la máscara, el disfraz mineral de algo aún más antiguo.

No supe cuántos segundos transcurrieron. De repente, sentí el contacto de una mano en mi hombro: Gavin, blanco como ceniza. “Por favor, no mires. No mires el rostro tras el velo.”

Pero la tentación era implacable. Mi cabeza giró, y vi.

No había rostro ni forma; sólo una superficie en perpetuo cambio, donde la piedra se licuaba y volvía a formarse, un espejo de mi propio terror. Detrás de esa capa, algo inmenso observaba: ni vivo ni muerto, ni materia ni vacío, un enjambre de sensación extrahumana que se retorcía y palpitaba. En su centro, relampagueó la sugestión de tentáculos y grietas, y la convicción impresa en mi carne de que para Olkoth, espectadores y sujetos eran meros ecos, reminiscencias de una voluntad incuriosa y amoral.

Cuando intenté apartar la mirada, sentí que cada célula de mi cuerpo era sustituida por arcilla enfriada. Los gritos de la congregación no eran de terror, sino de éxtasis: estaban siendo petrificados, despojados de sí, convertidos en cariátides sin sentido, con ojos abiertos, fijos en la visión de la boca mineral.

Mi brazo empezó a endurecerse. Sentí la presión del mármol fundirse con mi sangre: la fuerza que petrifica no sólo la carne, sino los recuerdos. Supe, en un destello, que ese era el regalo de Ghatanothoa: testigos eternos del ojo que nunca cierra. Pero tras ese don, tras la máscara, distinguí el otro poder: Olkoth, el eón sin rostro, que corroe desde adentro hasta que el mármol se vuelve vidrio, y el vidrio, polvo, y el polvo, olvido.

Un forcejeo me empujó al suelo: Gavin me había arrojado fuera del círculo. “¡Corre!” gritó con una voz agónica; en sus facciones brotaba ya la pátina gris, pero sus ojos suplicaban redención. Me escabullí, tropezando hacia la arboleda; el aire era ahora un magma cristalino, y el canto del sacerdote perseguía cada impulso de mi tembloroso corazón.

Me refugié en la cabaña de Gavin. Noté que la noche era más densa, sin luna ni estrellas, como si el cielo mismo se hubiera convertido en otra capa del velo. Durante horas, los sonidos inhumanos y los cánticos llegaron a través del bosque, seguidos de un silencio absoluto, como la calma de una mente que ha suprimido toda noción de sí.

Al amanecer, sólo el canto de los pájaros —si acaso eran pájaros— me recordaron que el ciclo de la normalidad seguía su curso. Volví al pueblo; nadie de la congregación seguía allí: sólo estatuas dispuestas alrededor de la losa, ojos abiertos en horror petrificado, rostros fundidos en el éxtasis de la revelación.

Experto en herejías y supersticiones, pensé que podría racionalizar lo vivido. Pero la piedra se me clava bajo la piel; percibo, en los reflejos de las ventanas y en el peso del silencio por la noche, el eco de la presencia antigua: Olkoth, cuya mudez carcome los sentidos desde detrás de cada máscara, y la memoria de Ghatanothoa, que mantiene la vigilia amenaza de la mirada inmóvil.

Cargo ahora con una visión que no es visión, con un miedo que no conduce ni a la huida ni a la cordura: sólo a la espera. Khalast ya no existe en los mapas; sólo persiste en las pesadillas de aquellos que, como yo, han hollado la costra del mundo y sentido la mirada del mármol, descubridores de una realidad para la que no hay redención ni olvido.

El rostro tras el velo nunca duerme. Por eso escribo, aunque sé —piedra a piedra, pensamiento a pensamiento— que ya comenzó también en mí la lenta mudez de la piedra, la despedida sin palabras de la carne.

Pero aún puedo avisar: no busques los templos de Khalast. No mires sobre el altar. No respondas cuando la losa te llama por tu verdadero nombre, porque tras el velo mineral aguarda una oscuridad sin historia, una voluntad que merodea, famélica y ciega, y para la que todos los recuerdos, incluso los tuyos, no son más que polvo bajo raíces que nunca dejan de crecer.

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