Fragmento:
En noches tapiadas de tormenta, cuando el trueno parece ser un antiguo lamento y la lluvia produce sonidos semejantes a antiguos murmullos, Horacio Mallard se encuentra en su despacho, obsesivamente revisando cartas y cuadernos polvorientos. Tras años de estudios infructuosos sobre la dinastía perdida Kish-Amra —un nombre desterrado de las crónicas sumerias y del que apenas traza se susurra entre los más conservadores académicos del Museo Británico— ha dado con una pista inquietante: un fragmento de tablilla, robada y luego devuelta anónimamente, repleta de símbolos que no se corresponden con ninguna lengua semítica, ni con glifos que los asiriólogos conozcan.
Duración: 08:37
En noches tapiadas de tormenta, cuando el trueno parece ser un antiguo lamento y la lluvia produce sonidos semejantes a antiguos murmullos, Horacio Mallard se encuentra en su despacho, obsesivamente revisando cartas y cuadernos polvorientos. Tras años de estudios infructuosos sobre la dinastía perdida Kish-Amra —un nombre desterrado de las crónicas sumerias y del que apenas traza se susurra entre los más conservadores académicos del Museo Británico— ha dado con una pista inquietante: un fragmento de tablilla, robada y luego devuelta anónimamente, repleta de símbolos que no se corresponden con ninguna lengua semítica, ni con glifos que los asiriólogos conozcan.
Mallard, fino pensador y escéptico por razón y por miedo, sólo busca el siguiente eslabón académico; pero la tablilla, que ha conservado lejos de la universidad de Londres, parece vibrar en su bolso de cuero cada vez que el día se apaga y la niebla densa se escurre por las calles de Bloomsbury. Ignora las advertencias veladas de sus colegas: "Hay razones por las que la arqueología del Eúfrates está plagada de silencios, Horacio", le advirtiera el anciano Naismith antes de entrar en su último silencio bajo tierra.
Una noche átona, con la lluvia empapando las cornisas y los relojes de la ciudad desalientos del amanecer, Mallard, obsesionado, extiende cuidadosamente la tablilla sobre su escritorio. La acerca a la lámpara de petróleo y repasa las hendiduras con guantes de algodón. Así, las extrañas líneas y remolinos parecen titilar como si se moviesen bajo la luz oblicua, formando patrones que anidan en su subconsciente, produciendo visiones vagas: columnas altas como montañas, cielos no afectados por sol ni luna, ríos negros que fluyen boca arriba.
Como si la tablilla respondiera a un impulso secreto, Horacio observa que el reverso contiene letras romanas apenas perceptibles: “N-E-P-H-R-I-K — L-H-U-K-H.” Anota apurado las palabras antes de que desaparezcan de su vista, presa de un sobresalto que le hace mirar bruscamente por la estrecha ventana. Por un instante cree ver una sombra inhumana deslizándose por el muro del callejón. Pero entonces, una voz apenas audible parece vibrar desde la propia tablilla: un zumbido, un arrullo, una consonancia desnaturalizada.
Durante días, la presencia de la tablilla intoxica su residencia: el ama de llaves, la señora Cray, encuentra a los gatos en estado de intranquilidad violenta; las plantas mueren de la noche a la mañana; y a medianoche, desde el despacho cerrado donde Horacio trabaja, se perciben sonidos de fricción y algo parecido a un jadeo grave, como de alguien acunando una pena infinita.
Mallard encuentra, en la biblioteca del museo, referencias veladísimas a cultos antiguos que habrían florecido en la baja Mesopotamia, mucho antes de Sumer. Mencionan "Las aguas negras fuera del tiempo", "Las evidencias de las formas no previstas por la carne" y, repetidamente, el nombre "Lhukh Dagon." Aumenta su obsesión y se aisla aún más, sumergiéndose en traducciones imposibles y bocetos de geometrías no euclidianas que parecen enredarse y escurrirse, igual que los sueños febriles que ahora lo asaltan cada noche.
En uno de estos sueños, encuentra el río Éufrates transformado en una horrenda corriente de líquido negro, ribeteado por columnas ciclópeas y coronado por una bóveda de cielo atrozmente viviente. Entre las aguas oscuras, la cosa innombrable emerge, ni bestia ni pilar, con aberturas repletas de ojos y bocas. Una multitud de figuras encapuchadas la rodea cantando en un idioma no terrestre, y Mallard logra comprender tres palabras en su alucinación, que luego repetirá muchas veces contra su voluntad: "Kish-Amra, Lhukh Dagon, Akhoth".
Al despertar, descubre símbolos en su propio escritorio, trazados por su mano en la vigilia del sueño, que corresponden a lo que vio en su visión. Siente que algo se ha quebrado, que ya ningún día será claro para él. Decide traducir lo que pueda del fragmento.
Dedica tres días sin descanso —en los que apenas come o bebe, y el rostro se le contrae en una máscara de fatiga— antes de que el texto desvele algo de su infamia:
“Y en el año imposible, cuando hombres aún no habían nacido ni los dioses su nombre habían oído, la Corriente de Gla’kenth ascendió desde el mar bajo el mar y cubrió la tierra de Kish-Amra. Allí durmieron los Antiguos, los que ni amo ni nombre aceptan, aguardando el Grito Nephrik para romper los sellos escritos en la carne de la piedra. Y desde su morada gritarán plegarias sin boca, para que la sombra de Lhukh Dagon extienda la quietud sobre toda carne.”
La transcripción lo llena de un pánico inexplicable. Nota, incluso bajo techo, el rumor de agua escurriéndose: primero, el caño de la ducha con goteras; pronto, una filtración imborrable por los nichos de la casa. La Sra. Cray huye una noche asegurando haber visto “formas imposibles moviéndose por los espejos”, y Horacio se queda solo en la mansión oscurecida, conversando cada vez más abiertamente con la tablilla.
En su desespero, busca ayuda de su amigo, el profesor John Healy, especialista en cultos ancestrales. Healy, de espíritu escéptico pero no sin una dosis de superstición adquirida en excavaciones peligrosas en Turquía oriental, accede a visitar la residencia, exigiendo condiciones estrictas de luz y compañía. Ambas velan la tablilla y repasan el texto cuando, súbitamente, la lluvia en los cristales deja de sonar. Un silencio comprimido llena el aire, y de la boca de Horacio —sin preámbulo ni explicación— emana un cántico en lengua desconocida, que pone a Healy la piel de gallina.
La lámpara de petróleo se apaga por sí sola. Un fuerte olor a limo invade el cuarto. Healy forcejea con la puerta, la madera parece repentinamente henchida y firme como roca antigua. Entre la penumbra, la tablilla refulge con un tono glauco, la textura volviéndose líquida, translúcida, y los símbolos moviéndose a voluntad, como escamas vivas buscando una fuga.
Afuera, comienza un viento atroz. Los muros vibran y de las juntas brota un líquido aceitoso que resbala hacía el suelo, formando charcos por donde, si se mira fijamente, pueden distinguirse formas parecidas a ojos ansiosos, todos abiertos, todos fijos en los ocupantes del cuarto.
Healy recita, tembloroso, una oración que le enseñó un sacerdote copto en Luxor, y el aire vacila, pero el cántico involuntario desde el pecho de Horacio crece, alimentado por la supervisión de una voluntad antigua y ajena. Las paredes parecen plegarse y, momentáneamente, son testigos del reverso de su casa: una meseta de mármol negro rodeada por cuerpos arrodillados y tentáculos que arden con una llama azulada, y en el centro, una fisura insondable en la que nadan seres de dimensiones incoherentes.
Mallard y Healy son traspasados por una visión colectiva: un breve destello de la noche original, la de los Antiguos, y ante su inteligencia humana se ofrece la certeza de la insignificancia y la inminencia de una conciencia despiadada y devoradora. Healy enloquece y cae al piso, gimoteando, balbuceando fragmentos del cántico de Horacio. El mismo Horacio siente cómo la fisura oscura de su visión le atraviesa el pecho, y de ahí surge algo, un tentáculo invisible hecho de pura ansiedad y ausencia.
La siguiente mañana, el ama de llaves regresa —solícita y temerosa— pues la lluvia parece haber cesado y no soporta la casa sin su atención. Halla a Healy en estado disociativo, incapaz de responder ni articular más que letanías incoherentes. De Horacio, sólo encuentra el bolso con la tablilla intacta, y una mancha circular y húmeda en el suelo, ruinosamente translúcida, imposible de limpiar ni catalogar.
La residencia Mallard queda pronto abandonada. Los rumores sobre los acontecimientos pronto se convierten en fábulas susurradas en clubes y universidades. Nadie menciona abiertamente los grabados de Kish-Amra, pero en noches de lluvia y relámpago, algunos aseguran que pueden oírse los lamentos de Horacio desde la otra orilla del Támesis, mezclados con los crujidos de las cloacas. Aún más, aquéllos con sensibilidad malsana sienten a veces, entre las sombras, el tacto de ojos ansiosos, el aroma lodoso y el áspero roce de letras imposibles a lo largo de los muros: un eco, tal vez, de la promesa cumplida de los Antiguos, que desde el abismo bajo Lhukh Dagon aguardan que los hombres vociferen sin saber esas palabras prohibidas que puedan liberarlos al mundo otra vez. Porque, cada vez que cae la lluvia negra, en soledad, no se distinguen los susurros de la Corriente de Gla'kenth de la propia voz humana.
FIN
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