Fragmento:
Creí ver formas simiescas, jorobadas y de orejas sobresalientes, moviéndose abajo, entre la niebla y la húmeda podredumbre. Me froté los ojos, pero solo hallé vacío. Retomé el paso, la respiración cortada, cuando el silencio fue rasgado por un lamento, una suerte de gemido doblado por el eco subterráneo. Mis nervios, como cuerdas tirantes, se tensaron más allá del límite, y en mi bolsillo la linterna se hizo trizas de tanto apretarla.
Duración: 09:02
Siempre había rehuido los caminos tras la medianoche. La ciudad misma parecía aletargada, opaca, presa de una disolución imperceptible que sólo las almas más sensibles llegaban a percibir en las hondas horas nocturnas. Pero la necesidad —esa maldita insidia que todo lo impulsa a lo antinatural— me indujo una noche a tomar la ruta más corta entre mi pensión en Chapel Street y la vieja biblioteca de Arkham, en la que yo, Randolph Carter, trabajaba catalogando las colecciones menos consultadas, aquellas que solo los insomnes y los dementes se atrevían a leer.
Aquel jueves, a la una pasadísima, ni las farolas ni la tibia protección de las constelaciones amortiguaban la sensación de ser acechado. Los rumores, lanzados entre risas discretas al calor del whisky por labriegos y sepultureros, hablaban de túneles fosilizados, de criptas olvidadas y de extrañas huellas que encontraban, a veces, sobre la tierra removida de los mausoleos más vetustos. Decían que por debajo de Arkham yacía una telaraña de corredores y cámaras, mudos testigos de sepulcros y ritos inimaginables.
Esa noche el aire era tan denso que cada paso se sentía como avanzar bajo la mirada de dioses antiguos. Quizá fue mi ánimo alterado o el peso de las historias escuchadas furtivamente, pero juro que una sombra reptó tras una lápida cuando cruzaba el cementerio de Oak Hill.
Creí ver formas simiescas, jorobadas y de orejas sobresalientes, moviéndose abajo, entre la niebla y la húmeda podredumbre. Me froté los ojos, pero solo hallé vacío. Retomé el paso, la respiración cortada, cuando el silencio fue rasgado por un lamento, una suerte de gemido doblado por el eco subterráneo. Mis nervios, como cuerdas tirantes, se tensaron más allá del límite, y en mi bolsillo la linterna se hizo trizas de tanto apretarla.
La luna, velada por nubes yacentes, apenas dejaba ver el sendero en el que tropecé: una losa mal encajada sobresalía a ras de suelo. Me arrodillé para examinarla, movido por una curiosidad malsana. Sentí, antes de comprender, que no estaba solo. Bajo mis dedos, la losa palpitó, y distinguí una suerte de respiración sorda desde las entrañas de la tierra. De pronto, un hedor antinatural, mezcla de carne corrompida y tierra antigua, me asaltó hasta casi hacerme perder la razón.
Fue entonces cuando la luna se liberó de su velo y el resplandor lunar descendió verticalmente sobre el cementerio, lanzando una sombra difusa al otro lado del monolito. Allí, la losa se deslizó, apelando a un zumbido bajo, y surgió de las fauces negras algo más horrible que cualquier pesadilla. La criatura reptaba con movimientos torpes pero veloces. Su cabeza era alargada, los ojos enormes y circulares, de un tinte lechoso e idiotizado, giraban sin enfoque aparente. Los dientes —filosos, largos, con rastros oscuros humedecidos— sobresalían de una boca desmedida. Su piel, rugosa y parduzca, parecía imitar la textura de la tierra misma.
Sin poder moverme, vi surgir cinco, seis, quizá más, arrastrándose o caminando torcidamente sobre sus cuartos traseros, olfateando, murmurando con lamentos que ninguna garganta humana podría emitir por sí sola. Me acosaron imágenes repulsivas: recordé el relato de Arabella Marsh, encontrado por casualidad entre los papeles de un juez ya fallecido, donde describía la costumbre ancestral de clanes rurales que celebraban “banquetes con los retornados”, los que emergían desde abajo cuando sentían la necesidad de alimentarse no sólo de carne, sino de la memoria y el vivo horror de quienes quedaban sobre el mundo.
Quise gritar, pero la garganta apenas soltó un susurro. Todo mi cuerpo temblaba. Uno de aquellos seres levantó la cabeza hacia mí, olfateando el aire con unas fosas húmedas y palpitantes, deslizándose hacia mi dirección. Noté, horrorizado, el brillo de una hebilla cerca del pecho: ¡uno de los difuntos que la semana pasada había inspeccionado junto al sepulturero vestía idéntica prenda!
La criatura no era, pues, una bestia ajena sino un niño de Arkham metamorfoseado, degradado más allá de lo humano, condenada a devorar la carne de quienes en vida llamaron hermanos y padres a aquellos que ahora compartían su nocturno festín. Algún ignoto poder los había convertido en sombras retorcidas, esclavizadas por un hambre que iba más allá de la fisiología.
Instintivamente, prendí la linterna y un haz vibrante iluminó el abismo recién abierto, hiriendo a los monstruos. Dieron un brinco hacia atrás, exhalando lamentos febriles y chasqueos de mandíbulas. La momentánea tregua me permitió zafarme y rodar hacia la seguridad de un ángel de mármol. Pero los Ghouls, ahora alertados, comenzaron a reunirse, sus garras crispándose sobre la tierra removida, su lenguaje inhumano burbujeando como un conjuro contra los vivos.
Me atrincheré entre dos tumbas, encogido como un niño, mientras observaba la extraña comunión de aquellos seres hediondos. Bailaban en torno al pozo abierto, aspirando las efluvios con una devoción que rozaba la veneración. Una figura más alta emergió desde la cripta, su silueta marcada por un cráneo afilado, portando un candelabro hecho con huesos humanos y una corona de tierra negra entretejida con cabellos podridos. Los demás Ghouls se arrodillaron, y aquel ente comenzó a recitar un cántico inarticulado pero diabolicamente evocador.
Los ecos de su voz, refractados una y otra vez por las criptas, transportaron a mi mente imágenes de antiguas ciudades aletargadas, donde bestias semejantes erigieron templos bajo penas de muerte, donde la carne de los vivos era manjar y el alma una moneda de cambio. Recordé, vibrando de horror, ciertos fragmentos prohibidos del Necronomicón, que advertían sobre razas subterráneas atrapadas entre este mundo y el próximo, pero aún sedientas de la fuerza vital que sólo el terror puro puede brindar.
El ritual alcanzó su zenit cuando el ser coronado extendió un largo hueso, apuntando directamente hacia mí. Los Ghouls giraron sus rostros, sus lenguas retorcidas colgando como zarcillos y sus manos, huesudas y aduncas, abiertas en súplica. Supe en ese instante, antes de que la razón me abandonara, que mi presencia no era ni casual ni accidental. Había sido anticipada y, en cierto modo, era el clímax de un proceso cuyo inicio se remontaba a siglos de secretos callados, de familias mezclándose en linajes impuros, dando a luz a criaturas de dos mundos.
Parpadeé, entre atónito y tembloroso, justo cuando uno de los Ghouls me agarró del tobillo, tirando de mí hacia el boquete humeante. En vano forcejeé; la fuerza de sus garras superaba cualquier resistencia humana. Noté cómo la tapa de la tumba, aún abierta, parecía absorber la luz circundante, revelando gradas en espiral que conducían a la opacidad absoluta.
Me arrastraron por un túnel de piedra húmeda, alfombrada de raíces y larvas, en el que los gemidos de los Ghouls reverberaban como letanías. El camino descendía hacia un anfiteatro natural donde centenares de seres, de todos los tamaños y grados de deformidad, se aglomeraban y traqueteaban huesos. Veneraban figuras esculpidas en vetas de materia desconocida, imágenes irreconocibles para cualquier cultura acunada bajo el sol.
Allí, bajo ese círculo de estructuras óseas, fui depositado frente a la criatura coronada. Su aliento era mortífero, cargado de historia y podredumbre, y su voz llegó a mí como una descarga telúrica. "Bienvenido, Randolph Carter. Eres el heraldo y el recuerdo de una era que murió antes del primer amanecer. Tu miedo alimentará nuestra perpetua vigilia."
No supe si el cántico que siguió lo emitían ellos o si se formaba en mi propia mente, pero sentí cómo mi conciencia se deshilachaba, presa de una realidad distorsionada donde los muertos nunca duermen y los vivos sólo son convidados a la desesperación. Las fauces de aquellos seres se abrieron y escupieron palabras en un lenguaje que hería el oído y desgarraba el alma. Una orgía de carne, huesos y gemidos se desató, y ante mis ojos los Ghouls penetraron en los sarcófagos, sorbiendo la esencia de los sepultados como niños hambrientos sorben la leche materna.
Desperté, no sé cuánto tiempo después, tendido en la fría tierra del cementerio, con la marca de dedos putrefactos dificultando mi respiración y un hedor indeleble impregnando mis ropas y memoria. Me arrastré hacia la salida y juré nunca regresar, aunque sabía que una parte de mi mente había quedado allá, en la negritud subterránea.
Desde entonces, cada vez que cruzo Oak Hill y la brisa nocturna me araña el cuello, escucho lamentos y arrastres en las profundidades. Los Ghouls aún existen, acechando en la periferia de nuestra cordura, esperando tan solo el descenso imprudente de otra alma curiosa. Ahora sé —y temo como sólo pueden temer los verdaderamente sabedores— que los que moran bajo tierra no siempre son polvo y olvido, sino pesadillas hambrientas, mediadoras entre el horror de lo vivido y la negra eternidad de lo muerto. Y su hambre nunca se sacia. Nunca.
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