Portada del relato El susurro de los Lengarii
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Fragmento:


Ingram giró el monitor. De la cámara sureste bajaban figuras pálidas y desdibujadas entre la niebla de cristales. Primeramente, parecieron maniquíes extraviados, pero pronto la definición mostró que se deslizaban en una danza incomprensible, vestigios informes apenas sugerentes de un orden biológico. En la pantalla, algunos tenían apenas la silueta; otros, claras las extremidades dilatadas en rodillas y codos inversos; otros aún, la cabeza alargada sin rostro visible, coronada por apéndices flexibles que latían.

Duración: 08:33

El susurro de los Lengarii
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Texto de ajuste de pausa.

La luna, recortada como una pupila opaca y enloquecida, miraba al valle de la Antártida donde la base Triest resguardaba apenas su luz marchita tras paneles helados. El viento, aquel traidor silente, movía agujas de hielo contra las apartadas antenas, y bajo la cúpula principal los científicos revisaban sus instrumentos tratando de ignorar los murmullos que parecían colarse a través de las grietas de sus sueños.

El Dr. Ingram Trevors llevaba ya más de tres meses sin ver otro horizonte que las laderas cónicas entre los picos, el cielo ceniciento, y el sol apenas más intenso que un recuerdo ahogado. Apenas dormía en la noche polar; la investigación sobre los cuerpos hallados en la capa de permafrost —hominínidos extraños y huecos— consumía cada instante de lucidez. Pero esa tarde, mientras hacía los apuntes finales para su informe, algo diferente vibró en el aire: un perfume de descomposición y resina, antinatural, lo forzó a alzar la cabeza.

María Lesern entró entonces, sus mejillas afiladas, la piel casi translúcida por el hambre y la fatiga. En sus manos llevaba una tableta y un cuaderno manchado.

—Ingram —susurró, como para no despertar al hielo—. Los sensores externos… han detectado movimiento. Cerca de las formaciones. No es ningún fenómeno meteorológico.

La cúpula contuvo el aliento. Ya antes, los sismógrafos de la estación habían malinterpretado presencias, atribuyéndolas a contracciones del suelo. Pero María tenía razón: desde hacía una semana algo —no animal, no humano— revolvía la nieve a media noche, dejando surcos extrañamente simétricos.

Ingram giró el monitor. De la cámara sureste bajaban figuras pálidas y desdibujadas entre la niebla de cristales. Primeramente, parecieron maniquíes extraviados, pero pronto la definición mostró que se deslizaban en una danza incomprensible, vestigios informes apenas sugerentes de un orden biológico. En la pantalla, algunos tenían apenas la silueta; otros, claras las extremidades dilatadas en rodillas y codos inversos; otros aún, la cabeza alargada sin rostro visible, coronada por apéndices flexibles que latían.

Él supo, sin quererlo, que nadie podía bailar de ese modo, ni moverse entre la ventisca sin dejar sombra o pisada clara. María tembló y cerró el cuaderno. Ingram pensó en aquellos viejos relatos que Howard le había mencionado: “Los Seres de Leng, más viejos que la mente, menos densos que el alma, cuyas palabras pueden atravesar la materia”.

Eso parecía imposible. O lo fue hasta esa gélida noche.

Ante el consejo de alertar a la central, Ingram y María decidieron callar, empujados por la curiosidad y el secreto sabor de lo prohibido. Salieron juntos a la ventisca, armados apenas con cámaras, medidores ultrasónicos y una pistola de emergencia que les temblaba entre los dedos. La nieve crujía debajo, pero tras pocos metros notaron algo más: la absoluta ausencia de sonido, salvo sus respiraciones y los lamentos helados del viento.

Al acercarse a la zona restringida, las formas se hicieron más reales. Se mecían al compás de alguna melodía interna, invisible, y aun así Ingram la sentía: rumor y eco al borde del oído, como si palabras inhóspitas buscaran agujerear su memoria de niño, su conocimiento de biólogo incrédulo. María vaciló, apartó la mirada y tapó su boca como para evitar un vómito.

El ser más próximo se anuvoló de repente en una niebla viscosa, y un reflejo azulado surcó el aire, como si tratara de hablarle a través de dimensiones imposibles. En la mente de Ingram algo hizo clic: no era solo la visión lo que lo afectaba. Era el idioma. Ellos, los Seres de Leng, conversaban con el viento, se comunicaban en frecuencias que la lengua humana solo puede palpar como miedo.

No habría huida. No aún.

María, en un súbito arrebato, apuntó su cámara directo al ser. Por un instante, la comprobación digital le devolvió una imagen precisa: Era alto, desproporcionado, la piel entre gris y azul, sin ojos pero con membranas translúcidas donde habrían debido estar. Su boca era solo una línea de ranuras verticales, y el torso se angulaba hasta la cintura como si la estructura ósea no existiera.

—¿Por qué están aquí? —tartamudeó ella, y de inmediato el viento se llenó de ruidos, palabras rotas, sílabas que fluían y palpitaban entre la nieve. Ingram no supo si era locura, desmayo o un idioma verdadero, pero lo sintió en la base misma de sus neuronas.

Las criaturas rodearon a los dos humanos; y, en medio de su danza, tejieron líneas en el aire, remolinos de formas que se extendían y retorcían en patrones hipnóticos, como una escritura flotante y viviente. Ingram sintió entonces el peso de un saber ajeno, una marea de conceptos y recuerdos especulares. Vio, en flashes de pesadilla, ciudades de formas imposibles, rituales con seres que no deberían existir —híbridos de mono y molusco, bestias de compuestos elementales—, y oyó palabras que solo podían decirse en sueños o en agonías.

María gritó y se dobló en dos, cayendo en la nieve. Ingram intentó alcanzarla, pero otro de los seres le tomó el brazo con una presión contra natura, fría y viscosa.

El frío lo mordió, y de pronto todo cambió.

No había ya ventisca. Estaban en un espacio de niebla gris, de muchas dimensiones, donde los sonidos se curvaban en campanas inversas y todo conocimiento era absurdo. Frente a él, los seres vibraban, y la voz del que mandaba, si tal cosa existía, penetró su médula, horadando sus pensamientos:

—SOIS PUENTE – leng – SOIS HAMBRE PARA EL HAMBRE ANTIGUO – SOIS PALABRA. PALABRA ES LO QUE DESEAMOS.

Por un terrible instante, Ingram supo que no los miraba desde fuera. Que fueron ellos quienes, durante siglos indescifrables, hablaron a las mentes de los insomnes y los chamanes, los que susurraron desde las montañas de Leng a los poetas locos y a los emperadores antes del hielo.

Los Seres le mostraron, no con imágenes sino con pura comprensión, la génesis de todas las lenguas, el nacimiento del alfabeto como acto sacrílego: Las runas elevadas en piedra, los glifos cantados sobre hueso y piel, las primeras sílabas gritadas en las cuevas y registradas en tablillas. Él sintió cómo cada palabra humana era apenas una pobre imitación, una grabación torpe de aquella Lengua Primordial que ellos tejían con la nieve y la sombra.

Pero lo peor fue la última revelación: la indigencia de su propio ser ante el eco de aquellos vocablos. Comprendió que los Seres de Leng no mataban, ni destruían solamente. Ellos devoraban el idioma, la facultad de hablar, de pensar. Vagaban donde las civilizaciones caían, desmenuzando lo rescatable y absorbiendo las palabras en su matriz imposible. Todo silencio era su obsequio; toda comunicación humana, su alimento.

La psique de Ingram crujió como hielo bajo presión.

Despertó, o creyó despertar, tendido en la nieve, la pistola oxidada a unos metros. María sollozaba cerca, aunque sus palabras se vieron trastocadas. Sus labios buscaban formar frases, pero solo emitían ruidos, sílabas inconexas, una especie de balbuceo infectado por el ultrasonido y el horror.

Al mirar los fonemas de María evaporarse sin sentido, Ingram supo el destino reservado para los visitantes de Leng: perder el habla. Olvidar el idioma. Sufrir la mudez que trae la comprensión de que todo lenguaje es temporal, arrendado a monstruos que lo respiran en el abismo.

Intentó hablar; de su boca salió apenas un eco distorsionado, que no era inglés ni ningún otro idioma humano, sino solo una sucesión de sílabas quebradas, una cacofonía muy parecida a la que los propios Seres de Leng tejían mientras danzaban.

La estación Triest perdió contacto con el mundo semanas después. Cuando el equipo de rescate llegó, solo hallaron nieve impoluta, los edificios vacíos y, entre los instrumentos, grabaciones en las que, noche tras noche, aquello que una vez fue la voz de Ingram y de María recitaba, incansable:

Khlûl-leng… khlûl-leng… zhá-zaar... kuwa-zhul...

Nadie sabe a ciencia cierta si aún respiran en alguna fisura, o si sus palabras caídas se disuelven interminablemente en la ventisca, repitiendo para nadie el pacto antiguo: el de ser devorados por la lengua que devora.

Porque, allí donde las palabras mueren, empiezan a susurrar los Seres de Leng. Y allí el miedo no tiene nombre, porque ellos se lo han comido todo.

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